Durante su campaña electoral, el candidato de Acción Nacional a la presidencia de la República, Manuel J. Clouthier, ha transitado una y otra vez de Corazón Aquino a Jean Marie Le Pen, de la superioridad moral de la víctima al puño amenazador del bravucón. Ambas han demostrado ser cartas fuertes en el juego electoral. Con la primera se ha sumado a la razón democrática que asiste a la oposición, con la segunda ha ganado el apoyo de quienes creen en un liderazgo fuerte e intolerante. En el fenómeno Clouthier vibra la paradoja de una personalidad claramente autoritaria que pretende ser el cruzado de la democracia en México.

El éxito del candidato panista es fruto de la cultura autoritaria mexicana que lo mismo da para priístas negados a la democracia electoral, que para clases medias urgidas de patrias ordenadas. Al margen de que Clouthier haya sabido capitalizar la inconformidad que han provocado la recesión económica y los abusos del poder, en el fondo el eco que ha encontrado su campaña también es una repetición de la vieja historia de la libertad política que crea a sus propios enemigos. Muchos de los que aplauden rabiosamente la violencia apenas contenida de la furia cloutheriana, son también críticos del aperturismo político de los últimos veinte años, que no sería sino la otra cara de ese socialismo lento y acelerado que para Acción Nacional representan Miguel de la Madrid y Cuauhtémoc Cárdenas, respectivamente, (Excélsior, 7 de enero de 1988).

El populismo no es de izquierda ni de derecha, sino esencialmente antielitista. A pesar de que la participación política de Manuel Clouthier es producto de una fractura entre élites, su bandera más llamativa es la revuelta en contra del grupo en el poder. Cuando el candidato panista dice lo que la gente quiere oír, (que no obstante lo que muchos digan, antes que una virtud es una perversión de la política), está rechazando la imagen del tecnócrata que habla de manera incomprensible para los no iniciados, que recurre a fórmulas impenetrables para explicar la inflación y que se escuda en el conocimiento para rehuir el debate. En su afán por el contraste, Manuel Clouthier ha exagerado en el uso de expresiones populares, de palabrotas y de frases desmesuradas en un estilo que es la antítesis del consagrado principio priísta de que el que se mueve no sale. Algunos dirán que la innovación es refrescante pero no deja de ser irónico que su estilo evoque aquello que el alemanismo quiso desterrar con la integración de universitarios a la élite política, y que fue también fuente inagotable de críticas para los panistas de la época que despreciaban la carencia de ideas del grupo en el poder. Es probable que los llamados de Clouthier a la acción directa, su lenguaje y las continuas amenazas apocalípticas hubieran provocado en Gómez Morín la misma repugnancia que le inspiraban los caudillos de la incitación inmediata que se habían apoderado de la Revolución (Manuel Gómez Morín, 1915).

Por todo eso y más, Clouthier no es un panista, pese a lo que digan en contrario los miembros del partido que se empeñan en reconocerlo como hijo legitimo, incluso en contra de la mejor voluntad del propio candidato. Para él la lucha electoral es sólo un asunto entre sí mismo y el pueblo, una lucha en la que Acción Nacional es únicamente un instrumento. Porque Clouthier, además de franco, simpático, espontáneo, enérgico, desafiante y audaz, es un hombre programático, un empresario que aceptó su designación como líder, primero, de la Coparmex, y después del Consejo Coordinador Empresarial, por parte de los mismos presidentes que según él y sus seguidores mayor daño le han hecho al país. Esta trayectoria seguramente lo ha preparado para su inevitable derrota, y las negociaciones que la seguirán. Pero, ¿qué van a hacer sus electores, sin más experiencia previa que las politizaciones al vapor que adquieren en los desayunos de apoyo a Acción Nacional?

Uno de los atractivos del candidato panista consiste en que su sola personalidad es una respuesta al tipo de angustias que generan circunstancias críticas como las que hemos vivido en los últimos años. Ante los recuerdos abrumadores de problemas al parecer irresolubles como la deuda externa, el desempleo, el crecimiento de la ciudad de México, la contaminación, y temores varios; ante un gobierno que en más de un caso se ha mostrado vacilante, Clouthier ofrece un liderazgo enérgico que responde simplificadamente, sin titubeos ni matices: la causa de todos los males que padecemos es el fraude electoral, el culpable es el mal gobierno y el remedio el voto. No deja de ser un alivio pensar que el problema es tan sencillo. Pero la fórmula es tan accesible como peligrosa, porque concentra toda la carga política, toda la irritación -materia prima del cloutherianismo-, todo el impulso participativo en la carta del sufragio, tanto que el costo de perder es prohibitivo.

Uno de los conflictos más serios que pueden producir las próximas elecciones presidenciales es que en ellas habrá muchos participantes primerizos, antiguos abstencionistas que no creían en la utilidad del voto, y que probablemente constituyen una proporción importante de los futuros votantes panistas. Acalorados por la denuncia y la audacia, entusiasmados con el tipo de convivencia que propicia una campaña electoral, y convencidos de que es el suyo un voto calificado, difícilmente aceptarán la derrota. Sin entender bien a bien el porqué, fatalmente la verán como un robo inadmisible. El tono del discurso cloutheriano es el de la rebelión que no admite frustraciones; para sus seguidores la democracia tiene un solo significado que es el triunfo de Acción Nacional. Más todavía porque lo que ha movido a muchos de ellos a apoyarlo ha sido justamente el llamado de Maquío a la intransigencia. Lo importante sería saber si Clouthier y los panistas del aparato están preparados para la reacción que han estado abonando con sus alusiones a desbordamientos y ánimos incontenibles, porque las tácticas de desobediencia civil que han entrenado son pobres para la hecatombe que anuncian.

Las acusaciones que se le han hecho a Clouthier de irresponsabilidad no carecen de fundamento. Como le ocurre a todo hombre de actitudes, que no de ideas, que se lanza a la acción política, el candidato panista se ha dejado llevar por el aplausómetro antes que por la razón. Así, sus discursos invitan al análisis semántico y no ideológico, porque las palabras han sido la clave de su éxito: “… Y me van a conocer”. “Vamos a hacerla, pero en serio”. “Vamos a ir por todo el paquete”. “… En todo el país se va a armar”. “… Empujaré al sistema al despeñadero”.

“… La elección a mí no me la ganan nunca”. Son todas expresiones que revelan una profunda intolerancia, por definición antidemocrática. Pero quizá lo más importante es que, crea o no en ella Clouthier, le ha servido para azuzar los ánimos y alimentar las expectativas de quienes están comprometiendo su participación en los comicios en esos términos.

Quizá uno de los tropiezos más graves de Clouthier, en cuanto a irresponsabilidad, haya sido recurrir a la comparación con la vía filipina de cambio político, sin preguntarse antes cómo había ocurrido y cuáles habían sido sus implicaciones. Cuando se le hizo notar que sus llamados a la filipinización equivalían a invitar al gobierno norteamericano a intervenir en el proceso político mexicano, respondió de un modo familiar y desenfadado que a él las Filipinas le valían.

Cuando uno se propone entender las posiciones de Maquío frente a los grandes problemas nacionales, los discursos y las entrevistas aportan poca cosa, precisamente porque es un hombre de acción y no de reflexión. Sin embargo, de lo poco que dice, aparte de la denuncia del fraude electoral, se desprenden algunas ideas. Por ejemplo, Clouthier habla como si el Estado no existiera, con sus continuidades, sus compromisos y responsabilidades sociales; sólo hay gobiernos equivocados a los que hay que sustituir. En su universo político tampoco existen las clases sociales, no hay ricos ni pobres, sino un pueblo en busca de un líder natural, que es desde luego el propio Clouthier que, nos dice, siempre ha ocupado posiciones de liderazgo. Más recientemente describió a la sociedad como dividida entre dos tipos de mexicanos: “… los que nos preocupamos y ocupamos de que el país salga adelante y los que se van donde dan tortibonos chiquitos y grandotes” (Expansión, 2 de marzo de 1988).

Su propuesta económica consiste en aplicar un “auténtico programa de estabilización”, afirma que su política exterior será congruente “con los principios del mundo cristiano occidental”. También propone abrir las puertas, sin absurdos temores, a la inversión extranjera y generalizar la propiedad privada en el campo y desde luego, modificar los artículos 3o. y 130, establecer relaciones con el Vaticano, y disminuir el sueldo de los funcionarios públicos. Quienes quieren conocer más detalles son remitidos a la plataforma del PAN.

Sólo que las distancias entre la propuesta oficial del partido y su candidato son abismales. Primero, porque tal propuesta nunca había sido tan ideologizada como ahora, precisamente cuando el pragmatismo es la guía fundamental de Clouthier, quien a pesar del ala protectora y legitimadora de Luis H. Alvarez, se ha convertido en el verdadero líder del PAN. Son tantas las diferencias entre el liderazgo panista real y la anacrónica minoría que redactó la plataforma, que el propio Clouthier ha insistido en que abandonen el “capillismo”, el “espíritu de secta” y la “protección del jardín pequeño”. En segundo lugar, para saber lo que realmente haría Maquío en el poder no nos sirve de mucho la plataforma del partido porque el éxito de su candidato ha troquelado un nuevo perfil para Acción Nacional; en este perfil poco o nada tiene que ver el humanismo cristiano de Jacques Maritain, el solidarismo de Emanuel Mounier, o la rigidez ideológica de Jesús González Schmall.