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Mucha melancolía me causa hoy hablar de los fragmentos que nos deja el fallido pluralismo en el que ciframos nuestras esperanzas de ver crecer una democracia mexicana. Miro a mi alrededor y veo sólo fragmentos de fuerzas políticas, de partidos, de proyectos. Añoro los días en que discutíamos las reformas electorales, confiados en que eran un insustituible instrumento de cambio, que serían un agente de la formación de partidos, de conductas cívicas, de un nuevo personal político, más educado, más profesional. Hace treinta años, cuando se fundó el IFE/INE, los mexicanos apostamos por un cambio político profundo mediante el voto, y nos movilizamos y votamos.

Creo que fue en 1951 cuando el politólogo inglés Harold Lasswell dijo que los mexicanos íbamos a votar con la esperanza de que algún día nuestro voto contaría. El día llegó después de la chapucera elección de julio de 1988, en la que muchos votos no se contaron y muchas curules se asignaron luego de una negociación entre representantes de Carlos Salinas y miembros distinguidos de la oposición. No era momento de contar boletas electorales. La oposición de derecha, el PAN, y la de izquierda, el PRD, llegaron a la Cámara, pero en lugar de abrir las ventanas y asomarse a ver hacia dónde marchaban los votantes, se encerraron para seguir hablando de sí mismos.

Ilustración: David Peón

A pesar de todo volvimos a votar. Los resultados de los comicios no eran lo que nos hubiera gustado, pero cada voto era un apoyo al reformismo político, era una renovación de la apuesta original. En cada elección más de la mitad de los ciudadanos, por lo menos, fuimos disciplinadamente a depositar nuestras boletas de votación, aunque nuestros candidatos no llegaran al poder. Los votos reflejaban la diversidad de la sociedad, nos entregaban una fotografía de sus aspiraciones y de sus desencantos; los votos transformaron el poder Legislativo que empezó a funcionar como contrapeso del poder del presidente, como dice la Constitución. Seguíamos la trayectoria de algunos legisladores para corroborar que estaban haciendo bien su trabajo, descubríamos la utilidad de las encuestas, la importancia de las oposiciones y creímos en la renovación de la vida pública y en la formación de nuevas fuerzas políticas que reflejaban las fuerzas sociales que luchaban por acceder a una representación política efectiva. Claro, nunca imaginamos los adefesios que son el Panal o el PES, aunque el Partido Verde fue un buen adelanto.

Hace treinta años disfrutábamos el placer del argumento político, la riqueza de la reflexión, del intercambio de opiniones en torno al poder y los poderosos. La política dejó de ser un capítulo de la picaresca mexicana. Nos obligaba a pensar. De eso hoy no quedan más que fragmentos. Todo lo de antes ha pasado por la guillotina presidencial, y el poder habla de todo lo malo y olvida o esconde lo bueno, además de que busca destruir reputaciones y la autoridad moral de todo aquél que no se identifica con la Cuarta Transformación. Hay miedo de hablar como en los últimos meses del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

A mi alrededor hoy escucho sólo fragmentos de propuestas, de conversaciones que creímos interminables, pero que resultaron sólo inacabadas. El destino de nuestros treinta años de reformismo político parece sellado por la voluntad presidencial de liquidar el sueño pluralista que impulsó el desmantelamiento de la hegemonía del PRI. El presidente ha expresado una y otra vez el poco aprecio que le merecen los partidos (incluso el suyo y todos a los que ha pertenecido), pero sería un exceso atribuirle el fracaso del pluralismo. Muchos factores intervinieron antes que él en el proceso político que nos ha traído adonde hoy estamos. El presidente se ha limitado a aprovechar la debilidad de los partidos para colocarse en el centro del monolito que está construyendo en el espacio que le corresponde a la Presidencia de la República. Además, al presidente parecen gustarle los fragmentos; desde luego, es más fácil gobernar fragmentos de ciudadanos que ciudadanos completos. También es más sencillo competir con una pedacería de partidos, que con organizaciones consolidadas.

Desde principios de los años noventa algunos llamábamos la atención a los riesgos que implicaba la debilidad de los partidos que no habían logrado construirse un electorado firme, demasiado ocupados estaban en resolver pleitos personales, disputas menores y altercados. Hoy es lo mismo, a los políticos profesionales lo único que les interesa son los otros políticos profesionales. Habría que exigirles que defiendan con más determinación los últimos treinta años de nuestra historia política, el pluralismo, el voto.

En un artículo publicado aquí mismo, en nexos en 1991, “Entre el pluralismo y la fragmentación”, mi conclusión acerca de las reformas a la legislación electoral fue: “Si sale bien es pluralismo, si sale mal, fragmentación˝. Al plantear esa posibilidad, no andaba yo tan desencaminada.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

Un comentario en “De la transición quedan sólo fragmentos

  1. Me resulta difícil pensar la transición política mexicana sin el modelo económico que la cobijó. Apoyé la democratización y participé en ella con la idea de que era un tanto “fake”, sin raíces, sostenida por el gobierno mismo, una elite intelectual, medios de comunicación y organismos internacionales, un autoengaño.

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