A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

En meses recientes he escuchado a las rastreadoras referirse a las llamadas o mensajes anónimos que contienen información sobre el posible paradero de sus seres queridos como actos motivados por el arrepentimiento. “Esperamos que algún sicario se arrepienta y quiera hablar”, escuché decir a la lideresa de Sonora. El término “arrepentido” apareció también en Michoacán en 2014 para referirse a los ex Caballeros Templarios que habían decidido unirse a las autodefensas. Se les llamaba “arrepentidos” de manera casi irónica, pues la insinuación era que no se había producido un cambio real, sino que eran en realidad infiltrados del crimen organizado que habían adoptado temporalmente el disfraz de autodefensas.

Me llama la atención el término porque remite inmediatamente a la historia del pentitismo, como se llamó a la participación de testigos protegidos en los maxiprocesos contra la mafia en los años ochenta en Sicilia. El arrepentido está en una situación particular con relación a la verdad. Es por un lado el que ha visto las cosas de forma más cercana, el que más sabe, pero también es el menos confiable. Para que sus palabras puedan ser usadas como evidencia en un contexto judicial es necesario que se produzca un raro subterfugio lingüístico y moral que tiene en su centro la cuestión del reconocimiento.

Ilustración: Raquel Moreno

El primer mensaje de Jesús en el Evangelio es el que toma de Juan Bautista: “Arrepentíos que el reino del cielos se ha acercado” (Mateo 3-17). Las últimas palabras que Cristo pronuncia al dividir y compartir el pan entre sus discípulos reiteran este mensaje: “Así está escrito, que el Cristo tenía que padecer; que al tercer día habría de resucitar de entre los muertos, y que en su nombre habría de predicarse el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén” (Lucas 24-46). Tanto en el mensaje de Juan Bautista como en el de Cristo el término original en griego es el mismo: metanoia, un cambio en la mente. De esta forma, el catolicismo ofrece una manera de interpretar al sujeto en la que no sólo es posible una transformación radical, sino que el paso del pecado a la virtud por medio del arrepentimiento adquiere una dignidad incluso mayor a la de la virtud misma. Dice Jesús: “Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento…” (Lucas 15-7). Si lo que cuenta no es el peso absoluto del mal hecho, sino la sinceridad del arrepentimiento, es preciso que exista una hermenéutica del sujeto, un método para llevar a cabo la exégesis del individuo y de sus expresiones de arrepentimiento. Hace falta, sobre todo, que alguien reconozca las pruebas visibles de ese arrepentimiento y de esa forma las autentifique.

El juicio que inició en Palermo en 1987 y que concluyó con la sentencia de 457 miembros de la Cosa Nostra se sostuvo en gran medida en las declaraciones de Tommaso Buscetta, el más famoso de los pentiti. Hasta ese momento predominaba, ya sea la incredulidad total —la idea de que la mafia era una fantasía, una teoría de la conspiración— o el reconocimiento de las prácticas mafiosas pero sólo como residuos “culturales” que formaban parte del temperamento innato de los sicilianos. Las declaraciones de Buscetta le dieron una realidad tangible a la Cosa Nostra. Según el pentito, la mafia como asociación era tan real como el gobierno municipal o la policía. Buscetta describió las jerarquías e incluso los ritos de iniciación que marcan el momento preciso en que un nuevo miembro comienza a pertenecer a una de las familias.

Sus palabras podían haber sido descartadas como inspiradas por el ánimo de venganza contra sus antiguos congéneres, pero dos peculiares elementos se conjugaron para darles credibilidad. Al iniciar su declaración, dice Buscetta: “El problema es que esta asociación, llamada Cosa Nostra, subvirtió el ideal que la regía al hacer cosas que no eran acordes con el ideal de la asociación”. Éste es uno de los argumentos centrales de Buscetta: no es él, sino la mafia la que cambió, no es él sino la asociación la que traicionó. Su maniobra resulta casi paradójica: el pentito usó la credibilidad que le daba el haber sido “hombre de honor”, es decir, usó el prestigio de la asociación que se encontraba bajo escrutinio. Al mismo tiempo, sus palabras de mafioso ortodoxo son acogidas por la autoridad institucional y moral del juez Giovanni Falcone. En medio de un aparato judicial profundamente entreverado con el crimen organizado, el juez Falcone parece movido por una fuerza distinta, por un deseo mesiánico de acabar con la mafia. Su rectitud quedó confirmada trágicamente por su asesinato durante el juicio, que también término de certificar la veracidad del testimonio del arrepentido.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.