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Javier Flores, investigador y maestro de la ENEP Iztacala, elabora algunas interrogantes a «El desarrollo científico: Un programa» de Ruy Pérez Tamayo (Nexos 126).

He tenido la oportunidad de asistir a algunas de las reuniones sobre ciencia y tecnología organizadas por el IEPES, como parte de la campaña del candidato del PRI a la Presidencia de la República. También tuve ocasión de asistir a las correspondientes en los Foros de Consulta Popular durante la campaña que realizaba, hace seis años, el licenciado Miguel de la Madrid. Me refiero a estas reuniones, así como a las que con fines semejantes realizan las sociedades científicas o la Academia de la Investigación Científica, pues en ellas he podido escuchar los puntos de vista de no pocos investigadores. No me explico cómo estas ponencias no han sido editadas y difundidas, pues contienen datos e ideas de gran importancia para entender el estado actual y, en cierto sentido, el futuro de la ciencia en México. Aún en charlas informales, existe una gran riqueza de conceptos de los investigadores sobre los que, a su juicio, son los problemas principales de la investigación científica en nuestro país y cuáles podrían ser sus soluciones.

Todo esto proporciona una amplia gama de recuerdos, documentos y reflexiones. Si bien no podría negarse que en ellos existan algunos elementos comunes, lo que predomina es la diversidad. Puede decirse que no existe en nuestro país un cuerpo homogéneo de ideas sobre las características de la ciencia mexicana y hacia dónde habría que conducir sus destinos. No se cuenta entonces con lo que podría denominarse: la opinión de los científicos, sino más bien, con múltiples opiniones. Así, el programa que presenta el doctor Ruy Pérez Tamayo en su artículo «El desarrollo de la ciencia: un programa» (Nexos 126) constituye una postura personal que en este caso, sin embargo, por la personalidad y méritos de Pérez Tamayo, puede conjeturarse representativa de un sector de la comunidad Científica.

¿A quién va dirigido ese «programa»? Por supuesto, a los numerosos lectores -entre los que me incluyo- que siguen de cerca los textos de Pérez Tamayo. Pero, por otra parte, va dirigido a quien gobernará nuestro país durante los próximos seis años. Aun cuando el propio autor del programa duda sobre la atención que pudieran poner los candidatos a la Presidencia de la República en su artículo, escribe explícitamente para ellos. Esto muestra que, además de un legitimo propósito orientado hacia el convencimiento del futuro primer mandatario sobre la necesidad de apoyar a la ciencia bajo los conceptos contenidos en su programa, se acepta un hecho -que es la primera limitación a la que se enfrentan algunos de los propósitos expresados por el doctor Pérez Tamayo en su programa-: será el gobierno de la República, y no los investigadores, el que defina, a través de su propia noción de la política de ciencia y tecnología, el futuro de estas actividades en el país. Cabe destacar que, si los científicos no cuentan con una posición o política estructurada sobre la ciencia, los gobernantes tampoco, como puede desprenderse de los efectos regresivos de sus acciones, particularmente notorios en los últimos años.

Hasta aquí, podrían identificarse dos características en el escrito de Pérez Tamayo: se trata de una posición individual, probablemente representativa de un sector de la comunidad científica, y está dirigida al futuro Presidente de México. Podría plantearse un tercer elemento: los planteamientos del autor ilustran una de las formas que adopta en nuestro país la relación entre los científicos y el gobierno. No podría decirse que esta relación se ha caracterizado por la incidencia.

Como estoy seguro que el doctor Pérez Tamayo y los lectores de Nexos apreciarán más los puntos de vista críticos que el énfasis en las coincidencias -que son abundantes-, me referiré a algunos aspectos del programa que, a mi juicio, merecen una discusión más amplia. Las razones que presenta Pérez Tamayo para justificar su programa incluyen dos tipos de consideraciones. Por un lado, una sintética caracterización del papel de la ciencia en el mundo y en nuestro país y, por otro, las funciones que, en su opinión debe cumplir la ciencia mexicana. Da la impresión de que según el, nuestro ingreso a la modernidad está determinado exclusivamente por la incorporación de la ciencia, entendida ésta como el modelo científico occidental. Señala: «La ciencia es la fuerza que transformó al mundo medieval en moderno». «El mundo moderno es científico (. . .) la incorporación de México al mundo moderno, requiere del desarrollo vigoroso de su espíritu científico».

Cuando se refiere al concepto de modernidad, estoy casi seguro de que no se refiere a algún slogan de las campañas que ahora realizan los partidos políticos. Difícilmente podría aceptarse que México no forme parte del mundo moderno. El papel predominante de la ciencia a nivel general, no excluye la división entre las naciones que generan la mayor parte de los conocimientos y tecnologías, y las que son mercado de estos recursos. México, con todo su subdesarrollo, forma parte de las segundas y cuenta con los conocimientos y la tecnología cuyo origen y nivel de desarrollo se explicaría por esa ubicación. Nuestro nivel científico y tecnológico es el característico de una nación subdesarrollada moderna: satélites, «astronauta», sistemas de transporte, tecnología médica y petrolera, etcétera. Así, no creo que se trate de pasar de un estado premoderno a uno moderno sino, más bien, de cambiar la posición de México en el mundo alcanzando niveles de desarrollo superiores, para lo cual es necesario romper la relación de excesiva dependencia científica y tecnológica y generar conocimientos y tecnologías propios a gran escala.

Respecto a las funciones que asigna a la ciencia en su artículo, da la impresión de que Pérez Tamayo sobrestima el papel de la «ciencia moderna» al considerarla como vía única para alcanzar la comprensión del mundo. No le falta razón para pensar de este modo. El argumento en el que se apoya parece contundente. Al referirse a las ventajas del pensamiento científico sobre concepciones anteriores a la propia «ciencia moderna», afirma: «El pensamiento científico se opone a él y como prueba de su superioridad puede exhibir el éxito fenomenal de la ciencia en los últimos 300 años». Habría que evaluar cuántos son 300 años en la historia del pensamiento humano. Si bien es cierto que no podría decirse que la utilidad de la ciencia esté dando muestras definitivas de agotamiento, habría también que diferenciar a la ciencia occidental del proceso de generación de conocimientos que ha acompañado al hombre a lo largo de su desarrollo. Es necesario, volviendo la mirada hacia el pasado, hacer justicia a otras modalidades y conceptos surgidos para comprender el universo -sin los que difícilmente podría explicarse la ciencia moderna.

Estas formas anteriores también han proclamado en su momento su contundente superioridad sobre las que las preceden, y si bien algunos conceptos del pasado no se han caracterizado por el acierto -aunque muchos otros sí-, a éstos no escapa la ciencia moderna. Pensemos por un momento, por ejemplo, en la predominante orientación bélica que tiene la ciencia en nuestros días y preguntemos si, desde el punto de vista ético, podría considerarse parte del «éxito fenomenal de la ciencia». Tomando en cuenta estos antecedentes, podemos ahora dirigir la mirada hacia el futuro y suponer que el modelo vigente de generación de conocimientos puede verse sustituido, tal y como ha sucedido con modelos anteriores, por conceptos y formas nuevas para comprender el universo.

Por eso no resulta sorprendente que cuando Pérez Tamayo se refiere a la necesidad de desarrollar una ciencia autóctona, su planteamiento no advierta modalidades en el proceso científico occidental. Su planteamiento sobre la necesidad de contar con una ciencia nacional, se reduce así a solicitar el apoyo para los investigadores que, bajo este modelo, trabajen sobre problemas locales, sin examinarse la posibilidad de explorar concepciones distintas que, quizás formen parte de nuestra identidad cultural y de nuestras realidades histórica y aun cotidiana.

Una de las ideas presentes en el programa de Pérez Tamayo, es el papel determinante de los científicos en cuyas manos debe -el gobierno- depositar el destino científico del país. Si bien la propuesta se plantea en términos de realizar un experimento, a partir de esta idea surgen diversas interrogantes. Por un lado, la noción de emprender este experimento no podría ser rechazada a priori. Sin embargo, puede dudarse de su factibilidad, en tanto el gobierno observa a la ciencia como instrumento para hacer avanzar sus propias políticas. En otras palabras, como ya se ha señalado, se plantea una contradicción entre los fines de la ciencia desde el punto de vista de los científicos y el que pudieran tener los gobernantes. Las dificultades son mayores si se considera que a partir de la segunda guerra mundial cobró fuerza en el mundo entero la idea de que la ciencia y la tecnología son asuntos de Estado, lo cual hace dudoso que el gobierno entregue a los investigadores la elaboración y conducción de la política de ciencia y tecnología.

Otro problema es la experiencia que proporciona la incorporación de investigadores en los cargos de gobierno. La inclusión de científicos en la administración pública de la ciencia y la tecnología -digamos en el Conacyt, o en algunas Secretarías de Estado- no ha sido garantía de avance científico. Puede decirse que durante los últimos años, hemos presenciado un aumento gradual de investigadores en estos puestos, al mismo tiempo que ocurre un proceso de regresión del apoyo otorgado a la ciencia. Sin embargo, es de justicia reconocer que estos investigadores no han tenido en sus manos la capacidad completa de decisión política. Otros aspectos menos agradables pueden ilustrarse con algún ejemplo en el que se observa a investigadores básicos que una vez que han llegado a puestos de alto nivel político interpelan a sus colegas pidiéndoles que justifiquen la utilidad que tiene la ciencia básica para el país. Pero esto no solamente ocurre de un lado. La propia comunidad científica se convierte en un juez muy severo con sus colegas cuando éstos acceden a cargos públicos.

Otro problema es el relacionado con quiénes manejarían a la ciencia en el supuesto de que ésta fuera entregada a los científicos. Indudablemente implicaría que los investigadores seleccionados dejaran de serlo. Cabría preguntarse: ¿Cuántos estarían dispuestos? Adicionalmente, en esta fuga interna de cerebros, habría que preguntarse también sobre la capacidad de los investigadores para definir y conducir una política de ciencia y tecnología. Desde luego, en ningún momento se pondría en duda la capacidad de los investigadores mexicanos para afrontar cualquier tarea, pero surge la duda de si es razonable pedir, digamos a un bioquímico, que se convierta de la noche a la mañana en astrónomo, y lo que es más difícil, que se convierta en un buen astrónomo. La administración pública de la ciencia y la tecnología es una actividad muy compleja. Al igual que cualquier disciplina científica se requiere de gente especializada y altamente calificada. La propuesta del doctor Pérez Tamayo reproduce así uno de los defectos más graves que tiene en nuestro país el manejo de los destinos de la ciencia; es decir, la encomienda de puestos de la más alta decisión a personas que pueden ser bien intencionadas, pero no necesariamente aptas para esta función.