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Héctor Ceballos Garibay, lector de esta revista, esboza nueve aspectos en los que difiere de «El derecho a la infelicidad» de Ludolfo Paramio (Nexos 125).

En un época caracterizada por el despliegue del feminismo, el avance de la intolerancia y la mojigatería abanderados por el grupo PRO-VIDA, y la apología de la familia monogámica- patriarcal (véase el éxito de la película Atracción Fatal), resulta ineludible la discusión del inteligente y provocador artículo de Ludolfo Paramio, «El derecho a la infelicidad». (Nexos 125). A continuación esbozamos nueve aspectos que pretenden contribuir a la crítica del que parece ser uno de los más importantes textos del neoconservadurismo misógino producido desde la izquierda española, en el actual contexto de terrible proliferación del SIDA.

1) La búsqueda de la libertad, la igualdad y la autonomía de los individuos (en este caso las mujeres) es algo loable debido a la racionalidad intrínseca de tales reivindicaciones, y no surge como necesidad a partir del simple anhelo de felicidad. La felicidad, que siempre será relativa y subjetiva, puede no acompañar el proceso de liberación, aunque es de presuponerse que las virtudes mismas de la libertad, igualdad y autonomía generarán tarde o temprano una mayor satisfacción en los sujetos liberados.

2) Paramio establece como hecho evidente la añoranza de una familia tradicional-mítica identificada con el refugio y la seguridad maternal, el confort, el afecto, etc. Desgraciadamente, y dejando de lado el problema de la existencia minoritaria de esa «familia ideal», es obvio que nuestro autor se olvida de mencionar el lado oscuro de la familia tradicional: la autoritaria y dogmática imposición de la «ley del padre», la injusta y misógina división sexual del trabajo, los conflictos de hartazgo y apatía erótica en la pareja, la ruptura generacional entre padres e hijos, etc. Una familia de nuevo tipo, que se sabe en la simetría de los roles y en el respeto y los derechos del otro, probablemente tenga mayores conflictos explícitos que la familia tradicional, pero gracias precisamente a su mayor racionalidad estará en la posibilidad de crear seres autónomos, responsables, con capacidad de valorarse y darse ternura unos a otros, como presupuesto hacia el disfrute de una felicidad no ficticia.

3) Asumir la simetría de roles no es exactamente lo mismo que gozar de derechos sociales y políticos, dice Paramio. Pero tampoco es lo opuesto. Más bien resultan complementarios: una mujer que tiene derecho al voto, capacidad de trabajo y autoestima como sujeto pensante, es lógico que no quiera ser la única responsable del rutinario trabajo doméstico. Una actitud consecuente por parte de aquellos que postulan la libertad, la igualdad y la autonomía sin restricciones de sexo, raza o clase social, conduce a la búsqueda de la concordancia entre la plena igualdad social y política de hombres y mujeres y la simetría de los roles sexuales en la familia.

4) La bondad ética y política de la liberación femenina (derechos sociales y políticos, simetría de roles, etc.), así como cualquier otro tipo de conquista libertaría, no debe ser cuestionada arguyendo factores coyunturales: crisis económica, desempleo, neoconservadurismo cultural en boga, terror al SIDA, etc. Aunque las condiciones sociales de los ochenta no sean propicias para el ejercicio de una familia igualitaria, ello no invalida, más bien refuerza la necesidad de continuar luchando hasta conquistar los objetivos propuestos.

Igualmente, el que las actuales condiciones laborales de los obreros dificulten en la práctica la asunción de la igualdad de roles en el hogar, ello no demerita la justeza y el deseo de que exista una mayor corresponsabilidad de la pareja al respecto. En vez de disociar, deberíamos unir las reivindicaciones sindicales y partidarias de mejores condiciones sociales y laborales con la lucha por la transformación de los ancestrales privilegios sexuales masculinos.

5) El asunto de una efectiva y amplia liberación femenina no depende de la existencia de diferentes expectativas y oportunidades de cambio entre las clases medias universitarias y las clases populares incultas, como pretende Paramio. El problema esencial que se esconde aquí es el de la presencia de una ideología machista-patriarcal, la cual se resiste, a través de infinidad de argucias, a modificar de raíz sus patrones de comportamiento. Esto se comprueba en el hecho de que aun en el ámbito intelectual-universitario o en el de los partidos políticos de izquierda, son mayoritariamente las mujeres las que se encargan del cuidado de los hijos y de las tareas domésticas.

Además, la reproducción de la ideología machista se atestigua también en la patética existencia de la «doble jornada», a través de la cual las secretarías, obreras, profesoras, etc., regresan del trabajo obligatorio a cumplir con los pesados quehaceres domésticos. La división sexual del trabajo no depende entonces de la condición femenina, maternidad y lactancia (lo cual ya no es mayor problema en un mundo tecnificado, con guarderías, legislación laboral moderna, etc.), sino que más bien es resultado de una poderosa cultura patriarcal que, resistiéndose a cambiar, se expresa sin distinciones de clase o ideología política en la «doble explotación» de la mujer (la cual también existe en los países del «socialismo real»).

6) Desde una perspectiva de izquierda resulta injustificable el que las mujeres, debido a la restricción de sus actividades sólo al hogar, se vean imposibilitadas para autorrealizarse profesional o laboralmente, aspirar a una mayor socialización en el ámbito externo, y no estén en la posibilidad de aumentar su experiencia vital como seres creativo productivos.

Por otro lado, si los dos miembros de la pareja se desarrollan como seres creativos y autónomos, ello posibilita el que, a la hora de corresponsabilizarse de las tareas domésticas o del cuidado de los hijos, lo hagan con una actitud relajada y hedonista que permita reconocer el trabajo doméstico como actividad también gratificante.

7) El alto nivel de conflictividad que genera el intento de introducir la simetría de roles en la pareja, no es argumento suficiente como para deslegitimar su racionalidad en tanto que valor ético-político. Bajo esta lógica jamás se hubieran hecho las revoluciones sociales y políticas.

Aunque la igualdad sexual no garantice de suyo la felicidad (la cual se puede lograr incluso mediante relaciones sado-masoquistas), sin embargo ella representa la posibilidad de conseguir mayores espacios de libertad, lo cual, una vez pasados los dolores del parto, permitirá la existencia de parejas más satisfechas. Admitiendo nuestro optimismo, nos parece arbitrario el planteamiento de que la pareja igualitaria conlleva inevitablemente a la infelicidad.

8) La trampa neoconservadora de Paramio reside en el falso dilema entre elegir la seguridad-felicidad de la familia tradicional o bien optar por la conflictiva e infeliz familia igualitaria. Según este maniqueismo, la mujer tendría dos únicas opciones: o se somete al macho resignadamente o escoge los riesgos de la separación, la pobreza y la soledad.

A Paramio no se le ocurre otra alternativa, por ejemplo: que a través de un cambio cultural de la ideología machista y hembrista, los miembros de la pareja se comprometieran a dialogar, mediar, corresponsabilizarse y asumir congruentemente en la práctica los anhelos de libertad e igualdad defendidos por medio del discurso.

9) Los cambios deben hacerse, ciertamente, a través de reformas paulatinas que renuncien a la utopía abstracta y al mesianismo. Sin embargo, no es volviendo a la vieja división sexual de la familia tradicional como debe enfrentarse el actual contexto económico-cultural desfavorable para los procesos de la liberación sexual y política.

No es cierto que las metas altas, libertad, igualdad, simetría de roles, socialismo, conduzcan fatalmente al desencanto, la frustración y la pasividad. Por el contrario, los objetivos libertarios irrenunciables constituyen una suerte de desafío concreto que mantiene la vitalidad de la gente. En este caso, nos referimos sobre todo a aquellas personas que, al considerar que es mucho mejor tener una compañera que una esclava o una subalterna, cuestionan la ficticia felicidad de la familia tradicional, y aspiran a las gratificaciones que produce la ampliación efectiva de la igualdad y la libertad entre los individuos.