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La elección federal de 1988 ha sido considerada como la más dura prueba del PRI y del sistema electoral mexicano en toda su historia, pues la renovación de poderes federales de este año se dará en un contexto de enorme gravedad y con un sistema electoral afectado por agudos problemas de credibilidad. El contexto electoral actual está marcado, además, por la presencia de seis grandes factores negativos para el régimen: 1) el ciclo recesivo e inflacionario que atravesó la economía mexicana en el último lustro; 2) los realineamientos políticos experimentados a lo largo de todo el sistema de partidos, que provocaron incluso una escisión en el partido del régimen y que lanzaron a las posiciones claves de los demás institutos políticos a los cuadros más agresivos y antisistema de cada organización; 3) los antecedentes electorales recientes (1983-1987), que hablan de una agudización de los conflictos electorales en gran parte de la geografía nacional; 4) el aparente desencanto que entre ciertos jerarcas importantes de la maquinaria priísta produjo el «destape» de Carlos Salinas de Gortari; 5) los efectos acumulados que la modernización social produce sobre los comportamientos electorales individuales; 6) la candidatura unitaria de las principales fuerzas de la izquierda, que prácticamente elimina el viejo problema del fraccionalismo electoral de esa ala del espectro político. La conjunción de todos estos factores con la crisis de credibilidad del sistema electoral colocan al régimen en una posición incómoda.

Esta situación se ha sintetizado recientemente con el viejo dilema «ganar perdiendo, perder ganando», que intenta señalar cómo el sistema electoral mexicano está en un brete: para recuperar la credibilidad perdida (y con ello la posibilidad de volver a ser funcional), se requiere que la más grande de sus partes, el PRI, pierda algo de su hegemonía tradicional.

Sin embargo, el dilema ganar perdiendo, perder ganando, tiene una serie de problemas que condicionan y limitan su aceptación general: para empezar, es claro que en el establecimiento político estatal no es del todo bienvenido, ya que muchos de los líderes priístas y gubernamentales simplemente lo consideran una mala ocurrencia de políticos novatos, priístas timoratos, opositores chocantes o críticos desubicados; además, aún si se hace a un lado ese tipo de objeciones, incluso entre quienes sostienen la validez de la paradoja perder para ganar, no queda claro cuánto hay que perder para ganar algo y cuáles son los límites de las perdidas ganadoras. La respuesta «no al carro completo» resultará insuficiente mientras no se definan los niveles de «incompletud del carro».

Además, para que la paradoja ganar perdiendo, perder ganando se resuelva favorablemente para todos (o, al menos, para el «sistema»), es indispensable no sólo que en el interior del establecimiento político estatal se imponga una línea que acepte ciertas derrotas del PRI para salvar al sistema, sino que también se requiere que la oposición se dé por satisfecha con los avances que obtenga, es decir, con la cuota de asientos que logre ocupar en el «carro del poder». Cuando la oposición exige no sólo más asientos en el carro, sino el volante de una vez, encontrar la fórmula alquímica que satisfaga a los más e indisponga a los menos no ha de ser tarea fácil.

Partiendo de ahí, imaginemos los posibles resultados de las elecciones de julio en tres ordenes básicos: 1) los diversos niveles posibles de votación para el PRI y sus consecuencias políticas generales; 2) Las diferentes posibilidades de distribución de la votación posible por la oposición y los costos electorales que implicarían; 3) Las condiciones de posibilidad de una derrota priísta.

1. El voto PRI.

En un sistema de partido hegemónico el peso del partido ganador es tan grande que, por sí solo, explica la mayor parte del sistema. Por ello, de los escenarios de votación del PRI se pueden extraer algunas conclusiones sobre las consecuencias políticas generales de tales resultados. Las consecuencias electorales específicas se revisarán después, tras introducir los niveles de votación asumidos para los distintos partidos opositores.

Cuadro 1

Escenarios electorales básicos

(% de voto PRI)

Escenario votación  Evaluación Comentario

número asumida

63% Muy optimista 

Los factores políticos

y económicos recientes no

tienen consecuencias lectorales.

1

Por eso el PRI mantiene intacta

su tendencia histórica

demostrando que en las urnas

nada ni nadie le hace mella.

58% Optimista

Esos factores sí tienen un

pequeño costo en la arena

electoral. La pérdida con

2

respecto a la tendencia

histórica del PRI no es tan

grande como la del peor

antecedente (1973).

53% Neutro

Los factores políticos descritos

producen un efecto de cierta

3

consideración. La caída del voto

PRI respecto a su tendencia sólo

tiene equivalente en su historia

con la de 1973.

48% Pesimista

Los costos políticos resultaron

altos: la «barrera» de la mitad

del electorado se derrumba. Por

4

eso, la oposición podrá negociar

con fuerza una reforma política

imponiendo algunos de sus

términos.

43% Muy pesimista.

Los factores políticos negativos

que enmarcan la elección tuvieron

un costo alto. Con esos

5

resultados es inevitable la

realización de una profunda

reforma política. El PRI sólo

podría mantener el poder

sacrificando al «sistema».

Nota: La metodología de construcción de este cuadro se detalla en el anexo 1.

Antes de comentar los niveles de votación priísta asumidos como posibles, es necesario plantear claramente la cuestión de los límites (superior e inferior) que se asumen en la votación del PRI. El nivel superior (63%), como ya se aclara en el apéndice 1, se considera el clímax del optimismo priísta, pues se parte de la idea de que los 6 factores políticos que enmarcan la elección no pueden interpretarse positivamente desde la perspectiva del PRI. Además, no parece haber otros factores suficientemente poderosos como para contrarrestar los ya mencionados. De hecho, si el PRI ganara esa cifra en la elección de 1988, se tendría que concluir que ni las crisis económicas ni los conflictos políticos cuestan algo en las elecciones, o, lo que es peor, que quien paga los costos es la oposición. Sobra decir que en semejante situación las elecciones dejarían de ser funcionales. De ahí a prescindir de ellas hay poco trecho.

Por otro lado, aunque a algunos jugadores muy conservadores les puede parecer cosa seria que el PRI pierda 2 puntos respecto a la elección de 1985 y 7 puntos respecto a la última elección presidencial, tales retrocesos son lo más común en el historial del PRI. En efecto, en 1982, el candidato del PRI obtuvo 10 puntos menos que el de 1976, el de 1970 retrocedió más de 6 puntos respecto al de 1964 y éste último 2 puntos menos que el de 1958. Aun en el atípico caso de 1976, cuando José López Portillo no tuvo rival, el candidato del PRI en ese año obtuvo la misma votación que su antecesor. Se equivocan los jugadores conservadores que argumentan que en una elección presidencial el PRI gana más votos que en una intermedia: desde 1958, el PRI ha perdido puntos en todas las elecciones presidenciales con respecto a la intermedia anterior. La excepción, una vez más, es el comicio no disputado de 1976. En síntesis: 63% es un número henchido de optimismo priísta.

En el caso inverso, los jugadores agresivos podrían decir que el límite inferior de 43% es muy conservador porque implica el triunfo del PRI. En efecto, se trata de un límite conservador porque en esta parte del juego se analizan los escenarios de triunfo priísta. La posibilidad de una derrota del partido oficial no se contempla en esta sección. De hecho, se supone que mientras el sistema responda como sabe, al PRI no se le ganará en las urnas. Esta conclusión no excluye a otra, al parecer opuesta, que dice que mediante las elecciones sí se puede poner fin al sistema electoral. En cierta forma, utilizando una metáfora pugilística, se asume que el PRI únicamente podrá caer en las urnas después de un devastador «uno- dos»: golpe abajo para obligar al régimen a democratizar el sistema (bajar la guardia); remate arriba (si, en efecto, bajó la guardia) para noquear al PRI.

Los jugadores conservadores quizás también arguyan que tomar 53% como escenario «neutro» resulta audaz. Los jugadores agresivos dirían lo contrario. Quizás estos últimos son los que tienen la razón, pues conviene recordar que políticos tan conservadores como los que recientemente reformaron la Constitución y la ley electoral incluyeron en el corpus de esos textos un escenario algo peor que el de un 53%. En efecto, la Constitución tiene actualmente provistas diversas salvaguardas para el partido mayoritario en el caso de que éste no obtenga la mitad de los votos o de las diputaciones. Si quienes diseñaron esas reformas constitucionales consideraron que una eventual caída del voto PRI por debajo del 50% era más o menos inminente, se tiene que aceptar que escoger 53% como escenario «neutro» es jugar muy conservadoramente.

Hasta esta parte del juego tenemos que los escenarios de 63 y 58% aparejan mensajes políticos rotundos: nada, o muy poco, puede ocurrirle al PRI en una contienda electoral. Su destino sería, en el peor de los casos, mantener inalterada su tendencia histórica. Si es así, que el liderazgo opositor empiece a preparar a sus nietos, porque al mismo ritmo mostrado en las últimas tres décadas, la cita del PRI con la alternancia está programada para el año 2015. Como esa expectativa no ha de ser muy halagadora para el liderazgo opositor, se podría esperar que ante 63% o 58% de votación al PRI renuncien a la «misión de eternidad» que el sistema

quiere asignarles. Esto es, la única manera en que resultaría entendible la continuación de una línea opositora leal, o cuando menos atenida a las reglas del sistema, sería el suponer que hayan aceptado que para ellos las elecciones no son un dilema, sino un constante «perder perdiendo».

El significado político de una votación priísta de 53% sería, en cambio, engañoso. Por un lado, mostraría un quiebre de alguna relevancia en la trayectoria histórica priísta, además de que produciría un número de derrotas uninominales sin precedentes (30, 40, 50). Esto pondría a la orden del día una nueva edición del viejo expediente de la reforma política desde arriba y reabriría una doble confrontación: en las filas estatales se reavivaría el conflicto entre quienes atribuyen los descalabros político-electorales a las reformas políticas y a la liberalización de los controles contra quienes responden a los descalabros político-electorales con reformas; en las filas opositoras seguramente se reanimaría la discusión entre los reformistas, que asegurarían la necesidad de reemprender «con-el-nuevo-gobierno-una-nueva-reforma-que-aunque-resulte-

insuficiente-constituirá-un-avance», contra quienes de plano aseguran que esas reformas no son otra cosa que el lugar común lampeduziano -ellos sólo cambian todo para que todo siga igual-. El doble desenlace de un conflicto como ése es difícil de prever, pero en general apunta hacia un endurecimiento progresivo del régimen, hacia la represión selectiva, el amedrentamiento y, sólo después y condicionadamente, hacia una reforma impulsada desde arriba.

El significado político de los escenarios de 48 y 43% sería rotundo: romper la barrera del 50% del electorado sería entrar de lleno a los esquemas competitivos y obligaría al sistema, al PRI y a la oposición a introducir las reformas necesarias para garantizar la competencia democrática y la eventualidad de la alternancia. Obviamente, la democratización no podría ser una apertura desde arriba, sino una negociación política donde la oposición podría, y tendría que, imponer muchos de los términos. En esa situación no habría una doble confrontación como la del escenario de 53% entre duros y renovadores del estado y reformistas y radicales de la oposición. El conflicto se simplificaría, enfrentando a la más dura reacción contra casi todas las demás de las fuerzas políticas opositoras y oficiales.

Por lo visto hasta aquí, 4 de los cinco escenarios de votación ganadora del PRI conducen con relativa certeza hacia el fin del sistema electoral que conocemos: los escenarios de 63 y 58% lo aniquilarían por la vía del recrudecimiento del autoritarismo; los de 48 y 43% por la ruta de la democratización. El escenario «neutro» de 53% colocaría al sistema en una situación muy difícil, donde las opciones serían: continuidad, si la oposición cede ante la combinación de presión y reforma (cosa que no parece probable); o recrudecimiento autoritario por la incapacidad de reformar.

Si este análisis fuese correcto, las posibilidades del continuismo son escasas y el dilema se aclara ante la perspectiva de un estado cada vez más policiaco o bien la democratización.

Para revisar, además de estas eventuales consecuencias políticas, las consecuencias electorales específicas de los diversos escenarios, es necesario asumir valores específicos al voto de los principales partidos opositores.

2. Posible distribución del voto opositor

Asumir valores específicos para la votación priísta es insuficiente para imaginar los posibles desenlaces de la elección de 1988 en términos de ganadores y perdedores en las elecciones de diputados y senadores.

Para aproximarse a eso se requiere asignar valores a los principales opositores. En general, puede decirse que desde el punto de vista del PRI es más peligroso un esquema en el cual la votación de la oposición se concentre en un solo partido, que un esquema en el cual la votación opositora se disperse de modo mas o menos homogéneo entre dos o más opciones. Por eso, la renuncia de última hora a la candidatura presidencial de Heberto Castillo, en favor de la de Cuauhtémoc Cárdenas, modificó de manera importante el alineamiento partidario anteriormente existente. Además de los efectos obvios de esta unificación de candidaturas de las izquierdas (reducción del fraccionalismo electoral, ensanchamiento del caudal electoral de la izquierda), la candidatura única de izquierda (si se omite al marginal PRT) replantea el uso del voto estratégico al electorado. Ese voto, muchas veces menospreciado («voto de protesta», «antipriísmo primario») hoy encuentra dos canalizaciones diversas: una a la izquierda y otra a la derecha, de manera que combina de manera muy eficiente la preferencia ideológica programática del elector con su decisión de reprobar al gobierno en las urnas. La elección de 1988, por eso, combina eficazmente las funciones expresivas, las estratégicas y las ideológicas de los electores no priístas. A partir de ese contexto, y de los escenarios previos de votación priísta ganadora, se han imaginado en este juego treinta diversos escenarios de distribución del voto priísta y del voto opositor. De ellos, se han seleccionado cinco, que parecen ser los más significativos. Esos esquemas se presentan en orden creciente de concentración del voto opositor y disminución del priísta, y por tanto de daño al PRI, en el cuadro 2.

Cuadro 2

Escenarios electorales seleccionados

Esenario

Partido 2o.

lugar 3er.

   lugar                resto               total

ganador

I

58.0

19.0

18.8

4.2

100

II

53.0

23.5

18.8

4.7

100

III

48.0

26.0

20.8

5.2

100

IV

43.0

25.7

25.6

5.7

100

V

43.0

31.4

25.6

5.7

100

Nota: la explicación metodológica de este cuadro es el anexo

2. Ahí se observará que se crearon 30 escenarios, de

2. Ahí se observará que se crearon 30 escenarios, de

En este juego no se especifica quiénes han de ocupar el 2o y 3er lugares. Conviene señalar, sin embargo, que desde la perspectiva del PRI esta cuestión es delicada. Si el segundo lugar lo ocupa el FDN, el partido del régimen se encontraría en un problema serio de definición ideológica, enmarcado en la disputa por la herencia de la Revolución, pero sería compensado por un menor número de derrotas en distritos uninominales, pues en las elecciones para diputados y senadores, los partidos del Frente Democrático Nacional presentaron pocas candidaturas comunes, por lo que el voto cardenista se fraccionará en esos niveles; si, por el contrario, el PAN obtiene el segundo lugar, el PRI no sería dañado por el ascenso de un competidor que reclame para sí la misma herencia histórica ideológica, pero se vería afectado por un mayor número de derrotas en distritos uninominales, pues el voto al PAN no se fracciona.

A partir de ahí, es posible tratar de establecer cuáles serían las consecuencias electorales específicas de esos escenarios. En particular, conviene estimar el número de derrotas que sufriría el PRI en distritos uninominales y senadurías. Para estimar este número se asume que las pérdidas y ganancias en la votación nacional de cada partido se distribuirán homogéneamente a lo largo del país y se aplican esas pérdidas y ganancias a los resultados de la última elección federal. El cuadro 3 presenta los resultados de semejante ejercicio.

Dibujos de Pablo Smulewicz

En todos los casos, como puede verse, aun con niveles de votación tan bajos como 43%, el PRI se beneficiaría del antidemocrático sistema electoral mexicano y podría gobernar sin grandes obstáculos. Sin embargo, los costos directos que se tendrían que pagar en escenarios no optimistas (como el IV o el V) sí son altos: perder «únicamente» entre 82 y 132 de las 300 diputaciones uninominales en disputa, para quedarse con totales superiores a los 250 diputados, sería una aplastante victoria en cualquier país con elecciones democráticas, pero «sacrificar» esas posiciones es una pesadilla en la mentalidad priísta, no acostumbrada a las derrotas en los distritos uninominales, donde los perdedores tienen nombre, apellido y organización corporativa.

Por otro lado, nótese que en escenarios más optimistas, como el I, II o III, que asignan 53% y 48% de la votación al PRI, se presenta un dilema para los priístas: para que ingresen a la cámara los candidatos de sus listas plurinominales se requiere que una buena cantidad de sus colegas en distritos uninominales pierda. Esto se debe a que con las nuevas reformas constitucionales, si el PRI gana 60% de la votación efectiva incluirá en la cámara tantos diputados de sus listas como candidatos de distritos uninominales pierdan. Si el PRI obtuviese el 55% de la votación efectiva, se necesitaría que perdieran 25 de sus candidatos uninominales para que el primero de la mejor lista gane su diputación; 26 tendrían que perder para que entren 2 de las listas y así sucesivamente. Para poner un ejemplo con nombre, apellidos y corporación: sí el PRI obtuviera 55% de la votación, Napoleón Gómez Sada, número 4 de la lista priísta de la 2a. circunscripción, sólo sería diputado si unos 20 de sus colegas sufren derrotas en sus distritos. Así, Gómez Sada tendrá que apoyar las posiciones que consisten en obtener altos niveles de votación sin preocuparse por el qué dirán o, por el contrario, apoyar una política de carro bastante incompleto. Paradójica situación la de los «amarrados» de las listas del PRI, que en realidad podrían descubrir que en vez de estar ligados a un curul, al aparecer en las listas se ataron a un ancla.

No deja de ser sorprendente la vocación unanimista del PRI (recuérdese la declaración de Jorge de la Vega Domínguez de que su partido ganaría 20 millones de votos en la elección) a pesar de que el sistema electoral y sus características inequitativas le garantizan ventajosas condiciones de competencia y posibilidades de gobernar sin necesidad de alianzas o compromisos partidarios incluso con niveles tan bajos de votación como 43%.

3. Para que pierda el PRI.

En esta parte del juego se busca responder a la pregunta ¿qué niveles de votación priísta son necesarios para que el partidazo sea derrotado? El resultado de esa búsqueda no es muy alentador ni para la oposición ni para su electorado: dadas las condiciones actuales del sistema electoral (distritación sesgada a favor del PRI, fórmulas electorales inequitativas, cláusulas de seguridad para el partido mayoritario, segmentación electoral, control priísta de la organización y vigilancia comiciales, fragmentación de la oposición, etc…), el PRI necesitaría bajar su votación hasta niveles de 37% y menos para perder la Presidencia, y aun así conservaría la mayoría segura en el Senado y quizá hasta en la Cámara de Diputados. De hecho, dadas las condiciones electorales actuales, sólo reduciendo el voto del partido del poder hasta niveles inferiores al 35% se le podría arrebatar la Presidencia de la República y la mayoría de la Cámara de Diputados. Aún en esos niveles, el senado podría seguir bajo su control.

Votaciones porcentuales de ese nivel implicarían que Salinas obtuviera solamente entre 9 y 10 millones de votos. Esa cantidad, con un poco de buena alquimia de la vieja y de la nueva, se puede llegar a agregar sobre la que efectivamente obtenga el candidato del PRI. No debe olvidarse, además, que 9 millones de votos serían apenas la mitad de los que oficialmente recibió Miguel de la Madrid en 1982 y 2 millones menos que los obtenidos por el PRI hace tres años (cuando el padrón electoral contaba con tres millones menos de electores). En síntesis, derrotar al PRI en las urnas, con este sistema, es tarea harto difícil. Equivale, de hecho, a lograr una verdadera insurrección cívico electoral. Sin embargo, no hay que olvidar que tal cosa imposible, perfectamente imposible, no es…

De cualquier manera, 1988 representa una novedosa situación tanto para los electores viejos como para los recién incorporados: esta vez, el voto importa. Las opciones en juego son, cuando menos, la democratización del país o el recrudecimiento del autoritarismo. Gane o pierda el PRI.

ANEXO 1

Las reglas del juego

El objetivo es imaginar escenarios y discutir sus posibles consecuencias.

El procedimiento es el siguiente: definir las variables electorales principales de los resultados de una elección, asumir algunos valores para cada una de ellas y combinarlas para obtener una «matriz» de escenarios básicos.

Al efecto, éstas son las dos variables principales: primera, porcentaje de la votación total correspondiente al PRI; segunda, porcentajes de votación de los principales partidos opositores.

El procedimiento específico para asignar valores a cada variable tiene mucho de arbitrario. Uno podría escoger por ejemplo, los siguientes valores de votación del PRI: 50%, porque esa cifra es políticamente significativa; cualquier valor entre 1 y 100 escogido al azar, así fuera éste de 4 ó 97%; 65% porque a la Secretaría de Acción Electoral del PRI, (según Proceso, 597) le gustó ese número. Ahora bien, una escenografía debe parecerse, o al menos evocar, la realidad que representa. Por eso en este juego se utilizarán las cifras históricas del sistema electoral mexicano como base para imaginar el futuro inmediato. Creemos que así el escenario será «realista» (en el sentido de parecido a lo real). Una vez más conviene insistir en que los escenarios imaginarios «realistas» no son pronósticos. Sólo la lucha electoral real, que incluye tanto a los electores legítimos como a la alquimia, determinará las cifras electorales de 1988.

Votación del PRI

A partir de la trayectoria histórica del PRI en las últimas tres décadas se calculará la votación que ese partido obtendría en 1988 si las tendencias del pasado se mantienen inalteradas. Para esto, se calculan las regresiones lineales de cuatro series de datos de la votación del PRI (1955,1958, 1961 y 1964, respectivamente, a 1985). Esa regresión se extrapola hasta 1988, con lo cual se obtienen 4 votaciones hipotéticas que reflejan y proyectan el historial priísta. El promedio de esas cuatro extrapolaciones constituirá el primer dato para crear los escenarios políticos de 1988. Dicho promedio es 62.66%, que redondeado a la unidad más cercana se convierte en 63%.

El siguiente paso consiste en evaluar subjetivamente esa cifra para decidir si debe asumirse como un dato «optimista» o «pesimista», desde la perspectiva del PRI. Para tomar esa decisión, se consideraron 6 factores políticos y económicos: 1) el ciclo recesivo que atravezó la economía mexicana en el último lustro; 2) los realineamientos políticos ocurridos en el sistema partidario, que provocaron una escisión en el PRI y lanzaron a los cuadros «más agresivos» de cada partido a las candidaturas; 3) los antecedentes electorales recientes (1983-1987), que hablan de una agudización de los conflictos electorales a lo largo del país; 4) el desencanto aparente que entre ciertos sectores del establecimiento priísta produjo la designación de Carlos Salinas como candidato; 5) la profundización de los efectos de la modernización sobre los comportamientos electorales; 6) la candidatura única de la izquierda.

Todos estos factores contribuyen a suponer (no a predecir) que el simple mantenimiento de la tendencia histórica del PRI es una misión harto difícil. Por lo tanto, la cifra de 63% se asumirá aquí como el escenario más optimista que se puede uno imaginar para el PRI.

A partir de ese dato «muy optimista» se construyen otros cuatro escenarios, sustrayendo 5 puntos porcentuales a cada uno de ellos. Consecuentemente a la variable «votación del PRI» se le asignan los cinco valores hipotéticos del cuadro 1 del texto.

ANEXO 2

Para asignar valores hipotéticos a la votación opositora, es necesario suponer diversas formas posibles de reparto del pastel que no se come el PRI. Como la situación electoral vigente muestra dos grandes polos opositores muy diferenciados (los que encabezan Cárdenas y el del PAN), se han concebido aquí seis esquemas de distribución de la votación opositora, desde los muy fragmentados hasta los poco fragmentados. El cuadro A muestra estos esquemas.

Cuadro A

Distribución del voto opositor

(% del voto no PRI)

Partido opositor

Esquema No.

1

2

Resto

1

70

20

10

2

65

25

10

3

60

30

10

4

55

35

10

5

50

40

10

6

45

45

10

La combinación de estos seis esquemas de distribución del voto opositor con los 5 niveles asumidos de votación del PRI produce una matriz de 30 estancos. El cuadro B presenta esa matriz, con los valores de cada estanco, desde la perspectiva del PRI: los signos positivos son los mejores para el PRI, los negativos son los peores.

Cuadro B

Matriz de escenarios electorales

Fraccionalización de la oposición

Baja

Alta

Voto

1

2

3

4

5

6

PRI

1

+ 3.5

+ 3.0

+ 2.5

+ 2.0

+ 1.5

+ 1.0

2

+ 2.5

+ 2.0

+ 1.5

+ 1.0

+ 0.5

+ 0.0

3

+ 1.5

+ 1.0

+ 0.5

+ 0.0

– 0.5

– 1.0

4

+ 0.5

   0.0

 – 0.5

– 1.0

-1.5

– 2.0

5

 – 0.5

– 1.0

 – 1.5

– 2.0

– 2.5

– 3.0

A cada uno de los estancos de esa matriz corresponde una distribución específica de la votación de los diversos partidos en contienda (ver cuadro C de este anexo). Para facilitar el análisis de escenarios, se han escogido 5 de ellos. En el cuadro 2 del texto se muestran las distribuciones de votaciones de esos escenarios.

Todos los escenarios seleccionados cumplen con las siguientes condiciones:

1) Los escenarios deben estar entre los límites imaginables de una victoria priísta. Es decir, están entre alguno de los treinta estancos del cuadro C de este anexo.

2) En cualquier caso, la votación del mayor partido opositor, sea el que sea, no puede abarcar más del 70% de la votación opositora total, es decir, cumple las condiciones establecidas en el cuadro B de este anexo.

3) Se seleccionarán para el texto escenarios que representen una ganancia mínima de dos puntos porcentuales tanto para el PAN como para el conjunto de partidos que apoyan a Cárdenas, independientemente de cuál de esas candidaturas ocupe el segundo y tercer lugar de la elección presidencial.

En el cuadro C hay nueve estancos que cumplen estas condiciones. De ellos se han seleccionado 5, marcados con asterisco, por considerarse representativos de las diversas opciones: el I corresponde al de la segunda fila, primera columna; el II al de la tercera fila, segunda columna; el III al de la cuarta fila, segunda columna; el IV al de la quinta fila, primera columna; y el V al de la quinta fila, tercera columna.