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Ernest J. Burrus y Félix Zubillaga (editores): El noroeste de México. Documentos sobre las misiones jesuitas. 1600-1769. UNAM, México, 1986, 674 pp. 

Este voluminoso tomo está compuesto de una introducción, un primer capítulo dedicado a dar una visión general de las misiones, un segundo breve apartado sobre Nueva Vizcaya y Nuevo México, un tercero sobre las misiones de Sinaloa, el más amplio y detallado es el cuarto capítulo dirigido a Sonora, la Tarahumara es el tema del quinto, el sexto y último se refiere a las misiones de Baja California. Lo acompañan cuatro apéndices, la nutrida bibliografía y un índice analítico.

El norte de la Nueva España, un dilatado territorio habitado por aborígenes primitivos y belicosos, resultó una empresa harto difícil para poner bajo la tutela efectiva de la corona española. Rusos por la costa pacífica, e ingleses y franceses por el poniente y las latitudes más boreales, empezaron a competir por la posesión de las tierras nominalmente pertenecientes al Rey de España.

La proeza de penetrar en estos parajes se encomendó a la Compañía de Jesús. El noroeste de México, conformado por desiertos, dunas y deltas y habitado por una inmensidad de naciones indígenas, de una ancha diversidad lingüísticas y de muy variados modos de ganarse la vida, fue ganado por ellos para la cruz católica y para la ley hispana. Si bien los jesuitas no edificaron aquí un régimen de vida idéntico al que prevaleció en sus reservaciones del Paraguay, si dejaron bien plantado su modo de evangelizar, mediante la enseñanza del cultivo de la tierra a la europea y sobre todo del rechazo al pago de tributos; también con la aportación de mano de obra para usufructo de los colonos europeos y de los vecinos criollos.

Aun así, la violencia fue el pan de cada día y el sedimento sobre el cual se levantó la amalgama de pobladores del Noroeste durante la Nueva España. La resistencia aborigen fue prácticamente constante según se desprende de los documentos de la época. Este país trepidante por los levantamientos indígenas, por los episodios de crueldad por ambos bandos, por la codicia que apetecía las vegas de los ríos y las riquezas de las entrañas de la tierra, recibió de los hijos de Ignacio de Loyola los ingredientes más duraderos y que han calado más hondo: la lengua castellana, el altar católico, la preferencia por la monogamia, la inclinación al trabajo, el trato directo con las autoridades, la consolidación del liderazgo semiautónomo de los cabecillas indígenas, el mestizaje racial y el sincretismo en todos los planos.

La misión jesuita fue la instrucción fronteriza por excelencia, debido a sus usos múltiples: templo y foco de catequesis; mercado para el cambalache y venta de productos; fortín para guarnecerse de los salvajes merodeadores; asiento transitorio de negociaciones con las autoridades civiles y militares; solar para el maridaje, la elección del nombre y el buen morir; despacho para signar y asentar documentos; archivo para litigios por famas y bienes; lugar temido por los pícaros, rábulas y picapleitos; sitio para engarzar padrinos y ahijados; sede para la genuflexión rendida, la protesta airada, el grito destemplado, el rezo suplicante y la solicitud comedida; base para auditorías de guerra, diarios de viaje y reclamaciones de legados. La misión norteña fue el pie de cría de la vida novohispana en estos lares de clima inhóspito, buena tierra y cielo tacaño.

La frontera nómada que Héctor Aguilar Camín visualiza en la Sonora de principios del siglo XX, fue primeramente la frontera anómala de jesuitas duchos para hacer mapas, confeccionar gramáticas y denunciar yerros. Gobernantes de origen catalán que vinieron como adelantados de las Reformas Borbónicas; criollos ricos, codiciosos y altivos; mestizos igualados, querulantes y hacendosos; y nativos, unos levantiscos y otros vecinos mansos, pero todos proclives al litigio, hasta el punto de llegar a mandar comisiones a la Ciudad de México en la primera mitad del siglo XVIII. Los documentos aquí reunidos sobre las misiones de Sonora y Sinaloa -documentos que no incluyen «cartas cordillera», esas circulares del padre provincial a sus inferiores- enriquecen el conocimiento sobre la vida cotidiana de los pobladores de entonces: la ilustración pacífica de los indígenas; los misioneros itinerantes con sus flaquezas humanas y sus virtudes cardinales; el peso de los obstáculos naturales para el buen gobierno de estos confines; el trazado de la frontera y de las líneas catastrales; el retablo social de estos pueblos que abarcaba hechiceros, ajusticiados, delatores, neófitos y fanfarrones, sus reparos y recaudos. Este libro da la clave para entender que no hubo encomienda en el Noroeste y sus porqués.