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Pierre Rosanvallon ha cultivado desde hace años una teoría de la democracia que va más allá de sus tuercas y sus palancas. Ha estudiado el funcionamiento de las instituciones del pluralismo, los mecanismos de decisión, las distintas contabilidades del voto, el beneficio de los contrapoderes. Pero no se ha quedado en el cuarto de máquinas. Para hablar de la democracia es necesario hablar de su arenosa constitución, de la raíz de sus legitimidades, de sus inevitables frustraciones, de ese pueblo que no puede encontrarse nunca y que, sin embargo, gobierna. Rosanvallon es por ello uno de los seguidores más fieles de Tocqueville: la democracia no es solamente un artefacto de gobierno, es ante todo un tipo de sociedad: la sociedad de los semejantes.

Ilustración: José María Martínez

El alumno de Claude Lefort examina la institución y la ley sin perder de vista el símbolo. Su verdadero asunto es lo político, no la política. No las coaliciones de gobierno y las leyes electorales, sino la textura de la convivencia. Lo político, ha dicho en algún lado, es ese espacio donde se entrelazan los hilos vitales de una sociedad. Sus sueños y sus negocios, aquello que da sentido a la palabra y a la acción. Lo político trasciende lo gubernativo: moldea a la sociedad para conformarla como una totalidad con sentido. Por eso en Rosanvallon puede verse a un teórico de lo democrático. Explorador de un régimen político que es, más que procedimiento, una forma de vida en común. Un proyecto problemático que no se sujeta al cuidado de la herencia ni al acatamiento de una autoridad. Un espacio abierto, indefinido. La pérdida de referentes de certidumbre, decía precisamente Lefort. Pero, a diferencia del trabajo del filósofo, para Rosanvallon la democracia, más que una idea que puede pulirse en la joyería de los conceptos, es una experiencia que acumula el polvo del tiempo. Más que tener una historia, ha dicho en muchas ocasiones, es historia.

Se trata de una historia hecha de tensiones y contradicciones; promesas y frustraciones. En El siglo del populismo, su libro más reciente, aborda el desafío crucial de nuestro tiempo. El populismo es la política que revoluciona el siglo XXI. El título anticipa su convicción de que ese reto no es pasajero. El siglo que vivimos es el suyo, el siglo del populismo. Rosanvallon advierte de inicio un agujero teórico: las grandes ideologías desde el XVIII hasta el XX tuvieron un texto fundacional, un autor clave. El liberalismo, el anarquismo, el socialismo, el conservadurismo pueden encontrar la semilla de su proyecto en un libro y algunos autores. Ahí están Locke y Bakunin; el Manifiesto comunista y las Reflexiones de Burke. Eso no sucede con el populismo. No brota de ninguna obra de dimensión comparable. El libro de Rosanvallon se ofrece como “primer esbozo de esa teoría faltante”. El cuadro que pinta es complejo: antes que ser denunciado como una amenaza, el populismo debe ser comprendido como una manera de responder a los conflictos contemporáneos. Quien pretenda comprender la naturaleza del presente tendrá que vérselas con la denuncia y la propuesta populista.

El populismo es un potente vehículo de identificación colectiva, una retórica y una práctica de polarización, un tipo de liderazgo, una recuperación de la voluntad política frente a la abdicación tecnocrática, un régimen de emociones. Vale detenerse en este último punto que Rosanvallon aborda con elocuencia pero, tal vez, sin la debida profundidad. Después de todo, éste es uno de los combustibles esenciales de la flama populista. Su brasero admite y procura esa leña que la calculadora liberal o socialista han despreciado o temido como amenaza. Pero ahí está, precisamente, el abrigo que muchos buscan. No se trata, desde luego, de locura o irracionalidad, sino de esa dimensión afectiva de la conducta humana que debe ser apreciada intelectual y políticamente. La lógica no ha descifrado la mecánica de la furia ni el silogismo de la esperanza. Lo que el populismo entiende, lo ignora la política tradicional. Es que, como dijo Nietzsche, debajo de todo pensamiento se esconde una pasión. Éste puede ser uno de los quiebres históricos del populismo, la base de su perspicacia. Se ha dicho mucho: su intervención en el debate público contemporáneo no se inscribe en categorías propiamente ideológicas. La vieja esgrima de abstracciones pudo haber servido para entender las confrontaciones de izquierda y derecha durante el siglo XX. Intereses y estrategias que se ofrecían al debate público para ser racionalmente decantados. El populismo reinstala una afectividad negada. Ésa es su ventaja.

Rosanvallon cita a Jean-Luc Melenchon, el fundador de Francia insumisa: “En política los afectos están de regreso. Durante años se hablaba en forma impersonal, se decía ‘el pueblo’, ‘la clase obrera’, ‘el partido’, ‘las masas’. Ahora se prefiere decir ‘yo’”. Y agregaba con orgullo: “Creo haber cumplido un pequeño papel en este asunto”. Curiosa paradoja: la política del pueblo auténtico y profundo resulta, al final del día, abrigo del yo. Así me siento yo; esto creo yo. Chantal Mouffe, autora de un manifiesto por un populismo de izquierda, coincide. A su juicio la izquierda ha sido demasiado racionalista. La admiradora de Carl Schmitt piensa que el intento de sofocar las pasiones expresa la vieja impolítica liberal. La afectividad es crucial en la formación de las identidades políticas y por eso debe abrazarse con toda determinación. Lo que nos impulsa a la acción no es la lógica sino el afecto.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.

 

Un comentario en “Régimen de emociones

  1. Un punto de vista muy interesante que esboza el reto social que viven actualmente muchos países