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En su largo ensayo «La Comedia Humana de Carlos Fuentes» (Vuelta, 139) Enrique Krauze pisa dos trampas en las que suelen caer los críticos literarios primerizos; una es la ingenuidad que lo lleva a confundir la vida con la obra de un escritor, otra es la inocencia de dar por buenos todos los lugares comunes que la mitología cultural ha arrojado sobre un personaje. Como se sabe, la ingenuidad y la inocencia producen, en literatura, inexactitudes y desaciertos. Pero el ensayo de Krauze no es ingenuo; por el contrario, se trata incluso de un texto escrito con mala leche, y su inocencia pasa por otra zona que tiene que ver con la forma en que lee y reflexiona sobra un cuerpo literario. Como es obvio, Fuentes no necesita defensores, pero esta encarnizada lectura amerita algunos comentarios.

Estas dos trampas no son los mayores defectos de «La Comedia Humana de Carlos Fuentes»; hay otros más graves, como confundir también la literatura con las declaraciones públicas, las posiciones políticas con las novelas, los alardes retóricos con la interpretación cultural y, por supuesto, el carácter con la pedantería. La llave para entrar a esta lectura de Carlos Fuentes está en el arranque. Krauze entra por una puerta política, Tiempo mexicano. Es una puerta de umbral amplio, estimulante si se quiere, que Krauze conoce bien; pero algo más: aquí está el corazón del ensayo y del verdadero litigio krauziano. Escribe Krauze: «Mi incomodidad con respecto a Fuentes ya no sólo es intelectual o literaria sino moral. De un tiempo a esta parte, comparto la convicción de que usa el tema de México distorsionándolo frente al público norteamericano con credenciales que no ha querido o sabido ganar». Desde luego Krauze puede tener las incomodidades que quiera y compartirlas con quien sea y escribir los ensayos a que su pasión ensayística lo lleve, pero acomodar su «incomodidad moral» en un ensayo de crítica literaria es otra cosa. A medida que uno avanza por las llamas de su lectura, se impone la certeza de que Krauze quiere dar gato por liebre, que intenta teñir su antipatía y su descalificación moral con el análisis de algunos de sus libros. Más que un ensayo, «La Comedia Humana de Carlos Fuentes» es el intento de prenderle fuego a un escritor, quiere ser el incendio de Fuentes.

Siempre he creído que la crítica más inteligente, más útil y más estimulante es la crítica enconada, algo que combine temperamento y profundidad. El ensayo de Krauze tiene, en efecto, temperamento, pero carece de lo segundo. Es decir, «La Comedia Humana de Carlos Fuentes» tiene encono, pero no tiene ideas literarias, se limita a reproducir otras interpretaciones; si tiene, en cambio, luces meridianas, enceguecedoras y ninguna idea literaria que valga la pena, acaso porque a Krauze no le interesan las «ideas literarias» de Fuentes -sus libros-, sino su vida pública. Entonces que escriba de la segunda y no de las primeras.

El incendio tiene seis llamaradas. La primera cuenta su desencuentro con Fuentes y su incomodidad moral. La segunda va del desarraigo de Fuentes a su identidad perdida. De La región más transparente como anuncio de toda su obra posterior a una comparación descabellada con Balzac. «Desde entonces Fuentes se acostumbró a ver a México, no en términos propios sino refractado en la perspectiva norteamericana». «La clave de Fuentes no está en México sino en Hollywood». «Su oído, poderoso pero irreflexivo, sólo podía devolver a la página una expansión lírica ligada al habla del instante y por lo tanto frágil, perecedera. Creyó resolver su sordera de origen con una maravillosa sordera al revés: la historia, la sociedad, la vida de la ciudad asimilada al barullo delirante de sus voces. Los personajes de Balzac sobreviven aún en la memoria literaria y popular europea. Pocos retienen en México a los de Fuentes».

De modo que según Krauze el desarraigo de Fuentes, el hecho de que haya descubierto su país a los diez años de edad, de que haya sido un «gringo niño de origen mexicano nacido en Panamá» determina que los personajes de La región más transparente no sean vivos y que su sordera de origen le impida dar una voz legitima a sus protagonistas. La deducción es elemental y fallida. En efecto, hoy los personajes de La región pueden parecer maniquíes, artefactos sin vida, ahora sus protagonistas pueden ser inertes, pero no porque Fuentes haya vivido su infancia en embajadas. Krauze descuida el centro: en la obra de Fuentes no hay historia sino mitología, en su narrativa no hay historias comunes sino grandes temas en busca de prestigio internacional -cosa que por lo demás obtuvo a carretadas-. Pero aún así, el tiempo no le ha quitado a La región la fuerza narrativa; es una novela con defectos interpretativos de la realidad mexicana pero no con sordera de origen -por cierto, la «sordera al revés» se llama oído-, y por el contrario un enemigo de Fuentes es la música prosística de Fuentes. Más adelante, Krauze compara a Fuentes con Balzac, y todo porque un día a Fuentes se le ocurrió decir que era balzaciano. Fue una vacilada, una pose, una entre las muchas vanidades fuentesianas. Y si hubiera dicho que él era griego, trágico, teatral, Krauze diría que sus personajes nunca alcanzaron la intensidad de los de Sófocles. Decía D.H. Lawrence que hay que hacerle caso al cuento y no al cuentista.

La tercera estación en llamas es la de la Revolución Cubana y su relación con la novela La muerte de Artemio Cruz: «…La muerte de Artemio Cruz no agoniza. Su imagen del tiempo revolucionario padece la reacción de la ideología – es en el fondo una novela de tesis-, pero sobrevive en la complejidad y acierto de su andamiaje técnico y su acercamiento a la selva verbal del poder». Krauze lee las novelas como si fueran testimonios, documentos inalterables de un momento histórico. La idea de que la Revolución Cubana fue la estrella en el horizonte y la mexicana la sombra de la traición es literariamente falsa: La Revolución Cubana no es el motor narrativo que impulsa a La muerte de Artemio Cruz. Ver en la fechas en que firma la novela un indico literario – La Habana, mayo de 1960, México, diciembre de 1961- es una audacia de principiante y, otra vez, para reforzar su antipatía deja de lado lo central: que en La muerte …. como en otras novelas, Fuentes es incapaz de concebir un personaje que no venga como anillo al dedo a sus modelos mitológicos. La novela puede ser muchas cosas, pero no una afirmación literaria de la Revolución Cubana frente a la Mexicana.

La cuarta llamarada es una discusión muerta hace quince años. Krauze le reprocha a Fuentes, ni más ni menos que vivir como burgués y tener una ideología antiburguesa, lo cual da como resultado un «Guerrillero Dandy». La discusión inerte sobre la coherencia de los escritores latinoamericanos murió en los setentas y fue, muchas veces, tediosa y aburrida. Si Fuentes toma coñac y come caviar mientras habla de los guerrilleros es simplemente irrelevante. Krauze escribe después: «A la confusión moral de guerrillero dandy correspondía la confusión de los géneros». «Fuentes es un poeta lírico perdido en la novela y el ensayo, un poeta brioso -como había visto Lezama- aunque un tanto sordo a la belleza del idioma. Un macho, un cabrón, un Artemio Cruz que trata a las palabras como putas». A veces la extravagancia y la audacia en los juicios literarios llevan a ideas felices, pero aquí no. Decir que Fuentes es un poeta brioso perdido en la novela es un disparate. Fuentes es un novelista natural, un escritor dotado de una inmensa fuerza sonora y sin ninguna sordera a la belleza del idioma. La región más transparente, Las buenas conciencias y La muerte de Artemio Cruz son, sobre todo, ejemplos perfectos de ese novelista nato. Por lo demás, si trata a las palabras como putas o como reinas vírgenes me parece trivial, una fórmula empolvada. Un ensayista debe cuidar su temperamento y Krauze lo ha descuidado: se desboca con mucha facilidad y dice cosas que no debería permitirse – «Es un macho, un cabrón, un Artemio Cruz».- porque ninguna de estas calificaciones son ni literarias ni ensayísticas.

Hasta la cuarta llamarada Krauze no ha hecho sino acumular interpretaciones que son lugares comunes, arriesgarse con algunos juicios literarios casi siempre fallidos, usar su ingenio, insultar varias veces y hasta decir disparates como éste: «Fuentes es para bien y para mal un verdadero escritor, un talento sin obra definitiva». Ignoro lo que sean las obras definitivas, pero la de Fuentes es una de las obras más considerables, apasionadas, criticables de la literatura mexicana.

Enrique Krauze afirma que Fuentes no tiene «obra definitiva», pero no se toma el trabajo de que su versión sea exhaustiva, borra de un plumazo La cabeza de la hidra, Una familia lejana, Gringo viejo y Cristóbal Nonato. Se me ocurre que esta omisión puede tener tres razones: una, que no las haya leído; dos, que no las considere dignas de su espada vengadora; tres, que no le sirven para demostrar lo indemostrable: que Fuentes no tiene obra definitiva; desde luego puede afirmarlo, pero entonces tiene que repasar todos y cada uno de sus libros, o leerlos por lo menos.

Krauze habla poco y mal de la Obra, pero en cambio se desborda con el personaje y su actuación social y política. Cuando esto le pasa a un ensayista es por dos motivos: primero porque no quiere conocer y criticar a un escritor, sino condenarlo y denunciarlo; puede hacerlo, pero no tiene nada que ver con la crítica literaria; y segundo, porque como les pasa a los amantes desdichados, cuando se acuerdan de una pasión y sólo profieren insultos, es porque fueron felices; Krauze es un admirador, un amante, un lector desdichado de Carlos Fuentes. Y Carlos Fuentes puede darse por bien servido.

El despecho lleva a Krauze a otros tiempos y así llega a la luz cegadora del 68, pasa por los trabajos de Fuentes durante el gobierno de Luis Echeverría y sus artículos y termina con el golpe a Excélsior. Se trata de un ajuste político tardío y de opiniones que he oído decenas de veces; no hay nada nuevo bajo ese sol de la denuncia política y la descalificación moral. Más adelante Krauze no mejora porque pierde las proyecciones de su ensayo y del escritor sobre el que escribe. En «Rolls Joyce» hace una comparación chocarrera, lo sube al ring y lo pone frente a James Joyce y, por supuesto, concluye que el primero no tiene la altura del segundo, ni su fuerza narrativa. Cierto. «La diferencia fundamental entre la obra de Joyce y la de Fuentes está en los personajes». Etcétera. Le trae también a otros novelistas como Broch o Flaubert y dice que Fuentes sigue la línea inversa de estos bateadores de cuatrocientos. (Fuentes no es Joyce, pero Revueltas no es Dostoievsky y Rulfo no es Cervantes). Está en su derecho, pero no deja de llamar la atención que aunque haya mencionado una vez a Revueltas y otra a Rulfo, Krauze nunca traiga a Fuentes a la literatura mexicana, a su tradición y a sus escritores. Creo que puede ser por dos cosas: o porque desconoce la historia literaria de México, o porque considera que ningún escritor mexicano puede compararse con Carlos Fuentes.

«El décimo comandante» trata de la ofensa sandinista y, según Krauze, de la imaginación política petrificada de Fuentes que ha repetido el mismo guión. «En la izquierda liberal en México es ya un lugar común criticar a Cuba y deslizar leves dudas sobre el proceso interno de Nicaragua (por experiencia propia la izquierda en México ha aprendido a no menospreciar a la democracia `formal’). Fuentes, en cambio, repite la misma, vieja tonada. Sus opiniones políticas casi no cambian y cuando cambian lo hacen sin explicación. Ha dicho que Cuba es una `colonia’, que el marxismo es una `facilidad intelectual’, pero sólo reclama a Castro un `poquito más (sic) de `glasnost’ y perestroyka’. Su apoyo a los sandinistas ha sido completo, pero no ha faltado en él una buena dosis de confusión intelectual, demasiados personajes, demasiados libretos». Y luego dice Krauze que Fuentes es Dorian Grey en El retrato de Dorian Grey. Bueno.

Entiendo que el ensayo de Enrique Krauze puede ser leído, también, como un apasionado ajuste generacional, como una bravata contra el México cultural de los años sesentas, y de ahí su encarnizada lectura. Pero toda la trama conceptual de ensayo está anclada precisamente en eso que critica. A Krauze lo deslumbran el triunfo de Fuentes, sus fotografías en las Obras Completas, su aura ganadora, sus premios y sus victorias internacionales, sus mujeres, en fin, su vida, su fama y las solapas de sus libros. Sólo así puede entenderse que Krauze le preste tanta atención a sus declaraciones y tan poca fuerza reflexiva a sus libros (El ensayo tiene 14 citas largas, 11 de ellas son declaraciones públicas y citas de ensayos políticos). Por lo mismo, Krauze ha perdido la discusión con el personaje y con el escritor. En realidad no critica sino tributa con esa forma enamorada de la entrega total que es la antipatía; no reflexiona, se desespera y grita y prende fuegos en los que de muchas formas él también se consume.