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Carlos Pereyra, fundador de Nexos, participó en la revista con entusiasmo y constancia. Miembro del consejo editorial, autor, promotor, crítico, nos acompañó siempre con una cercanía entrañable que nunca dejó de lado el rigor intelectual. Fue uno de esos raros colaboradores que tanto ayudan al desarrollo de las publicaciones que buscan ser críticas, independientes y plurales. Cómo mínimo homenaje, ofrecemos a nuestros lectores una antología de sus escritos en Nexos durante diez años. Más allá del mero recuerdo, es evidente que su obra exige la frecuentación sin tregua. Carlos Pereyra reflexionó sobre los principales asuntos de la vida nacional con una profundidad que sigue siendo iluminadora. Su obra es una lección a largo plazo, una obra viva. 

I. LA DIMENSIÓN NACIONAL

Hace ya mucho tiempo que en México no se da la experiencia de una verdadera alianza entre clases populares y Estado, pues los gérmenes de tal alianza tuvieron un rápido desarrollo bajo la forma de subordinación corporativa. A ello se debe la presencia de dos tradiciones nefastas en la política mexicana: a) la creencia, muy difundida entre los partidarios del nacionalismo revolucionario oficial, de que toda lucha por la democratización y la independencia de los organismos sociales, equivale a la ruptura definitiva con el Estado y debe ser combatido; b) el convencimiento, característico de la izquierda elemental, de que toda alianza es por principio la máscara del sometimiento o una vía a la claudicación y que, en consecuencia, sólo el enfrentamiento directo con el Estado garantiza la independencia y el desarrollo de una línea propia. Más allá de esas posiciones que de manera sistemática han conducido al oportunismo o al aislamiento, la dinámica histórica del país le plantea a la clase obrera y a los demás sectores sociales oprimidos la tarea de avanzar durante una prolongada etapa donde lo central será la acumulación de fuerzas, la construcción de organismos democráticos e independientes. Ese nuevo proyecto de clase no sólo incluye sino exige el establecimiento de alianzas con los núcleos del Estado fieles a su tradición originaria: la revolución de 1910.

«¿Quién mató al comendador? Notas sobre estado y sociedad en México», Nexos 13, 1979.

Dibujo de José Hernández

El izquierdismo se inclina a pensar que la época de las luchas nacionales quedó clausurada y, por tanto, que los problemas sociales del capitalismo contemporáneo son comprensibles desde una óptica analítica en la cual la categoría «clase» no deja lugar para la categoría «nación». Con base en el supuesto de la actualidad siempre permanente de la revolución socialista, se concibe a ésta como una tarea práctica inmediata en todo momento y lugar, cuyo cumplimiento no puede ser sino demorado por las reivindicaciones nacionales. Se invoca en forma monótona la tesis marxiana (apelando más al principio de autoridad que a la validez intrínseca del planteamiento) según la cual el nacionalismo no es consustancial al proletariado, sino apenas un instrumento ideológico manipulado por la burguesía para ejercer y reproducir su dominación. En el campo de visibilidad de este pensamiento no hay espacio para los objetivos nacionales frente a los cuales la actividad política del izquierdismo mantiene una suicida relación de exterioridad. Las consecuencias son previsibles: la lucha por el socialismo, aunque propuesta en nombre del movimiento obrero, permanece ajena a la dinámica del pueblo-nación, cuya problemática se asimila sin fundamento al interés de la burguesía.

«La dimensión nacional», Nexos 44, 1981.

Los mejores momentos de la historia mexicana han sido justamente nacionalistas. México ya dio pasos nacionalistas previos, aunque no tuvo que pasar por una guerra de liberación nacional como Argelia, Angola o Centroamérica. En México hay un grado de consolidación de la nación mucho mayor al de otros países periféricos. Hay también una consolidación del Estado nacional por esa historia de afirmación nacional.

Sin embargo, sólo se trata de un grado mayor pero todavía hay un camino enorme por recorrer. Cuando digo que lo nacional puede articular movimientos populares, quiero decir que las reivindicaciones sectoriales o de clase que no se engarcen en un proyecto alternativo de nación, pese a sus conquistas, dejarán inalterada la situación de fondo de la estructura nacional. Los movimientos articulados en un proyecto nacional alternativo podrían convertirse en una nueva ruptura que dé a la nación mexicana perspectivas de desarrollo como las que le dio el movimiento nacional en el pasado. Digamos que se trataría de un nuevo nacionalismo.

«Conversación con Carlos Pereyra: La tentación de pensar la historia», Nexos 83, 1984.

II. LA DISCUSIÓN TEÓRICA

El modelo de comprensión teleológica se presenta como una alternativa plausible frente a las dificultades -efectivas o atribuidas- observables en la explicación causal de los acontecimientos históricos. La formulación de ese modelo constituye una vuelta de tuerca encaminada a reelaborar la antigua idea de que es ilegitimo transferir a las «ciencias humanas» los procedimientos explicativos utilizados en las ciencias naturales. Las versiones contemporáneas buscan despojar a la teoría de la comprensión histórica de sus implicaciones sicologistas más burdas como las resultantes, por ejemplo, del papel desempeñado por la noción «empatía» en el discurso de los sostenedores de las ciencias «ideográficas» en el siglo XIX. Como señala von Wright, «no es sólo a través de este giro sicológico, sin embargo, que la comprensión puede diferenciarse de la explicación. La comprensión está también conectada con la intencionalidad de una manera en que la explicación no lo está». La intencionalidad es el punto decisivo en los actuales desarrollos de este enfoque a tal extremo que, en una respuesta a sus críticos, von Wright precisa: «no deseo emplear más el nombre ‘explicación teleológica’ para el modelo explicativo en cuestión … me parece que ‘explicación intencionalista’ es el mejor nombre para éste».

«La intención en la historia (una discusión filosófica)», Nexos 33, 1980.

Debe tomarse en serio la afirmación de Marx según la cual él no era marxista. En rigor, nadie debería serlo. En primer lugar porque la expresión misma de marxismo o la declaración individual yo soy marxista confiere tanto al trabajo teórico como a la lucha política un aire de secta religiosa poco recomendable. Pero, además, porque no hace falta ninguna profesión de fe marxista para desarrollar una actividad intelectual en un sentido concurrente con el trazado por Marx ni para participar en el combate contra la forma capitalista de la modernidad. Por lo demás, una vez asumido el membrete marxismo, es muy difícil dejar de ver pensamiento burgués en todo lo que está fuera del marxismo. No puede extrañar, por ello, que la tradición marxista se haya deslizado mucho más de lo deseable en el camino de la exégesis escolástica de lo que verdaderamente dijo Marx, con el consiguiente desconocimiento e ignorancia de lo que se produce en otros ámbitos de la filosofía y de la ciencia. Se produce así una situación incómoda, no sólo porque los marxistas tienden con frecuencia a ignorar elementos valiosos de la cultura moderna, sino también porque el marxismo está muchas veces ausente de la confrontación crítica y el debate contemporáneos. En filosofía política, por ejemplo, pero también en teoría económica y en otros campos del saber, aparecen y se desarrollan programas teóricos que exigen una atención crítica que con frecuencia los marxistas no están en capacidad de satisfacer.

«Señas de identidad», Nexos 122 1988.

Renunciar a la idea del sujeto de la historia exige renunciar también a la idea de fin hacia el cual el proceso histórico se encamina. Pero, volviendo al peso que tiene la historia anterior, ya no sólo en los acontecimientos políticos, sino en la propia reflexión sobre la historia, creo que esta idea del sujeto que permea la tradición historiográfica y la filosofía de la historia, es la secularización de la vieja tesis de raigambre religiosa, donde Dios es el sujeto de la historia. Esta idea se seculariza de muy diversas maneras y se podría membretar como liberal al enfoque secularizador: «el sujeto es el individuo, cada individuo, todos nosotros somos sujetos de la historia». Habría gradaciones, de manera que individuos que ocupan papeles más relevantes en la sociedad son sujetos en un sentido más definitivo. Pero también en Marx está la idea secularizada de un sujeto divino: una clase social a la que se atribuye la misión (palabra de connotaciones también religiosas) de emancipar a la humanidad. Toda la historia del movimiento socialista muestra que no es sostenible la idea de que es la clase obrera la llamada, con quién sabe qué valores inherentes a ella, a encabezar un proceso de transformación social. Independientemente de que la noción del sujeto secularice la idea religiosa del sujeto divino, si abandonas la noción del sujeto, tienes que plantearte si la historia tiene un fin. También aquí, y la discusión en filosofía es muy larga al respecto, los argumentos más sólidos están del lado de quienes rechazan un fin hacia el cual se encamina el proceso. 

«Conversación con Carlos Pereyra: La tentación de pensar la historia», Nexos 83, 1984

III. COYUNTURAS

El hecho no es sólo que la nacionalización bancaria no va acompañada de un movimiento de masas (en última instancia eso podría ser prescindible) sino que no va acompañada de relaciones de poder favorables a esa medida, y no sólo en el conjunto de las fuerzas que tienen un poder en el país, sino incluso dentro del grupo gobernante. En este sentido es más profundamente antidemocrática y, en consecuencia, más vulnerable, porque si las relaciones de poder son ésas, no se ve dónde pueda estar la continuidad de tal medida.

Participación en el debate «La banca que quedó», Nexos 83, 1984.

Como siempre que se proponen cambios y modificaciones, en esta ocasión hay que enfrentar las inercias, que aquí son de doble tipo: las inercias de quienes suponen de antemano que cualquier propuesta de cambio y modificación, por el sólo hecho de venir de una autoridad, es dañina y objetable; y las inercias de quienes, también porque la propuesta viene de la autoridad, dan su apoyo de un modo automático e incondicional y lanzan una catarata de desplegados en la prensa, sin que esto signifique una mayor contribución al debate de la comunidad universitaria. De cualquier modo, y como en todo proceso de cambio, creo que llegará un segundo momento en el que quedarán superadas esas inercias y se podrá reflexionar en forma mucho más serena y eficaz.

Participación en «La disputa por la UNAM», Nexos 110, 1987.

IV. EL SOCIALISMO Y LOS SOCIALISTAS

Así como el Estado no es instrumento, representante o A expresión política de la clase dominante, tampoco él o los partidos con orientación socialista pueden ser pensados en esos términos respecto de la clase obrera. Ahora bien, más allá de la aceptación o rechazo de la tesis anterior, lo cierto es que ni el Estado ni el partido revolucionario constituyen canales únicos de acción política de las clases fundamentales. La distinción gramsciana entre países orientales con una sociedad civil gelatinosa y países occidentales donde la sociedad civil está compuesta por una robusta cadena de trincheras apunta, precisamente (al igual que la hipótesis derivada de esa distinción sobre la necesidad de transitar de la guerra de maniobras a la guerra de posiciones), al reconocimiento de la pluralidad de formas políticas orgánicas observables en los países de capitalismo maduro. La forma partido no contiene la totalidad del movimiento socialista ni es tampoco la vanguardia esclarecida cuya labor pedagógica de difusión del saber socialista opera como única vía de acceso del movimiento social a los niveles más elevados de conciencia. No se trata, por supuesto, de negar el papel articulador básico de la forma partido, pero sí de insistir en que lo político no está ausente del movimiento social y no se concentra exclusivamente en esa forma partido.

«Partido y sociedad civil», Nexos 49, 1982.

Quienes se apresuran a consignar el fracaso del socialismo sin incorporar en el análisis las condiciones de atraso económico, político y cultural de las sociedades donde se produjo la ruptura anticapitalista, sólo consiguen exhibir los supuestos voluntaristas e idealistas de su discurso. Ahora bien, desde los procesos de Moscú en los años treinta hasta el aplastamiento de la movilización obrera en Polonia a comienzos de los ochentas, han ocurrido demasiadas cosas para seguir machacando la tesis de que la trayectoria del socialismo real se explica sólo por las modalidades que impone la lucha de clases en escala mundial. Los países poscapitalistas no son más un factor propulsor del movimiento socialista mundial sino un poderoso desestímulo de éste, a pesar de la apreciable ayuda real que brindan a otros procesos de ruptura anticapitalista.

«Sobre la democracia», Nexos 57, 1982.

El asunto de la democracia es inseparable de la cuestión del socialismo. Justo porque en las sociedades capitalistas la democracia es siempre restringida o de plano erradicada, es preciso concederle un lugar central en todo proyecto de cambio social en la dirección mencionada. Si bien en los países capitalistas del centro, la prolongada lucha de clases dominadas y las favorables condiciones creadas por la capacidad de arrancar excedente producido en el resto del mundo, han conducido a significativos avances en la democratización social, una abundante experiencia histórica muestra que la dinámica propia del capitalismo periférico es profundamente hostil a los menores resquicios democráticos. Aquí la democracia será resultado del movimiento popular o no será. Una preocupación consecuente por las perspectivas democráticas en el Tercer Mundo no excluye, todo lo contrario, la preocupación similar al respecto a tales perspectivas en el socialismo real. La circunstancia de que el neoconservadurismo haya hecho una plataforma publicitaria, no exime a la izquierda de reflexionar críticamente sobre su actitud ante el problema de la democracia, no sólo en referencia a su tratamiento teórico de la cuestión, sino también en relación con los efectos de su práctica política.

«La democracia suspendida», Nexos 75, 1984.

Es inútil contraponer reforma y revolución y más equivocado aún suponer que son producto de la libre decisión de las fuerzas socialistas. Nunca ha habido una revolución allí donde el camino de las reformas está abierto. Las revoluciones (en el sentido estrecho de enfrentamiento final) sólo ocurren en situaciones históricas completamente bloqueadas y ello no es producto de la iniciativa de los socialistas sino resultado del propio proceso histórico. Es ridículo pretender que la vía adoptada por el movimiento socialista en Europa, por ejemplo, es consecuencia de la traición de la socialdemocracia o de los eurocomunistas. Más allá del análisis crítico que pueda realizarse sobre el comportamiento político de estas fuerzas, es obvio que el carácter general de su actividad no se comprende en términos tan grotescos como los contenidos en el reproche de que abandonaron el marxismo revolucionario. En cada situación histórica las tareas de los socialistas vienen definidas por las circunstancias existentes, no por una receta doctrinaria de supuesta validez universal.

«Democracia y revolución», Nexos 97, 1986.

El PRI copó tantos espacios políticos durante muchos decenios, que entre otros copó el espacio de un posible partido socialdemócrata. Una izquierda de catacumba, muy adherida a procesos ideológicos y políticos no vinculados a la historia nacional, hizo aún más inviable la aparición de una fuerza socialdemócrata en sentido estricto. Pero creo que la erosión del PRI, que deja de ocupar los espacios omniabarcantes que antes ocupaba, y la maduración de la sociedad mexicana, hacen que la gestación de una fuerza socialdemócrata esté en el orden del día, o sea una fuerza que se plantee la transición de la sociedad mexicana por la vía de los procedimientos institucionales y no por la vía de la violencia o la insurrección. Esto probablemente se gestará en un proceso lento. Creo que, en efecto, estamos frente a un requerimiento social que las fuerzas políticas de izquierda irán satisfaciendo poco a poco.

Participación en «La sucesión presidencial», Nexos 116, 1987. 

V. DEMOCRACIA Y SOCIEDAD CIVIL

Se ha difundido en la literatura socialista un concepto monstruoso: democracia burguesa. Dicho concepto esconde una circunstancia decisiva de la historia contemporánea: la democracia ha sido obtenida y preservada en mayor o menor medida en distintas latitudes contra la burguesía. El concepto democracia burguesa sugiere que el componente democrático nace de la dinámica propia de los intereses de la burguesía como si no fuera, precisamente al revés, un fenómeno impuesto a esta clase por la lucha de los dominados. Desde el sufragio universal hasta el conjunto de libertades políticas y derechos sociales han sido resultado de la lucha de clases.

«Sobre la democracia», Nexos 57, 1982.

Cuando las inquietudes por la fuerza del Estado tienen su origen en la expropiación bancaria, por ejemplo, y no en el sistema corporativo que ahoga a los organismos sociales, no es difícil comprender el sentido de tales inquietudes. Que no vengan los tardíos descubridores de la sociedad civil a manipular el fantasma de la falsa identidad Estado fuerte = totalitarismo. Lo que hace falta en México es democratizar al Estado, no debilitarlo. Un Estado fuerte no es necesariamente un estado autoritario; nada impide constituir un Estado fuerte y democrático. De igual modo, hace falta el fortalecimiento del polo dominado de la sociedad civil y no el fortalecimiento tout court de ésta. No es la tonificación de Televisa y el Consejo Coordinador Empresarial, por ejemplo, lo que permitirá a la sociedad mexicana salir de la crisis y eliminar las condiciones estructurales que condujeron a ella, como tampoco permitirá avanzar en el proceso de democratización. Mejor distribución de la riqueza y mayor democracia no serán frutos de los promotores de México en la libertad, ni de la dinámica propia de los gobernantes, sino de la capacidad del polo dominado de la sociedad civil para imponer una reorientación global de la cosa pública en México.

«Los dados del juego», Nexos 60, 1982.

La autonomía de la sociedad civil constituye el asunto más delicado porque no es algo que pueda obtenerse mediante la modificación de leyes, sino que será resultado del propio desarrollo y maduración de las diversas fuerzas sociales. Tal vez la pregunta más interesante para la discusión es: ¿cuál puede ser el agente impulsor de la democratización?, ya sea por medio de esas vías o de otras. La iniciativa gubernamental tiene límites muy inmediatos, como para que se pudiera pensar en el gobierno como agente impulsor. Aun cuando en el pasado lo ha sido, como lo prueba la reforma política independientemente de que ésta haya sido también consecuencia de movimientos y presiones populares, no creo que se pueda confiar, pese a ese antecedente, en que la democratización futura del país tendrá como agente central al propio aparato gobernante. Parece mucho más improbable en las actuales condiciones de crisis económica, pero aún sin pensar en ésta, la cuestión va más allá de la voluntad política.

No creo que se trate de un asunto de presencia o ausencia de voluntad política de los gobernantes, porque en mi opinión la forma actual del Estado mexicano es incompatible con un sistema político distinto al del partido único (o dominante), por lo que la iniciativa gubernamental sólo se desplegaría en circunstancias que volvieran obligada la transformación del Estado, es decir, su cambio de forma. Para pensar al aparato gobernante como agente impulsor de la democracia, habría que pensar este aparato como motor de una transformación del Estado mismo, lo que no parece concebible a menos que se encuentre en circunstancias sociales tan críticas que se vea obligado a un cambio en la forma del Estado. Si dejamos de lado las situaciones límite, no es fácil imaginar al gobierno como agente impulsor de la democracia.

«La víspera de las urnas», Nexos 87, 1985.

La endeble argumentación presentada por quienes defienden – desde el poder- la conveniencia de congelar a los capitalinos en calidad de subciudadanos incapaces de elegir a sus autoridades locales, exhibe por sí misma hasta qué punto es insostenible la decisión de someter a millones de habitantes a una administración designada por el titular del Poder Ejecutivo y sobre la cual los gobernados no pueden ejercer siquiera la más elemental forma de participación: depositar su voto en las urnas. Desde que el gobierno optó en 1928 por suprimir el ayuntamiento de la capital, el conglomerado humano más compacto del país ha vivido una suerte de marginación política paralela a la que en los planos económico y social padecen muchos de sus integrantes. Han transcurrido ya varios decenios sin que la oposición de izquierda y derecha haya tenido el menor éxito en su demanda de restaurar los derechos políticos de los capitalinos, no obstante el autoritarismo estimulado por la renuencia oficial. Si en las más recónditas aldeas de la geografía mexicana los caciques imponen la ley de la fuerza para anular los derechos ciudadanos, en el lugar de máxima concentración demográfica se produce el mismo resultado mediante la fuerza de la ley.

«Urnas para la urbe», Nexos 99, 1986.

Por generoso que se quiera ser en el reconocimiento de los espacios conquistados en el proceso de democratización creo que el régimen político mexicano es autoritario. Un autoritarismo tolerante, tal vez. Llega a ser desesperante la lentitud con la cual este autoritarismo cede algún espacio en este muy lento proceso democratizador. La democratización mexicana tiene que pasar, forzosamente, por el hecho de que un Estado nacional sólidamente constituido se democratice. Me parece que otra posibilidad de la democracia es la presencia precisamente, de nuestro sólido Estado nacional, el hecho de que México ha recorrido un largo trecho en ese camino. Así, el principal obstáculo para la democratización se halla en el presidencialismo. De ahí que me parezca también muy difícil la posibilidad de que sea la presidencia desde donde se trace el camino para los avances democráticos. Un segundo escollo es la existencia de un Partido del Estado. Veo difícil los avances en la democratización mexicana mientras no se elimine la existencia de ese Partido del Estado; o más aún, un Estado cuya forma de funcionamiento sólo se concibe con el PRI en el gobierno.

Participación en «La reforma democrática», Nexos 117, 1987.

Hay que insistir en que la clase obrera y las demás clases dominadas no son, por efecto de quién sabe qué efectos mágicos del modo capitalista de producción, un sujeto socialista ya constituido. Son fuerzas sociales con potencialidad para convertirse en fuerza política transformadora, pero esa potencialidad sólo puede desplegarse en espacios democráticos ganados antes y después de la toma del poder. «Es de la confrontación con mundos ideológicos, culturales y políticos diversos y antagónicos de donde el sujeto popular se nutre para poder desarrollar su alternativa» (Moulian). Democratización y socialización son dos caras de un mismo y único proceso.

«Sobre la democracia» Nexos 57. 1982