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La entrada del senador a la capital del estado de Colorado fue a todas luces un espectáculo digno de verse. Poco después de su muerte en 1920, un testigo escribiría que la escena “era una imagen sacada de los días de las misiones”. Es fácil imaginar a los carruajes con asientos de piel, grandes ruedas de madera y toldos con orlas, tirados por caballos blancos, los más finos del estado. Detrás del conductor, la señora, con mantón negro de lentejuelas y piel de visón en los ribetes; con su broche, una joya en forma de cruz; su sombrero rebosante de plumas que rodean una flor de seda color marfil, y su cara blanca oculta tras un velo de encaje. Y junto a ella el señor senador, engalanado de pies a cabeza con sus zapatos Oxford, su chaleco, su fular, su cuello blanco y el reloj de plata; con su saco de lana a la medida y su sombrero de copa. Y, para colmo, su cara apuesta: gran bigote negro y vivacidad en los ojos.

Ilustraciones: Izak Peón

Tal fue la llegada a Dénver del único senador hispano del recién nacido estado de Colorado: Casimiro Barela, de apodo el Senador Perpetuo por su servicio durante más de 40 años en la legislatura local. Para llegar a la cámara del Senado su séquito debía transitar los casi 350 kilómetros entre la capital y su distrito: la parte del estado que se extendía al sur de la línea que apenas unas décadas atrás marcaba la vieja frontera entre Estados Unidos y México. En ese entonces la línea, ya invisible pero siempre presente, era conocida como la Cortina de las Tortillas, pues dividía a la parte de Colorado donde la mayoría de los habitantes eran hispanos de aquélla donde habitaban los anglosajones.

Barela dedicó su vida a defender los derechos de los coloradeños que vivían al otro lado de la Cortina: los nacidos en México, los hispanohablantes y, después, los obreros y quienes en migración llegaron a Colorado de diversas partes del mundo. Hoy en día un vitral con su retrato cuelga en la rotonda del capitolio donde pasó buena parte de su vida. El 10 de marzo del 2020, sin embargo, la legislatura que se reúne en esa misma cámara resolvió eliminar el legado más conocido de Barela: el Día de Colón. La cancelación del día festivo llegó al cabo de décadas de protestas y manifestaciones en contra de la celebración oficial de un hombre al que muchos en Estados Unidos han llegado a ver como un ícono del colonialismo y del racismo antiindígena. En un giro de ironía, muchas de estas protestas emanaron de la misma comunidad hispana a la que Barela consagró su vida.

 

La historia de Barela comienza un año antes de su nacimiento: el 6 de agosto de 1846, al inicio de la guerra entre México y Estados Unidos. En esa fecha, unos dos mil soldados estadunidenses del Ejército del Oeste cruzaron la vieja frontera con México y acamparon cerca de una colina en el Paso Ratón, entre las montañas de cimas planas que hoy dividen a los estados de Colorado y Nuevo México. Establecido el campamento, los soldados bajaron a las llanuras del este de Colorado y comenzaron a avanzar de pueblo en pueblo. En cada plaza, el general Stephen Kearny leía la misma proclama:

He venido a ustedes bajo las órdenes de mi gobierno, para tomar posesión de su territorio y extender sobre él las leyes de Estados Unidos. Venimos a ustedes como amigos, no como enemigos; como protectores, no como conquistadores (…) Los que permanezcan en casa, atendiendo a sus cultivos y rebaños, quedarán bajo mi protección (…) No tocaremos un solo pimiento ni una sola cebolla (…) ¡Pero escúchenme bien! Todo aquél que se arme en mi contra será colgado.

El Ejército del Oeste continuó su avance sin encontrar mayor resistencia. El 18 de agosto de aquel año, tomaron la ciudad de Santa Fe, terminando así su campaña de conquista. Fue en este contexto de ocupación militar que Casimiro Barela vio la luz por primera vez. Nació el 4 de marzo de 1847 en Embudo, un pequeño asentamiento junto al río Bravo en las montañas de Nuevo México, a unos 50 kilómetros al norte de Santa Fe. Once meses después, la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo transformó al niño mexicano en ciudadano estadunidense; todo esto sin que el pequeño Barela se enterara de nada.

Los historiadores se refieren a las personas que nacieron en el norte de México y se volvieron ciudadanos estadunidenses en 1848 como treaty citizens: “ciudadanos del tratado”. Aunque el acuerdo le quitó a México casi el 50 % de su territorio, la pérdida de población fue mínima: apenas 100 000 personas —el 1 % de los mexicanos— vivían en el área anexada. Tal población incluía tanto a colonos españoles recientes como a mexicanos mestizos e indígenas. Si bien Santa Fe —la ciudad más importante de la zona— cayó sin derramamiento de sangre; y si bien algunos de sus pobladores —sobre todo los que se dedicaban al comercio— recibieron a los estadunidenses con los brazos abiertos, muchos de los mexicanos que vivían en el territorio se convirtieron en gringos a la fuerza. Después de la cesión del territorio el gobierno mexicano mandó a tres comisionados a Texas, Nuevo México y California para informar a la población mexicana sobre sus derechos: o bien mudarse a México y conservar su ciudadanía mexicana, o bien convertirse en ciudadanos estadunidenses. Las autoridades de Estados Unidos, sin embargo, interrumpieron ese proceso, argumentando que el Tratado de Guadalupe-Hidalgo no admitía la presencia de tales comisionados. Por eso muchos mexicanos se volvieron ciudadanos de Estados Unidos sin saber que tenían otra opción. La mayoría de estos nuevos ciudadanos estadunidenses habían sido jornaleros en las grandes concesiones de tierra de la zona; muchos no hablaban inglés y algunos eran analfabetos incluso en español.

Y luego estaba el caso de los criollos: los descendientes de colonos europeos nacidos en América. Como sabemos, los criollos ocupaban una posición ambigua. En tanto que europeos, explica el politólogo Joshua Simon, “disfrutaron de muchos privilegios, sacando provecho de la explotación económica y la exclusión política de las grandes poblaciones indígenas, africanas y mestizas que vivían en sus colonias”; al mismo tiempo, en tanto que súbditos americanos de imperios europeos, los criollos eran “socialmente marginalizados, excluidos de la representación en los ayuntamientos y parlamentos de la metrópoli, y sujetos a políticas comerciales diseñadas para proteger los intereses imperiales a expensas de aquéllos de las colonias”. Con el tiempo, las frustraciones de la condición criolla animaron las revoluciones de independencia por todo el hemisferio americano. Sugiero que uno de los efectos menos estudiados de la invasión estadunidense fue un recrudecimiento de la condición criolla. Tras su incorporación a la sociedad estadunidense, los hispanos de ascendencia europea se encontraron de nuevo en una posición contradictoria: su piel blanca les aseguraba privilegios negados a los mexicanos mestizos e indígenas, pero su “mexicanidad” los hacía subalternos de los anglosajones.

El caso de Casimiro Barela es un ejemplo clarísimo de esta dinámica. Nació en una parte de México que estaba a punto de dejar de ser México y creció en Estados Unidos siendo ciudadano de aquel país, pero sin hablar una palabra de inglés. Su identidad criolla es indiscutible: según el historiador Hubert Howe Bancroft, los Varela —tal era la ortografía original del apellido— desembarcaron en San Francisco, California, procedentes de España en febrero de 1777. La primera generación de colonos consistía del bisabuelo de nuestro protagonista, Casimiro Varela; su hijo, Juán Varela; y sus nietos, Juán y José Cayetano. En 1839 Juán Varela y dos de sus primos se trasladaron de California a Nuevo México, donde cambiaron su apellido a Barela y donde nació el Casimiro que nos ocupa. La familia, sobra decirlo, era blanca y orgullosa de su linaje español: se entendían a sí mismos como pioneros, colonizadores de los límites más remotos de la colonia más grande de su país. Tras la consumación de la Independencia, los Barela se convirtieron en mexicanos por circunstancia más que por convicción, acaso porque las concesiones de tierra que el gobierno independiente otorgaba eran más generosas que aquéllas de la corona española. Podríamos decir, entonces, que Casimiro Barela fue el último y más norteño criollo.

 

El norte de Nuevo México es en la actualidad una de las regiones más pobres de Estados Unidos, pero nadie puede negar que se trata de un paisaje muy bello: la vegetación alterna el piñón, el enebro y el matorral de roble con pastizales y llanuras. Como muchas familias de la zona, los Barela se dedicaban a la agricultura y la ganadería. Desde muy niño, el joven Casimiro ayudaba en aquellos trabajos, pero también bajaba al poblado de Mora para recibir una educación privada —en español— de manos del padre Salponiente, un misionero francés. Poco después del estallido de la Guerra Civil de Estados Unidos, Barela y su padre decidieron incursionar en un nuevo negocio y se hicieron arrieros, fletando un tren de mulas entre el norte de Nuevo México y el pueblo de Trinidad, Colorado, un viejo asentamiento español de unos doscientos habitantes. A Casimiro le gustó Colorado. A los veinte años, cuando se casó con Josefa Ortiz, la pareja decidió establecerse a unos diez kilómetros de Trinidad, en el condado de Las Ánimas. La nueva familia se benefició de los esfuerzos del gobierno estadunidense por incentivar la colonización de los territorios del Oeste: gracias al Homestead Act de 1862, Casimiro recibió una concesión de tierra a cambio de la promesa de trabajarla.

Ya establecido en Colorado, Barela se entregó con singular energía a una enorme variedad de negocios: publicaba dos periódicos en español, gestionaba varias tiendas, cultivaba cereales y criaba ganado. Acabó por convertirse en el hombre más rico del sur de Colorado. Invirtió en tierra, en la banca y en los ferrocarriles, y sacó ventaja del régimen territorial de open range —el acceso abierto, entre los años 1860 a 1890, a las tierras aún no reclamadas del oeste de Estados Unidos— para hacerse de más de cinco mil vacas, quince mil ovejas y de un puñado de famosos ponis de polo. Su verdadera vocación, sin embargo, era la política. A la edad de 22 años, la gente de Trinidad lo eligió para el puesto de juez de paz. Luego sirvió como comisario, tasador del condado y director general de correos. Su reputación entre sus vecinos era tan positiva que años más tarde el pueblo donde vivía a las afueras de Trinidad fue rebautizado en su honor.

No debería sorprendernos, entonces, que en 1872, a la edad de 25 años, eligieron a Barela para representar al condado frente el gobierno de lo que entonces era el Territorio de Colorado. (Antes de ser admitido a la unión, los futuros estados tenían el estatus legal de “territorios” para establecer sus gobiernos y economías locales.) A esas alturas Barela había aprendido inglés de la mano de su esposa, quien había estudiado la lengua en un colegio de monjas en Santa Fe. El joven impresionó a los legisladores no sólo con la elocuencia de su inglés y su acento casi perfecto, sino también con la grandeza de su llegada: la estética criolla —casi novohispana— del séquito de Trinidad era con mucho y en definitiva más impresionante que el protestantismo austero de los senadores anglosajones.

La entrada de Barela traicionaba sus orígenes criollos pero sus prioridades políticas provenían de su experiencia como “ciudadano del tratado”. Su primer proyecto de ley promovía la difusión bilingüe de las leyes estatales: los habitantes del sur de Colorado —donde vivía el 5 % de la población— eran en su mayoría hispanohablantes que no hablaban inglés, pero Barela insistía en su derecho a conocer las leyes que debían cumplir. “Pueden decir que desconocer la ley no es excusa para romperla”, Barela argumentó. “Yo digo que es la única excusa”.

Gracias a la tenacidad de Barela, las leyes de Colorado se publicaron en español por los 25 años siguientes: tiempo suficiente, según el senador, para que la población hispana del estado pudiera aprender inglés. El senador repitió su argumento en 1875, cuando el gobierno federal de Estados Unidos aprobó la solicitud del Territorio de Colorado para convertirse en uno de los estados de la unión. Escogieron entonces a Barela como parte del comité que escribiría la Constitución del nuevo estado. Barela convenció a la legislatura de que se publicara el documento no sólo en español sino también en alemán, pues Colorado contaba con un número cada vez más grande de migrantes de ese país.

Como la yuxtaposición de su llegada casi imperial y su defensa de los mexicanos oprimidos, la política de Barela era ambivalente: oscilaba entre lo colonizante y lo colonizado. En 1883, por ejemplo, Barela tuvo que justificar de nuevo la inclusión política de los hispanohablantes. Caldwell Yeaman, un juez estatal, decidió excluir de los jurados judiciales a los habitantes hispanos de Colorado, con el argumento de que su falta de inglés los hacía incapaces de participar a plenitud en los derechos y obligaciones de la ciudadanía. Barela se opuso con vehemencia: “El pueblo hispano-americano en el estado de Colorado tiene más prerrogativas que cualquier otro, porque es el dueño verdadero de un territorio conquistado a fuerza de sangre y de sacrificios por sus antepasados”. Aunque la clara intención del discurso era defender a los “ciudadanos del tratado”, Barela traiciona su perspectiva criolla: el derecho de los hispanos a la tierra de Colorado no se basa en su indigenidad, sino en haber sido los primeros en conquistarla.

Este sesgo criollo, antiindígena y proconquistador deja verse en otros aspectos de la carrera política de Barela. En la primera sesión del Senado estatal de Colorado, en 1877, Barela presentó un proyecto para establecer un destacamento militar entre el fuerte Lyon en Colorado y el fuerte Unión en Nuevo México; esto con la intención de proteger a “ambos pueblos” de las “depredaciones” de los indios. En 1879, al expresar su oposición a un proyecto de ley que exigiría a los ganaderos del estado que criaran únicamente toros finos —algo fuera del alcance de los ganaderos pobres hispanohablantes—, Barela argumentó que tal ley discriminaba contra los mexicanos al mismo tiempo que defendía su derecho a la tierra con base en la herencia de Cortés:

Los mexicanos son los dueños legítimos de este país, que les vino por herencia de sus antepasados. Hernán Cortés y sus aguerridos compañeros conquistaron esta parte del continente americano, peleando noble y valientemente para destruir el barbarismo, y con sus esfuerzos iniciaron la civilización e introdujeron la luz del cristianismo en la más apartada y escondida mezquita.

La argumentación de Barela quiere hacer del México de los conquistadores el único México, borrando lo indígena al tacharlo de “barbarismo”. La identidad de la colonización y la civilización se da por sentado.

Sin embargo, al tiempo en que Barela gozaba de sus privilegios criollos, su defensa de los mexicanos del sur de Colorado —en su mayoría pobres y mestizos— tenía claras raíces en la experiencia de la conquista que él mismo había vivido en carne propia, y que seguiría viviendo durante el resto de su vida. La anexión estadunidense del territorio mexicano había reducido a las diversas castas de Nueva España, con su compleja cuadrícula de colorismo y clase social, a una sola raza de mexicanos: una clase social que era, a los ojos de los anglosajones, homogénea, proletaria e ignorante del inglés. Aunque fuera blanco y rico y hablara inglés a la perfección, Barela seguía siendo un mexicano como cualquier otro.

 

Con el paso de los años, el papel de defensor de los “ciudadanos del tratado” que Barela había asumido terminó por convertirlo en el campeón de todo el proletariado migrante de Colorado. La población cambió radicalmente en las primeras décadas del siglo XX con la llegada de un número cada vez más grande de inmigrantes europeos. En 1900, por ejemplo, el condado de Las Ánimas tenía apenas 13 habitantes de origen italiano; para 1910, el censo registraba 3 362; para 1916, el 16 % de la población de Colorado había nacido en el extranjero. Como a los “ciudadanos del tratado” antes que ellos, la población anglosajona discriminaba y marginaba a los inmigrantes europeos, relegándolos a trabajos rudos y peligrosos. Barela patrocinó varios actos legislativos para proteger a los recién llegados: uno para regular la inspección de minas de carbón, otro que prohibía que las compañías ferrocarrileras exigieran a sus trabajadores que trabajaran más de 18 horas consecutivas y otro más que legalizaba a los sindicatos y otras organizaciones obreras.

Los esfuerzos de Barela por ganarse la lealtad de los italianos de Colorado lo llevaron a promover la ley que sería su legado más duradero y controversial. En 1905 dos inmigrantes italianos, Agnelo Noce y Siro Mangini, se acercaron a Barela para proponerle que promoviera un proyecto de ley que proclamaría el 12 de octubre como el Día de Colón, honrando así a una figura que los italianos veían con orgullo. Barela estuvo de acuerdo y la ley prosperó, de manera que Colorado fue el primer estado en festejar la fecha. En la dedicación del día, Barela dijo que, aunque los italianos, portugueses, y españoles lo reclamaron como propio, Colón “no es la propiedad de una sola nación. Pertenece a toda la raza latina”. Con los años, la celebración se extendió más allá de las fronteras de Colorado. Para 1922, 35 estados lo adoptaron como día de fiesta. En 1971, el día se volvió festejo federal. En México e Hispanoamérica, la fiesta, conocida como el Día de la Raza, se celebra desde 1913.

 

Barela concebía al Día de Colón como algo que celebraba la unidad de la ”raza latina”, pero al paso de las décadas la fiesta empezó a confrontar a los italianos y los chicanos de Dénver. Mientras que los italianos veían al festejo como una celebración de su herencia, los chicanos comenzaron a entenderlo como una ofensa a los pueblos colonizados. La pugna se extendió a través de Estados Unidos, especialmente a partir de 1992, el quinto centenario del desembarco de Colón, cuando se convirtió en un día de protestas en contra del genocidio de las naciones indígenas.

Reinterpretar el legado de Colón —y, más allá, el de Barela— encuentra sus raíces en la reorganización social de los Estados Unidos en los años de la posguerra. A lo largo y ancho de la nación, los hijos y nietos de los migrantes europeos que llegaron a Estados Unidos a principios del siglo XX de ser considerados “blancos oscuros” pasaron a ser simplemente “blancos”. Este proceso de asimilación a la casta dominante los llevó a abandonar las ciudades, donde la población incluía a números considerables de negros y latinos, en favor de nuevos suburbios sólo de blancos. Al mismo tiempo, los grupos excluidos de estos espacios privilegiados comenzaron a organizarse en movimientos identitarios: el movimiento del black power, el movimiento de los indios nativos y el movimiento chicano. El nombre de este último provenía de una resignificación de una palabra que hasta ese momento era usada para referirse de forma despectiva a los mexicanos.

En la superficie, las demandas del movimiento chicano se parecían mucho a las de Barela: luchaban por los derechos de los trabajadores mexicanos en Estados Unidos, por la educación bilingüe y por la restitución de las tierras que los mexicanos-estadunidenses habían perdido a causa del Tratado de Guadalupe-Hidalgo. En un nivel más profundo, no obstante, el criollismo de Barela y el radicalismo de los chicanos eran incompatibles. Un aspecto fundamental de la ideología del movimiento chicano implicaba reimaginar a la parte de Estados Unidos que antes pertenecía a México como “Aztlán”, la tierra ancestral de los aztecas. Con esta reconceptualización, los chicanos reclamaban su derecho sobre la tierra estadunidense —ya que después de todo se trataba de la tierra de sus ancestros— al mismo tiempo que se alineaban no con Cortés y sus descendientes, sino con los pueblos indígenas y prehispánicos. Así, los chicanos se definían en contra de dos conquistas: la española y la estadunidense. Su consigna, tal vez de forma inconsciente, hacía eco tanto de Barela como de Vasconcelos: “¡Viva la Raza!”.

La historia del movimiento chicano en Dénver es un microcosmos de las dinámicas que se desenvolvían en el resto de los Estados Unidos. A principios de los años 70 del siglo pasado, los conflictos étnicos entre los chicanos de Colorado y los italianos —ya considerados blancos— llegaron a un punto crítico en el noreste de la ciudad, una zona que de origen había sido italiana, pero que en décadas recientes se había convertido en el centro de la cultura y el activismo chicano de la región. En este barrio, conocido como Northside, existe un parque llamado Navajo Park. En 1971 —el mismo año en el que el Día de Colón se convirtió en un día feriado a nivel federal— los pocos italianos que quedaban en el vecindario lanzaron una petición para rebautizar el parque en honor a Colón, al parecer como un último intento de aferrarse al barrio.

Pero la mayoría mexicana del Northside tenía otras ideas. Una de las demandas centrales del movimiento chicano en Dénver era que las instituciones comunitarias de los barrios mexicanos-estadunidenses debían estar bajo el control de la comunidad chicana. El Parque Navajo, con su alberca y otras instalaciones recreativas, era una de estas instituciones. En el verano de 1972, miembros del movimiento chicano ocuparon el Navajo Park y lo rebautizaron como el Parque de la Raza. Tras intimidar a los salvavidas blancos contratados por el gobierno municipal, capacitaron a adolescentes del barrio para que se encargaran de vigilar la alberca. A partir de ese momento, la comunidad chicana de Dénver celebraba el aniversario de la toma del parque con una enorme fiesta callejera. En 1981, sin embargo, el cuerpo de granaderos de la policía local interrumpió la celebración con perros, gas lacrimógeno y macanazos. Para fines de aquel año el gobierno municipal había llenado la alberca con cemento y un cambio en los letreros daba fe de que el sitio se llamaba Parque de Colón.

 

En épocas recientes, sin embargo, la actitud del gobierno de Colorado frente a Colón y su día es distinta, al menos superficialmente. En 2020 la legislatura local aprobó un proyecto de ley según el cual el tercer lunes de octubre se festejará el Día de Frances Xavier Cabrini, una monja italiana que fundó varios orfanatos en el estado. Adrienne Benavidez, la senadora estatal que patrocinó el proyecto, declaró que la comunidad italiana de Colorado “estaba cansada de pelear cada año sobre el Día de Colón y quería un festejo que representara mejor los valores actuales de la comunidad”. En junio pasado, en medio de la ola de protestas contra el racismo que sacudió a Estados Unidos, el gobierno municipal retiró los letreros del Parque de Colón por temor a que los manifestantes los destruyeran. Esa misma semana, la legisladora local que representa al barrio inició el proceso para cambiar oficialmente el nombre del parque a Parque de la Raza. El nombre de Barela no fue mencionado en ningún momento de la discusión. Nadie recordó que la idea misma de festejar a Colón nació en Colorado, ni que su primer promotor fue el único senador de origen mexicano de la primera legislatura local —un hombre que existía en la tensa frontera entre la blancura y la “condición de color”. La idea de que la comunidad hispana originalmente apoyó el Día de Colón era inconcebible.

Puede que el legado más duradero de Casimiro Barela haya desaparecido de las leyes de Colorado, pero resulta innegable que su excéntrica biografía ofrece una ventana privilegiada a la evolución de la identidad mexicana en los Estados Unidos. El Tratado de Guadalupe-Hidalgo inculcó en el primer senador hispanohablante de Colorado una política ambivalente y neocriolla. Por un lado, Barela siguió siendo blanco, adinerado e incluso encantador. Por otro, el simple hecho de hablar español y carecer de rasgos anglosajones lo convirtió en un mexicano colonizado. En los cien años transcurridos desde su muerte, sin embargo, las categorías y los conflictos raciales de la región han cambiado por completo. Sólo nos queda preguntarnos qué pensaría Casimiro Barela al ver que ya no hay Día de Colón.

 

Caroline Tracey
Es doctorante en el Departamento de Geografía en la Universidad de California, Berkeley, donde se enfoca en el estudio de la frontera entre México y Estados Unidos.