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Como pesadilla más que como ilusión tecnológica puede uno imaginar la introducción nacional de APOS, el servicio francés de teleinformática dedicado al mundo bibliográfico. Su oferta incluye juegos para probar los conocimientos literarios, vida de autores y el amor en la literatura; una selección de cien libros destacados entre las novedades; el banco de información de Apostrophes, una serie televisiva con el mismo interés libresco; noticias del mundo literario y una reseña diaria del libro más relevante; la biblioteca ideal elaborada por el equipo de la revista Lire (de reciente publicación en volumen); consejos para los escritores principiantes tanto en cuestiones del oficio como para su búsqueda de editoriales, y diálogos cruzados con los invitados del programa de televisión. El servicio no discrimina y lo mismo incluye libros de cocina que ensayos, comics, etc. Lo pesadillesco está en los posibles desastres de un servicio así con las redes telefónicas nacionales. Digno de la mejor novela de anticipación cibernética.

Con todo, a tal refinamiento tecnológico las estadísticas oponen un panorama editorial que para los involucrados suena preocupante. Frente a la común opinión de críticos, lectores y editores franceses que se quejan de una sobrepoblación libresca, la investigación de su ministerio de cultura responde con un ¿Tiene futuro el libro francés?, cuyos datos arrojan la siguiente comparación: frente a los 43,600 nuevos títulos que en 1985 produjo Estados Unidos, 41,200 del Reino Unido y 35,700 de Alemania Federal, Francia contó con apenas un poco más de 16 mil. Tal desesperanza aritmética, por completo ajena a la realidad nacional, debería con seguridad sentirse satisfecha de no desperdiciar tanto papel.

A los laberintos alámbricos que un servicio teleinformático correría en suelo patrio, se podrían añadir las confusiones provocadas por los homónimos que a su manera caricaturizan la fama y el nombre de connotados y célebres personajes de la cultura. Lire realizó un reportaje a la busca de los contemporáneos Marcel Proust, Jean Jacques Rousseau, Jean Racine y Albert Camus, entre otros. El Proust de nuestros días es montador de llantas y afirma que Magdalena, su esposa, hace excelentes magdalenas los domingos. Sabe de su homónimo pero nunca lo ha leído y no cree que un hombre tan chaparro pueda ser atractivo. Por su parte, Rousseau es un dentista que no puede olvidar una anécdota de juventud, cuando le presentaron a un muchacho de apellido Montesquieu, frente al cual, y a pesar de su costumbre, no le quedó otra que revelar su nombre completo, lo que ocasionó la furia del recién conocido al creer que se trataba de una burla. Racine es un negrazo haitiano que en Estados Unidos tuvo que soportar el nombre de Racing. Trabaja en una fábrica donde ha podido conocer a un Marx y a un Michelet. De Camus, empleado en la industria textil, queda el recuerdo de la pesadilla escolar: «Me decían la Peste». El ejemplo puede continuarse y hay que ir ya a la busca del actual López Velarde.

A primera vista, la lectura de Léon Bloy parecería una empresa si no imposible por lo menos muy ardua, tan difícil como arrostrar sus acentos apocalípticos insertos en la visión católica de la historia y del hombre, como aguantar sus pretendidas abominaciones y truculencias crueles que el tiempo apenas si ha perdonado. Por ello los Cuentos descorteses (Siruela, 1984), seleccionados y prologados por Borges, más bien resultan decepcionantes con excepción del magnífico «Los cautivos de Longjumeau» que a su manera, mucho más generosa, prefigura aquella película de Tanner, Regreso de Africa. Junto con este cuento, sin embargo, los otros dos textos incluidos en la Antología de la literatura fantástica de Bioy, Borges y Ocampo ( Sudamericana 1971), así como las menciones del monstruo francés de la piedad ingrata que Borges acostumbraba, anunciaban un Bloy mucho más interesante pero inencontrable en librerías. Con muy buen tino, el Fondo de Cultura Económica puso a circular primero El alma de Napoleón, uno de los libros históricos de Bloy, y luego León Bloy, místico del dolor, ensayo de Albert Béguin que incluye la correspondencia con Villiers de I’Isle Adam, cartas a una amiga, un esbozo biográfico que a posteriori aclara muchas dudas del ensayo, y una bibliografía tan vieja como el libro, de 1948. El tino del Fondo radica en que El alma de Napoleón es Bloy de cuerpo entero interrogando a la historia y al héroe que fue como un segundo mesías, con la virulencia y lucidez características, el despliegue absoluto y deslumbrante de una inteligencia hundida en los abismos de la exégesis, de los símbolos, de la condena y el don del poeta como anunciador del misterio en sentido divino. El alma de Napoleón se lee de una sentada, con los ecos de algunos maestros que quisieron transmitir su anglofobia por haber asesinado al corso, con reverberaciones de Carlyle y mucho también de la herencia borgesiana. Sobre todo, y sin abusar, abre una escotilla a la France profonde. En ensayo de Béguin, por su parte, ofrece una panorámica apasionada de la vida y la obra de Bloy que sin proponérselo, desnuda la íntima trabazón entre la religión y la cultura y voluntariamente ofrece una eucaristía que como se menciona en Creación y destino (FCE, 1986), formaba parte de la manera de enfrentar los desastres de la Segunda Guerra Mundial: «Todos mis trabajos durante la guerra estaban orientados y dirigidos por los acontecimientos. Frente a la amenaza de Alemania y el nazismo, a lo cual veía con estupor que mucha gente consentía, tuve la necesidad de recurrir a ciertos grandes valores de la espiritualidad francesa. Para responder a las cuestiones que me planteaba la guerra y para encontrar apoyo contra la monstruosa religión hitleriana elegí estudiar a Péguy, Claudel, Bloy y luego a San Bernardo de Clairvaux y las novelas del Grial». Una diferencia resalta entre la visión del Béguin que elaboró una antología de Bloy en 1943 dejando de lado los textos más ríspidos (por su potencia insultante) y la visión del Béguin del …místico del dolor que subraya la indispensable lectura de este tipo de textos, esenciales y ejemplares del estilo de Bloy.

Para la crítica más reciente los sufrimientos materiales de Bloy ya no cobran tanta relevancia y su obra se aborda como la expresión de un tímido ávido de ternura, cuya vocación profética ancla en la convicción de que si las cosas no son forzadas, que si la mirada no se lleva más allá del objeto, violentándolo, no puede transmitirse la fuerza de su misterio y su valor real, místico, enamorado de lo absoluto. En la colección Biblioteca Personal de Borges se anuncia la circulación de La salvación por los judíos y con ella la oportunidad de disfrutar un libro de los que pertenecen al ciclo de contemplación mística, según la clasificación de Béguin.

El último libro de Georges Duby se llama Male Moyen Age. De I’amour et autres essais (Flammarion), o La Edad Media en masculino. Del amor y otros ensayos. Reúne textos desconocidos o inéditos escritos entre 1967 y 1986 en torno al concepto del amor cortesano a la luz de las relaciones familiares y de las estructuras feudales. La mujer se vuelve aún más etérea en estas páginas, apenas un señuelo o una máscara con los que la historia montó sus empresas políticas. Algo que suena a Norbert Elias y que posibilita una relectura del Roman de la Rose, prestándole nuevos sentidos y reanimando lo que en ocasiones parece insípido.

Luego de la tristeza con que Mariana, Mariana pasó por las carteleras capitalinas parece, a juzgar por los cortos de la película, que la inspiración del director fue la misma que la del reseñista francés que de un libro tan pleno como Las batallas en el desierto, reduce su ámbito como sigue: «México después de la Segunda Guerra Mundial. Un niño está enamorado de la madre de uno de sus compañeros. A manera de castigo debe confesarse, sufrir tests psicológicos a manos de psiquiatras, cambiar de escuela. Más tarde se entera del misterioso suicidio de esa mujer. Intenta saber más pero nadie recuerda nada. ¿De veras sucedió algo? El autor destaca en pintar la duda, pero sobre todo, por pequeños trazos, la insidiosa americanización del país. De donde la observación del traductor y responsable del prefacio: ‘Un pueblo, desposeído de su historia, sufre como destino lo que le sucede sin saber nunca lo que exactamente le sucede’. Pacheco, poeta y ensayista, muestra aquí un dominio poco común en el arte de decir casi todo con casi nada». A nota tan poco gratificante y de brújula más bien errática la acompaña un anuncio a todo color de pagina y tercio que bajo la arenga «íSalga con nosotros!» promete las dulzuras de Aeroméxico, presentando involuntariamente una entrada más cabal al verdadero significado de Las batallas en el desierto.

Para tiempos de crisis, información precisa sobre los estudios y las expectativas de trabajo de jóvenes entre 15 y 25 años, esa es una inversión preciosa tal como lo demuestra René Silvestre y sus Salones del Estudiante con 127 mil visitantes el año pasado y 200 mil libros editados anualmente. Esta idea gratuita puede revitalizar proyectos juveniles que aquí no rebasan la ontología de feria del hogar.

Las relaciones entre el periodismo y el «arte literario», a pesar del tiempo transcurrido, parecen desembocar siempre en los mismos cuellos de botella que o quieren distinguir tajantemente el aliento estético de pretendido alto vuelo, o se complacen en mixtificaciones innecesarias de un oficio que no requiere justificación alguna. A propósito de esto basta y sobra con El Sha o la desmesura del poder (Anagrama, 1987) de Ryszard Kapuscinski, ese periodista polaco ávido del desorden barroco de la vida, siempre listo a registrar la descomposición de sus ordenamientos artificiales, a recorrer las coordenadas absurdas de la historia, a examinar los detonantes y las formas que adoptan las revoluciones, y ahora también el desaliento con que culminan. Construido con un rigor ejemplar, con un lenguaje preciso que no admite altibajos, El Sha. . . es una novela del horror, un insuperable trabajo periodístico, un modelo para armar que debería ser obligatorio en los estudios de historia. Con el título de Sha de shas el libro ya había sido publicado por entregas en el suplemento La cultura en México, en traducción de Antonio Saborit.

De entre sus páginas va esta muestra, la historia de otra cruzada de los niños, una entre las que pueblan la inmensa crónica de Kapuscinski: «Imagínate a un sha, el que se llamó Agha Mohammed Khan, que luchando por el trono ordena matar o dejar ciegos a todos los habitantes de la ciudad de Kerman. No admite excepción alguna y sus pretorianos se disponen afanosos a cumplir la orden. Colocan a los habitantes en hileras, les cortan la cabeza a los mayores y les arrancan los ojos a los niños. Sin embargo, al final, a pesar de los descansos reglamentarios, los pretorianos se sienten ya tan agotados que no tienen fuerzas para sostener sus espadas y cuchillos. Y sólo gracias al cansancio de los verdugos una parte de la población salva la vida y los ojos. Más tarde, de esta ciudad salen procesiones de niños ciegos. Recorren Irán pero algunas veces pierden el camino en el desierto y mueren de sed. Otros grupos sí consiguen llegar a lugares habitados, y allí piden comida al tiempo que entonan cantos sobre la matanza de la ciudad de Kerman. En aquellos años las noticias corren despacio, por lo que las gentes que encuentran se sorprenden al oír a aquellos coros de ciegos descalzos que cantan la terrible historia de espadas que caen cortando el aire sobre miles de cabezas. Preguntan qué crimen había cometido la ciudad para merecer a los ojos del sha un castigo tan severo. A esto los niños responden cantando la historia de aquel crimen suyo, que no es otro sino el que sus padres hayan dado refugio al sha anterior, cosa que el nuevo sha no pudo perdonarles. Por doquier la aparición de una procesión de niños ciegos despierta sentimientos de compasión y la gente no les niega la comida aunque tenga que alimentar a esos grupos de extraños viajeros con discreción o incluso a escondidas, pues los pequeños ciegos han sido castigados y marcados por el sha, así que forman una especie de oposición errante y cualquier apoyo a la oposición es un delito de suma gravedad. Paso a paso engrosan estas procesiones otros niños, que sirven de guías a sus compañeros ciegos. A partir de ese momento peregrinan juntos en busca de comida y de un refugio frente al frío, llevando a las aldeas más remotas la historia del exterminio de la ciudad de Kerman».

Masters and Johnson, la pareja de sacerdotes del colchón y de soledades que se entretienen con ellos mientras llega la hora de acceder a vénganos tu reino, acaban de publicar un libro de escándalo tan necesario para alcanzar cifras de ventas y escaparate social: Crisis: Heterosexual Behaviour in the Age of Aids (Crisis: conducta heterosexual en la edad del sida). Escrito en colaboración con el doctor Robert Kolodny, sueltan afirmaciones y números que reciclan la histeria inicial de la desinformación cuando se anunció la realidad del sida. Entre esos datos destacan: tres millones de norteamericanos sidosos (el doble de las estadísticas oficiales), el beso y los mosquitos como agentes transmisores, y la posibilidad de contagio para los heterosexuales por lo menos igual al de los grupos de alto riesgo. Los sexólogos, luego de haber enfrentado hasta el público deslinde de Newsweek, que adelantó un fragmento del libro, mantienen su alarmismo diciendo que «Cuando vidas humanas están en peligro, no es el momento de jugar a la prudencia. Es el tiempo de la urgencia». Sin tantos aspavientos puede uno recordar las sabias palabras de García Márquez al respecto, y aquella teoría del conocimiento de la Maga cortazariana que sostenía que por sus rostros los conoceréis. No deje de ver una foto de la parejita.

Luego de su paso fugaz por la Librería Francesa y en espera de la indispensable publicación del libro del filósofo chileno Víctor Farías, avecindado en Berlín, Heidegger et le nazisme (Verdier, 1987), sobre el compromiso político del filósofo pero sobre todo un intento de demostrar la articulación esencial, lógica y coherente entre su filosofía y la doctrina nacionalsocialista, resuenan ya los ecos de la ardiente polémica que con su traducción al francés se ha desatado y ocupa a varias revistas. Entre las que se pueden consultar aquí, la más reciente es Le débat, que reúne siete textos, casi todos en contra del libro del chileno, además de ofrecer su versión de cierto documento en discusión. La entrada del dossier apela fundamentalmente a la inexactitud de las versiones e interpretación de los inéditos de Heidegger, a deficiencias metodológicas y al simple reciclamiento de der, Guido Schneeberger y Alexander Schwann. Con la sospecha de que los datos ya conocidos y hechos públicos con mucha anterioridad por Alexandre Koyré, Eric Weil, Alphonse de Waehlens, Georges Friedmann, Robert Min- materiales de Le débat son los que más difusión obtendrán, se mencionan algunos otros textos publicados en La Quinzaine Littéraire y Les temps modernes, todos de la segunda mitad del año pasado. Nicolas Tertulian glosó tres testimonios de Karl Lowith, Karl Jaspers y Herbert Marcuse sobre el tema, y publicó un ensayo que a la luz de esas y otras recientes publicaciones sostiene la vinculación íntima señalada por Farías entre el trabajo filosófico y el compromiso político.

Por su parte, Richard Wolin desarrolla un cuidadoso ensayo sobre el estado en que se encuentran las investigaciones sobre la relación Heidegger-nazismo, apoyado principalmente en los estudios y ediciones realizados por el historiador Hugo Ott. De esos documentos sobré el rectorado de Heidegger en la Universidad de Friburgo (1933-1934), las contradicciones entre las apologías del filósofo (expresadas en la entrevista de Der Spiegel de 1976, así como en sus declaraciones a la comisión desnazificadora en el documento El Rectorado, 33-34), al igual que en otros testimonios de la época entre los que destacan las memorias de Karl Lowith, resulta insoslayable la certeza del propio Heidegger sobre la vinculación entre su filosofía y su compromiso nazi. Wolin, no obstante, delimita claramente el alcance de estos descubrimientos históricos con relación al valor de la obra heideggeriana y resume: «La pregunta crucial puede expresarse de esta manera: dada la certeza personal de Heidegger a propósito de la relación entre su filosofía y el concepto global del nacionalsocialismo, ¿cuáles son los aspectos de su filosofía que se nos mostrarán, a nosotros herederos e intérpretes de su pensamiento, los más problemáticos y sospechosos?». A su vez, Jean Lacoste sostiene que es indiscutible la demostración de la adhesión plena y total del filósofo al nazismo durante el rectorado, pero que en cuanto a la necesidad de este compromiso como resultado de su trayectoria filosófica aún quedan muchos puntos oscuros y algunas imprecisiones.

Uno de los traductores de Farías, Georges-Arthur Goldschmidt, muestra por el contrario un entusiasmo incondicional con el libro, no sin dejar de subrayar su importancia al circular documentos inéditos que se suman a los publicados por Jean Pierre Faye en 1961, los cuales causaron un incómodo silencio por parte de Le débat. Su pregunta es concluyente: «¿Por qué este pensador nazi tiene tanta importancia en Francia?». Los testimonios reunidos por Tertulian también son apasionantes. De Lowith menciona la entrevista que tuvo con Heidegger en Roma (1936), citada por Wolin, en la que Heidegger le confirmó a su viejo alumno la articulación de su pensamiento con el nazismo, no sin dejar de encomiar la figura del Führer. De Karl Jaspers menciona un libro póstumo, Notizen zu Martin Heidegger (1978), reflexiones del periodo 1928-1964, y un capítulo de su Autobiografía filosófica, expresamente inédito hasta la muerte de Heidegger. En esos documentos Jaspers habla de su negativa a la rehabilitación académica de Heidegger en la inmediata postguerra, alude a una denuncia de Heidegger en contra de la promoción de cierto profesor en base a su formación liberal-demócrata alrededor de Max Weber (además de su amistad con un judío), y finaliza oponiendo al deseo de Hanna Arendt de «dejar tranquilo» a Heidegger, el argumento de que éste «es una fuerza, y una fuerza que puede ser utilizada hoy día por todos aquellos que quieren disculparse de su propio nazismo. La importancia de su comportamiento no me parece un asunto despreciable para la política actual de la República Federal».

Por lo que toca a Herbert Marcuse, Tertulian menciona dos cartas dirigidas a Heidegger entre 1947 y 1948, publicadas en 1986 en la revista italiana Rinascita. En ellas Marcuse le exige un deslinde público del nazismo e interrumpe el diálogo luego de que Heidegger sostiene que todo lo que Marcuse dice sobre el holocausto podría ser aplicado a los aliados sustituyendo «judíos» por «alemanes del este». Como resulta evidente, el libro de Farías no ha provocado un debate sino reanimado una discusión tan vieja como la historia que la desencadenó. Una historia que tiene que ver con la posibilidad misma del exterminio judío y la barbarie nazi en un punto de desarrollo cultural que muy poco tenía que envidiar a los cielos y que George Steiner interrogó de manera ejemplar En el castillo de Barbazul. A esta pregunta de amarga respuesta (parte de ella también apuntada en otro ensayo de Steiner sobre las relaciones entre la literatura y la moral a propósito de Sartre, Céline y Rebatet, texto incluido en Extraterritorial) tal vez no haya que considerarla sin la sabiduría borgesiana del «Deutsches Requiem».

Para Ripley, las declaraciones del Fomento Editorial de la UNAM: «Con capacidad para albergar transitoriamente millón y medio de libros, condiciones óptimas para su conservación, almacenamiento, difusión, promoción y distribución, así como el uso de un sistema computarizado para hacer que los libros lleguen a manos de los lectores, son algunas de las características con que contarán las nuevas instalaciones del almacén central de libros de la UNAM». De nuevo el fetichismo tecnológico y la realidad abarrotera: el maestro va a hacer efectivo el cupón que recibe cada seis meses para canjearlo por libros y se encuentra conque no puede comprar la edición de la Revista Moderna porque «este libro no se va a distribuir aquí», en la mismísima librería de CU.

FUENTES: Lire, marzo 88, No. 150; León Bloy: El alma de Napoleón (FCE, 1986); Albert Béguin: León Bloy, místico del dolor (FCE, 1987); Le Nouvel Observateur, marzo 18-24, 88, No. 1219; Ryszard Kapuscinski: El Sha o la desmesura del poder (Anagrama, 1987); La Quinzaine Littéraire; Les Temps Modernes, Excélsior, mayo 19, 1988.