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Tengo una gata en blanco y negro, con un distinguido lunar en la nariz. Desde hace cuatro años, mi ropa porta una cobertura perenne de pelos que no se disimula ni en telas claras ni oscuras. No ayuda nada que mi bendición, como la llamo un poco de broma y un poco en serio, tenga el pelo largo. A veces se me olvida que aún existe gente afuera que nota esos pelos en mi ropa y los ve como una suerte de defecto de vestuario. ¿Qué básico sentido de la estética los condiciona a ignorar el significado más profundo de las irrupciones blanquinegras? Es simple: desde hace mucho me he ido convirtiendo en una prolongación de mi gata. Por tanto, no me emociona que entre los pixeles, único exterior hoy en día, se borre la huella de mi transformación transespecie.

Ilustración: Estelí Meza

Un par de años atrás, en medio de una piyama-da, las presentes nos preguntamos a dónde íbamos cuando nos agarraba la tristeza. Algunas contestaron lugares tan prudentes como una cama tibia, la casa de sus padres o el cine. Yo contesté con toda naturalidad que a la panza de mi gata. Las risas a mi alrededor me hicieron darme cuenta de que la seriedad de mi afirmación no era tan clara. Es literalísima. Tomo a Nini, que así se llama la desafortunada felina, y me la pongo en la cara. Quizás hay a quienes les parecería un gesto bárbaro y antihigiénico. Hay algo de ambas cosas. (Cualquiera que se acostumbre a convivir con un ser vivo que posa el ano sobre todas las superficies sensibles de la casa sabe que esas dos palabras cambian ligeramente de significado.) Pero para mí, la suave pancita de la bestia miniatura, los sonidos de sus vibraciones y la parsimonia con la que acepta su destino, son el mejor pasaje para salir de mí y regresar a la tierra. Si la gata respira y existe tan bien como hace dos horas, dos días, o cualquier fecha previa al origen de mi mal, entonces no todo está perdido. ¿Que qué une a A con B? No me pida razonamiento científico. Cual integrante de una secta en la que el gurú cura el cáncer con reiki, yo me rindo ante mi placebo y ya está. Este año, el año de la ratonera eterna, es ahí donde me afirmo y me reafirmo que si los ronroneos siguen, el mundo sigue, más o menos, con vida. ¿Me juzga de autoengaño? Prrr.

 

Aura García-Junco
Narradora. Su primera novela es Anticitera, artefacto dentado.