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Durante muchos años viví en Manhattan, pero este verano, a raíz de la pandemia, mi señora y yo estuvimos entre los muchos neoyorquinos que optaron por mudarse a los suburbios, sólo que, en nuestro caso, nos fuimos bastante lejos porque resultaría más cómodo vivir cerca de una gran universidad (Yale), con su vida cultural y sus bibliotecas. La mudanza nos ofreció otra panorámica del proceso político estadunidense.

Ilustración: Patricio Betteo

En Nueva York los trumpistas son bastante discretos. Los que hay en Wall Street no suelen portar las cachuchas rojas del Make America Great Again (MAGA) ni tampoco se ven pancartas en los departamentos de la ciudad, sino excepcionalmente. El Black Lives Matter, en cambio, es bien visible, como también lo eran las adhesiones a la campaña de Biden y, antes del periodo electoral, a las de Bernie o Elizabeth Warren. Los trumpistas, en cambio, suelen ser discretos. Acostumbrado a aquello y sabiendo que los demócratas suelen ganar las elecciones en el estado de Connecticut, me sorprendió encontrarme en un lugar donde los trumpistas son ineludibles y su visibilidad me dio mucho que pensar.

El barrio en que vivo es un suburbio de clase media y mayoritariamente blanco. Los vecinos suelen ser maestros de secundaria, oficinistas, jubilados, dueños de microempresas de jardinería o de plomería, y así. Una clase media tradicional. Muchos vecinos participan en las asociaciones de padres de familia de las escuelas públicas del lugar y en redes sociales vecinales. Son ciudadanos que votan y un buen número de mis vecinos puso letreros en el césped, delante de su casa, usualmente apoyando a Biden y Harris. Algunos tenían, además, letreros adhiriéndose al Black Lives Matter o agradeciendo al personal médico por su trabajo en la pandemia. Unos pocos letreros hacían gala de algo de humor, torciendo alguna expresión de Trump en apoyo a Biden: “This nasty woman votes”.

La impresión de conjunto que dan todas estas casas es la de una cultura cívica democrática, digamos, “clásica”. El lugar pareciera una ilustración perfecta de la teoría de Robert Putnam sobre la vida asociativa: un barrio compuesto de familias que expresan sus ideas respetuosamente y que las hacen valer a través no sólo del voto, sino por medio de una vida asociativa rica y diversa. Pero, en su mayoría, las casas de los trumpistas comunican otra cosa.

Los trumpistas no suelen conformarse expresando sus adhesiones con un letrero; ponen seis, ocho, diez o muchos más. Así, de entrada, la cantidad de letreros, banderas y banderillas da la impresión de que la casa trumpista no es el espacio privado de un núcleo familiar, sino un punto de reunión, algo así como un cuartel general abierto a todos los correligionarios de la comarca.

Esta imagen de la casa trumpista como cuartel queda reforzada por la proliferación de banderas estadunidense chicas, medianas, grandes y enormes, porque aunque el uso de banderas es perturbadoramente común, y hay muchas casas que las tienen, el tamaño y número de banderas que hay en las casas trumpistas es como una recriminación a los vecinos, que clama a gritos que ellos, los trumpistas, que son patriotas. Son los guardianes de los intereses de la patria, por eso sus casas son como cuarteles.

A las banderas estadunidenses se suman otras de apoyo: “Trump/Pence”, que luego portan también algún refrán característico como “No More Bullshit”, por ejemplo, o “Keep America Great”, “Stop the Steal” o, en resumen, “God, Guns and Country”. La sensación de estar frente a la casa de un miliciano viene refrendada por los vehículos que se estacionan en esas casas, que usualmente son camionetas de uso rudo, forradas otra vez de letreros y banderas. Y a todo esto, el tufo castrense que despide el machismo de esa estética se recrudece por la sospecha —muy bien fundada— de que los dueños de la casa estarán armados hasta los dientes.

Cuando mi mujer y yo vimos todo eso, conversamos sobre si no tendríamos que inscribirnos en clases de tiro (que, por cierto, se ofrecen cerca de casa). De momento, al menos, mi desidia y nula familiaridad con las armas le ganó a mi inquietud por el fascista de la cuadra de atrás, pero en Nueva York nunca había pensado siquiera en la idea de armarme.

Unas semanas antes de la elección, hubo una manifestación de camioneros en favor de Donald Trump y nos tocó verla pasar. Fueron, sin exagerar, centenares de camiones de redilas, todos enormes, todos recién lavados y todos rebozando banderas y banderines. La procesión tardó más de 20 minutos en pasar, pese a que los camiones iban como a 100 kilómetros por hora. El tufo fascistoide era realmente perturbador, no sólo por semejante desplante de machismo estilo Rambo, sino porque esos camiones podrían perfectamente cerrar las entradas y salidas de cualquier ciudad del país.

Creo que es un error resumir el movimiento cultural y político que se asoma tras de estas breves impresiones bajo el rubro de populismo. El populismo no es sino una técnica para hacerse del poder.  Éstos ya estaban en el poder y no lo querían soltar, y su fórmula de gobierno, con sus guiños al racismo y al machismo, y con su nacionalismo desenfrenado, merece ser calificado como una variante del fascismo del siglo XXI.

Y es por eso que el triunfo electoral de Biden y su confirmación después de la intentona trumpista de promover un golpe legislativo o al menos una crisis de gobernabilidad es un triunfo de primer orden. Porque esas dos opciones sí que “no son iguales”.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judíaLa nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

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