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Danny Coughlin y Mark Denton, policías de Boston, nombrados representantes por sus compañeros, finalmente logran una cita con el comisario Curtis para plantearle una serie de demandas. Estamos en 1918, época de enorme agitación en la ciudad en la que se movilizan diferentes conjuntos de trabajadores por reivindicaciones laborales junto con grupos de socialistas, anarquistas, comunistas e incluso terroristas. Ello acontece en la más reciente novela de Dennis Lehane, Cualquier otro día (The Given Day. Traducción: Enrique de Hériz, Salamandra, 2020). El mismo autor de Mystic River, Desapareció una noche, La última causa perdida.

Ilustración:Alberto Caudillo

Los agentes quieren decirle al jefe que sus salarios son precarios, que sus percepciones se encuentran por debajo de otras actividades similares y menos peligrosas, que el costo de la vida se ha incrementado, y que, además, no reciben ninguna indemnización por causa de enfermedad o muerte, no les reponen sus uniformes desgastados y las jornadas de trabajo resultan excesivas. Nada fuera de una plataforma con reivindicaciones laborales.

Reunidos por fin, Curtis no los deja hablar. Se adelanta a ellos, los reprende por su supuesto abandono del deber, su arrogancia, sus intentos de organización, por creer que pueden ser representantes de sus compañeros y no permite que lo interrumpan. Desata un agresivo monólogo y narra Lehane: “Se había presentado a la mesa con algo que ellos no esperaban, algo que daban por superado, algo obsoleto en la era moderna: una especie de arrogancia moral que sólo poseían los fundamentalistas. Que no admitía duda, adoptaba la apariencia de la inteligencia moral y de la conciencia resuelta. Lo más terrible era lo pequeños y desarmados que los hacía sentirse. ¿Cómo podían enfrentarse a aquella rabia moralmente justa si no tenían más armas que la lógica y la cordura?”.

Curtis pone en acto los recursos de todo autoritario: no escucha, impone su agenda, explota las relaciones jerárquicas, demanda disciplina, obediencia. Él es la fuente de la razón y no concede siquiera la palabra a los otros. La buena voluntad de los representantes de los policías y sus demandas no son valoradas, no hay espacio (ni siquiera mental) para planteamientos diferentes al suyo. El comisario supone y asume que sólo su saber es válido y que Coughlin y Denton no son más que revoltosos que quieren subvertir el orden que él representa e impone. No duda, es contundente y rotundo. El mundo es y debe ser a su imagen y semejanza, por lo cual no puede procesar otras lógicas, otras necesidades, otras exigencias. Su “fundamentalismo” premoderno y “arrogancia moral” carecen de las fisuras necesarias para que se cuele siquiera un poco de “lógica y cordura”.

La cerrazón de Curtis es una sorpresa. Los policías creían que sus reivindicaciones podían solucionarse, quizá poco a poco, con diálogo, entendimiento y compromisos. Otro personaje de la novela, sin embargo, los llama a no sostener vanas esperanzas. Dice: “Desde el punto de vista del comisario Curtis, ha llegado la hora de la venganza. Día de cobro, caballeros. Por todas las veces que… los jefes de zona se la metieron por detrás cuando era el alcalde. Por todos los cargos secundarios que le adjudicaron a lo largo y ancho de la comunidad desde 1897. Por todas las cenas a las que no lo invitaron, las fiestas de las que se enteró al día siguiente. Por cada vez que su mujer se avergonzó de que la vieran con él… Eso daría a cualquier hombre un lamentable sentido de la épica a la hora de ajustar cuentas”.

Hay un resorte de venganza bien aceitado por el resentimiento. Y ahora que el ofendido tiene el poder lo ejercerá para que se sepa “quién es quién”. El rencor no sólo es un combustible que arde, sino que ciega. “La amargura y la mente mezquina” de Curtis generaban una tirria de tal magnitud que la palabra compromiso no tenía lugar en su diccionario. “Sólo recuerdo su rabia —dice otro—. Por mucho que la reprimiera, era una rabia nefasta, cargada de odio por sí mismo”.

La intransigencia del comisario lleva a los policías a estallar una huelga y esa acción se convierte en “la chispa que incendia la pradera”. La ciudad es sacudida por el saqueo, la violencia y la muerte. Los cimientos en los que descansa la vida en común vuelan, por unos días, por los aires, y el reguero de sangre y destrucción hacen de Boston una selva incruenta. La cerrazón, el autoritarismo, incluso el narcisismo, son el combustible de un conflicto desmesurado que quizá se hubiese podido conjurar con un poco de apertura y búsqueda de arreglo. Porque aquello que se construye lentamente, paso a paso, con los esfuerzos conjugados de diferentes personas, organizaciones, agencias estatales, a lo largo de generaciones, puede arder hasta consumirse en unas cuantas horas. Pero como dice alguien no tan de pasada: “Hay hombres a los que les encantan las cenizas”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

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