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Fernando del Paso: Noticias del Imperio, Diana, 1987, 60 pp.

En 1925, llevado por el viento de la novelería, Carlos González Peña apuntó que no acababa aún la tragedia iniciada en Miramar y resuelta a medias en Querétaro. Convertida en «fugaz y lancinante sombra», única sobreviviente del Imperio, la Emperatriz Loca mantenía vigente ese drama. Murió a los ochenta y seis años, en enero de 1927, tras sesenta años de desarreglo mental. «Apenas puede concebirse tan cruel infortunio», escribió entonces González Peña. «¿Qué era esa mujer si no el fantasma silencioso y sombrío de un mundo remoto? Mísero despojo de lejana grandeza, para ella la vida se había detenido sesenta años atrás. Por mucho tiempo se la olvidó; se ignoró que existiera. La publicidad, a caza de temas interesantes, la descubrió recientemente; en fuerza de inactual, resultaba Carlota personaje de actualidad permanente y curioso de explotar, de vez en cuando, en las informaciones cablegráficas». Con este mismo pasaporte, desde que el disciplinado articulista de El Universal se ocupó de ella, la Princesa de Bélgica, Archiduquesa de Austria y fugaz Emperatriz de México viaja por nuestras letras.

En la década de los cuarenta, entre numerosas obras de tema histórico, la figura de Carlota obtuvo la gracia de su juventud en pleno. Miguel N. Lira estrenó en 1943 su Carlota en México y Salvador Novo fue el primero en reconocer el riesgo de tal apuesta escénica. (Ni quién se acordara, con excepción de Novo tal vez, que Julio Jiménez Rueda estrenó en 1932 su Miramar, poema dramático en tres actos.) El cronista apuntó: «El tema, por simple, tanto como por familiar, era bien difícil. Convocaba la demagogia, o amenazaba con la intrascendencia. Tratado ya tan magistralmente por Werfel, choteado ya tan taquilleramente por Contreras Torres, es justo conceder a Miguel el mérito denodado de haber emprendido de nueva cuenta la reconstrucción de un episodio tan pulverizado, con la argamasa nueva de la esterilidad de Carlota como único ingrediente. Creo que los elementos visuales que ofrece bastarán a sostenerla en el cartel, pero si no bastan, difícilmente podrá culparse a Lira de los elementos contrarios al éxito de una comedia que, como comedia, encuentra su mayor enemigo en la desproporcionada vastedad de un teatro hecho para la música, pero nulo para la palabra teatral que no sea la declamatoria española. Una Carlota en Bellas Artes pediría el instrumento de un ballet- o siquiera de una opereta». Entre Yerma y Rosita la Soltera, la lorquiana Emperatriz de Lira dio pie para que su crítico acervo, Rodolfo Usigli, escribiera una pieza antihistórica en tres actos y varias escenas, Corona de sombra.

La distancia que media entre esta última y la publicación de Noticias del Imperio, no oculta que la obra de teatro fue más bien parte del laborioso expediente que cubrió Usigli para llegar por fin a su prólogo shaviano sobre los problemas que debe enfrentar el escritor que desee tratar a la pareja imperial.

Uno de estos problemas era la misma historia, «la historia vivida y escrita en un país como México, cuya columna vertebral es la historia desde el siglo XVI». No era otra cosa lo que impedía llevar al campo de la imaginación un tema, apuntó el dramaturgo, «encadenado por innumerables grilletes históricos, por los pequeños nombres, por los mínimos hechos cotidianos, por las acciones de armas registradas y por el hecho político imborrable». Pero nada se oponía a que la imaginación se filtrara al terreno de la historia, y eso fue precisamente lo mejor que se propuso Usigli. Lo demás es Corona de sombra, el espacio en el que el dramaturgo alternó la juventud y la vejez de Carlota la hizo maquinar en el poder y delirar en su castillo de Bouchout frente a un historiador mexicano de nombre Erasmo Ramírez. Podría especularse un rato sobre la especial atracción del episodio imperial entre nosotros. Pero nada, hasta la aparición de Noticias del Imperio había reunido con tal acierto todos los elementos del episodio, como la tragedia durante tanto tiempo inconclusa y el tramado liberal de esa aventura monárquica, las apasionadas minucias individuales y también los designios de la Historia, el desastre de las solemnes configuraciones cortesanas y la favorable solución inesperada del más remoto de los planes. Pero sobre todo, la imaginación y la historia.

Se dice que el pintor Edouard Manet concibió su cuadro La ejecución del Emperador Maximiliano (1867) como un comentario crítico al régimen de Luis Napoleón y su participación en este asunto. Realizada al instante, la primera versión de este cuadro se basó en los datos, imprevisiblemente perfectibles, que semanas después del mismo fusilamiento llegaron a Europa. Pero el cuadro definitivo que coronó esta serie se basó sobre todo en las fotografías de un álbum que hacia 1910 apareció en Hamburgo, según lo descubrió el pintor Max Libermann. No sólo los rostros de Miramón, Mejía y Maximiliano eran semejantes a las Cartes-de-visite en el álbum, sino también a la Carte del oficial juarista de mayor prestigio, Porfirio Díaz, que en La ejecución del Emperador Maximiliano aparece de espaldas al pelotón de fusilamiento. Las personales inclinaciones artísticas de Manet impidieron que su cuadro reprodujera la foto trucada del Cerro de las Campanas con los condenados a muerte; asimismo trató de evitar hasta donde pudo los frecuentes errores en que caía la prensa europea al pintar escenas mexicanas. (Un tema común en La Orquesta era la sátira de las ilustraciones europeas, sobre todo cuando representaban a Juárez con chaquetilla de gitano, calzoneras y gran espada.) Y a pesar de que Maximiliano aparece en el cuadro con un sombrero de charro que no traía al morir, Manet se apegó con seriedad a la moda de la pintura de circunstancia.

Con semejante economía de noticias, pero sin la responsabilidad del pintor, se fraguó la empresa de la intervención y del imperio. De esto se trata el libro. Entre todo lo que se puede ofrecer en una voluminosa novela de tema histórico, Fernando del Paso enfatizó de manera particular este aspecto de la irrebatibilidad de los criterios de proporción, importancia, pertinencia, privilegio y ejercicio del poder ante el efecto de las construcciones fantásticas del mismo poder. En este sentido tal vez sorprenda el extraordinario apoyo documental y anecdótico del libro, junto a la aparente levedad de su hálito literario; sin embargo, el tan pulverizado episodio no sólo renovó su tensión, como apuesta literaria o como tema de reflexión tal vez, sino que es muestra de una sensible evolución en nuestro concepto del espectáculo de Miramar.

Noticias del Imperio distinguió dos momentos históricos en la empresa intervencionista. Primero el que va de la maquinación estrictamente europea a la posterior asfixia económica del régimen de Maximiliano, años de rupturas y acomodos, de intrigas en los salones nobiliarios de Europa, de enfrentamientos entre las guerrillas juaristas y los intrusos, de desencantos para los conservadores y el poder eclesiástico, de descubrimiento y colisión culturales. El otro periodo abarca hasta el desenlace de esta empresa, y va del viaje de Carlota en busca de recursos a la ejecución de Maximiliano y la restauración de la república. Para completar el drama que empezó en Miramar, Fernando del Paso confió en el omnisciente y vital desquiciamiento de la Emperatriz para que su voz dijera el resto de la historia. Casi como la imaginó Usigli, Carlota ofrece su propia crónica de la intervención al narrar los días y los años que cayeron sobre la muerte de Maximiliano.

Pero un título como el de Noticias del Imperio no tiene la fechada acepción de otros en el mismo terreno de literatura e historia, como el de Episodios históricos mexicanos de Enrique de Olavarría y Ferrari o el de Episodios nacionales de Victoriano Salado Alvarez. El de Fernando del Paso sugiere un destinatario remoto, alejado del mismo Imperio, para quien América no es más que un ámbito aparte, acaso exótico, en el que por cierto la civilización y sus encantos son algo ajeno. Los títulos de Olavarría y Salado apelaban a la identidad más o menos común de un pasado compartido, del cual resultaba difícil tener una clara idea histórica. En su desempeño como novelistas cabía la determinación de nombrar el nuevo país, o más bien su nuevo status como entidad y como nación independiente, conjurar la única certeza que al final fue lo único que no conjuró la novela histórica del siglo pasado y que, en nuestras décadas, pasó a ser el eje central del género: la ingobernable capacidad de este pueblo para destrozar lo que toca. Por lo mismo, probar hoy la novela histórica comprendía en cierto modo la obligación de negarla en dos de sus sesgos complementarios: el utilitario o pragmático, con propósitos propedéuticos más que literarios, que desde antes de El Cerro de las Campanas ya venía mezclado con un afán expiatorio. El otro sesgo es el del localismo que supone la conocida estrategia de la novela histórica, y por el cual lo común es esperar una intimista versión de los hechos narrados.

Sin el ánimo formativo ni el paisajismo, Del Paso agregó una adicional negación a su proyecto novelístico. Requería de un México irreal, a la altura del que creyó ver la curiosidad exterior y no necesariamente fiel a la experiencia o a la diversidad nacionales. En estas páginas tal vez aparece por primera ocasión el territorio ignoto del país como nueva posibilidad colonial grande y solemne, y al mismo tiempo como proyecto delimitado por la disolución interna y el celo expansionista del intruso. Tres siglos de dominio colonial, esto es, la memoria de las maneras civilizadas de la servidumbre y la supuesta virginidad primordial de nuestra esencia, ampararon la confianza de la empresa en su meta imperial. No es seguro que Noticias del Imperio llegara a mostrar al México que inventaron la ambición, la singularidad, las escaramuzas, el voluntarismo, las suposiciones y sobre todo el incorregible deseo conquistador de Europa. Tampoco me parece que esta novela buscara precisamente tal exposición. No obstante, el baile de disfraces en las Tullerías -en el que Metternich y Luis Napoleón intercambian sagacidades bajo las máscaras de sus trajes de senador romano y repúblico veneciano, respectivamente- es un buen momento en lo que toca a la fantasía de México. Lo mismo sucede con la participación de José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar tras las anchas crinolinas de la Emperatriz Eugenia. Las dos escenas resuelven algo de la sentencia peculiar del episodio. Hasta ahora ningún historiador de esos años se planteó los problemas que resolvió Del Paso en la novela. De hecho, es mérito indiscutible haber inscrito al país en una intrincada fantasía política, casi tan antihistórica como la situación que urdió Usigli, sólo que llevada a la literatura sin perder de vista «el carnaval del mundo, la fiesta delirante de la historia» (F. del P.).

Noticias del Imperio, basa su ecuación en un juego de paradojas. Del Paso mezcló en ella la ficción y la historia hasta tocar los extremos del engaño, pero sin pasar por alto que en una obra de esta naturaleza hay que escanciar los acontecimientos de tal manera que recuperen algo de la improbable singularidad que los cubría cuando parecían remotos o bien inminentes y construyan, además, el momento crucial entre la diversificación absoluta y el ajuste oportuno al instante que viene. La reconstrucción del tan pulverizado episodio tenía enfrente los mismos obstáculos que veía Novo en la década de los cuarenta, más los que añadió por su parte Usigli. Pero como se trataba de usar la perspectiva de los otros, la misma reconstrucción requería para su completa eficacia ideas claras sobre el asunto e ironía más que nada. Incluso la salvedad que se le puede hacer al largo monólogo de Carlota -pero no por su extensión sino porque desde Robert Browning se sabe que el monólogo sólo es eficaz como una exposición indirecta, y que para mostrar a Carlota habría convenido ocultarla tras el monólogo de otro personaje distinto como hubiera podido ser, sin faltar al afán por la exactitud de Del Paso, Guadalupe Almonte de Herrán, Dama de Honor que sobrevivió a la Emperatriz Loca-; incluso el monólogo de Carlota aparece bajo el amparo de la paradoja que su voz plantea dentro de la novela. Y como ironía, desde luego, la que se lleva el libro es la de Maximiliano y Carlota como mexicanos, «de muerte y de locura», como advierte Del Paso, pero al fin y al cabo mexicanos.

Pero qué tipo de mexicanos son ¿Carlota y Maximiliano? Usigli fue el que echó a andar esto, formal y literariamente al naturalizarlos dentro de su prólogo a Corona de sombra, aunque no creo que pidiera menos Federico Gamboa por su Emperatriz cuando se supo en México que acababa de morir en Bouchout. Sin embargo, Usigli y Del Paso son los que parecen cerrar un ciclo que se abrió desde el siglo pasado sobre la manera de actuar frente al episodio imperial.

Usigli hallaba numerosas características en Maximiliano. Fue el último príncipe europeo que murió por un procedimiento jurídico y según él fue también el último príncipe heroico. De hecho, fue el único monarca europeo que se atrevió a venir a América a fundar su imperio. La originalidad de Maximiliano consiste en que en su persona muere y nace al mismo tiempo un símbolo: «en él muere la codicia europea; en él nace el primer concepto cerrado de la nacionalidad mexicana». Pero lo cierto es que su muerte fue lo que llamó más poderosamente la atención de Usigli. Murió en manos de sus súbditos pero en un país extraño, «por un país en el que no tiene raíces aparentes». Al mismo tiempo, en su muerte no se cifró ni la defensa de una tradición ni un principio de gobierno ni un orgullo dinástico. ¿Por qué murió entonces? La respuesta de Usigli es ilustrativa: «Muere por haber transgredido una ley de clan, por tener el destino de un intruso, por haber matado mexicanos, diréis. íCómo si fuera el único! ¿Cuántos gobernantes de México -incluyendo al propio Juárez- no hubieran merecido igual pena? Pero ellos eran mexicanos, diréis. ¿Los autorizaba eso a salvarse, si fundamentalmente habían cometido el mismo crimen: gobernar mal? Recuérdese la agitación de los últimos años da la vida gubernamental de Juárez, la rebelión ‘ahogada en sangre’ por Sóstenes Rocha; los crímenes falsa o verazmente atribuidos a Porfirio Díaz para conservar el poder, y otros incidentes del mismo género que llegan a los: gobiernos de Obregón y Calles. ¿Acaso el mexicano goza de una patente de privilegio para matar al mexicano? Creo que es más comprensible, menos brutal, que sea el extranjero el que mate al mexicano, en último término. Maximiliano me parece, en suma, desprovisto de toda razón exterior para morir, excepto como gran liquidador del crimen cometido por Europa al pretender apoderarse de América. Y esto significa entonces que Maximiliano, que no muere por ninguna razón repetida, que Maximiliano, príncipe europeo que no muere por su país natal, sino por México, se sale de la lógica elemental, y que su muerte hace de él un extraordinario, insustituible elemento de composición para México. El error gubernamental de Maximiliano es visible ahora. Déspota y absoluto, quizás hubiera fascinado al pueblo y muerto en el trono; pero su sistema de gobierno pretendió ser de tal suerte mexicano, que el pueblo no pudo ya distinguir entre el príncipe austriaco y el legislador nativo, y el Emperador muere, sin ser mexicano, por la misma razón que otros han caído: por serlo. Cruel paradoja». Como lo confirma la extensión de esta cita, Salvador Novo tenía razón en 1938 al decir que es largo de discutir si Maximiliano fue o no mexicano.

Años después de Corona de sombra, esta novela de Fernando Del Paso da la impresión de que retoma las palabras de Usigli. Sin el acto de indignación que puso al dramaturgo a escribir, «por la colérica conciencia» de que la sangre de Maximiliano y la locura de Carlota merecían algo más de México que un soneto malón de Rafael López, que los versos perfectibles de Jiménez Rueda o el lorquismo de Lira, y que los intentos formalmente históricos, Noticias del Imperio pasa por encima de los mejores propósitos de Usigli y de todos los que alguna vez probaron el asunto. Después de Del Paso, será difícil tocar a los únicos huéspedes reales que tuvo el Castillo de Chapultepec sin lograr apenas más que un lujo postizo e incómodo.

Noticias del Imperio incluye también las últimas palabras en defensa de Maximiliano y Carlota. Como Usigli, Del Paso comparte la convicción de que la magnificencia de esa muerte en el Cerro de las Campanas y esa locura trashumante deberían merecer algo más de México y de quienes hacen y escriben su historia y su literatura: «merecen, más que nada, ser consideradas como los atenuantes de mayor peso en el juicio particular que cada autor se atreva y se vea obligado a hacer de los personajes de la tragedia». No cabe duda que Del Paso arriesgó su propio juicio sobre el asunto y que, en el trayecto, completó una novela de gran solidez. Es convicción de Alvaro Matute que la literatura histórica ha hecho más por el saber histórico que la propia docencia. No creo que pudiera llevarse esto al extremo de decir que la literatura histórica ha hecho más por el saber histórico que la propia historia profesional; sin embargo, hay un desafío interesante, y no sin ingenio, en las páginas de Noticias del Imperio. Además de eso, cuesta trabajo creer que la pareja imperial de veras merezca más de nuestra imaginación que lo que nosotros mismos podamos esperar de ella.

No sabemos si Usigli quiso ser únicamente espectacular al escribir que la historia es la que nos dice que sólo México tiene derecho a matar a sus muertos, y que sus muertos son siempre mexicanos. Lo cual confirma que finalmente importan poco las teorías junto al ánimo que traigan, que es lo que cuenta. En cambio es seguro que esa ocurrencia de Manet que consistió en ponerle un sombrero de charro a Maximiliano tuvo una secuela demasiado larga. Y hasta confusa. Para terminar en el centro de un clima de voyeurismo histórico o en una falsa escaramuza de sabor colonialista.