A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Este mes Donald Trump dejará la presidencia de Estados Unidos. Para muchos el desenlace electoral de 2020 es una muestra de resistencia de la democracia. El populismo puede ser contenido y revertido. Sin embargo, hay una lectura menos optimista de la experiencia estadunidense y sus lecciones para el mundo.

Estados Unidos es la democracia más vieja del mundo. Ello explica por qué el casco resistió el embate populista. Las cortes no fueron capturadas, la oposición partidista logró sobrevivir, ganar la cámara baja en la elección intermedia y lanzar un candidato exitoso a la presidencia cuatro años después. Sin embargo, el daño incluso ahí es mayúsculo. Sólo el 60 % de los ciudadanos confía en las elecciones y el 70 % de los republicanos cree que los comicios fueron irregulares. Donald Trump perdió, pero no por un gran margen. No hubo un castigo contundente de los votantes. El resultado bien podría haber sido otro. La desconfianza que sembró su negativa a reconocer la derrota abre un expediente inédito de erosión democrática y polarización en ese país. Las fuerzas sociales que crearon a Trump permanecen. ¿Qué decir de la fortaleza de democracias más recientes?

Ilustración: Belén García Monroy

Hay desacuerdo sobre el grado de amenaza que los procesos de autocratización representan para la democracia en su conjunto. Algunos autores distinguen críticamente la actual ola de autocratización (1994-presente) de previas, como la que destruyó a las democracias parlamentarias en los años treinta del siglo XX. Por ejemplo, Bermeo cree que mientras tenga lugar algún tipo de competencia electoral el poder puede ser recuperado. Cuando a la sociedad civil se le permite mantener cierto espacio es posible la contramovilización”.1

Przeworski y Luo son menos optimistas. El valor sustantivo de la democracia consiste en su capacidad para sacar del poder a cualquier gobernante a través de procedimientos democráticos. Este valor no está predeterminado de una vez por todas. Puede ocurrir que las instituciones liberales-democráticas no provean salvaguardas efectivas contra la subversión de gobiernos electos democráticamente y que empleen procedimientos constitucionales para lograr su cometido.2

¿Cuáles son las posibles formas de contención de la autocratización? Por un lado, las democracias pueden ser defendidas de manera “horizontal”, por mecanismos institucionales como la división de poderes, las cortes constitucionales, los organismos autónomos, etcétera. Desde la fundación del gobierno representativo una de las tareas fundamentales de tales mecanismos es prevenir la usurpación y el abuso del poder. Otro control, sin embargo, es de naturaleza “vertical”: se refiere a la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas y que puede cambiar o corregir el rumbo de la política. ¿Cuáles de estas salvaguardas son más efectivas? La experiencia de la tercera ola de autocratización en el mundo pareciera indicar que las horizontales han sido mayormente inefectivas. Cuando gobiernos con apoyo popular las capturan se vuelven ineficaces para contener la deriva autocrática. Sin embargo, el control vertical tampoco parece estar funcionando. Estados Unidos es una anomalía y una golondrina no hace verano.

El hecho es que los gobiernos autocratizantes han logrado mantenerse en el poder. En el primer estudio histórico comparativo de las tres olas de autocratización que el mundo experimentó entre 1900 y 2017 Lührmann y Lindberg hacen un inquietante hallazgo: si bien sólo cerca de una tercera parte de los episodios de autocratización iniciaron en democracias, el 80 % de ellos culminaron en autocracias. Muy pocos se detuvieron antes de que esos países se convirtieran en regímenes autocráticos.3 Como señalan Przeworski y Luo: “Tristemente, el optimismo de que los ciudadanos amenacen con castigar de manera eficaz a los gobiernos que cometen transgresiones contra la democracia y de esa forma impedirles el seguir por ese camino es infundado”.

Para 2017 la tercera ola de autocratización iba en ascenso: más países la experimentaban en comparación con aquéllos en donde la democracia avanzaba o se profundizaba. En el mundo esto no había ocurrido desde 1940. La naturaleza gradual del proceso de autocratización presenta una esperanza y una amenaza. La esperanza es que, puesto que la democracia no se suprime de tajo, existe el espacio para que los ciudadanos se organicen y reviertan el proceso electoralmente. Después de todo, insurgencias cívicas en autocracias hechas y derechas, como las de los países de la órbita soviética, lograron hacer revoluciones de terciopelo. La amenaza es que, como señalan Przeworski y Luo, los pequeños incrementos en el camino de la autocracia propalen a los países hacia la autocracia de manera irreversible. Después de todo, en México el Partido Revolucionario Institucional (PRI) logró mantener una autocracia flexible con “algún espacio para la sociedad civil” por setenta años. Una cosa es cierta: sin la claridad o la voluntad de los ciudadanos, la democracia perece irremediablemente.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Bermeo, N. “On Democratic Backsliding”, Journal of Democracy, vol 27, núm. 1, enero 2016, pp. 5-19.

2 Przeworski, A. y Luo Z. “Democracy and its vulnerabilities: Dynamics of democratic backsliding”, manuscrito sin publicar.

3 Lürhmann, A. y Lindberg, S. “A Third Wave of autocratization is here: What is new about it?”, Democratization, vol 26, núm. 7, 2019, pp. 1095-1113.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.