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Perdidos en la búsqueda de definición. Amparados en la insistencia de reinterpretación constante a lo que ya tuvimos tiempo para entender, abrimos la puerta de lo irrespirable. México ha sido un país que tradicionalmente se sofoca a sí mismo. La alta estima con la que nos juzgamos no empata con las tragedias. El convencimiento de nuestras propias ilusiones; su fracaso, una relación perversa hacia la responsabilidad y la habitación de las ilusiones nacionales, acrecientan la perversión sobre la realidad.

Ilustración: Jonathan Rosas

Fenómenos mundiales del siglo XXI, como la tendencia antisistémica, la aversión política, las distintas clases de integrísimos o la magnificación de la verdad análoga,   encontraron en México el espacio para desarrollarse sin gran atención a la relación causa-consecuencias. Los márgenes de error no se buscan contener. El escaso límite para las desventuras que, en ocasiones, provee el pilar fundacional de otros lugares, no apareció aquí. Una noción de qué país se busca ser. Elástica y definida, en simultáneo. Mutable e inmutable, como el lenguaje.

La ausencia de anticuerpos sociales al dogmatismo, a la relativización, a la mentira, ha servido para exacerbar la tendencia de una época. En gran parte del planeta se percibe la extraña resaca de una embriaguez continua, mezcla de concepciones inexactas alrededor de la identidad y de la historia, menos verdaderas que verosímiles —lo cual es subjetivo a cada individuo—. Un embrión de las manifestaciones que han usufructuado políticos variopintos a través de sociedades que no han tenido gran problema en hacer del desprecio su plataforma.

Durante los últimos años crecieron las voces para las que la política ya no era la vía de solución. Gobernantes impulsaron esta idea. Gritaron y espetaron. Es el cinismo. Supongo que, entonces, ignoraron que la no política se llama violencia. La que respiramos día a día. Pequeña, grande. Que envuelve.

México es irrespirable porque, sin importar pertenencias o la carencia de ellas, la existencia intelectual, política e incluso cultural de unos, parece depender de la desaparición de otros. Los problemas del país son menos relevantes que los sujetos y autores de opiniones, análisis o teorías sobre dichos problemas.

Quizá, nuestra mayor urgencia social sea preguntarnos qué hicimos para que, sin importar los costos, a este país le cueste tanto asumir su vocación a lo nocivo. Qué hicimos para ser una sociedad en la que, ya sea por la violencia, la inequidad, la ineptitud o la enfermedad, el número de muertos que nos empata con naciones en guerra no sea suficiente escándalo. No lo es. En México, el país del diagnóstico, las tragedias permiten seguir aparentando normalidad. ¿Qué tanto la imaginamos?, ¿la pensamos o nos dejamos absorber por su versión análoga y suspenso?

Hemos analizado hasta el cansancio lo inmediato, la noticia y el comentario; rara vez el contexto sobre el que admitimos la noticia o el comentario. Al menos, no el profundo. Ese que obliga a sopesar contradicciones y pensar balances. Abandonamos la pertinencia, la tristeza; nos entregamos a las falsedades y trampas que conducen al autoengaño. Aquí, la justicia aparece sin procesos y la violencia desaparece con un anuncio. La búsqueda de equidad no iguala y la política se deshace de sus objetivos naturales: la sociedad. Lo social, tampoco incluye a esta última; la disgrega con orgullo.

De alguna forma, parece que nos hemos convencido de que nuestra historia política se puede reducir a cambios de gobiernos, de leyes, a sustitución o adorno de vicios administrativos y relativizaciones éticas. Hemos relegado la posibilidad de aceptarnos producto de nuestras propias discrepancias fundacionales.

Bajo pretexto de la heterogeneidad, renunciamos a preguntarnos qué país queríamos ser, cuando esa intención es la que podría dar la mínima homogeneidad con la que los diferentes pueden llamarse país.

En algunas partes del mundo se aprendió que eso mínimo era lo ciudadano, aunque fuera un conjunto de aspiraciones. Desde ahí se desprendieron valores, a menudo sobreidealizados, que siguen modelando ficciones y realidades. Nosotros construimos la idea de una excepcionalidad cercana a lo frívolo, que sitúa a lo mexicano al margen de las nociones cívicas universales. Prescindimos de ellas para plantear acciones frente a lo coyuntural, a sus expensas. No nos planteamos como el país de las libertades o de los derechos, tampoco como el de la recompensa al esfuerzo o la búsqueda de equidad. Mucho menos un país de leyes, orden o democracia. La lista puede crecer tanto como se le dedique tiempo. Cada aspecto de nuestra civilidad se ha trasladado a esa excepcionalidad: justicia a la mexicana, generosidad a la mexicana, verdad a la mexicana, mentira a la mexicana, violencia y desamparo por igual.

Una paradoja incomoda todo lo anterior: es de suponer, como en cualquier otro lugar, que cada uno de nosotros estaremos en posición de afirmar qué país queremos ser.

Desplazando los habituales de hospitalidad, calidez, alegría y orgullos nacionales que se confunden con patrioteros, la aspiración política del país no aguanta sus contradicciones. La intención faltante no es culinaria ni turística, evidentemente, ni siquiera ideológica. Es únicamente política. Cada una de las contradicciones que dificultan la vida en México, queda patente en la retórica con la que nos aproximamos a lo público. Esto que parece una abstracción tiene un alto grado de tangibilidad.

Los Estados son un producto circular de sus sociedades. Se hacen por ellas y para ellas. Por eso se adecuan a los tiempos. Preferentemente, desde el aprendizaje de sus propios errores. Aquellos que obstaculizan la convivencia. Si en un país esta convivencia está sujeta al menoscabo de quien no comparta afinidades, la tarea de construir un Estado se sofoca.

Desde los años previos a lo que hoy entendemos como el inicio de la transición democrática, el quehacer político se volcó en la gestación de proveedores de soluciones a las calamidades nacionales. Las calamidades se perpetuaron, crecieron y, cuando, en el mejor de los casos se estancaron, la permanencia se convirtió en deterioro continuo y costumbre. Las soluciones de unos u otros siempre se han tratado como aspectos prácticos, subjetivos, sin el cobijo de lo conceptual que forma un país. Algo parecido a hablar de Estado prescindiendo de filosofía o hacerlo de libertades y derechos sin detenerse en ella. La esterilidad.

Sin el cobijo de lo conceptual, la subjetividad no sólo hizo casa en México sino patria. Todo es objeto de interpretación, de principio a fin. Sin base de inmutabilidad. La descontextualización de los problemas mexicanos es equivalente a la de sus soluciones. Ambas están suscritas a la orfandad de las concepciones fundacionales.

Cuando es necesario adecuar las instituciones a su tiempo, la brevedad son los años y no la amplitud de la época. Así, la crisis de derechos humanos es vista, en el mejor de los escenarios, desde la perspectiva que acumula singularidades en la atrocidad. No como una crisis que se deba pensar para garantizar que no se repita. La corrupción, ya sea la económica o la manipulación de la verdad, es atacada con la permisividad que tienen los grupos hacia los suyos. A la ley, se le puede sustituir con abstracciones de justicia si el discurso lo demanda. La verdad sólo importa al ser útil para la construcción dialéctica y desde que México descubrió los fervores de los liderazgos con amplia mayoría popular, la verosimilitud que satisface las expectativas personales se impuso sobre el daño de las mentiras. Pese a que el daño y las mentiras no desaparecen ni se contienen.

Desde escritos iniciáticos a constituciones políticas, las características sociales de los Estados se definen en una apuesta a futuro donde lo conceptual ve sus ejecuciones prácticas. Ahí nuestras discrepancias fundacionales. Ni equidad, libertad, educación, salud o alguno otro de los grandes aspectos que conforman nuestras estructuras, pasan en México la aduana del discurso. Somos una identidad edificada en el relato que no ha sabido ejercerla. La descontextualización se incrementa. El infinito es terreno fértil para las disociaciones. Si la relativización era común en la vida nacional, privada y pública, el mundo ayudó a justificar las perversiones nacionales. A México no le ha costado subirse a la marea del revisionismo en la que, por momentos, se actúa como si la historia contemporánea de nuestras sociedades, estructuras y proyectos se inaugurara en la segunda década del presente siglo. Con ella, la promoción del desconocimiento. En países que vivieron dictaduras, como en España, hay quienes hoy reniegan de los exiliados republicanos y los comparan con fascistas, esos de los que huyeron. Así, no es de extrañar que en México se afirme que la construcción democrática es producto de la espontaneidad en el XXI. No sólo ha logrado permear la idea de que la democracia nacional cuenta sus años con una mano, se han hecho admisibles las voces que insisten en que nuestra historia política recién comienza. El mito fundacional del México se ha diluido en temporalidades, ya no sólo se utiliza para justificar un pasado. Se busca justificar un presente sobre el que, con cierta prudencia, podríamos detenernos a pensar. ¿Qué es un país sin contexto de sí mismo? El abandono de incentivos para el futuro.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.