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2020 fue un año de pérdidas para muchos mexicanos. En febrero, yo perdí a mi único hermano y en noviembre a una hermana queridísima. Los dos murieron de cáncer. Dice Hugo Hiriart que la muerte de un hermano, de una hermana, es perder la mitad de la historia personal. Para que eso no me ocurra, escribí este texto que ojalá se lea como un abrazo de condolencias.

Ilustración: David Peón

En una de las muy raras fotografías que conservamos de nuestra vida en Montreal aparece una adolescente que carga a un bebé de no más de dos meses. La adolescente que entrena su instinto maternal es Antonia, mi hermana; yo soy el bebé. Antonia murió el 22 de noviembre de un cáncer de páncreas que la consumió en un año y medio. Su ausencia me ha dejado huérfana otra vez.

Tuve muchas hermanas mayores, para ser precisa, seis, pero Antonia es la única a la que veo como una hermana mayor de verdad porque desde muy joven entendió lo que eso significaba, la importancia de ser modelo y ejemplo, autora y contadora de la historia familiar. Asumió su papel con gusto y con la mejor de las disposiciones. No sustituía a mi mamá, de quien era más cómplice que competidora, la interpretaba con ingenio y con inteligencia. También sabía cuándo ser aliada de sus hermanas, para defenderlas de una madre poderosa, y logró ser de entre ellas la mejor amiga de mi mamá. Era la que más la entendía, la que más la perdonaba. Había momentos en que Antonia y mi mamá parecían camaradas, reían de los mismos chistes, intercambiaban miradas cargadas de mensajes. Antonia le hacía bromas a mi mamá, que se reía con ella como niña traviesa. Recordaban juntas épocas de la vida familiar, amigos y parientes que para mí eran leyenda, yo las veía dichosas. Había entre ellas una corriente única de cariño y de comprensión.

Cuando yo era una niña, Antonia me hacía las trenzas mientras me contaba historias de mis papás jóvenes. Ella había conocido a mi mamá como una mujer bien plantada, orgullosa de sus hombros, de su estatura, de su porte, de su marido y de sus hijos. Antonia platicaba de la vida en Montreal como una época de otoños dorados, cristales, destellos, butterscotch y Bing Crosby. Yo no recordaba nada más que las escenas entrecortadas del accidente de carretera que tuvimos en la Navidad de 1953. Mi papá casi pierde la vida y mi mamá la cabeza. Las tres hermanas mayores se lo ahorraron porque estaban internas en Francia, pero los demás quedamos para siempre marcados por “el accidente”, como nos referíamos a lo que pasó en Laredo, Texas. Ahí ocurrió un desgarramiento en la historia familiar.

Lo que siguió fue difícil y triste. Es lo que recuerdo, por eso me gustaban tanto las historias de Antonia. Todo lo dejaba a salvo.

De mi papá, Antonia hablaba con veneración. Me lo describía elegantísimo y respetado entre los representantes de todo el mundo ante el organismo internacional que regulaba la aviación civil.

A mí me tocó crecer con la sombra de ese papá, que sin ser el de antes de todas formas adoraba a Antonia. Tenían entre ellos una relación aparte que escapaba al círculo familiar; era también una camaradería, pero basada en la ternura. Compartían gustos, lecturas, juegos. Tenían un lenguaje privado. Mi papá se divertía mucho con Antonia. Ya casada y con sus hijos chiquitos, llegaba a casa de mis papás a tomar el café después de comer. Se sentaba junto a mi papá y le hablaba en voz baja. Él se reía, Dios sabe de qué, como si de repente el sol lo hubiera sorprendido después de una de aquellas noches de dieciséis horas. Mi mamá y mis hermanas les tenían celos a los hijos de Antonia, rivalizaban con ellos por su tiempo, su atención y su inteligencia, pero eran batallas inútiles. Antonia vivió siempre una maternidad gozosa, lo primero eran sus hijos, a los que quiso sin condiciones y así la quisieron ellos. Sin embargo, nunca nos abandonó, supo integrarnos a su familia, hacernos partícipes de su mundo.

Antonia, como mi mamá, era muy hábil con las manos. Tejía suéteres para toda su familia. También hacía pantalones de casimir, faldas y vestidos. Intentó enseñarme, pero fracasó irremediablemente. Al pasar el tiempo, la distancia entre nosotros se fue acortando, y nos emparejamos en el mundo de los adultos. Antonia leía sin descanso. Hablábamos de novelas, de preferencia inglesas del XIX y del XX, y coincidíamos siempre.

Desde muy chica yo quería ser como ella, pero el modelo era difícil de replicar. Imposible repetir el cobijo, mezcla de comprensión y tolerancia, con el que ayudó a todos sus hermanos a sobrevivir los fríos. Los de Canadá y los otros. Tal vez la clave está en una frase de León Tolstói que aparece en Guerra y Paz, que Antonia citaba con frecuencia: “Tout comprendre c’est tout pardonner”.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

2 comentarios en “Homenaje a la hermana mayor

  1. Quizás escribimos para no perder las mitades o los “enteros” de nuestras vidas personales, como usted lo afirma en la parte inicial de su ensayo, recuperando una idea de Hiriat.

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