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Expropiaciones y apropiaciones

En el cuaderno Partidos y votantes en Chihuahua (UNAM, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, 1987, 36 pp.) Tonatiuh Guillén López se ocupa de los discutidos comicios de 1986. El estudio demuestra que la votación en favor del PAN tuvo lugar sobre todo en sectores de ingresos económicos medios y altos. En otro texto, Guadalupe Pacheco Méndez encuentra que en los últimos 25 años los votos por el PRI se han dado fundamentalmente en áreas rurales, de tal suerte que «a mayor intensidad del proceso de urbanización corresponde un mayor deterioro electoral» de ese partido. En El PRI en los procesos electorales de 1961 a 1985 (UAM Xochimilco, 1988, 145, pp.) esta misma investigadora compara los porcentajes de votos del partido gubernamental con los ciudadanos en edad de votar. Así, para cada elección federal en ese periodo, clasifica a los estados de la República según su adhesión al PRI. En 1985 los estados más priístas fueron Aguascalientes, Campeche, Chiapas, Oaxaca, Quintana Roo, Tabasco, Tlaxcala y Zacatecas. Las entidades en donde el PRI obtuvo porcentajes inferiores al 27 por ciento fueron Coahuila, Chihuahua, Distrito Federal, Guanajuato, Jalisco, México, Michoacán, Morelos, Sonora y Veracruz.

Evaluaciones como las anteriores servirán para documentar los pronósticos hacia el próximo seis de julio. Pero la reflexión de mayor alcance también busca referencias en el desempeño de los gobiernos recientes. De lo que en ellos ha ocurrido, después de todo, dependen muchos de los rezagos o los alcances del lamadridismo. Por eso resulta sugerente el libro de Rosa Ma. Mirón y Germán Pérez Fernández del Castillo: López Portillo, auge y crisis de un sexenio (Plaza y Valdés/ UNAM, 1988, 201 pp.) en donde se busca demostrar que el gobierno anterior estuvo definido por mucho más que la nacionalización bancaria. Hasta 1981, la reforma política, el combate a la corrupción, la creación de empleos, la recuperación del ingreso de los trabajadores y el auge petrolero fueron circunstancias, que delinearon un perfil de participación y bienestar que la crisis económica desbarató.

El análisis de Mirón y Pérez atiende sobre todo al desarrollo de la economía y a los equilibrios entre el Estado y la sociedad que, en su opinión, resultaron significativamente alterados con la decisión del primero de septiembre de 1982: «fue la debacle. No únicamente se perdió el rumbo en lo económico y en lo político, en lo interno y en el exterior, provocando no sólo que se retrocediera sino que además, al final del periodo presidencial el Estado, y con él el Presidente, vivió un importante enfrentamiento con la sociedad en su conjunto, del cual, si bien es cierto que salió airoso, le costó la fractura de viejas alianzas y la transgresión de antiguos pactos». Pero en éste, igual que en otros juicios al lopezportillismo, no queda claro, de qué otra manera se pudo darle un ajuste eficaz al rumbo económico, que de todos modos ya parecía extraviado, si no era con una medida audaz, con todo y sus costos, como aquella nacionalización septembrina.

Antes de septiembre del 82 se dio la euforia petrolera que casi todos nos dispusimos a gozar. Carlos Monsiváis recuerda y escribe: «íLos árabes de América Latina! Ante una perspectiva tan enceguecedora, la respuesta fue, en casi todos los órdenes, de acatamiento. Quienes discreparon y señalaron los peligros de la petrolización de la economía, de la venezolanización, del desastre ecológico, de la dependencia con el comprador único, de la enajenación del patrimonio nacional, no fueron oídos porque no había canales adecuados y democráticos de discusión y porque conmovió la idea de instalarse de golpe en un futuro histórico que ya era el presente del vecino». Así se dice en uno de los ensayos de El auge petrolero: de la euforia al desencanto, (Facultad de Economía, UNAM, 1988, 303 pp.). Lo coordinaron Rolando Cordera Campos y Carlos Tello Macías, y reúne, entre otras, colaboraciones de Jaime Rosa (política macroeconómica en el periodo 1978-82), José Carreño Carlón (las definiciones e indefiniciones estatales ante el petróleo), Julio Carabias y Ana Irene Batis (el impacto ecológico del desarrollo petrolero), Wilhelm Hankel (la crisis financiera mundial y los hidrocarburos) y Antonio Barros de Castro, César Verduga y José A. Silva Michelena que describen la situación, en esos mismos años, en Brasil, Ecuador y Venezuela. En la misma colección, denominada «Economía de los 80», la Facultad de Economía ha publicado, de Julio López G., La economía del capitalismo contemporáneo. Teoría de la demanda efectiva (230 pp); de Eloísa Andejl, Keynes: teoría de la demanda y el desequilibrio (117 pp.) y de Armando Labra, Para entender la economía mexicana.

Entender la economía, precisamente, parece tarea pírrica: cuando se han logrado descifrar jerga, datos y estadísticas especializadas, aparecen nuevas calamidades. Ayer eran recesión e inflación. Hoy padecemos además desequilibrios estructurales, duplicidades financieras e ineficiencias comerciales, según se dice.

En este panorama, por su claridad y su esfuerzo propositivo, resulta útil el ensayo de Saúl Trejo Reyes, Empleo para todos. El reto y los caminos (Fondo de Cultura Económica, 1988,199 pp.) que considera que a una sociedad se le juzga según su capacidad para garantizar empleo digno y bien remunerado a todos sus integrantes. De una población económicamente activa de 27 ó 28 millones en la actualidad, México pasará a una demanda de empleo de 42 millones de personas en el inminente año 2000. Trejo Reyes revisa la evolución reciente del empleo y especula con varias hipótesis de ocupación, de acuerdo con el crecimiento posible de la economía nacional. Aunque no hay avances significativos para llegar a la idílica pero necesaria meta del pleno empleo, el autor considera que México si será capaz de afrontar ese reto. Eso, siempre y cuando la creción de empleos suficientes esté en el centro de la política económica.

Se requerirían cambios en diversos aspectos del desarrollo: que el gasto público se entienda como recurso definitivo para crear puestos de trabajo productivos y remunerados (y que pueda superarse la discusión sobre el tamaño del gasto gubernamental que suele ignorar «el enorme cambio en el tamaño de la población y en las demandas que debe atender el Estado»); que la política monetaria y cambiaria esté coordinada con otros aspectos de la política económica, que la política fiscal atienda la necesidad de que los contribuyentes confíen en el gobierno, que el desarrollo industrial contemple el crecimiento de otros sectores y la producción de satisfactores básicos, que haya una política eficiente de desarrollo científico y tecnológico, que haya un auténtico desarrollo regional y sobre todo, que se logre una solución permanente al problema de la deuda («si no es factible que el país crezca, simplemente no podrá pagar»).

Trejo Reyes reconoce que todo este replanteamiento supera el ámbito de la economía y que resultaría indispensable la amplia discusión, en toda la sociedad, de estas necesidades. Panorama y medidas que resultan muy diferentes a las que hoy orientan a la política económica en México.

En todo caso, por mucha reconversión que pudiere imponérsele a la industria, quedará siempre el problema de modernizar y reorganizar al campo. Las viejas fórmulas parecen haber quedado atrás pero todavía no existen opciones suficientemente claras, más allá de propuestas generales, ante el caciquismo, los rezagos productivos, las distorsiones del crédito y las dificultades de comercialización. Una experiencia promisoria, y ya exitosa, es la de la Coalición de Ejidos Colectivos de los Valles del Yaqui y Mayo, formada en Sonora a raíz de las expropiaciones que dispuso el presidente Echeverría, en el ocaso de su sexenio, en 1976.

Gustavo Gordillo, asesor técnico de la Coalición durante varios años, comprime en 282 páginas el desarrollo de esa organización campesina, acude a la historia de las luchas agrarias en esa región, reflexiona sobre agriculutra capitalista y grupos de poder regionales, desempolva registros hemerográficos, transcribe y sintetiza documentos, explica la conformación política de la Coalición, avalúa sus avances y dificultades productivas, explora los entramados organizativos que han permitido a la vez representatividad y eficiencia, ubica este caso en el marco del desigual y habitualmente apabullado movimiento campesino y concluye que se trata de una experiencia fructífera porque ha demostrado que puede existir un ejido de nuevo tipo (que ya no sea simple reserva de mano de obra barata sino «unidad reconstituida de producción y consumo»). Los campesinos son capaces de adueñarse del proceso productivo, la confrontación con los aparatos económicos del Estado puede encontrar cauces de concertación y sobre todo, el ejido puede ser espacio para el ejercicio de la democracia. Sólo ocasionalmente Gordillo deja que se desborde su entusiasmo ante una experiencia de organización campesina en la que fue activo protagonista («este es un pueblo de primera, porque en segunda los carros se joden», recuerda, citando una frase de los campesinos sobre los agujerados caminos, sin pavimentar, que hay en el valle).

El libro es riguroso, detallado y sólido. Por eso, en la presentación de Campesinos al asalto del cielo. De la expropiación estatal a la apropiación campesina (Siglo XXI- Universidad Autónoma de Zacatecas, 1988), Arturo Warman es razonablemente generoso: «importante como análisis y como reflexión teórica… útil para todos aquellos que se encuentran comprometidos en la formación y desarrollo de organizaciones rurales independientes… narración y análisis de una experiencia única e irrepetible… no predice el futuro pero nos entrega los elementos para tenerle confianza… obra oportuna y hasta urgente… el poder campesino, la nueva fuerza, pudo y puede romper las barreras del estancamiento, de la crisis rural». Historia de una organización profundamente democrática, aportación teórica, testimonio sin ingenuidad de confianza en la gente, todo eso dice Warman, quien además pronostica que el libro de Gustavo Gordillo no tendrá «una recepción tranquila, no la quiere ni la merece».