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A mediados de 1944 Walter Proska fue asignado a una unidad del ejército en el frente oriental, un pelotón encargado de vigilar las vías del tren en la ruta hacia Bielorrusia. Así comienza El desertor, de Siegfried Lenz. La novela fue rechazada por su editor en 1952. Según el informe, “por motivos palmarios” era “del todo imposible” publicar un libro así. Apareció después de muerto Lenz, 65 años más tarde.

La guerra está perdida, nadie se hace ilusiones ni espera ayuda. A veces llega correspondencia. Los raíles son dinamitados cada tercer día. En la caserna no hay otra cosa más que la guerra, pero ya no importa. Ferdinand Ellerbrok, Baffi, se pasa los días tratando de amaestrar a su gallina, Alma; Poppek perfecciona un método para arrancar árboles; Kürscher escribe interminables cartas a su padre; el cabo Stehauf imparte órdenes compulsivamente, ordena patrullajes, guardias, amenaza, en una ocasión mata a un cura que pasaba porque piensa que podría haber llevado una bomba. Es todo un lento descenso hacia la locura —de los herederos del Reich de los Mil Años.

Ilustración: Estelí Meza

Al principio, dice Poppek, se puede odiar con dignidad. Pero con el tiempo no queda nada y no tiene sentido tratar de huir: todo es absurdo, salvo ir a buscar leña. Walter Proska se pasa al Ejército Rojo, es el desertor. Pero lo interesante es que para él no supone un drama de conciencia: eso es lo que hace terrible la novela. En ese momento, pelear por Alemania o contra Alemania da exactamente igual.

Se ha escrito mucho sobre el ascenso de esos líderes carismáticos, iluminados, atrabiliarios, mucho para explicar cómo pudo ocurrir Hitler o cómo Trump, Duterte, Perón o Bolsonaro. El paisaje es siempre parecido: resentimiento, miedo, desesperanza, a medias la necesidad de creer y la irresponsabilidad de la clase política. Pero se habla menos sobre el final de la aventura, sobre lo que sucede cuando se rompe el encanto, cuando esa apasionante fantasía se tropieza con la realidad —menos, y con menos cuidado. De eso se trata la novela de Lenz, no de la guerra, sino de la fe perdida: la caserna en un bosque de Polonia es sólo el escenario. De eso también se trata La piel, de Curzio Malaparte: en el espectáculo de las adoloridas calles de Nápoles, en la voz de los padres que ofrecen a sus hijos a los soldados del ejército aliado hay algo más que la derrota. Es una cosa humillante, horrible, dice Malaparte, es una necesidad vergonzosa, luchar para vivir, sólo para vivir; pero es lo que queda después del último bando del mariscal Badoglio: “¡Arrojad vuestras armas heroicamente a los pies del primero que venga!”. Heroicamente. En pocos días Nápoles se había convertido en un abismo de vergüenza y de dolor, en un infierno de abyecciones.

En Café Karnak habla Naguib Mahfuz sobre el final del nasserismo en Egipto. En el café se juntan unos cuantos jubilados, gente de otro tiempo, y un puñado de jóvenes entusiastas, ruidosos, alegres, los hijos de la revolución. Para ellos, el mundo comienza con la revolución, y todo se justifica por la revolución: habrá sufrimientos, pero también los hubo en las cruzadas, los hubo para la creación del imperio de Mohamed Ali, los hubo en tiempos del Profeta. Llevados de la retórica del líder se atreven a más cada vez, esperan más, exigen más. Aparece entonces la sombra de la derrota: Yemen, Sinaí. Repentinamente, los jóvenes desaparecen durante semanas. Vuelven golpeados, temerosos, rotos. Y con el paso del tiempo las desapariciones se vuelven cosa de rutina (como de costumbre, por la misma razón, con las mismas consecuencias, mejor no pensar), y algunos hay que no vuelven. Habíamos vivido la peor mentira de nuestra vida, dice el narrador: la fe se había esfumado y todo se había perdido.

En 1960 Egipto era el líder del mundo árabe, una potencia regional, la bisagra cosmopolita entre dos mundos; en 1970 era ya casi irrelevante, un país fallido, aislado, con la carga de dos derrotas militares. Visto a la distancia, no hay motivo para sorprenderse. Siempre hubo una desproporción en el régimen de Nasser entre los propósitos anunciados por el gobierno y las medidas concretas para conseguirlos, entre los fines gloriosos que se prometían y los recursos que tenía Egipto. La debacle comenzó en el momento de mayor entusiasmo revolucionario, en 1962, cuando Nasser decidió llevar la revolución a Yemen —a continuación, la ruptura con Arabia Saudita, Gran Bretaña, Estados Unidos, la guerra de los Seis Días. El único saldo indudable fue el aumento del poder del ejército, que se cobró la disciplina con la mitad de la economía: aeropuertos, puertos, fábricas, hoteles.

Esa historia es la trama de fondo de Cerveza en el club de snooker, de Waguih Ghali, la más conmovedora novela egipcia que conozco. Es la vida ligera, efusiva, de los jóvenes que encontraron en la revolución una identidad, un futuro. Hasta que volvió la vida de siempre: un día los clubes de los ricos de antes admiten como miembros a los militares, los taxistas festejan que también los militares tomen taxis, las buenas familias alistan a sus hijos. Y el final feliz de Ram, el protagonista, es tan triste como el del soldado Walter Proska.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

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