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Los primeros en saber que Regina estaba embarazada fuimos nosotros. Se lo dijo en voz baja, casi cuchicheando, a su madre. Dos días más tarde se lo dijo a su esposo, Arturo. El acontecimiento fue recibido con felicidad, pero también con cautela. Se acordó guardar estricto silencio durante diez semanas. Puedo afirmar que nosotros cumplimos nuestra palabra, pero no estoy en posición de decir lo mismo de los demás. Durante esos cruciales setenta días acompañamos el proceso con alegría; la secrecía, además, envolvía la espera en misterio. No negaré que fue emocionante. Al cumplirse el plazo acordado, la noticia se hizo pública. Hubo algunas fiestas, no del todo discretas, pero tampoco excesivas. Confieso que no me entusiasmaron: tuve que fingir que no me parecían imprudentes, hasta cierto punto irresponsables, y acepté que era lógico que quisieran celebrar.

Ilustración: Estelí Meza

Los días se volvieron semanas; las semanas se volvieron meses. Junto con las alegrías, surgieron nuevas preocupaciones: el espacio era insuficiente para un bebé y había que explorar otras opciones. No es fácil buscar una nueva casa en medio de una pandemia. Regina lo sabía, y por ello se resistía a una nueva mudanza: sería la segunda en menos de un año. Fue motivo de grandes desencuentros con Arturo. Sin embargo, la búsqueda avanzaba. De manera cotidiana, recibían visitas que les recomendaban departamentos en la cercanía. Nuevamente guardé silencio y escondí mi reprobación de lo que me parecían riesgos innecesarios.

Un día, no hace mucho, hicimos maletas, cargamos el coche de provisiones y trasladamos nuestro confinamiento a otro lugar. Durante cuatro semanas vimos los árboles que por siete meses nos habían eludido —jamás olvidaré la muy particular emoción de ese reencuentro.

Al volver a casa encontramos todo en orden, al menos en apariencia. Sin embargo, la sensación de que algo faltaba era tan innegable como elusiva. Nos tomó un par de días confirmar de qué se trataba: Regina y Arturo, nuestros vecinos de abajo, se habían ido.

No podría describirlos: jamás los vi. Pero sería falso decir que nunca nos conocimos; durante meses, más allá de las llamadas a familiares y amigos, su oblicua presencia fue lo más cercano que tuvimos a la compañía —podría reconocer sus voces en un instante. Sería falso, también, negar la rara tristeza que produce no poder despedirse, así se trate de extraños confidentes. Me gusta imaginar que ellos piensan lo mismo.

 

Juan Pablo García Moreno
Editor de nexos en línea.