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La caída de la Bolsa de Nueva York en octubre del año pasado avivó un debate que se venía desarrollando desde hacía varios meses sobre el estado real de la economía norteamericana. Antes de que el crac pusiera fin entre la opinión pública al optimismo fácil que había rodeado el experimento reaganiano («la economía está sana», afirmó Reagan en medio del caos repitiendo sin saberlo una frase de Herbert Hoover a fines de 1929) existía entre economistas y hombres de negocios la sospecha de que la tan pregonada recuperación económica se fundaba sobre bases irreales y de que tarde o temprano el elevado déficit fiscal el desequilibrio exterior, la caída del dólar, el aumento desorbitado de la deuda pública y privada tendrían serias consecuencias. A partir de octubre ha cundido el pesimismo o al menos la incertidumbre; pero, por una parte, en un año electoral nadie está dispuesto a adoptar soluciones que impliquen sacrificios y, por la otra no existe consenso en cuanto a la magnitud de los problemas que la próxima administración deberá enfrentar ni en cuanto a las mejores soluciones disponibles.

En la discusión abierta en tonto a estos temas el artículo de Peter Peterson que ahora presentamos es tal vez el trabajo más citado de los últimos meses. Hay dos razones aparentes para ello. La primera es su oportunidad: Peterson publicó este trabajo en la edición de octubre de The Atlantic, pocos días antes de la caída del mercado de valores. El no se refiere a la coyuntura pero la crisis estructural que diagnostica parece a muchos la explicación no sólo del drama presente sino también de sus causas y lo que es peor del porvenir.

La segunda razón está en la personalidad del autor. Si un economista radical, o incluso un académico liberal hubiera realizado una crítica tan dura a la política económica de estos años, por fundada que ella fuere la repercusión habría sido menor: Peterson es, en cambio una personalidad del «establishment», financiero y académico, principal accionista y presidente de una gran firma de inversiones y presidente de dos importantes centros de investigación. Ha ocupado cargos de responsabilidad en el gobierno y sus posiciones han sido siempre moderadas si no conservadoras. Su dura crítica a la «reaganomía» respaldada por un amplio manejo de los datos debía causar entonces un enorme impacto, sobre todo cuando a mediados de octubre la «mañana siguiente» parecía muy cercana.

El funcionamiento de la economía norteamericana y las distintas opciones de política que se adopten al respecto, tienen consecuencias importantes para la economía de México y de América Latina en general. Esta realidad que hemos aprendido tan bien en estos años de crisis, no se refiere solamente a las medidas específicas de política económica exterior (normas comerciales, cuotas, tarifas, créditos, etc.) que se adopten para nosotros, sino fundamentalmente al impacto de las decisiones macroeconómicas adoptadas por razones casi siempre internas. El alza de un punto en las tasas de interés destruye nuestras previsiones en materia de deuda externa; la caída del dólar dificulta nuestras operaciones con instituciones europeas o japonesas. De allí que conocer bien la situación económica norteamericana no sea ya un asunto para interesados en la situación internacional sino para todo aquel que se interese por el futuro de nuestra propia economía sobre todo en un período en que se otorga tanta importancia al sector externo y en que las relaciones económicas con Estados Unidos constituyen más de dos tercios de ese sector.

Las denuncias de Peterson sobre la situación real de la economía norteamericana son alarmantes por distintos motivos: en primer término, porque muestran la crisis de un modelo cuyos contenidos ideológicos se han difundido mucho entre nosotros, sobre todo respaldados por su supuesto éxito. Ahora resulta que atrás de toda la retórica de la «economía del lado de la oferta», la competitividad, el ajuste, la privatización y la reducción de impuestos la «reaganomía» ha hecho mayor la participación estatal en el PNB ha llevado al comercio norteamericano de una situación de superávit a un enorme déficit, ha financiado el déficit fiscal con endeudamiento externo, ha disminuido la inversión a records históricos, etcétera. Al mismo tiempo, sin embargo el consumo per cápita ha crecido sustantivamente dando lugar a una imagen de recuperación totalmente ficticia. En suma en la década del «ajuste» (y vaya si lo ha habido en Europa y en América Latina) la economía norteamericana no se ha ajustado de ningún modo. Al contrario, ha vivido del crédito externo, sin inversiones generadas por el ahorro interno y dependiendo cada vez más de su capacidad de captar el ahorro de otros atraído por altas tasas de interés. Quienes a comienzos de estos años duros nos criticaban nuestros dispendios de los setentas y nos sermoneaban con ceño adusto sobre la necesidad de «poner fin a la fiesta» y «vivir de acuerdo a nuestros propios medios» se encuentran ahora ante el duro problema de aplicar sus propias recetas.

Esas recetas no son simples, como Peterson se encarga de recordarlo para Estados Unidos y para algunos «ortodoxos» locales. Estados Unidos es ahora un país endeudado externamente (más que ningún otro en el mundo) y es interesante conocer las propuestas que se formulan para resolver ese problema. No se trata de decir solamente que «hay que aumentar la competitividad y aumentar las exportaciones». El problema está en que ese aumento de «competitividad» puede significar (y eso ha ocurrido en Estados Unidos y también en nuestros países) la dislocación y el desempleo en áreas industriales claves con el consiguiente daño permanente a la infraestructura económica de nuestros países. El temor de los norteamericanos es que al igual que para nosotros signifique una rebaja sustancial de los niveles de vida. En cuanto a aumentar las exportaciones es más fácil decirlo que hacerlo, dado que todo el mundo está en lo mismo y que las soluciones «técnicas», como la devaluación la exportación de servicios o el crecimiento económico de otros (la teoría de la «locomotora») no están a la m para resolver el problema.

Es interesante notar cómo, superado el entusiasmo con estos y otros conceptos los economistas de los bandos más diversos van coincidiendo en que la única base posible para salir del atolladero del déficit y la deuda está en los conceptos más tradicionales de ahorro, inversión y productividad. Esto puede requerir también un ajuste -sobre todo porque en Estados Unidos, a diferencia de nuestros países el problema es de exceso de demanda interna y no de falta de ella -pero ni Peterson ni otros autores lo proponen para pagar deuda, sino para invertir, crecer y a partir de eso enfrentar sus problemas financieros. Y crecer significa, también en los ochentas, desarrollo industrial propio. Sólo el crecimiento de las manufacturas nos indican numerosos estudios provenientes de Estados Unidos («Manufacturing Matters» de Stephen Cohen y John Zysman nos parece el más relevante) puede ser la base para la superación de los problemas estructurales del déficit y la dependencia externa.

Las dificultades de la economía norteamericana y el fin del espejismo de la «reaganomía» no pueden sin embargo ser motivo de regocijo para nosotros. Recogiendo lo que es prácticamente un consenso entre los economistas de ese país Peterson propone un ajuste que significa en parte un énfasis en la exportación pero principalmente una disminución de las importaciones norteamericanas. Esto contradice claramente el diseño de recuperación de muchas economías latinoamericanas cuyo énfasis está en el aumento de exportaciones con la vista puesta principalmente en el mercado norteamericano. Decir simplemente «exportar más» es un eufemismo si se considera que casi todo ese aumento ha tenido hasta ahora un solo destinatario. «Exportar más a Estados Unidos» ha sido en verdad la receta de estos años inducida por lo demás por los propios norteamericanos al estallar la crisis de la deuda en 1982. Entonces se nos decía que el crecimiento de las economías industriales permitiría una mayor exportación hacia ellas y que con eso se obtendrían los recursos para pagar la deuda. Pero resulta que aunque esa recuperación de niveles de actividad se dio en todas ellas sólo repercutió sensiblemente en el comercio con América Latina en el caso de Estados Unidos. Somos ahora ampliamente superavitarios en el comercio con Estados Unidos invirtiendo una tendencia histórica aunque todos esos recursos vuelvan a salir para pagarles la deuda.

Ahora bien mientras un ajuste en las importaciones de Estados Unidos significaría una caída inmediata de nuestros propios ingresos ese ajuste no implicaría una caída inmediata muy relevante de las tasas de interés, porque como lo señala Peterson el ajuste debe ser prolongado y los problemas del déficit (por ende la necesidad de endeudamiento y atracción de capitales) no podrán ser resueltos de la noche a la mañana.

En suma, en el marco de nuestra amplia vulnerabilidad externa, la «mañana siguiente» también sería vivida de lleno por la mayor parte de los países de América Latina. A menos, claro está, que destruidos los mitos de la «reaganomía» entendamos que la diferencia sustancial entre nuestra situación y la de Estados Unidos está en la estrechez de nuestro propio mercado interno y que, sin negar la necesidad de producir para exportar, nos ocupemos también de invertir para producir y de llevar adelante las reformas estructurales que nos amplíen ese mercado. Al menos los norteamericanos pueden exhibir en su favor que su problema es de exceso de demanda o exceso de bienestar.

A la mañana siguiente

Primera de dos partes

Peter G. Peterson

En 1981 Ronald Reagan asumió el mando de un país cuya economía se tambaleaba, con una inflación de dos dígitos, tasas de interés de más del 20% y, sobre todo, con el ánimo nacional hundido en el estupor. Hoy, en 1987, otros países envidian el panorama económico norteamericano en el que apenas si quedan rastros de aquellas conmociones y que parece resurgir con la creación de nuevas empresas y más empleos, con índices más altos en la bolsa de valores y, sobre todo, con la recuperación de la confianza.

Sin embargo, seis años después de que la Reaganomía puso en marcha sus reformas radicales, los norteamericanos están a punto de despertar a la realidad: de un tiempo a esta parte, los fundamentos de su futuro económico se han debilitado.

Hasta ahora, ese despertar a la realidad se retrasó gracias a la preocupación tan generalizada por la «competitividad». Es uno de los problemas más importantes en la agenda política norteamericana, por varias razones: la presión de una balanza comercial de productos manufacturados que cayó de un excedente de 17 mil millones en 1980 a un déficit de 139 mil millones en 1986 -cifra que incluye el primer déficit de la historia en productos de alta tecnología- y el lastre adicional que significan el dólar tambaleante, mercados financieros inestables y salarios reales estancados.

¿Qué quiere decir competitividad? Hoy, para muchos hogares norteamericanos esta palabra significa la preocupación por los niveles de vida en el futuro y el miedo a que los hijos que están a diez o quince años de ingresar a las universidades no tengan mejores ingresos que sus padres. Para las empresas corporativas, competitividad significa la pesadilla ejecutiva de ver cómo los norteamericanos adquieren demasiados productos extranjeros. Para muchos obreros, competitividad quiere decir algo todavía más cruel: los despidos, y un deseo comprensible de venganza ante las fuerzas desconocidas que están detrás de estos despidos.

En los últimos tres años, el incremento en las importaciones significó el despido de entre uno y dos millones de trabajadores de la industria nacional cada año. De éstos, más de una tercera parte permanece indefinidamente sin trabajo y, del resto, más de la mitad tiene que aceptar salarios de un 30 y hasta un 50% más bajos, y empleos en los que no sirve su experiencia anterior. Aquí los economistas buscan signos de una desintegración estructural en las comunidades del país, y de un deterioro en las aptitudes y los hábitos que alguna vez hicieron de la manufactura un pilar de la ventaja comparativa norteamericana en el comercio mundial.

Dibujo de Patricia Soriano

En Washington, la palabra competitividad parece decirlo todo y nada. Hay allí desde senadores para los que permitir un límite de velocidad de sesenta y cinco millas por hora en las carreteras del interior es una medida en favor de la competitividad, hasta miembros de la Cámara que adaptan sus mismos y viejos proyectos de ley sobre el empleo, les cambian el nombre y los bautizan como «Programas de regulación competitiva». Por su parte, los políticos buscan carteles comerciales más estrictos para la importación de productos foráneos de todo tipo, desde zapatos hasta superconductores, con el argumento de que así se mejoraría la competitividad. La Casa Blanca no quiso quedarse atrás al respecto y después de anunciar en el Informe Económico del Presidente, de 1987, que el último desempeño industrial de los Estados Unidos había reivindicado la competitividad norteamericana, llegó al extremo de afirmar que la iniciativa de ley para la defensa estratégica sería también un instrumento en favor de tal competitividad.

Los demócratas exigen que el gobierno recurra al proteccionismo para regresar los empleos y salarios a su justo nivel; con una reducción de las importaciones – sostienen-, los empleos y los ingresos que se generan por el hecho de producir para los consumidores norteamericanos, pasarían como por milagro de las compañías extranjeras a las nacionales. La idea es que si los norteamericanos se ponen bravucones con los de afuera, su situación va a mejorar. Lo que ignoran, al parecer, todos estos llamados a «recuperar» la competitividad, es que los norteamericanos tendrían que sacrificar algo si quieren tal recuperación. Durante los próximos años, los que toman las decisiones políticas tendrán que darse cuenta de esto: el problema de la competitividad surge del daño incalculable que los mismos norteamericanos le han infligido a su economía en los últimos años.

Una radiografía de este daño dejaría ver que sus antecedentes se remontan muy atrás, a lo largo de varios gobiernos. La preferencia nacional para consumir en lugar de invertir -el mal de raíz- no empezó con el gobierno de Ronald Reagan, aunque es indudable que el conjunto de políticas que de modo general se conocen como «Reaganomía» hicieron el daño mucho más profundo. En la mejor tradición irónica de Eurípides, las medidas que salvarían a Estados Unidos acabaron por atormentarlo, al grado de que incluso sus esperanzas no económicas -culturales, sociales y estratégicas- se han visto empañadas por la desastrosa administración fiscal. Ha sido una dura lección de la ley de los resultados no queridos.

El propósito: luego de una década de crecimiento endeble de la productividad (0.6% anual en los años setenta) y de signos que anticipan un aumento en los índices de la pobreza, el país entró a la turbulencia de los ochenta con expectativas de una prosperidad por el «lado de la oferta». El resultado: Estados Unidos tiene un crecimiento todavía más endeble de la productividad (0.4% anual entre 1979 y 1986), y eso a pesar del aumento en los ingresos per cápita -financiados con la deuda- y del salto en todos los índices de la pobreza. Más importante: se ha ensanchado la brecha entre los viejos, para quienes la pobreza disminuye efectivamente, y los niños y las familias jóvenes, para quienes los índices de pobreza se han disparado; este proceso supone un tipo de desarrollo con implicaciones terribles para la productividad futura.

El propósito: luego de una década de preocuparse por los bajos niveles de inversión interna neta (6.9% del Producto Interno Bruto desde 1970 hasta 1979) y de una insostenible baja real en la construcción de infraestructura pública, se esperaba de los ochenta que fueran la década anhelada del desarrollo vigoroso, con equilibrio en las balanzas de pago y una rápida formación de capital. El resultado: Estados Unidos tiene la inversión neta más escasa en su historia desde la posguerra (un promedio de 4.7% del PIB desde 1980 hasta 1986) y ha tenido que resignarse al derrumbe de su infraestructura. Es más, lejos de reinstaurar el hábito del ahorro, renovar las balanzas de pagos o reforzar el «lado de la oferta» de la economía, los ochenta son la década del mayor desviacionismo hacia el consumo y de la mayor orientación hacia el «lado de la demanda» que haya visto cualquier país industrializado en la posguerra.

El propósito: en 1980, los electores norteamericanos apoyaron la propuesta de un gobierno federal más reducido y austero, con dos únicas excepciones: el gasto para la defensa y el gasto para la seguridad social relacionada con la pobreza. El resultado: en 1986, Estados Unidos tuvo un nivel considerablemente más alto de gasto federal del que tenía en 1979 (23.8% del PIB contra 20.5%) y con la mayor parte del crecimiento concentrada precisamente en lo que más debía controlarse: el pago de intereses y subsidios a rubros no vinculados con la pobreza o, para decirlo de otro modo, el bienestar de las clases medias y en general de la parte superior en la pirámide de la población. El pago de los intereses federales de la deuda nacional (136 mil millones de dólares en 1986) equivale hoy al total de los ahorros de los contribuyentes que se proyectó originalmente con reducciones a los impuestos en 1981. Las utilidades federales subsidiadas al margen de las necesidades financieras, se incrementaron de unos 200 mil millones de dólares en 1979 a 400 en 1986. En 1986 habían sumado 46 mil millones.

El propósito: al iniciarse los ochenta, Estados Unidos reconoció como política errónea el haber permitido que los egresos fueran mayores que los ingresos (entre 1970 y 1979 los déficits promedio del PIB fueron de 1.7%). Se prometió mejorar esto en lo sucesivo. El resultado: la brecha entre los gastos y los ingresos creció sin precedente en la historia de este país. (Entre 1980 y 1986 los déficits tuvieron un promedio del 4.1% del PIB y en este último año ascendieron a 4.9%, o sea el 90% de todos los ahorros netos del sector privado). Hoy, la deuda pública federal es casi tres veces mayor que en 1980. Las cifras calculadas para el déficit mejoraron un poco, pero los descensos que se esperan en el futuro parten de supuestos demasiado optimistas; por ejemplo, que no habrá recesión y que la tasa de interés será de 4 por ciento.

El propósito: en 1980 los norteamericanos votaron por un liderazgo que afirmaba que el crecimiento económico equilibrado se lograría con una mayor competitividad a nivel mundial y con mercados mundiales más libres. El resultado: la exhorbitante disminución del ahorro interno durante los ochenta anuló estas intenciones. Para 1984 se prometió un excedente comercial de 65 mil millones de dólares, y en lugar de eso, se obtuvo un déficit de 123 mil millones. Aunque los últimos cuatro años fueron excelentes en materia de energéticos, Estados Unidos ha logrado que la economía mundial caiga en el desequilibrio más desastroso de la era industrial, entre el ahorro (externo) y el gasto (interno). Como se sabe, durante este proceso el país dejó de ser el mayor acreedor en el mundo y se transformó en mayor deudor. Fue inevitable la reacción que siguió a este cambio: se triplicaron las importaciones sujetas a cuotas (del 5 al 18%). La opinión pública dio un giro total hasta quedar en contra del libre comercio y en el Congreso surgieron las propuestas de ley más abiertamente proteccionistas de que se tenga memoria desde los días del senador Reed Smoot y el diputado Willis C. Hawley. Y todo a pesar de las convicciones liberacionistas del presidente.

El propósito: Estados Unidos llegó a los ochenta con el anhelo de fortalecer sus defensas militares y de proyectar al exterior una imagen de poder más efectiva. El resultado: los déficits en el presupuesto y la desaparición del consenso en favor de la defensa, tendieron un cerco sobre las opciones estratégicas. Hoy no sólo deben enmendarse los despilfarros de los años setenta, con recortes en la producción de muchos sistemas de armamento, sino que una vez más el país está a punto de demostrarle al mundo su incapacidad para sostener una estrategia de defensa a largo plazo.

El propósito: además de reconstruir su defensa, los norteamericanos querían una política exterior unilateral más decidida para mantener su liderazgo en el mundo libre. El resultado: el crecimiento rápido de la deuda con los demás países industrializados desvió la energía diplomática, que debió destinarse a las negociaciones para tranquilizar a los bancos centrales extranjeros, con acuerdos sobre tarifas de intercambio (para mayo de 1987 las intervenciones en apoyo al dólar alcanzaron la cifra desconcertante de 70 mil millones de dólares), para que a su vez estos bancos convencieran a sus respectivos gobiernos de que debían comprar más productos norteamericanos de exportación, y también para encauzar el liderazgo financiero norteamericano en el tercer mundo hacia economías más solventes. Ahora, cuando la acción exige recursos, se busca algo de presupuesto para dar algún magro apoyo. Así, no se gasta prácticamente nada para evitar el creciente riesgo de un caos económico, social y político en la puerta misma del país: en México. Así, después de la elección democrática de Cory Aquino en 1986 casi se consideró que 50 millones de dólares adicionales era mucho dinero para enviar a Filipinas.

El mismo gobierno ha declarado públicamente que la «crisis de recursos para las relaciones internacionales» podría significar «el fin del liderazgo mundial de los Estados Unidos». Hace ocho años nadie habría imaginado que este viraje hacia la austeridad llevaría al país a una situación de aislamiento. Ahora lo estamos viendo: Estados Unidos se esfuerza por permanecer erguido pero de rodillas.

El propósito: al entrar en la década de los ochenta, era el mayor deseo norteamericano que el renovado poderío económico auspiciara una recuperación de su fuerza ideológica y cultural; y una ética del ahorro, el trabajo intenso y la productividad. El reemplazo del malestar por la certidumbre de que se caminaba hacia adelante. El resultado: ese deseo también se vino abajo, conforme la realidad económica enfrió el entusiasmo ideológico de 1981. Muchos dirigentes políticos se quedaron tan confundidos y a la defensiva como los de hace una década; casi sintieron alivio de que los ciudadanos quedaran inmiscuidos en los escándalos públicos y privados. En el gobierno muchos piensan o se comportan como si no hubiera problema y, por lo tanto, como si no hubiera necesidad de una solución. Otros en cambio quieren evitar que se les asocie con el próximo paso espeluznante que dará la economía. Los temores de los demócratas se resumen en un chiste de humor negro que cuentan sus propios dirigentes: el 20 de enero de 1989, luego del cambio de poderes, el presidente Reagan vuela de regreso a su rancho en Santa Bárbara. Durante el vuelo la bolsa de valores cae, el dólar se hunde y las tasas de interés se elevan. Cuando por fin aterriza, declara a los reporteros que lo esperan: «Ya ven, se los dije: ílos demócratas arruinaron la economía!».

La competitividad es de momento la cortina que los norteamericanos han colgado entre la economía reaganiana y el futuro, y ningún partido político se atreve a descorrerla precisamente porque ella permite, a líderes políticos de todo tipo, llamar la atención de la gente sobre asuntos triviales. Por ejemplo, mucho se ha insistido en la necesidad de enfurecerse por los efectos comerciales del «dumping» japonés (inundación del mercado con artículos a precios de rebaja para suprimir la competencia) en materia de superconductores o, al contrario, en la obligación de entusiasmarse por la venta federal de los activos como una vía para paliar el déficit presupuestal, aunque todos los expertos digan que este tipo de acciones no significan mucha diferencia si se las lleva a cabo de un modo o de otro.

Lo más sorprendente del éxito de la reaganomía es el mito de la invencibilidad norteamericana, que se sustenta sobre un principio que ha perdurado a lo largo de la vida política bipartidista de Estados Unidos, y que en la década de los ochenta se ha vuelto sagrado: nunca hay que admitir la posibilidad de lo desagradable, y menos cuando nada parece evitarlo. Si se le da entrada a lo desagradable, todo el mecanismo del déficit comercial dejaría de ser confuso. Estados Unidos tiene un déficit porque compra más de lo que produce. El país ha adquirido una economía estructuralmente deficitaria porque de modo sistemático ha descartado todas las medidas que podrían estimular su anémica tasa neta de ahorros. Esto quiere decir que en ninguna etapa del ciclo económico el país es capaz de generar la cantidad necesaria de ahorro para lograr una mínima inversión adecuada.

Es más, en 1986 casi dos terceras partes de la inversión neta en la construcción, instalaciones y equipo, no habrían sido posibles sin los dólares ahorrados por los extranjeros (el nivel de inversión fue muy bajo si se mide en términos históricos, pero sin el suministro de capital que acompañó al déficit comercial en ese mismo año, habría alcanzado el nivel más bajo en un año de severa recesión, menor incluso al de los años de recesión, 1980, 1975, 1970 y 1958).

El debate en Washington sobre la política comercial deja de lado, invariablemente, un hecho ineludible de la balanza de pagos: los dólares que salen para comprar productos de importación siempre regresan. (Como los extranjeros no usan dólares, los gastan en cuanto los reciben). El único problema por aclarar es en qué forma regresan los dólares, si para comprar los bienes y servicios norteamericanos o para comprar los IOU’s. Y es que en los ochenta se decidió que los IOU’s deberían ser el principal producto de «exportación», de modo que en 1986 se vendieron a los extranjeros un total neto de 143 mil millones de dólares en activos de capital financiero norteamericano; la mayor parte de ellos se dieron en acciones y valores, títulos, letras, estados de cuenta de los bancos y otros documentos de diversa índole; una proporción cada vez mayor se dio en bienes y raíces y otras inversiones directas. Este excedente financiero constituyó el lado fijo del déficit comercial. Si las inversiones internas hubieran sido mayores, el excedente (por la venta de IOU’s) y el déficit (por la venta de productos comerciales) habrían aumentado todavía más. Mientras sea imposible el funcionamiento sin los dólares que se ahorran en el extranjero, las tasas de intercambio serán fluctuantes y las tasas de interés tenderán a subir hasta que se pueda traer de regreso a esos dólares en la forma de empréstitos. Estados Unidos debe aprender a distinguir entre los flujos de capital destinados a la inversión, que podrán ser restituidos en el futuro, y los flujos de capital para la deuda relacionada con el consumo (por ejemplo, los flujos destinados a financiar el déficit presupuestal) que en el futuro sólo producirán el servicio de la deuda.

Para corregir el desequilibrio actual, sería necesario que Estados Unidos emprendiera una política de cambio profundo; una política que fuera del consumo al ahorro y que no arrastrara la economía mundial hacia una espiral de caídas, ya sea por las recesiones que provoca el comercio en los demás países industrializados o por una cadena de moratorias de la deuda por parte de los países menos desarrollados (contra los cuales Estados Unidos competiría por excedentes comerciales). Frente a esta escalofriante situación, la alternativa es el desplome, desde luego: una vertiginosa caída del dólar, importaciones imposibles de pagar, una prolongada recesión, un feroz proteccionismo, una inflación desenfrenada y un marcado descenso en los niveles de vida de los norteamericanos. La alternativa al desplome consiste en pagar la deuda por medio de la pobreza indefinida. ¿El desplome es inevitable, entonces? Sí, pero hacerlo implicará la disposición de los norteamericanos a producir más y a consumir menos, y también a aceptar una estrecha coordinación macroeconómica entre las naciones. Por ahí se cuenta lo que dijo un crítico europeo sobre la relación entre los déficits fiscal e internacional de los Estados Unidos: «Las políticas de los norteamericanos en los ochenta me recuerdan los viajes de Cristobal Colón. Como los norteamericanos, Colón no sabía a dónde iba. No supo dónde estaba cuando llegó ahí, y no supo a dónde había ido cuando regresó. Lo único que sí supo es que todo el viaje lo había financiado el dinero extranjero». O como dijo Fred Bergsten, director del Instituto de Economía Internacional: «Por fin hemos entendido el verdadero significado de la `economía del lado de la oferta’: los extranjeros proporcionan la mayor parte de los bienes y todo el dinero».

El modo en que Estados Unidos llegó a este callejón sin salida es una historia muy larga como para contarla aquí, pero puede mencionarse la contribución a esa historia de dos procesos institucionales de gran alcance; se dieron desde principios de los setenta y son lo que podríamos llamar cambios en las reglas del juego, reglas que antes protegían a los norteamericanos de sus propias tonterías. El primer cambio fue a dar al modo en que se legislan los presupuestos federales. Hasta hace quince años, la mayor parte del gasto federal se ejercía a discreción y sin indexación, y la política tributaria federal funcionaba aún bajo el supuesto de que los réditos pagarían los dólares federales que se gastaban. Era difícil llegar a déficits muy grandes porque se contaba con varias opciones correctivas, tanto en el gasto como en los impuestos. A principios de los setenta, la regla del gasto se eliminó por una decisión: la mayor parte de los programas que no fueran en beneficio de la pobreza, se transformarían en títulos intocables y a prueba de inflación. A principios de los ochenta, los economistas que abogaban por «el lado de la oferta», eliminaron la regla de los impuestos, de modo que el déficit ya no era responsabilidad de nadie y quedaba sujeto a «protección» pero no a control.

El segundo gran cambio estuvo en la transformación del sistema financiero mundial. A principios de los setenta todo el mundo aceptaba los postulados básicos de los acuerdos de posguerra firmados en Breton Woods: tasas de intercambio fijas y una movilidad relativamente pequeña del capital entre los países. Pero el problema era que las tasas fijas conducían a varias crisis muy inconvenientes en la balanza de pagos, aparte de que no dejaban libertad para determinar el destino propio en materia de macro-economía. De modo que en 1971, Estados Unidos cerró la ventanilla del oro y para 1973 se deshizo de las paridades fijas. Para fines de los setenta y principios de los ochenta, mientras el dólar subía y bajaba en fluctuaciones cada vez mayores, la comunidad financiera internacional se adaptó al orgulloso invento norteamericano de «la flotación» y liberalizó todavía más el flujo de capitales a través de las fronteras. El resultado inevitable: a cada país, y sobre todo a los Estados Unidos en tanto que propietarios de la reserva mundial de circulante, se le dio una mayor libertad para pedir prestado y endeudarse con pocas restricciones o ninguna, a no ser la que impone el espectro de una posible bancarrota nacional en la mente de sus acreedores. Si hace quince años el país hubiera solicitado préstamos al exterior equivalentes al 3.5% de su PIB, se habría producido una emergencia nacional con todo y discursos presidenciales al estilo Churchill y medidas de austeridad como las que se dictaban en épocas de guerra. Hoy, en cambio, eso no provoca absolutamente nada. Son apenas números que se pueden leer en la última parte de la sección financiera del periódico.

Con la excepción de la nueva política tributaria que no toma en consideración los réditos, la mayor parte de estos cambios en las reglas se pusieron en práctica antes de que Ronald Reagan asumiera la presidencia. Muchos especialistas piensan que la reaganomía representa la reversión más absoluta de la política económica que regía hasta entonces, pero dentro de algunos años los historiadores hablarán de ella simplemente como una aceleración de las políticas previas.

Reagan merece crédito por haber conservado el rumbo mientras se controlaba la inflación de dos dígitos -la única medida reaganiana, o mejor dicho: del binomio Reagan-Volcker que de veras puso a prueba el umbral de dolor de los norteamericanos-, y por haberse enfrentado valientemente a los controladores aéreos. Sin duda, esto ayudó a moderar el delirio salarial de los setenta. Reagan merece crédito también porque contribuyó a renovar la popularidad de los mercados y el riesgo empresarial tanto dentro como fuera del país, y porque persuadió a los norteamericanos para que abandonaran los terribles vicios de la reglamentación en las líneas aéreas, los bancos y la industria de energéticos. Desde luego, hizo lo correcto al pelear por los recortes en las tasas marginales de impuestos. Ahora sabemos, por ejemplo, que una tasa impositiva máxima del 50% termina por generar más réditos provenientes de los ricos que una del 70%, y además proporciona incentivos reales para los empresarios que empiezan. Por último, y al menos por el momento, Reagan eliminó de su agenda políticas como la planeación nacional, los controles de salarios y precios y los programas de empleo en gran escala.

Pero hay que ser honestos: en lo que se refiere a la distribución básica de los recursos económicos, el reaganismo tomó partido por, o se avino con, algunas de las peores opciones que Estados Unidos haya elegido nunca y cuyas implicaciones para el futuro no se podrán conocer en muchos años.

La economía del círculo vicioso

Para comenzar a entender lo que produjo la reaganomía, hay que volver sobre la campaña presidencial de 1980. La noche del 28 de octubre los electores norteamericanos estaban pendientes del debate televisado entre Ronald Reagan y Jimmy Carter. Frente a la cámara, Reagan lanzó su famosa pregunta: «¿Están mejor hoy que hace cuatro años?». Al día siguiente las encuestas en los periódicos registraron un aumento en el apoyo a Reagan que una semana después terminó en su aplastante victoria.

Ahora imaginemos que inmediatamente después de su pregunta Reagan prometió lo siguiente: «Les aseguro que se sentirán mejor. Mientras que el consumo real de cada ciudadano económicamente activo apenas si se modificó durante el gobierno de Carter, yo haré que aumente en 300 dólares anuales per cápita durante los próximos años. Agregaré también 140 dólares anuales por trabajador que en el gobierno destinaremos principalmente a recuperar el desplome en nuestro presupuesto para la defensa durante los años setenta. ¿Cómo haré para cumplir esta promesa? Pues muy fácil: no lo haré con un aumento real y considerable de la cantidad de bienes y servicios que producen los trabajadores de este país; en los próximos años lo haré con la desviación hacia el consumo de unas tres cuartas partes de los recursos per cápita que actualmente se destinan al ahorro. La mitad de este dinero se obtendrá de manera muy simple: con un recorte en la inversión interna. Para esto habrá que enfrentar enormes déficits federales, tan grandes que la deuda pública federal que los norteamericanos han adquirido, desde la época de los padres fundadores de la patria, para fines de 1979 será de unos 654 mil millones de dólares y para 1986 casi se triplicará. Y la otra mitad de ese dinero vendrá de préstamos del exterior. Para 1986 estos empréstitos podrán financiar por sí solos toda la inversión neta norteamericana en la construcción de vivienda y un buen 40% de la inversión neta en la industria, de muy bajo nivel de por sí, y se liberará la increíble cantidad de 2,100 dólares de consumo per cápita adicional por cada norteamericano económicamente activo. Desde fines de 1979 hasta fines de 1986 la balanza nacional por trabajador, en relación con el extranjero, caerá de un crédito de 998 dólares a un adeudo de 2,500 y la balanza federal por trabajador con los acreedores, no importa dónde estén, se precipitará de un adeudo de 6,750 dólares a uno de 16,562. Apuesto a que ya se sienten mejor ahora. Muchas gracias y buenas noches».

Si bien un discurso como éste no le habría servido a Reagan para ganar la presidencia, sí les habría advertido a los norteamericanos, con bastante exactitud, el comportamiento de la economía durante el gobierno del entonces candidato. En una cosa acertó Reagan durante su debate con Carter: los setenta fueron duros en comparación con los sesenta. Tuvo razón también al señalar que durante los años setenta el bajo crecimiento de la productividad y el aumento de los ingresos federales había exprimido el gasto para la defensa en favor del gasto privado para el consumo. Sin embargo, lo que a la distancia resulta bastante significativo, es que por lo menos sí tuvo lugar esa «extracción». Muy pocos de los norteamericanos que veían la televisión esa noche de 1980 se imaginaron que en la siguiente década se ignoraría la ley que hace depender el consumo de la producción.

Dicho de manera muy simple, el sucio secreto de la reaganomía consiste en lo siguiente: detrás de la agradable observación de que el consumo real por trabajador en Estados Unidos aumentó 3,100 dólares en está década, se encuentra la desagradable realidad de que sólo 950 dólares de este consumo anual se sufragaron con el crecimiento de la producción; los restantes 2,150 se financiaron con recortes en la inversión interna y con más deuda externa. Entre 1979 y 1986, el aumento total anual en la producción fue de 100 mil millones de dólares (a la cotización de 1986) mientras que el total comparable de los incrementos en el consumo per cápita -más las adquisiciones gubernamentales- fue de unos 300 mil millones, lo cual arroja una diferencia de poco más de 200 mil millones. Esta cifra es un poco más alta que la del aumento en los déficits federales anuales durante los últimos seis años. El gasto deficitario ha sido entonces el mecanismo que está detrás de la fiesta del consumo, lo cual constituye un novedoso y superkeynesiano vuelco hacia el «lado de la demanda» que sustituye al tan vilipendiado lema de los setenta: «Impuesto y gasto», por otro muy actual: «Endeudamiento y gasto».

En años anteriores, los norteamericanos consumían poco menos del 90% del aumento de su producción, pero desde principios de los ochenta tal consumo ha sido del 325%: la diferencia de 235% se refleja en un aumento sin precedentes de la deuda externa por trabajador y en una baja de la inversión interna. Así se logró una sensación de «estar en los sesenta» -que como se recordará fue la década del «sentirse bien» y «tenerlo todo»- sin necesidad de molestarse en producirla de veras.

Por supuesto que Estados Unidos no podrá seguir pidiendo préstamos indefinidos al exterior para financiar su consumo. Esto se detendrá muy pronto y habrá que decidir si se paga el capital o se asume el compromiso (que incluye a las generaciones futuras) de pagar para siempre los intereses anuales: estos intereses serán el precio a pagar por los excesos de los ochenta. Tampoco es posible seguir reduciendo la inversión interna para financiar el consumo. Habrá que detenerse y surtir de nuevo a las fábricas, y arreglar los puentes y las escuelas que están en el abandono; de otra manera, ésta y las futuras generaciones quedarán relegadas a un nivel de vida más bajo. La economía del «lado de la oferta», sin esa «oferta», sólo puede acabar en «una economía del círculo vicioso».

Así, es inevitable que se reduzca el consumo o incluso que caiga totalmente mientras el nivel de la producción lo alcanza. Desde luego, la velocidad de esto depende de cuánto se invierta, lo cual depende a su vez de cuánto se ahorre.

La relación entre los déficits públicos (cada vez mayores) y una tasa de ahorro interno más baja, no es absoluta ni infranqueable. La totalidad de los ahorros internos pudo quedar intacta con la gestión de un aumento importante en los ahorros del sector privado, al mismo tiempo que se lanzaba un aumento también importante en el gasto deficitario. Pero en la última década los ahorros privados netos -es decir, el ingreso neto que ahorran las unidades domésticas y las empresas privadas- disminuyeron de modo muy abrupto: del 8.1% del PIB en los setenta al 6.1% en los ochenta. Por eso el ahorro interno neto -que equivale al ahorro privado neto menos el gasto del sector público- también ha disminuido en la última década del 7.1% del PIB en los setenta al 3.4% en los ochenta. En realidad, durante tres de los últimos seis años -1982, 1983 y 1986- el ahorro interno neto en Estados Unidos ha caído a menos del 2% del PIB, por lo cual fue inevitable la llegada de los enormes flujos de capital extranjero.

La paradoja: han sido precisamente los dirigentes conservadores de la reaganomía quienes crearon la pesadilla keynesiana a la que tanto temían: la de los déficits enormes y permanentes. Los norteamericanos han soportado esta pesadilla con muy poca protesta; después de todo, si los que tanto odiaban a Keynes no conocían los peligros de esos déficits, ¿quién sí los conocía?

Los apologistas de la economía reaganiana llegaron a afirmar que sólo las «expectativas racionales» estimularían un aumento del ahorro privado para compensar los déficits públicos, y que el recorte en los impuestos de principios de los ochenta llevaría a un repunte en el ahorro.

Este razonamiento es legítimo e importante, pero de manera marginal y más allá del prolongado estertor: tal idea sólo funciona cuando se gravan menos los ahorros y más el consumo. La mayor parte del recorte impositivo de 1981 sólo fue un recorte en la tasa de impuestos a los ingresos personales y por lo tanto fue muy poco para alterar la carga relativa de los impuestos sobre el ahorro en contra del consumo. De cualquier modo, lo verdaderamente imperdonable es la expectativa de que se podría salir adelante con sólo recortar el nivel general de los impuestos mientras se permite que siga creciendo el gasto federal. Cuando los recortes en los impuestos no van al parejo con los recortes en el gasto, deben acompañarse con empréstitos públicos tanto de las unidades domésticas como de las empresas privadas. Es decir: con una reducción, dólar sobre dólar, de los ahorros privados que de otro modo serían para la inversión. Así, en una economía donde hay empleo absoluto, sólo una pequeña fracción del recorte se convertiría en ahorro privado adicional: si las familias y las empresas tratan al recorte impositivo como si fuera cualquier otro ingreso, los ahorros serían entre seis y siete centavos por dólar, lo cual constituye un margen bastante estrecho que podría desaparecer por completo con sólo un viraje negativo en la tendencia general del sector privado hacia el ahorro. Como ya se vio, efectivamente se produjo ese viraje negativo.

Otros apologistas del auge de los años ochenta sostienen que no hay ninguna relación histórica entre los déficits del sector público en los años de la bancarrota y las balanzas comerciales negativas. Afirman esto: incluso después de que los déficits presupuestales absorbieron una parte del ahorro privado, quedó un excedente que habría bastado para que los norteamericanos se hicieran inversionistas en el exterior. Por eso los años de la bancarrota fueron de mejoría para la balanza comercial. Sin embargo, para 1982 ya había signos de que el esquema no funcionaba: a la recesión más profunda de los últimos treinta años la acompañaron empréstitos federales tan enormes que ni siquiera la cuenta corriente -base de las transacciones financieras con el exterior- salió equilibrada. Desde entonces se ha navegado sin brújula por aguas desconocidas, entre recuperaciones cíclicas y acompañadas de enormes (y cada vez mayores) flujos de capital externo.

Otros apologistas de los ochenta se entusiasmaron tanto con las expectativas del mercado, que justifican con ella cualquier catástrofe y argumentan que el futuro será color de rosa. Alan Reynolds, gran gurú de la teoría del «lado de la oferta», afirma, por ejemplo, que el fuerte endeudamiento con el exterior es señal de fortaleza económica, y ha comparado el enorme déficit norteamericano en cuenta corriente con los grandes déficits comerciales japoneses de los años cincuenta. Con esto sostiene que lo que ambas situaciones tienen en común son sus grandes expectativas de desarrollo.

Aunque algunos observadores norteamericanos en los años cincuenta tenían dudas sobre la bondad del equilibrio japonés, Reynolds dice que «hoy en día, vistas a la distancia, esas preocupaciones parecen bastante estúpidas» y según él que ocurre lo mismo con los Estados Unidos. «Lo que sucede en los ochenta» escribe Reynolds, «parecería una inversión de papeles: Estados Unidos se ha convertido en un paraíso tributario bastante vigoroso que atrae bienes y capitales extranjeros, mientras que Europa y Japón han quedado en el papel pasivo al depender de las exportaciones, como sucedía con Estados Unidos en la época de Eisenhower».

Este argumento tiene una parte de verdad. En efecto, en los años cincuenta Japón importaba capital porque era una economía en rápido crecimiento, y era además un país en reconstrucción después de una guerra que había destruido en gran parte su base industrial. De modo que se endeudó con el exterior para financiar más inversiones de las que hubieran sido posibles de haberlas sustentado únicamente en su propia tasa de ahorro, de por sí vigorosa. El resultado fue una sorprendente tasa de inversión neta que constituyó bastante más del 20% del PIB, pero la pregunta es si tuvieron sentido esos flujos de capital. Vistos así, claro que lo tuvieron porque se amortizaron muy pronto al incrementarse la producción económica. Entre 1950 y 1960 la economía japonesa creció a una tasa promedio real de casi 10% anual y el producto neto real por trabajador creció a la extraordinaria tasa de 6.6% anual, de modo que se redujo la carga que significaba para el país el financiamiento de los flujos del capital extranjero (que por lo demás, terminaron a mediados de los sesenta).

De modo que el paralelo entre Estados Unidos y Japón resulta incomprensible. En los ochenta, la tasa de inversión norteamericana ha sido la segunda más baja del mundo industrializado (apenas un poco más alta que la inglesa) mientras que la tasa de crecimiento del producto neto real por trabajador es absolutamente la más baja, con un promedio de 0.4% anual. Esto es menor a la decimoquinta parte de lo que los japoneses tenían hace treinta años, porque en los años cincuenta la productividad de este país creció en nueve meses más de lo que creció la norteamericana en más de diez años. Y a diferencia de Japón, Estados Unidos se ha endeudado con el exterior para el consumo y no para la inversión. El Japón de los cincuenta no es el paralelo histórico adecuado para los Estados Unidos de los ochenta; ni siquiera lo son las experiencias previas norteamericanas en épocas de fuerte endeudamiento externo, como en la década de 1870, cuando se emitieron bonos (a la mitad del interés de la época) para financiar la inversión en los ferrocarriles y la industria pesada. A donde habría que mirar es a los escasos momentos de la historia en que ciertos países con una economía de grandes dimensiones, una fuerte moneda internacional y mercados abiertos de capital, pidieron prestadas enormes sumas de dinero para el consumo y sin que les importara la producción. Veríamos entonces las imágenes de España en la segunda mitad del siglo XVI, de Francia en la década de 1780 y de Inglaterra en los años veinte de este siglo, arrastrando su peso, agobiados por las deudas y con un crecimiento muy bajo. 

Así están las cosas en Estados Unidos: una administración republicana conservadora que prometió una economía de gran ahorro, gran productividad y gran competitividad, con excedentes comerciales, y que por el contrario dio un enorme auge al consumo financiado con endeudamiento externo, con una moneda sobrevaluada, con una serie de recortes en la inversión privada y con aumentos en el gasto público financiados por la deuda; también con enormes déficits en la balanza de pagos. Es la misma obra de teatro que los deudores latinoamericanos han representado desde hace años y que seguramente conducirá al mismo final desastroso. O como dijo un bromista: si los setenta vieron «reverdecer» a los Estados Unidos, los ochenta los verán «argentinizarse».

Examinemos ahora con más detalle las razones de este derrumbe fiscal. Veamos primero lo que significaría el crítico desafío de reducir el flujo de crédito externo a corto y mediano plazo, y al mismo tiempo, cómo esto influirá en las difíciles opciones políticas así como en el peligro de una crisis global que necesariamente acompañaría a una reducción de este tipo. Después habrá que revisar a largo plazo la relación inexorable entre la inversión y los niveles de vida; por último, se analizará la manera en que las políticas públicas toman en cuenta el futuro de los norteamericanos, pues si antes de los ochenta se caracterizaron por el descuido y la falta de atención, hoy día rayan en el más franco desprecio.

¿A quién se le debe?

¿ Cuánto es exactamente lo que Estados Unidos le debe al resto del mundo? A fines de 1986 el saldo neto (que está formado por lo que se le debe al país menos lo que el país le debe a otros) era negativo en 264 mil millones de dólares y para fines de 87 ya había aumentado a 400 mil millones. No es exagerada la preocupación por la increíble velocidad con la que Estados Unidos se transformó de acreedor en deudor. Hace apenas seis años, a fines del 81, el país tenía la mejor situación de su historia como acreedor neto con un saldo positivo de 141 mil millones de dólares, lo que quiere decir que en sólo seis años se dilapidaron más de 500 mil millones netos al liquidar los activos en el extranjero y al pedir préstamos en el exterior. Sin duda que esto representa un enorme flujo de capital, aun si se lo considera en términos globales. Para 1986, los empréstitos netos habían impedido el reciclaje bancario ficticio de los excedentes de la OPEP, después de los aumentos de 1973 y 1979 en los precios del petróleo. La cifra dobló al total de los intereses de la deuda de todos los países subdesarrollados deudores y equivalió más o menos a la mitad del valor aproximado en dólares de la inversión neta total en todos los países subdesarrollados.

¿Qué futuro le espera a un país que se endeuda con el exterior en cantidades tan enormes? En tanto que deudor de sumas cada vez más grandes, los Estados Unidos se convertirán inevitablemente en un mayor exportador de bienes y servicios (hay que repetir la palabra: convertirse en exportador). Este supuesto es sólo cuestión de aritmética, porque el endeudamiento no puede crecer indefinidamente como parte del PIB: más allá de una cierta cantidad, los acreedores considerarían al país como riesgoso para el crédito y este riesgo lo tendrían que compensar con tasas de interés prohibitivas, de modo que el déficit en cuenta corriente en algún momento tendrá que disminuir de manera considerable. Y cuando eso suceda, habrá que exportar más de lo que se importa para pagar el servicio del déficit cubriendo los intereses y los dividendos al exterior.

Pero afirmar que algo es inevitable no quiere decir que se sabe cuándo va a suceder. Es de suponerse que el crecimiento de la deuda externa norteamericana podría conducir, para mediados de la década de los noventa, a un equilibrio en la cuenta corriente y a un excedente comercial, y que para el año 2000 esta probabilidad se convertiría en certeza.

Hoy es muy pequeña la oportunidad para conseguir un reajuste más o menos suave, y por otra parte parece posible que el resto del mundo sea cada vez más reticente para prestarle dinero a Estados Unidos si el endeudamiento de este país crece mucho más allá del 35% de su PIB, o sea, a poco más de un billón de dólares a los precios actuales. Algunos expertos sostienen que la deuda podría ocasionar que los pagos del servicio, como parte de las exportaciones, equivalieran a los de muchos países en desarrollo, lo cual supondría una carga similar a la que pagó Alemania por reparaciones después de la Guerra Mundial. Estos mismos expertos coinciden en la imposibilidad de que Estados Unidos siga endeudándose indefinidamente por préstamos de capital a la tasa de interés actual de 3.4% por año de su PIB, o ni siquiera a una similar, puesto que tal situación, combinada con los costos acumulados del servicio de la deuda, alcanzaría la absurda cantidad de tres billones de dólares de deuda neta para fines de este siglo y es muy probable que los inversionistas extranjeros cancelen el suministro de dinero mucho antes de llegar a este límite.

Por otra parte, es prácticamente inevitable que la deuda llegue al billón de dólares a principios de los noventa, a pesar de los esfuerzos que se hagan para frenar el flujo del ahorro externo. Y es que obviamente existen límites a la velocidad con la que Estados Unidos podría restringir su consumo y generar el crecimiento de sus exportaciones netas.

Por ejemplo, imaginemos que a partir del próximo año Estados Unidos empieza a hacer una serie de incrementos fijos al valor de sus exportaciones netas, de manera que para 1994 su cuenta corriente llegue a cero y para el año 2000 su deuda neta se reduzca al nivel de la de hoy. Esto parecería un logro bastante modesto, y aun así terminaría en una deuda de aproximadamente un billón de dólares para 1994, lo cual requeriría de un incremento real en las exportaciones norteamericanas de más de 20 mil millones de dólares anuales durante los próximos diez años o bien de un viraje total, positivo, de más de 200 mil millones de dólares. Como sostiene Fred Bergsen, la magnitud del ajuste necesario que requieren los Estados Unidos es equivalente a dos terceras partes del presupuesto total para la defensa y es varias veces mayor que el viraje total que produjeron las crisis petroleras de los setenta.

Según este razonamiento sobre el ajuste, sería necesario reducir el flujo de préstamos del exterior en unos 20 mil millones de dólares por año, o sea, 200 dolares anuales por cada uno de los cien millones de trabajadores que hay en Estados Unidos. Y sin embargo, el producto neto real por trabajador ha crecido sólo en 135 dólares anuales. Es más, el crecimiento continuo de la deuda significa que se deberían dedicar cuarenta dólares anuales por trabajador al pago del servicio de la deuda externa, y como para incrementar de manera suficiente la productividad a fin de que a su vez pudieran aumentar las exportaciones netas, se requeriría que el nivel de inversión interna fuera por lo menos el mismo que tuvo en los años setenta, entonces serían necesarios unos 60 dólares anuales adicionales por trabajador durante una década.

¿ Y dónde se pueden encontrar cada año 20 mil millones, de dólares adicionales en productos para exportación no consumidos internamente, que hagan viable a este razonamiento de reajuste?

Como durante la próxima década sólo se dispondrá de 35 dólares por trabajador (cifra que se obtiene de 135 menos 40 menos 60, según se señaló más arriba), es probable que el consumo por trabajador en Estados Unidos tenga que disminuir en unos 165 dólares anuales, lo que significa 1,650 dólares en total para el trabajador medio aunque, por supuesto, es de esperarse que serán los norteamericanos con menores ingresos -es decir, las minorías, los jóvenes en empleos eventuales y los empleados sin derecho a prestaciones- quienes sufrirán pérdidas mucho mayores al promedio. Ni el público norteamericano ni los políticos nacionales han considerado este probabilidad. Piénsese, nada más a modo de comparación, que en la década de los setenta -una «época difícil», según muchos- el consumo por trabajador en Estados Unidos creció en 200 dólares por año, de modo que lo que trajeron los primeros años de los ochenta, los noventa bien podrían llevárselo.

¿En qué tipo particular de exportaciones deberían obtener los Estados Unidos las fuertes ganancias que requieren para reducir su déficit comercial? En primer lugar, debe olvidarse la contribución que significa el 22% de las exportaciones comerciales que hoy están constituidas por productos agrícolas y materias primas. El excedente comercial de 25 mil millones de dólares en 1981 por exportaciones agrícolas, se redujo a tres mil millones en 1987. Aunque parezca increíble, durante la década pasada la Comunidad Económica Europea aumentó su balanza de granos de un déficit de 25 millones de toneladas a un excedente de 16 millones. India, Pakistán y China se han vuelto exportadores de productos agrícolas e incluso la URSS se ha propuesto la impresionante meta de convertirse en exportador de alimentos para el año 2000. Para Estados Unidos sería una suerte una disminución en el déficit actual de su balanza agrícola y esto también es válido para las materias primas, donde la situación es semejante.

Por lo que se refiere a las importaciones petroleras, casi todos los expertos están de acuerdo en que la disminución de la producción norteamericana hará que para los noventa aumente la dependencia actual de las importaciones, que es de un 25 ó 30% hasta un 50 ó 60% y a precios más altos. Philip Vergler Sr., investigador visitante en el Instituto de Economía Internacional, ha hecho este cálculo: el valor de las importaciones petroleras norteamericanas crecerá de 44 mil millones de dólares en 1985 a 120 ó 130 mil millones para mediados de los noventa. Desde el punto de vista de los energéticos, los ochenta han sido años felices y tranquilos, pero en la próxima década es probable que reaparezcan algunas de las turbulencias de los setenta. En otras palabras: la mejoría real de 70 mil millones de dólares (a la cotización de 1986) en la balanza de energéticos que han disfrutado los Estados Unidos desde 1980, invertirá su rumbo. Si se quiere ser optimista y suponer que la balanza anual total de productos agrícolas y materias primas sólo va a disminuir en el futuro inmediato en unos 10 mil millones de dólares por año, eso significa que se necesitaría de un aumento de por lo menos 30 mil millones de dólares anuales en el 75% restante de las exportaciones que son principalmente manufactureras.

Algunos críticos se resisten a aceptar este razonamiento y se quejan de que en él se omite la exportación de servicios. Según un artículo publicado en la revista Fortune con el título de «La economía en la década de los noventa», entre 1987 y el año 2000, Estados Unidos va a mejorar su balanza en los servicios en unos 125 mil millones de dólares. Se supone que este excedente alcanzará para pagar el servicio de la deuda, que según la misma publicación será de un billón de dólares para mediados de los noventa. El análisis de ese artículo confunde una serie de servicios que en realidad son de la deuda (por ejemplo el pago de intereses y dividendos) con una serie mucho menor de servicios que son en realidad de producción corriente (embarques, envíos, seguros). Ahora sabemos lo que sucederá con la balanza en la primera de esas líneas: se va a hundir en los números rojos. Y en lo que se refiere a las exportaciones norteamericanas del segundo tipo, lamentablemente son demasiado pequeñas (en 1986 fueron de un total de 49 mil millones de dólares) y demasiado poco flexibles como para que logren una diferencia importante. Dos terceras partes de estas exportaciones consisten en embarque y transportes y el resto está formado por los servicios empresariales que por lo general acompañan a las exportaciones comerciales. Es más como buena parte de las exportaciones de servicios de alta tecnología se relacionan con las exportaciones de manufacturas, no tiene sentido calcular a una sin la otra. Supongamos que pese a todo se quiere ser optimista y pensar que las exportaciones de servicios crecerán en un 50%. Aun así, no se resuelve la necesidad de un aumento de las exportaciones manufactureras a 275 mil millones de dólares o, en su defecto, la de conseguir una tasa de crecimiento anual real del 10% durante la próxima década.

¿Será posible que Estados Unidos iguale el ejemplo de Japón y pueda sostener un funcionamiento tan prodigioso de su producción manufacturera durante tantos años? Quizás, pero la perspectiva es muy dudosa. Hasta ahora, en lo que va de la década, las exportaciones norteamericanas de manufacturas han disminuido en términos reales, pero en los próximos años será necesario buscar una tasa mayor de crecimiento de la que se ha conseguido en todo el siglo XX en esos productos. Desde todos los puntos de vista este logro no tendría precedentes: no sólo se habrían roto todos los antecedentes sino que se haría con el nivel más bajo de inversión interna en la industria, con el congelamiento total de las importaciones y con un descenso permanente en los niveles de vida.

La aritmética es cruel y es imposible escapar a ella. Por ejemplo, es difícil imaginar un crecimiento fuerte en la producción de manufacturas sin un aumento importante en la inversión interna. Pero para lograr este incremento, quizá sería necesario aceptar una disminución del consumo como modo de mantener constante el aumento neto de las exportaciones. Y es muy claro que no será posible ninguna disminución del consumo en favor del ahorro a menos que se produzca un cambio radical en las políticas públicas y sobre todo en la política fiscal (sobre este asunto volveremos más adelante). Lo mismo en la política en general.

Queda por analizar otro problema en el razonamiento del reajuste: la voluntad o incluso la capacidad que pudiera tener el resto del mundo para absorber el enorme incremento propuesto aquí en la exportación de manufacturas norteamericanas. Las teorías sobre este problema se dividen en dos: las que hacen énfasis en el crecimiento económico externo y las que acentúan las tarifas de intercambio.

El exponente más destacado de la primera línea teórica es el gobierno de Reagan, con su insistencia en que el problema de Estados Unidos se resolverá con mayores tasas de crecimiento del exterior, sobre todo de las economías cuya demanda se encuentra estancada como es el caso de Alemania Occidental y Japón. La idea es buena pero difícilmente puede considerarse una solución. Supongamos, por ejemplo, que se produce un incremento real sostenido de 1% en el crecimiento económico del resto del mundo (con lo cual se pasaría del 2.5% actual al 3.5%, pues definitivamente no se puede esperar una cifra más alta). Sigue imaginar que todo ese crecimiento sería sólo interno. Entonces, si aplicamos supuestos optimistas «multiplicadores», podríamos obtener un aumento real en las exportaciones del 2 e incluso del 4%. Y sin embargo, debe recordarse que lo que se requiere es un aumento del 10 por ciento.

La segunda teoría la suscriben muchos economistas y sostiene que cualquier mejoría neta en el nivel de exportaciones sólo será posible siempre y cuando los norteamericanos soporten una disminución »suficiente» en la tasa de intercambio, es decir, una caída continua en el valor del dólar en relación con otras monedas, lo cual haría más atractivos los productos norteamericanos para los compradores extranjeros.

Sin embargo, la experiencia demuestra que el ajuste de las tasas de intercambio también presenta dificultades. En los últimos años casi todos los economistas se arrepintieron de sobrevalorar el grado en que las balanzas comerciales del mundo se ajustarían a la reciente caída del dólar. Con este antecedente, es necesario reflexionar sobre las predicciones de algunos especialistas, según las cuales ni siquiera una devaluación del 25% del dólar bastaría para bajar el déficit actual en cuenta corriente a mucho menos de cien mil millones de dólares en los próximos años. El problema puede plantearse como sigue: aún en caso de aceptar un dólar más bajo -lo que parece prácticamente inevitable- ¿garantiza eso que las economías del mundo lo acepten también?

El desafío que enfrenta Estados Unidos, que es el de generar un saldo positivo de 275 mil millones de dólares en exportaciones manufactureras durante la próxima década, parece difícil de por sí como para preocuparse todavía de si los socios comerciales del mundo se adaptarán o no a las necesidades que se deriven.

Porque no debe olvidarse, como tantas veces, que el objetivo de esos enormes aumentos anuales en las exportaciones netas norteamericanas, es que se traduzcan directamente en un decremento de las exportaciones netas de los principales socios comerciales de Estados Unidos (que en los últimos tiempos han sido precisamente la fuente misma de gran parte de su crecimiento), de modo que no es sólo un problema de los norteamericanos sino de los otros países. En ese sentido, Estados Unidos tendrá poco o quizá ningún control.

Por supuesto que Estados Unidos espera que sus socios comerciales acepten estas propuestas, pues por lo general siempre desea que los otros países aumenten su demanda interna de bienes y servicios norteamericanos al mismo ritmo en que él disminuye la suya de productos externos y consigue por tanto déficits fiscales menores y tasas más altas de ahorro privado. Es más: se espera que ellos estimulen su demanda interna con políticas fiscales más abiertas, que mantengan fuerte su moneda mientras la política cambiaria se mantiene restringida, y que eliminen las barreras a la importación para aumentar las exportaciones norteamericanas sin la presión de las tarifas de intercambio. En síntesis, Estados Unidos espera que una vez que tome la decisión de actuar, cuente con la cooperación de los demás países.

En realidad las economías extranjeras pueden inclinarse hacia otra dirección. En vez de abrir sus políticas fiscales podrían cerrarlas para elevar sus propias tasas internas de ahorro junto con las norteamericanas, y eso a pesar del riesgo de provocar un colapso en la demanda global. Y en vez de aceptar un dólar más bajo, podrían resistirse a él ya sea con el mecanismo de impulsar más sus exportaciones -con rebajas en los precios y agresivas políticas de mercado- o bien por la vía de desalentar las importaciones -con barreras oficiales y no oficiales, o generando un consenso social para que no se compren productos norteamericanos-. En cualquiera de las dos formas, el reajuste podría tener como consecuencia riesgos tan grandes, que terminaría por convencer a todas las partes involucradas de que sería mejor abandonar el esfuerzo. En el primer caso, el riesgo es un estancamiento económico a nivel mundial. En el segundo, una caída precipitada del dólar con el consecuente peligro de un pánico financiero.

¿Por qué podría suceder que los socios comerciales de Estados Unidos se negaran a cooperar? Por una razón muy simple: los líderes extranjeros podrían negarse a creer que los norteamericanos realmente tienen la intención de hacer lo que dicen. Tratemos de ver esto desde aquella perspectiva. Desde 1983 Estados Unidos ha venido asegurándole al resto del mundo que está a punto de hacer importantes recortes presupuestales y a disminuir sus déficits en cuenta corriente, y que por lo tanto los otros países deberían estimular de inmediato su demanda interna para «ayudarle al necesitado». Algunos países han respondido con cautela a estas expresiones, lo cual, visto en retrospectiva y dado que los déficits norteamericanos han crecido en lugar de reducirse, les ha demostrado que esa actitud fue la más adecuada. Así, han podido conservar sus exportaciones y el crecimiento de su productividad, además de la estabilidad de sus precios.

Con la reciente y brusca caída del dólar, muchos norteamericanos pensaron que los socios comerciales de Estados Unidos empezarían a darse cuenta de la verdad y que, por lo tanto, Europa y Japón optarían muy pronto por estimular mayores incentivos internos en gran escala, por su propio interés y sobre todo porque eso significa un placer inmediato para sus ciudadanos al disponer de mayores ingresos para gastar y de mayor consumo. En este punto hay que enfrentarse a un problema más profundo, vinculado a las importantes diferencias culturales, históricas y políticas que hacen que para otros países industriales no sea natural lo que sí es natural para los norteamericanos (por ejemplo, estimular el consumo), de la misma manera que a los norteamericanos no les parece natural lo que ellos hacen (por ejemplo, estimular el ahorro). Así, los norteamericanos consideran que vale la pena correr el riesgo de la inflación, mientras que a los alemanes, que aún conservan frescos los recuerdos de los años veinte, les parece mejor arriesgarse a la recesión. Así, a Estados Unidos le parece fácil sacrificar las exportaciones en aras de un dólar más alto, mientras que para los japoneses, que han pasado muchas generaciones luchando por ganar dólares para pagar sus alimentos, sus materias primas y su petróleo, la idea les parece equivalente a la capitulación económica, más aún si se considera que ya han conseguido lo que tanto tiempo buscaron: un impresionante excedente comercial en las manufacturas, que asciende a 150 mil millones de dólares y que constituye casi el 8% de su PIB.

Así, es necesario que los cambios en la dirección económica sean muy profundos. Si por ejemplo se le asigna al Japón la tercera parte del ajuste necesario, o sea, 50 mil millones de dólares anuales para 1994, eso significaría un 8% del total de su producción manufacturera (en una dirección negativa). A quienes afirman que puesto que Japón hizo un buen reajuste después de dos crisis petroleras, también se podría recuperar de este desafío, es necesario recordarles que tales crisis simplemente les exigieron a los japoneses que hicieran más de lo que siempre habían hecho (es decir, exportar) mientras que lo que ahora se les pediría es que hicieran menos.

Los líderes norteamericanos creen que estimular la demanda interna es un juego de niños, mientras que los líderes de otros países no lo creen así, o más bien, tienen muchas dudas sobre si sus consumidores serían capaces de sostener la demanda de aquellas exportaciones que los norteamericanos suspenderían.

Para disipar las dudas sobre las intenciones norteamericanas, sería necesario cambiar la política en formas creíbles e irrevocables y anunciar esos cambios con suficiente anticipación. El reajuste se vuelve difícil cuando, incluso frente a los precios cambiantes, los exportadores extranjeros pretenden mantener sus costos bajos, conservar su parte del mercado ganada con tanta dificultad y su implacable productividad, exactamente de la misma forma en que los norteamericanos trataron de preservar sus hábitos de consumo recurriendo a las importaciones. Este tipo de esperanzas son los peores enemigos de la economía, pues es imposible seguir con tanto rollo sobre un crecimiento global sin dolor cuando en realidad lo que se está haciendo es pedir a los exportadores extranjeros y a los importadores nacionales que soporten las inevitables dificultades del proceso.

En segundo lugar, si se quieren eliminar las incertidumbres sobre las consecuencias de la política norteamericana, hay que ser realista al considerar una verdadera transformación en las economías más importantes del mundo. El «intercambio justo» (cualquiera que sea su significado) no es el verdadero problema. El objetivo es el aumento de las exportaciones norteamericanas para evitar una tragedia que amenaza a todos y que sería el colapso mundial. Es necesario estimular en el mundo un equilibrio tanto político como económico, y para esto hay que renunciar a la política de «keynesianismo global» que ha consistido en ser el comprador de último recurso de todo el mundo. Las agresiones mercantilistas que provoca una política de este tipo y que incluyen las represalias proteccionistas y los juegos con las tasas de intercambio, se han vuelto los mayores obstáculos para el reajuste. La mejor forma de conseguir que los extranjeros reorienten sus plantas productoras de exportaciones hacia sus propios mercados internos no es el temor sino la confianza.

Si Estados Unidos sigue con su sistema de «los negocios como de costumbre» y no hace nada ante el creciente desequilibrio mundial, los acreedores extranjeros terminarán por darse cuenta de que la situación es insostenible. Y en ese momento, cualquier cosa, desde el mínimo descenso en el valor del dólar hasta una crisis política cualquiera, podría traer como consecuencia que los inversionistas de todo el mundo tomaran la decisión de deshacerse de sus activos en dólares. Y si además tal tasa de intercambio del dólar convence a un número importante de inversionistas para poner demandas, la situación se convertiría en la pesadilla de Paul Volcker -el ex Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos- según la cual habría una avalancha que vaciaría a los capitales financieros del dólar, desde Londres hasta San Francisco.

En respuesta, Estados Unidos no tendría otra alternativa que aumentar en una buena proporción las tasas de interés para atraer por lo menos a algunos inversionistas en dólares y así financiar los déficits de su presupuesto. También sería necesario aceptar una recesión larga y se diría que hasta deliberada, cuyo objetivo fuera el de cancelar la mayor parte de los préstamos del exterior (lo cual sólo de este modo se podría hacer en cuestión de meses y ya no de años), y para suprimir la demanda norteamericana de importaciones. Seguramente dicha recesión sería del tipo de «estancamiento con inflación», puesto que los precios más altos en las importaciones podrían duplicar la tasa de inflación incluso antes que se dieran las condiciones para evitar una situación así. De modo que la caída podría ser bastante pronunciada y podría volverse en la crisis económica más severa desde los años treinta.

Falta mencionar cómo aumentaría el peligro por la situación de apuro que atraviesan muchos de los países deudores menos desarrollados en razón de sus compromisos con sus deudas. Todas las predicciones advierten que los mayores deudores sudamericanos podrían pasar de la falta de liquidez a la insolvencia total con cualquier recesión, por suave que fuera, y con cualquier aumento de las tasas de interés aunque éste resultara de menor proporción del que aquí se consideró. Algunos especialistas creen que las moratorias generalizadas en los países subdesarrollados podrían precipitar la crisis.

Nadie sabe cuánto tiempo puede durar este «aterrizaje forzoso». Es posible que se limite a un leve desequilibrio financiero seguido de una recesión breve aunque severa, en vez de volverse una depresión prolongada pues la economía bien podría recuperarse con aumentos relativamente moderados en el desempleo mundial, pero eso significaría que el valor del dólar sería aún más bajo y que los niveles de importación de los Estados Unidos deberían ser aún más reducidos. Esto es un razonamiento de «arrancar y frenar, a empujones», el mismo proceso que sufrió Inglaterra en la posguerra. Según este modo de pensar, bajaría el nivel de vida de los norteamericanos mientras que su endeudamiento no mostraría cambios importantes (aunque no seguiría creciendo) y por lo tanto se reducirían necesariamente sus obligaciones internacionales y su gente aceptaría que a pesar de los ocasionales aumentos en las tasas de interés y del comportamiento de sube y baja del dólar, su porvenir económico dependería de la difícil y cambiante confianza de los extranjeros.

El economista inglés Michael Stewart afirma: «cualquiera que haya pasado por los cuarenta años de crisis en la balanza de pagos por los que ha pasado Inglaterra y haya visto las restricciones que eso impuso a sus políticas internas, tendrá que asombrarse ante la indiferencia con la cual los Estados Unidos aumentan su deuda externa». Por supuesto que las restricciones no fueron sólo internas sino que maniataron la política exterior inglesa, y eso se vio de manera dramática en la crisis de Suez en 1956, cuando los Estados Unidos, que tenían reservas de libras esterlinas igual que los extranjeros las tienen hoy en dólares, advirtieron a los británicos que declararían la guerra a su moneda si no suspendían la invasión a Egipto. Esto sirve para ver los peligros de depender de los inversionistas extranjeros. En caso de que sucediera ese «aterrizaje forzoso» -es decir, una depresión prolongada en los Estados Unidos- por lo menos es necesario advertir que las respuestas políticas tradicionales no serán muy útiles. Los déficits presupuestales tan inflados podrían impedir una aplicación de mayores estímulos fiscales, mientras que un dólar barato y voluble echaría por tierra cualquier intento por abrir la política monetaria. El razonamiento de «arrancar y frenar» supone que los norteamericanos pagarían sus deudas con una sola baja en sus niveles de vida y, después, con un crecimiento más lento de la productividad y una reducción en el liderazgo internacional. Pero la idea de la depresión profunda supone, en cambio, que los norteamericanos pagarían sus deudas con el empobrecimiento indefinido. Y por supuesto que cualquiera de estos dos razonamientos conduce al resurgimiento del control del estado sobre la economía (en una escala que avergonzaría al ex Presidente Carter con sus medidas de control al crédito), como irónico acto final de la ópera que se inició con los coros entonando alabanzas al «dejar hacer-dejar pasar».

Hay especialistas que niegan la posibilidad de una crisis como la que aquí se describe, y basan su negativa en la facilidad aparente con que el mundo ha superado hasta ahora las caídas sustanciales en el valor del dólar. Sin embargo, queda claro que esa facilidad llega a su fin porque en el comercio, el dólar está en el punto en que los márgenes de ganancia de los exportadores ya no podrán absorber más descensos y esto no dejará otra alternativa al exterior que la de un cambio estructural o el estancamiento económico. De la misma manera en que a partir de 1980 la economía norteamericana ha sufrido el trauma de la desindustrialización, la economía japonesa ha empezado a sufrir lo que algunos de sus propios economistas llaman el «vaciamiento» de sus industrias, es decir, despidos de trabajadores, subutilización de la capacidad instalada y una tendencia a enviar el ensamblaje hacia fuera del país.

En las finanzas, y al contrario del pasado, a un mayor descenso del dólar no lo acompañarían tasas más bajas de interés, sino más bien tasas invariables e incluso más altas, como sucedió ya en la primavera de 1987. Esto plantearía a la Reserva Federal el serio problema de decidir si defiende al dólar o liberaliza los créditos. Estas opciones en ningún caso significarían un triunfo, y si un golpe para los inversionistas extranjeros por la doble catástrofe de mayores pérdidas en las tasas de intercambio y en los valores ligados al mercado.

En síntesis, parece que se van presentando cada vez más de cerca las condiciones para crear un pánico por el desplome del dólar.

Por supuesto sería mejor confiar en que los norteamericanos no tuvieran que pasar por esta situación con resultados tan previsiblemente funestos, pero sin embargo, evitarla requeriría un gran esfuerzo no sólo para cambiar la política sino en última instancia para cambiar también la imagen que de si mismos tienen los norteamericanos y además para convencer a los socios comerciales de Estados Unidos para que a su vez cambiaran las suyas. Según afirma un funcionario japonés, el problema de su país es el manejo de los activos globales mientras que el problema de los Estados Unidos es la administración del endeudamiento global. Escribe David Hale, experto en finanzas: «Estados Unidos es un país deudor que tiene hábitos de país acreedor mientras que Alemania y Japón son países acreedores con hábitos de países deudores». No es necesario repetir que Estados Unidos debería cambiar pronto estos hábitos, incluyendo su fijación por el consumo creativo. Y sin embargo, la posibilidad que tiene para hacerlo depende de algo más que el puro esfuerzo y voluntad, pues en ella entran otros elementos como la capacidad para convencer a los socios comerciales del país, de que ellos también deberían cambiar sus hábitos y que además deberían hacerlo al mismo tiempo y al mismo ritmo en que lo hacen los norteamericanos.

Traducción de Sara Sefchovich