La caída de la Bolsa de Nueva York en octubre del año pasado avivó un debate que se venía desarrollando desde hacía varios meses sobre el estado real de la economía norteamericana. Antes de que el crac pusiera fin entre la opinión pública al optimismo fácil que había rodeado el experimento reaganiano ("la economía está sana", afirmó Reagan en medio del caos repitiendo sin saberlo una frase de Herbert Hoover a fines de 1929) existía entre economistas y hombres de negocios la sospecha de que la tan pregonada recuperación económica se fundaba sobre bases irreales y de que tarde o temprano el elevado déficit fiscal el desequilibrio exterior, la caída del dólar, el aumento desorbitado de la deuda pública y privada tendrían serias consecuencias. A partir de octubre ha cundido el pesimismo o al menos la incertidumbre; pero, por una parte, en un año electoral nadie está dispuesto a adoptar soluciones que impliquen sacrificios y, por la otra no existe consenso en cuanto a la magnitud de los problemas que la próxima administración deberá enfrentar ni en cuanto a las mejores soluciones disponibles.
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