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Conforme pasa el tiempo me convenzo, cada vez más, de que es imposible pensar a solas. Que incluso cuando se medita acerca de cualquier asunto, lo que uno hace es conversar con otras personas partiendo de voces o palabras que, en su aparente silencio sideral, resuenan en nuestra mente. No sólo resuenan, susurran o gritan, sino que se confrontan hasta el grado de hacernos creer que estamos pensando. Toda esta vocinglería despatarrada y abundante, que busca expandirse por medio de argumentos, metáforas o símbolos para convertirse en algo, me resulta bastante extraña, lejana inclusive. Sería estupendo poder expulsar a los demás de nuestra cabeza y crear un pensamiento cerrado e íntimo, pero me temo que tal cosa es un sueño. En la biografía que escribió sobre Isaiah Berlin, Michael Ignatieff apunta lo siguiente acerca del filósofo nacido en Riga, pero educado en diversas tradiciones culturales: “Detesta pensar solo y lo considera una monstruosidad”. “Es por esta causa que su conversación no es nunca una actuación; no es su forma de montar una exhibición, es su modo de estar en compañía”. Quien haya leído a Berlin sabe, o al menos sospecha, que su estilo es el de un conversador, de alguien que requiere hablar con otros para pensar. Berlin lo reafirma al decir: “Soy un taxi intelectual; la gente me para y me pide un destino y allá que vamos”. Claro, para convertirse en un taxi intelectual hay que conocer y recorrer la ciudad, la cultura, la historia de las ideas, el lenguaje, pero sobre todo debe permitir que los pasajeros se expresen e indiquen el rumbo; entonces el conductor recorrerá las calles que cree son adecuadas para encaminarse hacia algún lugar, sea éste la literatura rusa, el populismo y el romanticismo alemanes, o los entresijos de alguna filosofía clásica o de moda.

Ilustración: Raquel Moreno

Es probable que el pensador ensimismado, encarnado sólo en el devenir de su mente y de sus ideas obsesivas sea una contrariedad, una especie de tumor que tarde o temprano surgirá para modificar la meseta, selva o bosque del lenguaje y de los actos humanos. Tortura semejante me parece más normal en un escritor que en un filósofo o pensador de cualquier clase. Y, de todas formas, pensar a solas tiene algo de obrero ensimismado, de mecánico dispuesto a concentrarse y a realizar su función, de prestidigitador que ensaya su rutina para luego engañar a los demás con su magia. Ahora bien, ¿cómo se le habla al poder? —se preguntó en algún momento Edward W. Said—, ¿cómo se es un taxi que pueda llevar a ese abusivo y grandilocuente pasajero hacia un lugar y que la conversación ayude a “sopesar cuidadosamente las alternativas, elegir la correcta —escribe Said— y luego exponerla inteligentemente para hacer el máximo bien y provocar el cambio adecuado?” (Edward W. Said, Representaciones del intelectual, 1994). La pregunta de si podemos hablar y pensar con el poder es demasiado abstracta y compleja, así que es mejor no entrar en tales laberintos. Said dice que, como intelectual, “hay que hablarle claro al poder”. Yo estoy de acuerdo, pero a mí me interesa no sólo la claridad y la conversación, sino el pensar uno siempre en relación con otro, en contacto con él y a partir del discernimiento, el lenguaje compartido y la mesa mutua.

Quiero añadir que el intragable fenómeno social creado por la pandemia me ha golpeado severamente a la hora de intentar pensar (yo no soy un taxi intelectual, sino acaso un patín del diablo). Debido a que la mayoría de mis tradicionales interlocutores se han apartado de la vida concreta y recluido en el exilio virtual y telemático, me es difícil, o más bien aburrido, intentar edificar argumentos o símbolos a solas (me refiero a hacerlo en ausencia de la presencia física de una o más personas). Prefiero ver la televisión y sumirme en un abotagamiento profundo. A raíz de ello, ahora intento decir que, como Berlin, pensar a solas me parece una monstruosidad y un despropósito. Yo, al menos requiero que, en el taxi o en mi patín del diablo o carrito, haya uno o varios pasajeros. Y ya entre todos iremos decidiendo el destino, las calles, la colonia, el barranco o la autopista que tomaremos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, Fandelli, Mis mujeres muertas y Mariana Constrictor.