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En uno de los últimos números de The New Yorker se publica un largo poema de Joseph Brodsky, escrito a-la-Auden -o escrito como los poemas que Auden escribió a-la-Horacio- y dedicado a «La mosca». Una de sus estrofas dice:

Tus pies y tus alas; tan pasados de moda, asunto

de anticuarios. Al verlos uno se imagina

una cruz entre la mantilla de la abuela

et la Tour Eiffel

-el siglo XIX, en pocas palabras…

Como el posible, o imposible, interesado suele estar ausente de su propio centenario, a nombre de López Velarde -y sin ninguna pretensión monopolizadora- Crucero agradece este mínimo homenaje que Joseph Brodsky le hace en sus cien años.

Contra los amantes

Luis Miguel Aguilar

Se creen, para empezar, la encarnación

De algún poema de Sabines -ya sabemos

Que algunos poemas de Sabines se creen, en efecto,

Poemas de Sabines- y tanto a Sabines como a ellos

La poesía se les vuelve imprescindible.

En la sala, frente al trago propiciatorio,

Junto a la hormigueante certeza de que en breve

Los espera el ascenso -o el pase horizontal-

A la recámara, los amantes se bajan del sillón

Y zanjan la mesita de por medio; doblan el libro

Como quien tiene un cómic en las manos

Y dicen oye esto (y añaden en voz alta

Los más bravos, y los más reservados,

En silencio): como si yo lo hubiera escrito

Para ti. Se orientan al oído del amante

Y buscan en la lámpara

Los quince o veinte centímetros de luz,

Y en la medida exacta se inclinan sobre el libro

-El rojo o el azul: quién no lo tiene

En cualquiera de sus formas- y se dicen esas cosas

Bochornosas, se postulan amorosos

Irredentos, los que a veces

Encuentran alacranes en la colcha

O fuego en la pijama, y otras cosas

No menos bochornosas.

Y no contentos ambos,

Musitan con el disco su bolero no aprendido

Como puente musical hacia el poema previo

Sobre los dos que se penetran -o algo así: quién no lo sabe,

Aunque nadie lo sepa como ellos-

Y creen que lo saben todo, y ante todo

Se saben creyentes en la poesía:

Cómo sirve la poesía para expresarse, y otras cosas

Igualmente bochornosas.

Luego se abrazan y hacen otras cosas

Que otra gente hace sin mayores aspavientos

Pero aquí estamos en los albores

O en mediodías de amores

Y cada cosa que se haga

Tiene una magia privada

Y especial, como en algunos

Poemas de Sabines. En ellos buscan

Su tema de bolero o su mariachi,

Y en cada bolero buscan un poema

Que les ratifique que lo saben todo

Y los devuelva al libro de Sabines

Que a su vez los devuelve a la espiral

Que sube desde el disco de boleros

– Y no hay un fin.

Incluso esperan que termine este poema

Con algún brote de envidia, o que incorpore

El método Pessoa para las cartas

Ridículas de amor: sólo aquellos que no leyeron

Sabines a su amante, entre un bolero

Y el otro, son verdaderamente

Bochornosos; o bien esperarían

Que cerca del final lleve a la práctica

La técnica Marcabrú para el remate:

Aquel que se pasó todo el poema

En el ataque a otros, justo en la última estrofa comprende – Por decir algo -que el disparo a quemarropa

-Digamos, el penalty- iba tan duro

Que al pegar en el poste enemigo, no hizo más

Que revertirse, o recorrió todo el terreno para anidarse

En las inermes redes de la propia portería:

Como en algunos boleros -y la muerte que un día

Para ti querías

Hoy me las das a mí- y no lo sé de cierto,

Pero supongo que en algunos

Poemas de Sabines.

Por eso, Amor, en las siguientes

Incursiones por los reinos de las salas

Como inminencias eróticas, dejemos

A la poesía bien amarrada al escritorio

Y a los discos bien metidos en sus fundas

Para que nada estorbe las labores

De dos esforzados profesionales de recámara.

Como debió constar en un bolero

Que todavía no he oído; o como debe

Decir en un poema, que todavía no leo

-O todavía no escribo- de Sabines.