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Héctor Aguilar Camín responde al comentario de Arturo Warman («¿Modernidad o proyecto nacional?», Nexos 126) a su ensayo «La transición mexicana» (Nexos 124), retomando, como también lo hizo Warman, algunos planteamientos de Adolfo Gilly en su libro Nuestra caída en la modernidad (Joan Boldó i Clement, México, 1988), cuyo prólogo publicó Nexos en el número 124. 

«El trabajo de Héctor Aguilar Camín, `La transición mexicana’ (…) trata de leer en el pasado inmediato el porvenir inevitable. (…) En el trabajo de Aguilar es evidente la intención de no moralizar hasta donde ello es posible. Quiere ser realista, inductivo, predictivo, factual. Me parece que no lo logra por sus proyecciones lineales, por excluir los quiebres visibles de la predicción, por ignorar y puede que hasta despreciar lo «viejo», para privilegiar lo novedoso, pero sin dar lugar a «lo otro», lo alternativo (…) Pero el trabajo de Aguilar Camín es sobre todo político por su intención y sus consecuencias, por su reflejo en el corto plazo, por su inserción verdadera bajo el rubro de la modernidad que su autor apenas utiliza».

Arturo Warman

Acierta Warman, plenamente: trato de no moralizar en mi intento de describir las tendencias de la transición mexicana de la segunda mitad del siglo XX. Comparto también con él la sensación de que no logro mi propósito, la convicción de ser inferior a mi tema. Pero no comparto, o no me he propuesto al menos, algunas de las cosas centrales que me atribuyen sus palabras. Quiero ser, en efecto, «realista», «inductivo», «factual». Pero en ningún momento me he propuesto el pequeño despropósito de ser «predictivo». He tratado de poner cifras a tendencias ostensibles de nuestro presente, pero no porque pretenda leer en ellas un «porvenir inevitable», sino para tratar de poner ante nuestros ojos un presente obligatorio.

Pensemos en la cuestión del campo, que sospecho el alegato básico detrás de las objeciones de Warman.

Pocas cosas habrá tan lamentables -tan nacionalmente impropicias- como la destrucción del mundo campesino y de la agricultura tradicional. La civilización urbana que se ha construido a costa de esa destrucción, está lejos de ser modelo deseable de futuro, pero es la que tenemos y la que se ha impuesto al viejo México rural.

¿Puede cambiarse? Sí. Todo puede cambiarse, no hay porvenir inevitable -ni siquiera pasados fijos, dictaminados de una vez y para siempre-. Pero ¿está cambiando? Más allá de nuestras solidaridades intelectuales, ¿alguien puede revertir la tendencia, reactivar la agricultura tradicional, reponer en el primer plano de la política y la economía de México al mundo campesino? El que lo intente podrá hacerlo sólo a condición de que antes reparta la parte (creciente) del pastel que demandan las clases urbanas: difícilmente lo logrará a costa de las ciudades.

El mundo campesino, se me dirá, incluye todavía a 24 millones de habitantes, el doble de lo que era la población total de México en 1910. Es imposible olvidarlos y también abolirlos. Es cierto, pero esa constatación no toca el centro de mi análisis. Lo que no ha sido imposible -y es mi punto- es subordinarlos a la lógica urbana, que los ha hecho cada vez más marginales, menos atendidos, menos visibles, más desdichados, así se trate de 24 millones de mexicanos. Proporcional y políticamente, son menos que nunca en su historia.

No me gusta, me parece una de las mutilaciones de nuestro desarrollo. Pero difícilmente vamos a reparar esa mutilación sin antes aceptarla, para tratar de distinguir luego, en el complejo tejido de la sociedad mexicana actual, una manera nueva de mirar y usar «lo viejo», una manera funcional de reconstituir el equilibrio del México rural frente a las necesidades de la nueva sociedad urbana. De hecho, creo que esa será la lógica de la posible recuperación del campo. México va a regresar al campo porque lo requieren sus ciudades, porque las ciudades necesitan alimentos, materias primas, seguridades de abasto e insumos; porque en las ciudades crece la conciencia ecológica sobre la depredación de nuestras tierras y bosques. Pero también regresará al campo porque los actores del campo empezarán a tener -han empezado a tener- una relación menos «campesina» con las ciudades, más productiva, atenta a las condiciones del crédito, la técnica, la comercialización, las opciones burocráticas previstas para el campo por la organización política urbana.

Si en ese regreso al campo por nuevas vías puede el país rencontrar y actualizar profundas y valiosas tradiciones campesinas, su sociedad por venir será más equilibrada, justa, productiva y nacional -menos excluyente-. Pero Warman acaso sería más escéptico que yo en las posibilidades de que esa armonía deseable de la historia pueda realizarse en México.

Ahora, por lo que hace al «corto plazo» y la «modernidad». Empezaré aclarando que por modernidad entiendo un proceso histórico restringido: el acceso o la incorporación de México a Occidente, su occidentalización, primero bajo la impronta feudal de la conquista y la colonización española; luego bajo las leyes del mercado mundial y la intemperie capitalista en sus diferentes momentos de despliegue a través de los siglos XIX y XX. En ese sentido, comparto con Gilly la noción de que la conquista fue una primera «modernización» del territorio que hoy llamamos México. Lo fueron también las reformas borbónicas, la reforma liberal del XIX hasta el porfiriato, el ciclo Revolución Mexicana hasta Cárdenas (la construcción del estado mexicano moderno) y el ciclo industrialización y desarrollo estabilizador -el Milagro Mexicano- que explotó en la crisis de la deuda y la recesión productiva de los ochentas.

Creo también, como Gilly, que en medio de la recesión y la postración del país, hemos iniciado otro ciclo de respuesta a los vaivenes del mercado y la modernidad de Occidente. Es decir, otro proceso de modernización desde arriba: la apertura de la economía al mercado mundial, la exigencia de reconversión industrial, la vía exportadora como elemento dinamizador y equilibrador de nuestra relación económica y política con el mundo.

No sé si deseo esa modernidad. Por lo pronto su elección me parece ineludible. En cierto modo, parece algo menos que una elección: el reconocimiento de un cambio tan fundamental en las relaciones externas y en la economía mundial, que ha sacado de su marasmo productivo y autocomplaciente incluso a la URSS. No sé si es la modernidad más provechosa o más conveniente para el futuro de la nación mexicana. Sus primeros rasgos son por su mayor parte adversos y hasta dramáticos, como los fueron en cada una de las modernizaciones anteriores: la devastación demográfica de la postconquista, la violencia y la represión borbónicas, el sectarismo anticorporativo y anticampesino liberal, la violencia revolucionaria de 1910, la golpiza anticardenista del alemanismo.

La modernización de los ochentas viene atada a una caída brutal de los niveles de vida de la población y a un reforzamiento cualitativo de la desigualdad. Sus costos en delincuencia, condiciones generales de salud, deterioro educativo y laboral, violencia, drogadicción, desperdicio humano, encono y sitio social, apenas empezamos a resentirlos en las ciudades.

¿Hay un proyecto nacional que pueda paliar ese destino, cambiarlo, mejorarlo? Por definición, lo hay siempre, aunque no garantice las mejorías que deseamos: es el que está en marcha, el que el conjunto de la nación acepta o sufre y va creando colectivamente con sus actos lentos o rápidos, consensuales, o disidentes. Mi impresión en esa materia es que vivimos, como si dijéramos, un empate de los intereses de nuestra antigua modernidad -el pacto corporativo cardenista y los hábitos del Milagro Mexicano-, con el avance de una ciudadanía emergente que se plantea -desde dentro y desde fuera del gobierno- la necesidad de un nuevo pacto social, una sociedad más abierta, más competitiva, más moderna: una democracia occidental en una economía -desigual y excluyente- de país industrial medio.

¿Hay lugar en ese empate para un proyecto de nación alternativo? Quizá lo haya, pero yo no lo tengo formulado. Lo más que alcanzo a imaginar como deseable es una mezcla de los mundos encontrados que luchan en nuestro presente: una sociedad más fuerte e independiente con un estado más fuerte y más rector; una modernidad plural, capaz de recoger y vivificar las tradiciones que supuestamente debería desechar: una democracia política que abra los espacios de participación adecuados y propicie el advenimiento de la democracia social y económica, sin la cual la igualdad de derechos políticos es sólo otra forma de la desigualdad que trata igual a los desiguales.

Y si no tengo «proyecto nacional», menos tengo, como Gilly, la fe en una modernidad «otra», radical, construida desde abajo, que pueda rescatarnos al fin de la precariedad injusta de la historia. No comparto la esperanza en esa modernidad posible, que Warman iguala perceptivamente con La Revolución, aunque confieso que me gustaría verla implantada alguna vez en el mundo, en el nivel de solidaridad, justicia y libertad que esa modernidad «otra» tiene en la cabeza libertaria de Gilly.

Creo que Warman tampoco tiene una utopía que proponer. Me gustaría saber si tiene, al menos, un esbozo del proyecto nacional que echa de menos o si, como yo, anda a tientas en el túnel de la transición, desconcertado a veces por los reflejos del corto plazo, tratando de leer en sus señales impenetrables los designios del cielo.