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Ahí andábamos de nacionalistas extraviados en medio de la multitud más individual que recuerdo (con excepción del Metro), viendo a los nuevos nacionalistas universitarios acompañar a Cuauhtémoc Cárdenas en sus visitas a C. U . Entonces Heberto aún no declinaba su candidatura por la fuerza del chantaje de los hechos y eso que se da en llamar «coyuntura electoral». Nada de contingentes, mantas identificatorias, porras ceceacheras, secciones sindicales y demás conglomerados que caracterizan los mítines universitarios. Aquello no parecía STUNAM pero tampoco, y eso es lo notable, parecía CEU. Había más curiosidad y atención que entusiasmo, lo cual ya es ganancia.

Dilatada, masificada, dispersa y todo, la UNAM es una gran familia que se encuentra y desencuentra continuamente. Del atribuido priísmo de los rectores al desaparecido pemesismo (léase comunismo) en el campus, y el cardenismo sentimental que predomina en Ciencias lo mismo que en bastiones antes fieles de la tradición como Derecho (que ese día cerró sus puertas), todos invocan a la Autonomía y dicen defenderla, unos haciendo que no hacen política, otros nada más haciéndola. Pero tan hay un sello de familia que los apoyadores de Cárdenas se asoman a Vasconcelos sin despeinarse. No por casualidad se ovacionó la presencia de don Manuel Moreno Sánchez, líder estudiantil del 29 y precursor en materia de escisiones priístas. Y yo por lo menos nunca había visto al Pino, líder estudiantil del 68, conduciendo el acto de un candidato presidencial. Ya es cosa de irse acostumbrando a encontrar sobre el mismo escenario a Porfirio Muñoz Ledo, Raúl Alvarez Garín, Evaristo Pérez Arreola, Armando Quintero, Adolfo Gilly, Jorge Cruicshank, Imanol Ordorika, Cantú Rosas y Marcelino Perelló.

Estaban los ex-comunistas, y los que ellos acusaron alguna vez de lombardistas; había también, justo es decirlo, lombardistas verdaderos, y no sólo del PPS.

Los trabajadores de Rectoría, como pájaros enjaulados, pegaban la cara a los vidrios de la Torre y hasta sacaban las manitas; unos dejaron caer un mensaje: «Nos tienen encerrados y no nos dejan salir pero estamos con Cuahtémoc Cárdenas». Como recurso melodramático fue eficaz: se llevaron su aplauso.

Y si a Imanol y Evaristo algunos les chiflaron (así es esto de la confluencia de fuerzas), a Cuahtémoc todos lo escucharon atentamente, como queriéndose dejar convencer. El candidato neocardenista pronunció un discurso elegante, serio, a ratos condescendiente (al fin electoral). El público celebró sus dardos que como de costumbre fueron pocos, no es un candidato agudo.

Nacionalismo, Autonomía y Universidad de Masas salieron del mítin cogidos de la mano, o al menos eso pareció. Quién los viera.

Una diferencia sí tienen Cuauhtémoc y Lázaro, que es su padre: el ingeniero es ceuísta; al general, la UNAM le daba urticaria en los pies: siempre tuvo ganas de darle un pisotón. Pero como las paráfrasis del lema vasconcelista dan para todo, podemos concluir que por mi raza hablará el espíritu de los tiempos.