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Les voy a dar un consejo, pues no tengo a nadie personalmente a quien poder transmitírselo. En este año que comienza y el cual se verá seguramente plagado de tragedias económicas y dislates morales, tomen a un filósofo o pensador, a uno solo, y dedíquenle este año 2021. Como si fuera la o el amante cuya muerte se avecina y reclama para sí los mayores cuidados. Cuando digo “tomen” o aborden a un filósofo, me refiero a sus libros o a sólo uno de sus libros. Casi cualquiera es bueno: Séneca, Locke, Husserl, San Agustín, Sartre, Bergson, Sigüenza y Góngora, Pico de la Mirandola o cualquier pensador contemporáneo, sin importar la nacionalidad que posea. La lista es abrumadora. Busquen su o sus obras más importantes y confínense sanitariamente en sus páginas hasta que se harten, agobien o su trastorno mental comience a ser visible. La finalidad de esta gimnasia no es una vana o ridícula educación, sino sólo mostrar cómo todo se relaciona con todo y cómo resulta imposible escapar a las redes que nos contienen (no sólo a las redes fecales, como llama Arnoldo Kraus al ruido mediático virtual, sino a las reales y gravitatorias). Por más oscuro, complejo o arbitrario que sea un filósofo o pensador no puede escaparse de su característica humana ni de las infinitas relaciones que establece con todo lo que puede ser escrito o pensado en un lenguaje articulado. Un tratado de física puede llevarme a la teología; un libro sobre fenomenología me puede conducir al Marqués de Sade; un tomo sobre empirismo inglés es capaz de encaminarme a una historia de las drogas; o una obra existencialista podría lanzarme de lleno a la gastronomía. Sí, los vasos comunicantes, los entrecruzamientos pueden comenzar por cualquier libro, sólo si uno sabe poner atención y relegar el afán de entretenimiento, diversión o ánimo educativo lejos de nuestra atención. Todo orden es una ficción impuesta.Tal orden es necesario para sobrevivir, progresar en una ciencia, tener aseada una habitación, preparar una comida, pero al mismo tiempo es un impedimento para un conocimiento más profundo del mundo en que rodamos, y un obstáculo para las artes. Preferir argumentar a simplemente expresarse es una señal de atrofia, pero no necesariamente maligna. El diálogo y la conversación son importantes para elaborar códigos civiles y controlar a los salvajes, pero en el conocimiento profundo, las artes y el explayarse de la imaginación a veces estorba. Mi propuesta debe parecer una locura o un acto demencial, pero me alivia pensar que, por ejemplo, H-G Gadamer sabía que la demencia y la inteligencia no se hallan reñidas e incluso logran convivir amablemente. El Árbol de Porfirio, el panteísmo, los libros sagrados, la agonística socrática, todo esto vendrá a su cabeza al leer esta columna, pero yo no considero que los libros sean biblias, incluso la Biblia misma. Digo que son mesas a las que sentarse para probar de todo y ver cómo andan las cosas. A mí, por ejemplo, Kant (sus Críticas) me parecía totalmente aburrido y pesado, naturalmente predecible pero, yo como escritor, no me sentía obligado a comprenderlo sino sólo a husmear en su mundo, que es el mío, y así, hasta llegar a la conclusión de que sus libros eran invención de mi entendimiento: alucinaciones particulares que se extendían en todas direcciones. Obviamente si lees a Schopenhauer no hay por qué leer a Freud, pero el orden es lo de menos, como dije. El orden abusivo y rígido te mata para que sobrevivas. ¿Pero qué es lo que sobrevive? No lo sé, tal vez un soldado, un experto, un mecánico. El año que comienza —a pesar de que me resisto a medir el tiempo de vida humana en años— será extravagante y frustrante, mas pondrá a las sociedades y a los individuos en el lugar que han construido con su devoción al deseo ordinario y a sus acciones. Hay que, diría yo, retrasar el reloj y tocar la red del conocimiento humano, complejísima, abierta, heterogénea, y ello se puede hacer eligiendo un solo libro, filósofo o pensador y hacer, vía la curiosidad y la imaginación, que el mundo pase por allí. En este año se impone mirar la tormenta desde dentro hacia afuera y no al revés. Tomen a un filósofo o ensayista e intenten ver desde sus ojos. Lo sustancial es lo que conocemos a partir de sus múltiples efectos, pensaba John Locke (1632-1704). Y bueno, nada ha cambiado.

Ilustración: Maricarmen Zapatero

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, Fandelli, Mis mujeres muertas y Mariana Constrictor.