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Publicamos a continuación uno de los mejores textos que se han escrito sobre la obra de Carlos Pereyra. Se publicó por vez primera en el suplemento La Cultura en México, Siempre!, abril 16 de 1980.

Carlos Pereyra, filósofo

En la madrugada del pasado sábado 4 de junio murió Carlos Pereyra, quizá el más conocido de los filósofos mexicanos de la generación del 68. Era broma común decir que era impensable una revista mexicana de filosofía y/o política que no le contara entre los miembros de su consejo de redacción. Se había formado en la escuela althusseriana, pero su realismo político y su muy aguzado sentido común le llevaron a trascender fácilmente la ortodoxia, incluso la ortodoxia marxista, para escándalo de un medio universitario como el mexicano, en que ésta es aún el principal punto de referencia. Quedan dos libros como testimonio de su obra: Configuraciones: teoría e historia, recopilación de sus primeros ensayos, y El sujeto de la historia (Alianza Editorial, Madrid, 1984), su tesis doctoral y brillante alegato contra las interpretaciones subjetivistas y teleológicas de la historia. Su profunda fascinación por la izquierda española le llevó a visitar muy a menudo este país, lo que, unido a un ácido sentido del humor, una gran ternura personal y una acerada inteligencia, puede hacer que quienes le conocieron acá o allá sientan su desaparición como un irreparable desastre.
—El País
, junio 8, 1988

Nadie puede negar la importancia de contar con una teoría que nos permita no sólo describir sino explicar la realidad histórico-social. Los ensayos reunidos en este libro (Carlos Pereyra, Configuraciones: Teoría e historia, México, Edicol, 1979, 204 pp.) responden a esta urgencia de desarrollar la teoría marxista, “el único aparato teórico a partir del cual es posible pensar en serio la marcha de la historia” (p. 9). En contra de la sorprendente tendencia a considerar el discurso marxista como un modelo acabado y a limitarse a la repetición de los textos de Marx y Engels, en lo fundamental, pero también de las importantes innovaciones introducidas en la teoría marxista por Lenin, Gramsci, Mao y otros, Carlos Preyra asume la exigencia de Lenin de no considerar la teoría de Marx como “algo acabado e intangible” y, por lo tanto, la necesidad de impulsar esta teoría “en todos los sentidos”.

La teoría de la historia no es sólo lo que dijeron los clásicos; es una teoría abierta, fundada sí por Marx y Engels, pero que tiene que ser enriquecida constantemente si quiere mantener su estatuto de teoría y no caer en el estancamiento y la repetición propios de aquellos discursos que no tienen ninguna razón para cambiar, puesto que creen poseer la verdad de una vez y para siempre. “El marxismo presenta la paradoja, pues, de ser la única teoría capaz de dar cuenta del movimiento de la totalidad social e intervenir en su curso y a la vez prolongar su estado de inacabamiento” (p. 35).

Es imposible hacer referencia en esta nota a todos los temas abordados en este libro. Quisiera mostrar únicamente que estos ensayos, además de estar unidos por su contribución al desarrollo del marxismo, reflejan la importancia de la relación entre teoría de la historia y filosofía. Y señalar hasta que punto una concepción filosófica materialista es fundamental, tanto teórica como políticamente, para el desarrollo positivo de esa teoría. Pereyra interviene en la construcción de la teoría marxista de la historia fundamentalmente desde la filosofía y la crítica: es necesario poner fin al dogmatismo y “no admitir como verdad definitiva lo que es sino una elaboración discursiva situada en una etapa temprana de su desarrollo” (p. 9). La única manera científica de acercarse a la realidad histórico-social es mediante una crítica de la perspectiva teórica dentro de la cual es objeto dicha realidad. Por ello, la filosofía no puede limitarse a utilizar los conceptos, sino tratar de conocer realmente sus relaciones y usos. En el capítulo X, por ejemplo, en contra de la tendencia tan común a explicar la organización social mediante la metáfora del edificio social, lo cual sólo revela debilidad en el aparato conceptual, se busca recuperar el intento de Gramsci que -a través del concepto de bloque histórico- pensó los acontecimientos superestructurales como algo más que simples reflejos de la estructura socioeconómica.

Esta tarea de repensar algunos de los conceptos científicos decisivos para el conocimiento de los mecanismos de la historia y de replantear cuestiones básicas de la teoría de la historia, no implica de ninguna manera —como algunos parecen suponerlo— vaciar dicha teoría de su contenido revolucionario. Por el contrario, el sentido de un método para investigar científicamente la realidad social lo da la necesidad de una teoría capaz de abrir paso a un proyecto de transformación socialista: “La ciencia de la historia recibe hoy todo su sentido de aquello que determina nuestra época: la lucha de clases en la que está en juego el poder político y la destrucción del Estado capitalista” (p. 60). Asimismo, al carácter científico de esta teoría no lo afecta verse calificado de ideología revolucionaria. La primacía de la lucha de clases no reduce la teoría marxista al papel de una ideología. “El materialismo histórico se configura como ciencia crítica de la sociedad capitalista desde la perspectiva del proletariado y esto de ningún modo puede alegarse como objeción a su estatuto científico. Por el contrario, la posibilidad de elaborar la ciencia de la historia está dada por el desplazamiento de la lucha de clases al primer plano de la vida social” (p. 162).

La mayoría de los ensayos de Pereyra se fundan en el desarrollo de la teoría marxista de la historia abierto por la perspectiva althusseriana, sin que ello suponga la aceptación ciega de sus planteamientos. Por el contrario, las tesis althusserianas también se problematizan y examinan críticamente con el fin de afinar el dispositivo teórico que explica el proceso histórico. Por ejemplo, las ideas mismas de filosofía o de ideología en Pereyra casi no tienen que ver con lo que Althusser entiende por esta disciplina. Con este mismo fin, Pereyra parte frecuentemente de la crítica de las hipótesis elaboradas desde otros lugares teóricos, mostrando que, en el terreno de las ciencias sociales, el marxismo constituye en verdad un “sistema alternativo de conceptos e hipótesis con mayor poder explicativo” (p. 162). Es el caso, especialmente, del capítulo IX donde se examinan los postulados básicos del “individualismo metodológico”, mostrando su fracaso teórico al intentar reducir la totalidad social al comportamiento de los individuos.

En el capítulo I, Pereyra nos dice que habría que entender el término “filosofía”, “como el nombre de una doble problemática, clasificable en cuestiones de carácter ontológico y epistemológico” (p. 11). Los distintos problemas abordados en estos ensayos pueden ordenarse como respuestas —o índices de posibles respuestas— a cuestiones de esos dos tipos implicadas en el conocimiento historiográfico. Si bien es bastante claro el objeto de la filosofía, de su función y de su lugar cuando se abordan cuestiones de orden metodológico y epistemológico, en la problemática ontológica no es tan fácil precisar la naturaleza y el papel de la filosofía y, sobre todo, la diferencia entre la contribución teórica de la filosofía y, sobre todo, la diferencia entre la contribución teórica de la filosofía y el conocimiento producido por la ciencia de la historia -confusión para nada extraña en el marxismo.

Al preguntarse por la relación entre filosofía y ciencias sociales, Pereyra afirma una prioridad de la ontología respecto del discurso científico, en tanto que la filosofía sería una condición de posibilidad de la aparición de nuevas modalidades de dicho discurso; pero, en el caso de la epistemología habría un retraso de ésta con respecto a la ciencia, en tanto que la filosofía tendría como tarea dar cuenta de los problemas planteados en el interior de las distintas prácticas científicas (cf. p. 13). Desde el punto de vista epistemológico, la afirmación de dicho retraso supone varias tesis importantes en relación con la filosofía y con la ciencia: a) la filosofía no establece criterios de cientificidad exteriores al propio discurso científico; b) la tesis de la inmanencia del criterio de validez científica; c) se pone el acento sobre una concepción de las ciencias en términos de “procesos de producción” (“`La ciencia (en general) no existe; sólo existen prácticas científicas específicas, diferentes y desigualmente desarrolladas’ ” (p. 17) ).

Pereyra se compromete con una epistemología materialista que no cree en un “modelo” y cuya interveción no se caracteriza por la aplicación de reglas prefijadas a partir de un sistema teórico: “. . .la tarea de la epistemología consiste en determinar cómo se configuran, a lo largo de la historia de una ciencia, distintos modos de producción de conocimientos. La epistemología interroga por las causas y condiciones de la aparición de un nuevo discurso científico, tanto aquellas interiores al campo problemático en cuestión como las exteriores al propio campo…” (p. 21).

En relación con la continuidad o falta de continuidad postuladas entre la apariencia sensible y el conocimiento obtenido, una epistemología materialista sostiene una posición discontinuista al afirmar que la ciencia no comienza por la información directa que nos proporcionan los sentidos ni tampoco tiene como objetivo la búsqueda de esencias escondidas. Pereyra sostiene la diferencia entre objeto real y objeto de conocimiento, y la especificidad del proceso por el que llegamos a conocer la realidad frente a la realidad misma. En contra de cualquier forma de empirismo, esta diferencia es fundamental, pero quedaría por determinar qué tipo de relación se establece entre el conocimiento y lo real, pues no basta con decir que no es una relación de reflejo, adecuación, conformidad o correspondencia, y no se avanza mucho señalándola como relación “de pertinencia” (p. 52). En otra parte, Pereyra desarrolla esta idea señalando que conocer científicamente un “objeto real” es producir un discurso teórico, es decir, una serie de operaciones conceptuales jerárquicamente organizadas que permitan dar cuenta de las múltiples determinaciones de ese objeto (cf. pp. 28-29).

Por cuanto “toda producción de conocimientos es una modalidad de la práctica social que se articula con las restantes formas de esta misma práctica social” (p. 25) y en particular con la práctica ideológica, en “Ciencia e ideología” (Cap. II) Pereyra intenta una aclaración del término ideología, cuya ambigüedad y polisemia han sido reiteradamente señaladas. Según su planteamiento, se pueden evitar confusiones si al utilizarse este término se hace referencia a su carácter de concepto epistemológico o sociológico. Desde la perspectiva epistemológica, todo discurso ideológico es falso, lo opuesto al discurso científico y sostenido sólo en virtud de su función social (cf. pp. 29-30). Comprendido en su aspecto sociológico, “ideología se refiere a ciertos mecanismos inconscientes mediante los cuales los agentes históricos reconocen su experiencia social; formas en las que se expresan propósitos y aspiraciones determinados por el lugar ocupado en el sistema social; formas mediante las cuales los agentes se forjan una comprensión ilusoria de la realidad que en ningún caso puede ser confundida con el conocimiento strictu sensu de la misma” (p. 33). En este tratamiento de la ideología es evidente que estamos lejos de contar con un cuerpo de conceptos que permita el análisis de la producción de todos los mecanismos significantes.

Si no hay problemática científica en general, si sólo hay problemáticas específicas regionales, es decir, si existe un campo teórico específico para cada ciencia, y si con el marxismo surge un nuevo modo de explicar científicamente una determinada realidad, es necesario determinar los supuestos ontológicos a partir de los cuales se abre la posibilidad de ese discurso teórico científico. En efecto, “una cierta idea de qué es la historia, de su modo de ser en tanto proceso, del papel desempañado en éste por la contradicción, de la firmación del planteamiento ontológico… (de) la identidad entre proceso y sujeto, así como del carácter de totalidad de la realidad social, etc., están en la base de la producción de la nueva ciencia fundada por Marx” (p. 22). Y, en el tratamiento de estos problemas también se hará evidente —como en el caso de la epistemología— que cualquier comprensión de la historia tiene que partir de posiciones materialistas. En este contexto Pereyra analiza conceptos fundamentales de la teoría marxista.

Sostener una posición materialista en el estudio de la historia es, sobre todo, ver en la historia un proceso, material y necesario, cuyo desarrollo no es azaroso, ni depende de un fin o meta exterior, o de la intención de un sujeto, concebido al margen de él: “Afirmar. . . que la historia es un proceso equivale a afirmar la continuidad originaria en ella, es decir, que absolutamente cualquier situación o momento histórico resulta de las situaciones o momentos anteriores” (p. 80).

Pereyra analiza la tesis sobre la historia en cuanto “proceso sin sujeto” en virtud de la importancia que tienen la comprensión justa y el uso correcto de esta tesis en contra de las tendencias idealistas siempre presentes en el desarrollo del marxismo. Afirmar que la historia es un proceso sin sujeto supone tomar como punto de partida la unidad originaria entre sujeto y objeto, es decir sostener el supuesto ontológico que consiste en “la afirmación de que la historia determina la materialidad constituida en cada momento y en cada lugar del proceso; materialidad que, por supuesto, no se reduce a su lado objetivo por cuanto está formada también por el aspecto subjetivo. Sujeto y objeto se constituyen recíprocamente en ese proceso; la definición de ‘objetividad’ implica que el proceso conforma al objeto tanto como al sujeto” (p. 185). A partir de este supuesto es posible rechazar todo enfoque que postule cualquier noción de naturaleza humana con pretensiones de cumplir un papel explicativo en la ciencia de la historia.

La pregunta por el papel del individuo en la historia remite, pues, a la consideración de los hombres, no como sujetos de la historia, sino como agentes activos en el proceso histórico.

En tanto que los individuos son inseparables de las relaciones sociales que los constituyen, y fuera de ellas son nada, su actividad está determinada por el conjunto complejo y dinámico de relaciones sociales, en donde “se combinan hombres, instituciones, objetos, fenómenos, etc., en una sola, única y misma realidad” (p. 82).

Otro supuesto básico de la teoría de la historia es la concepción de la realidad social como un todo complejo articulado: no hay una esencia de la cual los otros fenómenos sean meras manifestaciones fenoménicas aparentes ni un nivel que funcione como núcleo esencial de este todo. El proceso histórico no actúa de manera lineal ni mecánica, sino como proceso complejo y sobredeterminado en donde cada uno de los niveles del todo social se desarrolla a través de rupturas y continuidades que le son propias, articulado de manera específica en ese todo.

Ligado a estos principios básicos, el método adecuado para explicar las articulaciones complejas de este todo es la dialéctica. En el capítulo V, se examinan los conceptos de “sobredeterminación” y “causalidad estructural” con el fin de determinar la especificidad de una contradicción compleja, y definir la modalidad misma de la dialéctica materialista.

No está de más insistir en la relevancia del examen realizado por Pereyra de estos principios ontológicos, en tanto que subyacen a la teoría de la historia y sólo a partir de ellos es posible definir su objeto de conocimiento: “la teoría de la articulación de las instancias que constituyen la sociedad” (p. 54). Desde esta teoría será posible responder preguntas fundamentales sobre la explicación científica de los acontecimientos históricos rechazando desde su interior supuestos erróneos que han conducido al idealismo humanista y al economismo.

Al abordar, por ejemplo, el problema del determinismo en la historia (Cap. VII) o al intentar responder la pregunta sobre cuál es el motor de los cambios históricos (Cap. VIII), es necesario no perder de vista todo lo que suponen la tesis según la cual la historia es un proceso dialéctico abierto y la concepción de la realidad social como un todo complejo articulado. Soslayar su importancia tiene graves consecuencias teóricas y políticas para el marxismo, tales como la tendencia a reducir a un solo tipo de contradicciones el papel motor de la contradicción en el desarrollo del proceso histórico, y a reducir la totalidad compleja a una de sus estructuras. En contra de este enfoque reduccionista economista y de este tipo de causalidad expresiva, Pereyra insiste en la justa comprensión de uno de los principios fundamentales de la dialéctica —la interconexión de los fenómenos— y del principio general de la determinación en última instancia por la estructura económica, que ordena la esferas del todo social en una jerarquía. En el capítulo XI, al definir las clases sociales —concepto fundamental en la explicación de los conflictos de una sociedad— se señalan, una vez más, las consecuencias funestas que surgen al separar este concepto de la lucha de clases, reduciéndolo al nivel económico.

En contra de la ideología subjetivista para la que el proceso histórico es el resultado de la intencionalidad de alguien —hombres, clases sociales, partidos— Pereyra subraya la tesis fundamental según la cual la actividad de los agentes históricos no es nunca actividad libre e indeterminada. La revolución es, un proceso objetivo, independiente de la voluntad de nadie. La teoría social construida con base en la noción dialéctica de “todo social” impide desarrollar una concepción de la historia, como resultado de una “acción libre y voluntaria” de los individuos (cf. Cap. IV). “El éxito explicativo del materialismo histórico radica en el abandono de los razonamientos sobre la ‘naturaleza humana’ o sobre las características subjetivas de los individuos en el análisis de la vida social. Su carácter materialista proviene de haber emprendido el examen de las relaciones sociales (materiales e ideológicas, en ese orden), para mostrar la necesidad del proceso, de los momentos que lo configuran” (p. 184).

Pereyra no menciona la necesaria toma de posición política por parte del filósofo en su práctica teórica, aun cuando muchos de sus planteamientos —si no todos— la suponen. En cada una de sus intervenciones está mostrando que trabajar en la teoría es defender una cierta posición filosófica, es tomar partido. Así, por ejemplo, en “marxismo y socialismo” (Cap. XII) afirma: “Más allá del talento personal, Marx pudo fundar la ciencia de la historia porque a la solidez de su formación teórica aunó el ejercicio de punto de vista de la clase obrera” (p. 163) y más adelante: “Al ubicar la ciencia social en la perspectiva ideológica de los dominados es posible generar una clave explicativa más profunda de las transformaciones históricas… Se descubre con ello la compleja sobredeterminación del proceso real y el campo de visibilidad de la ciencia social es incomparablemente mayor” (p. 164). Si la filosofía posee una autonomía relativa, no puede negarse que, al mismo tiempo, está directamente ligada con las luchas ideológicas.

El mayor mérito de estos trabajos consiste, no en proporcionar soluciones definitivas —que no existen—, sino en reformular con rigor problemas que la teoría de la historia resolverá algún día. La ausencia de “respuestas” completas se debe más al proceso de construcción de esta ciencia que a un desarrollo por principio insuficiente.

 

Corina Yturbe