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Tienen que aguantar, para empezar, que la gente les chasquée la boca en las narices con cierta compasión, como si fueran financieros arruinados por un fraude millonario. Soportan, además, llevar en la frente el emblema de los tontos que no saben en qué negocio se metieron. Por si fuera poco tienen que cargar sobre sus espaldas con prédicas indeseadas, -Control, hombre, estás a tiempo. La vida no es eso-. Pero si lo son de veras, en esa provincia habrá magias y promesas.

Me refiero por supuesto a esos amantes perfectamente capaces de lamerle la oreja a su pareja en plena cena de manteles largos y copas de todos los tamaños; a esos que buscan debajo de la mesa una sorpresa, y la encuentran. Pienso en esos que comen en la cama y tiran la salsa en la colcha y dejan la mancha para después, como trébol de la suerte.

Acepto, sin conceder, que los amantes van siempre adelante de ellos mismos -hay en ellos, como en todo lo importante, algo de ambición e ineficiencia-. Pero eso da ciertas ventajas. Cuando el último acorde de un bolero los quiere presionar con algún final de pesimismo, las manos apoyadas por lenguas como liebres hacen ya lo suyo en el precipitado desorden de los besos. No diré que en el inicio de esa lucha de telas arrugadas haya demasiado arte, sería mentir y quitarle a la torpeza sus encantos verdaderos. Pero eso no importa mucho a la hora de las luchitas grecorromanas; incluso, a veces, uno de los dos golpea con la palma de la mano el colchón o el tapete, signo inequívoco de que la primera caída ha terminado.

Más tarde, si esos amantes son de la clase que merece todos mis respetos, caminarán por la recámara como si su verdadera vocación fuera la de bípedos terrestres y les divirtiera establecer analogías con los humanos. Y vendrán por ellos figuras de nombres clásicos o, ya de plano, creaciones colectivas. Se trata de una exhibición de placer y vanidad – ¿Quién no lo sabe?- : -Esto que ven aquí, señoras y señores, es el 69 más perfecto que se haya visto en los últimos años por estos rumbos-. Ahora bien, este Chivito en el precipicio no sólo es arriesgado por la enjundia de los cuerpos, sino por la cadencia que hace mirar a uno de ellos al abismo. Pero eso no es todo, hay aquí productos hechos en casa: me refiero al ya famoso y poco casto Beso del payasito; o bien, la seductora Ranita precoz que da saltitos; o ni más ni menos que la inigualable Mecedora, sólo para conocedores; o el temerario Tope borrego sobre el lavabo del baño, algunos no han salido bien librados de esta suerte-. Cierto que se creen la encarnación no sólo de un poema de Sabines sino del Masters y Johnson completito. Pero tampoco tanto porque luego, como si hubieran despilfarrado perfección recurren al clásico, pero no por eso menos álgido palitroque de la simple y llana posición del Misionero, la cual los lleva a planetas ignorados.

Después de un día especialmente afortunado -no todos lo son, hay que decirlo-, viene la sobrecama. Ahí los amantes tienen que demostrar otros talentos. Es una zona difícil por lo que tiene de tristeza la satisfacción -la Melancolía es el peor enemigo de los amantes-. Digo esto porque después de haberse preguntado sin ningún pudor- ¿Te gustó? ¿Fue de tu agrado?-, él o ella dicen: -Estuvo genial-, y reconocen que son unos genios, unos Da Vinci, unos Miguel Angel de la alcoba. Después de esto se abre una puerta a la desgracia que hay que saber cerrar, pues uno de los dos pregunta, -¿A dónde va lo nuestro?- Es entonces cuando los amantes demuestran si deveras lo son, si son capaces de controlar las magias convocadas de antemano.

Que me perdonen ciertos poetas, pero aquí algo de poesía, o en general de literatura, no le hace mal a nadie. Así que él o ella deben tener buena memoria y unos buenos dardos listos para cualquier eventualidad. Entonces le quitan un gajo a algún librito preferido y dicen, él o ella, no importa: «Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía, sábelo allí donde estés, es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel». En ese momento empiezan a sonar unos violines que nadie sabe cómo llegaron al lugar de los hechos, pero el caso es que están ahí. Aquí es fundamental no sentir mucha vergüenza, ni poca.

Y se duermen. Contra lo que suponen sus detractores, los amantes, esos que merecen todos mis respetos, duermen a pierna suelta, y roncan como si tuvieran dentro de ellos un motor de ocho cilindros, de hecho lo tienen.

Con todo esto queda demostrado mediante métodos de transparencia aristotélica que la poesía no es para antes, sino para después. Al cabo de estas pruebas irrefutables no queda más que celebrar a esos que merecen todos mis respetos. Yo, por mi parte, felicito a los valientes.