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Bárbara Jacobs: Las hojas muertas. Editorial ERA, México, 1987, 97 pp. 

Las hojas muertas de Bárbara Jacobs empieza con una advertencia de su tema y estilo: «Esta es la historia de papá, papá de todos nosotros». Sabemos de qué se trata el libro, quién lo va a narrar y con qué lenguaje. En muy pocas páginas relata la historia de una pareja de recién casados que sale de Líbano, se sube en un barco y emigra a los Estados Unidos. Ahí tienen tres hijos, un negocio de alfombras y una linda casita. La segunda generación se casa también y tiene hijos, negocios y casitas. El padre del relato es el de la narradora y vive en México porque lo escogió como país, pues tenía sus propias ideas sobre la vida, la religión y la política y quería estar un poco lejos de su familia. Es una historia escrita por alguien que quiere dar cuenta de su infancia como paraíso, dar cuenta de un padre y una madre maravillosa, un cadillac, viajes al otro lado a visitar a la abuela, los tíos y muchos primos, fiestas de año nuevo y buenos amigos. Pero ese alguien que relata quiere dar cuenta sobre todo de la vida del padre al que ama y ve cercano a la muerte. Sabe poco de él: que creía en ciertas cosas, que tuvo ciertos amigos, que se enroló en algunas luchas y que dos acontecimientos fueron el centro de su vida: irse como voluntario a la guerra civil española del lado de los buenos y casarse con su prima, madre de quien relata.

El personaje de la historia pasa de ser norteamericano a mexicano; de hablar mucho a no hablar nada; de tener dinero, un hotel, una propiedad y un auto a quedarse sin trabajo pero no sin medios para vivir (siempre conserva una casa propia en Chimalistac): de amar mucho a su mujer a ignorarla, igual que a todo mundo; de luchar por sus ideas y por los «buenos» a la desidia, el encierro y la soledad. Un padre cuya vida sólo tuvo un momento y cuyo sentido ha sido siempre recordarlo. O más bien, un padre que puso eso de pretexto para retraerse. Una familia que vive alrededor de ese zombie que los ignora, sentado junto a una ventana y cumpliendo con la única pasión que le duró desde siempre y para siempre: leer.

El modo del relato es delicioso, artificiosamente simple y ligero, como si las cosas fueran así de fáciles y rápidas, como si no pesaran los cambios, las intensidades, los dolores. Como si los abuelos no se hubieran llevado mal. Como si los tíos no se hubieran enojado. Como si los amigos no hubieran muerto en la guerra y esa guerra no la hubieran perdido los buenos. Como si no asaltaran a la gente cuando camina con su perro por los camellones de Chimalistac. Como si no pesara tanto el silencio. Como si el ser tan querido no estuviera tan cerca de la muerte.

El relato termina por ser conmovedor. A pesar de ser una historia tan absolutamente personal y de los guiños ajenos al lector; a pesar de su maniqueísmo por decidir las causas buenas y su insistencia excedida en la prosa juvenil e inocente. Aunque quiere parecer una reflexión desde la distancia sobre el padre y las familias y hasta las buenas causas, no es sino una historia de amor al padre. Y también a la madre, aunque la ficción no se lo propone. Detrás de la narradora y del protagonista en primer plano, está una madre-fortaleza que sostiene, cuida y saca adelante a todos en esa familia, entre depresiones, falta de dinero y silencios.

El relato de Jacobs se inscribe en una tradición muy clara de literatura femenina en México y América Latina: el relato de infancia. ¿Por qué a la mujeres les da por rememorar una y otra vez esa etapa de sus vidas, como si fuera el momento del paraíso después y para siempre perdido? En México es clarísimo: desde María Enriqueta Camarillo, Nellie Campobello y Guadalupe Dueñas, hasta Elena Garro con sus maravillosos cuentos de La semana de colores; Elena Poniatowska en Los cuentos de Lilus Kikus: Esther Seligson en sus cuentos sobre el abuelo, y Gloria Gervitz en sus poemas sobre la abuela; María Luisa Puga en Pánico o peligro; Silvia Molina en Lides de Estaño y hasta Carmen Boullosa en Mejor desaparece (donde el paraíso no lo es tanto).

Esto no sólo sucede en nuestra literatura y se explica porque la escritura en las mujeres ha sido siempre un privilegio de clase, y sólo aquellas que han tenido recursos económicos han podido ocupar su ocio en las labores no propias de su sexo. Hay mujeres que pudieron encargar a otras las labores del hogar y escribir, bordar y pintar en acuarela, tocar algún instrumento musical. Pero estas actividades también se han confinado a límites estrechos: se leían historias de amor y vidas de santos, se escribían cartas, diarios y poemas.

Hoy, la escritura de las mujeres carga aún con esa memoria histórica, Se concentra en lo que las rodea de modo más inmediato: la familia, la religión, el encierro doméstico, el enamoramiento. Son ficciones íntimas, desconectadas del mundo, subjetivas y hasta sentimentales.

El encierro ha tenido su contraparte en el sometimiento expresivo. No es casual que Virgina Woolf sea por excelencia la escritora del flujo de conciencia: no es otra cosa que mirar al mundo desde una ventana mientras todo sucede en el pensamiento y no en la acción. Como el acceso a la cultura, al pensamiento, y a la palabra han sido históricamente menores para las mujeres, el empleo del lenguaje y de las técnicas literarias dan cuenta de una forma expresiva tan limitada como lo que se expresa: poca complejidad, menor problematización, una estructura plana y hasta lineal, un lenguaje menos rico, una menor innovación formal, menor experimentación y menos metáfora. Todavía es así por dos razones:

1. La memoria histórica no se borra de un plumazo: la mentalidad de las mujeres sigue constreñida a temas domésticos porque les basta para lo que tienen que decir y todavía no necesitan ni de otros temas ni de otros modos de expresarlos.

2. Porque hoy es menos necesario que nunca romper. La cultura de masas impone sus códigos: entre más chiquitos los problemas, mejor; entre más facilidades para publicar, menos efecto tiene lo que se dice; entre más premios se reparten menos importantes son. Es la ideología de la cantidad y la simplicidad.

La escritura de las mujeres se mueve todavía en medio de esta paradoja: lucharon para salir al mundo y lo lograron al quedarse con el mismo mundo que antes tenían. Están encerradas en las mismas preocupaciones y las mismas características de un estilo que lleva ya varios siglos; en pocas palabras, es una escritura metida en su propio modo de ser.

El caso de Bárbara Jacobs se adapta bien a este esquema. Tiene una escritura espléndida, trabajadísima, mesurada y fresca, sin prisas. Desde sus primeros cuentos, pasando por sus cartas a una revista (que no tienen mayor interés para un lector ajeno a ciertas preocupaciones culturales muy particulares, ni más objetivo que disciplinar a la autora en su oficio), hasta llegar a esta novela de título desafortunado pero de gran oficio y muy humana, Bárbara Jacobs ha recorrido el camino de las escritoras mujeres siguiendo al pie de la letra lo que de ellas se espera: nada de pasiones tormentosas, nada de aventuras y mundo, nada de historia, todo recuerdos y autobiografías.

Lo mismo que Margo Glantz en sus Genealogías, a Jacobs le fascina la figura del padre y deja atrás a la madre que sostiene ese andamiaje. Lo mismo que María Luisa Puga en Pánico o Peligro va dando cuenta de la vida cotidiana, aunque sin la minuciosidad y el detalle de aquélla y sin sus objetivos profundamente políticos. Lo mismo que la mujer de Angel Bonifaz Ezeta en Falso Testimonio, usa un lenguaje absolutamente personalizado y convierte la narración en testimonio. Como Garro, Poniatowska, Molina y Puga, la narradora está situada afuera del relato y da cuenta de una vida desde la perspectiva de hoy; pero, como ellas está inmersa en esa vidita tan particular y en apariencia tan poco digna de ser ficción. Pero ella la convierte en eso, en ficción. Es curioso que las mujeres que ya tienen a su alcance el mundo, la cultura los libros y los países, sigan mirándose hacia adentro y relatando, como desde hace siglos, un mundo tan pequeño y tan doméstico, y expresado con tanta contención. Pero Jacobs, por lo menos lo hace muy bien y ha logrado construir una literatura como la que decía Alaide Foppa: no importa quién la escribe, si hombre o mujer, ni importa de qué se trate, porque es buena literatura.