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Hermann Bellinghausen

Sabía perderse en sus pensamientos con una precisión, una cautela y un cuidado propios del verdadero pensador. La duda sistemática fue para él un modo de vida; siempre se estaba preguntando por algo, todo su entusiasmo lo dedicó a las cosas de las que no estaba seguro. Cerca de la historia y la economía, se mantuvo a salvo de la pirotecnia literaria: las cosas debían ser discernibles, cualquier ropaje verbal estorbaría su justa comprensión. Esa fue una de las facilidades que muchos lectores suyos echábamos de menos, injustamente: procuraba decirnos las cosas como eran, o podían, o debían ser, o cómo evitar que caminaran por el lado malo. Por eso, siendo un hombre tranquilo, conmovedoramente pacífico, desarrolló una praxis (palabra clave en su caso) política pertinaz y coherente, polémica, que avanzó al paso de su pensamiento. En este sentido puede decirse que fue un hombre íntegro, evitaba las fisuras.

Movimiento de Liberación Nacional, movimiento estudiantil de 1963, luchas sindicales de los setentas, Movimiento de Acción Popular, Partido Socialista Unificado de México: las estaciones de Carlos Pereyra acompañan e iluminan las luchas de la izquierda mexicana en el tan anunciado fin de siglo, y la doble pista filosofía/política explica su desapasionada pasión por teóricos prácticos como Marx y Gramsci, por lo que se preguntan von Wright o Popper, y por lo que sucedió ayer en Nicaragua, Juchitán, Ciudad Juárez o Ciudad Universitaria. Un poco a la manera de Sartre, otro filósofo militante en cambio continuo.

La tensión que gobernó los años de Pereyra se dio entre la urgencia de los acontecimientos y la necesaria lentitud de las ideas, algo que en otros lleva a la parálisis o al silencio; él, por el contrario, fue un autor prolífico, y cada línea suya era tomada absolutamente en serio por los que coincidían con él y los que se le oponían. Su actitud ante esta atención merecida parecía irónica: ¿Cómo pueden tomar en serio lo que yo, o alguien, dice? ¿Cómo puede creerse en cualquier cosa? Y si bien producía con facilidad, le costaba trabajo armar libros; pero su duda, siendo móvil, se resistía a fragmentarse, y por lo menos completó un libro imprescindible: El sujeto de la historia.

Elías Canetti, cuyo odio a la muerte es compartible en momentos como éste, reproduce en sus últimos apuntes una observación de Wittgenstein: «El saludo de los filósofos entre sí debería ser: íDate tiempo!». Pereyra se dio tiempo. ¿Por qué entonces la certeza que deja en todos de que le faltó tiempo? ¿Por qué la suya es una muerte prematura? Que se vaya alguien despierto siempre deja un hueco insoportable. 

Contra sus temores intelectuales, Pereyra fue capaz de aprender todo el tiempo -cualidad del buen maestro-. Se sabe que en los años recientes aprendió con talento a ser padre y enfermo grave; había alcanzado una suerte de sabiduría que según muchos que lo trataron «humanizó» su trato: se volvió menos absorto e irónico, más accesible; soltó su sentido del humor (siempre al acecho) y en cierto modo se volvió tolerante -nunca transigente: sus artículos periodísticos de los meses pasados documentan los progresos de una capacidad de indignación (también fue un filósofo que se indignaba) y un sentido de la justicia que supo mantener al margen del moralismo y las conveniencias.

No todo es pérdida. A los lectores de Carlos Pereyra nos queda la experiencia de una lección abierta: moverse para no dejar de pensar. Se duda de la vida cuando más se le toma en serio.