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El camino de la apertura democrática incorporó al discurso mexicano distintas herramientas retóricas, tanto a nivel cupular como popular. Una vez que un concepto permea y se empiezan a cobrar réditos, el valor de su idea queda en el usufructo y no en lo que quería definir.

A lo largo de años, aprovechando la condición de mutabilidad e inmutabilidad del lenguaje, se crearon sinónimos donde la inexactitud ha sido frecuente. Legalidad y legitimidad aún requieren una explicación que obliga regresar a las bases de cada una para no caer en vacíos. Entró en desuso el pueblo y volvió a cobrar significancias entrado el siglo XXI. Población y ciudadano han perdido peso en la balanza ideológica, a pesar de ser imprescindibles para comprender y modificar las fallas de un Estado o de una sociedad. Por generaciones, el discurso sobre la destrucción del país ha sido tan reiterativo y proveniente de tantas voces, que apenas alcanza el agotamiento para desescucharlo. El verbo puede ser impreciso, pero la acción queda entendida. Escuchar algo que luego se elimina de los oídos. Cada uno de los ejemplos que se han transformado en lugar común ha pasado por una ruta similar, en la que el divorcio entre emisores y receptores de mensajes se ha encargado de pervertir el lenguaje político para transformarlo en dialecto. Se habla para que se escuche, se desescucha para eludir lo hablado.

Ilustración: Belén García Monroy

En México, los ejemplos pueden ser abundantes, pero hay uno en particular que por su fatalidad merece dedicarle un poco más de tiempo. El discurso sobre la destrucción prescinde de la definición para situarse sólo en el sobreentendido. Ya sea a manos del PRI viejo o el PRI nuevo, el PAN exiguo o el partido gobernante, ya sea en las voces de los opositores de cualquiera. ¿Qué quiere decir destruir un país? Tenemos suficiente historia para saberlo.

Desoímos las señales que, de poner un poco de atención a una historia que no sea la propia, ya habría dado suficientes tumbos en nuestras cabezas como para intentar no refugiarnos en ellas.

Yugoslavia no se empezó a destruir por la guerra y su demencia, Siria no inició su fin con el abrazo a la barbarie y la crueldad.

Hace tantas décadas que dejamos de pronunciar la noción de balcanizar, como el tiempo que nos acostumbramos a las voces del triunfalismo por lo que no ha sucedido. Las de las promesas que tienden a ser incumplidas, las proclamas que sólo soportan el apego a la esperanza o a la ilusión. O a ambas. O a la desinformación o a la ingenuidad. O a ambas. O a las cuatro anteriores.

Los países no sólo se destruyen o no se destruyen solamente con los cambios de estafetas políticas y con la modificación de estructuras que dan lugar a nuevas. En ocasiones, igual de corroídas que las anteriores. Oxidadas sin siquiera agua. Cabe recordar que la decadencia está en las sociedades que encuentran un espejo en malos gobiernos. Un gobierno desorganizado es producto de la esterilidad social, la esterilidad política de la gente.

En la historia de los países que se van destruyendo y los que se han destruido frente a nuestros ojos, los ministerios y las secretarías cambian, así como sus políticas. El dinero se evapora y el hambre se hace costumbre. Este país, como un conjunto, no sabe lo que es ser un país de gran hambre. Esos son los países en los que sus capitales conocen lo que es hacer colas por una pieza de pollo, decía mi abuela en una visita que hizo desde Siria hace demasiado tiempo. Conocemos, sí, la desesperación de padres por las medicinas de sus hijos. Es un primer aviso de lo peor. Sin embargo, eso peor, con todo el dolor que pueda provocar escuchar el testimonio de la desesperación, y desesperaciones hay muchas, tampoco es el signo de la destrucción de países.

Los países se destruyen a sí mismos cuando ese padre que busca una medicina, encuentra que hay alguien capaz de menospreciar su angustia. Cuando las inquietudes y urgencias de unos son minimizadas. El camino de la destrucción comienza en la adjudicación de razones sobre aquello que debería dar vergüenza. Es el desprecio o indiferencia en nombre de un bien mayor, intangible, presto a la subjetividad. Los países se destruyen cuando en nombre de ambigüedades, de palabras repetidas hasta el cansancio, de figuras aparentemente inapelables, sus sociedades se permiten mirar por encima de otros e ignorarse.

Cuando hablamos de los capitales corruptos, de las estructuras de la cleptocracia, sabemos que nos referimos a un mal que nadie se atreve a justificar. En un país que todavía no se destruye, el corrupto tratará de ocultar sus acciones para guardar las apariencias de lo despreciable. Ahí, los simpatizantes de un gobierno corrupto no intentan darle razones a lo criminal, a lo dudoso. En el juego bipolar del pragmatismo público se impone la nada privada que, tradicionalmente, absorbe al primero. Éste se pone a merced de la justificación. Con la violencia ocurre una ruta equivalente. Un país que rechaza la violencia desmedida de sus autoridades aún no está destruido. El país que la ignora comienza su balcanización.

En la destrucción de los países lo que cambia es su gente, a merced de sus pares. En nombre de la revolución, de la transformación, de la patria, del pueblo, se excluyen los no revolucionarios, a los no patria, a los no pueblo.

Vengo de una casa que conoció los dolores de las guerrillas en Centroamérica y de las dictaduras en Medio Oriente, todas ellas revolucionarias. En esa casa donde se conoció lo que era estar en trincheras de verdad, se aprendió que quien defiende la revolución con fusiles nunca ha tenido uno en mano. Mucho menos conoce qué es una revolución.

Los cánones contemporáneos han, en la mayoría de las ocasiones, remitido a la metáfora el lenguaje de las armas. La polarización de la que tanto y tan a la ligera se escribe y habla ahora, a menudo no toma en cuenta sus efectos prácticos. No se los imagina, no los ha vivido. Es un triunfo de la civilidad que no es adecuado negar: en gran parte del planeta ya no sabemos de aquellos efectos prácticos.

El anuncio de una destrucción nace cuando la gente empieza a pelearse entre familias y amigos por razones que no son de amigos ni de familias. Surge cuando los extraños se insultan por pensar diferente y entre ellos; cuando hacemos natural la anulación por medio de un simple calificativo o una frase bravucona: tú, liberal, ¿qué hiciste antes? Tú, conservador, éste no es tu país. Tú, que no entiendes la transformación de la patria, mereces quedar fuera de ella.

Esa es la forma en que se destruyen países. El futuro es apenas visto como el siguiente periodo electoral o el triunfo sobre los diferentes, todos opositores y no ciudadanos.

Destruir es un verbo de conjugación futura en el que el futuro ya no es un estado del porvenir.

Si sólo hablamos de la destrucción de países, olvidamos que antes de ellos se destruyen sus sociedades. Sin éstas, el primero es inútil. Un país es producto de la supervivencia de las sociedades. Una congruencia axiomática que también hemos aprendido a evitar. La desescuchamos.

Se destruyen las sociedades sin relación de interdependencia entre sí mismas y su realidad. Disociación ampliada en la hecatombe de la comunicación ansiosa, en la cual se busca siempre dar novedades que alimentan el escándalo. El espectáculo. Eventualmente, lo que reinará es el silencio, en el encuentro de individuos ansiosos por novedades que sustituyan a la realidad común.

¿Qué escenarios políticos pueden quedar después de esto?

Si se cuenta con experiencia en gobiernos incapaces de ser congruentes, se puede ver que cada uno arrojó a otros gobiernos, nuevos, apenas capaces de administrar su mediocridad. Todos envueltos en mitos que ante la baja perspectiva del pasado dan razones de un bien mayor. En las etapas de la destrucción, las sociedades firman su destino al aplaudir la mediocridad del mito, natural en su limitación sobre la realidad. Ahí, acostumbrados a la precariedad política, se argumenta desde ella.

En los caminos de la destrucción, el juego de las emociones personales se coloca sobre los problemas públicos. Los gobiernos hablan de felicidad encima de la administración de las precariedades y limitaciones, de las emergencias: sea feliz, mañana quizá la realidad se lo impida. Las sociedades, entonces, en su vocación destructiva, aman a sus gobiernos pero no a las acciones de gobierno. Un universo de no amantes queda afuera. Relegado, sin país ni sociedad en común más que la tribu de empatías.

La tercera década del siglo XXI tiene la obligación de resistir a sus patologías. El Estado es una construcción a largo plazo en la que se debe blindar su supervivencia de los símbolos que pueden verse apropiados por quienes quieran hacer mal uso de ellos. No hay Estado sin sociedad, ocupémonos de no destruirla. Queda abandonar la insistencia en lo óptimo para que nunca se logre lo mínimamente decente. Queda adoptar la realidad para no destruir la posibilidad de modificarla.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.

 

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