A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Italo Calvino: Colección de arena. Alianza Editorial, Madrid, 1987, 217 pp. 

La muerte, escribió Passolini, reduce la vida de un hombre a una suerte de montaje cinematográfico, en el que sobresalen sus mejores momentos y sus actos culminantes. Es en la posteridad donde el hombre empieza a desarrollase, donde se distingue de sus contemporáneos y se junta a su destino. Bajo esta misma idea, la muerte de un escritor resalta el tejido de sus Mejores páginas. Colección de arena traza singularmente una serie de ensayos deslumbrantes. Calvino «periodista»: sagacidad y ligereza, el análisis -el asombro- de la vida cotidiana, la caza perpetua de anécdotas inusitadas.

Exposiciones-exploraciones abre la primera de las cuatro partes del libro. Mientras el reportero Calvino despliega sus ojos ante exuberantes salas parisinas lo vemos asistir a museos laterales y escondidos con inquietantes colecciones exóticas: un muestrario de botellas que contienen arena de innumerables playas del mundo, testimonio silencioso y colorido de nostálgicos viajes, geografías minuciosas y diestras, entre las cuales se halla el mapa de Francia de los Cassini, completado en más de sesenta años -y que invariablemente trae a la memoria el mapa de Royce que es casi una invención de Borges-, y la topografía sentimental ideada por Mlle. de Scudery, con su lago de la indiferencia y su roca de la ambición, creando una deliciosa psicología del alma. Colección de citas precisas, de historias alrededor de la historia, de alusiones laterales, el libro de Calvino se va urdiendo sinuosamente hasta formar un mosaico literario de hechos diversos. Calvino une cosas como estas: la Libertad guiando al pueblo de Delacroix causó escándalo entre sus contemporáneos por la presunta audacia del personaje principal, encarnación de la Libertad, que mostraba una axila velluda, mientras los cánones clásicos exigían una desnudez lampiña y ascética; la palabra chauffeur no siempre fue un símbolo de la aristocracia en automóvil, sino que designaba a bandidos que quemaban los pies a sus victimas en busca de dinero; las metáforas para el funcionamiento del ojo varían con las diversas épocas de su estudio: el bastón, la flecha, la lente, la pirámide, la cámara oscura, el espejo del mundo, ventana del alma, etcétera.

Prestidigitador de la crónica, Calvino reproduce en fotografía sus más impecables souvenirs: una piel completa, curtida, de un hombre de 35 años; dibujos de escritores – Musset y Verlaine-; historias extraordinarias como la de El Suicidio de Francfort: «una joven criada desesperada de amor va al zóologico, se desviste, entra cantando en la fosa de la fiera que se abalanza sobre ella». El oso blanco que despedaza a la muchacha queda fijo en la memoria del lector. Igualmente, en el museo de cera del Dr. Spitzner, recinto pedagógico del horror, «la campana de vidrio que encierra una reproducción de la cabeza guillotinada del anarquista Caserio, moldeada en cera inmediatamente después de que el original cayó en el cesto (1894), con el tajo del cuello fresco como el de una res, la expresión fija para siempre en los ojos desorbitados y en blanco, en las narices dilatadas, en las mandíbulas apretadas; un resultado que no difiere de una instantánea tomada con flash, pero aquí la objetivación es absoluta y sin residuos». O acaso, se puede olvidar, «un busto de mujer barbuda (de casi un siglo), no un retrato sino la verdadera cabeza de la mujer, embalsamada después de muerta por razones de documentación científica y que el embalsamador, movido por un escrúpulo artístico y caballeresco a la vez, adornó con un cuellito de encaje bordado».

La fotografía, dice Calvino al hablar de la muerte de Barthes, nos paraliza para siempre: «La fuerza de la imagen es la muerte, y de ahí la resistencia interna a dejarse fotografiar, e incluso la resignación». Es parte del ensayo En memoria de Roland Barthes, de la segunda sección, El rayo en la mirada. El papel uniformador de la muerte, nos centra físicamente y nos inmoviliza pero nos expande en la obra de quienes nos recuerdan. Conocemos, así, algo más de Barthes, a través del homenaje y la memoria de Calvino. Su estudio entrañable del amigo ayuda a quitarle peso a su mortalidad. Y no sólo con Barthes: las páginas de Calvino son un viaje deleitable hacia la vida y páginas de otros autores.

Es también memorable el dibujo que hace Calvino de Mario Praz, al publicar éste su Autobiografía. Coleccionista de muebles y visitante de anticuarios, Praz redime el valor de los objetos más elementales; se suscribe a la idea del objeto único de la Bauhaus y de la originalidad de las cosas nimias, la estética de lo efímero. Calvino coincide con el erudito defensor de las posesiones: «Lo humano es la huella que el hombre deja en las cosas, es la obra, sea genial o ilustre o producto anónimo de una época. . . Más aún: todo hombre es hombre-más-cosas, es hombre en cuanto se reconoce en un número de cosas, en cuanto reconoce lo humano investido en cosas, él mismo que ha tomado forma de cosas».

Ensayos poliédricos, con aristas iluminadas que brillan en la imaginación, los ensayos de Calvino corroboran la intuición de Flaubert: todo es interesante si se le observa durante largo tiempo. Calvino desplaza su pluma para describir los episodios marmóreos de la Columna Trajana -acaso el monumento más esplendoroso de la Antigüedad romana-, como una gesta narrativa, una epopeya de piedra, sobreviviente pictórica de los tiempos; o para interpretar la fortuna y viajes de tres androides avant la lettre, autómatas creados en el Setecientos por los célebres relojeros suizos de Neûchatel, los Jaquet-Droz y recientemente, puestos a funcionar dé nuevo; o para introducir una famosa colección de sellos imaginarios de países imaginarios: «Desde pequeño, Donald Evans, norteamericano de New Jersey, además de coleccionar sellos postales, empieza a inventar otros nuevos, lo que quiere decir inventar una geografía y una historia paralelas a las del mundo reconocido por los demás».

Una tradición literaria recoge la idea de que el viajero extranjero ve, en un país, lo que sus habitantes toman a la ligera, por ser cosa común y cotidiana. En esto se basan las Cartas persas de Montesquieu y las Cartas Marruecas de Cadalso. Sin recurrir al género epistolar, Calvino registra su visión de tres países con una corriente subterránea, ajena al mundo occidental: Japón, México, Irak. «Viajar -advierte Calvino en sus notas- no sirve mucho para entender. . . pero sirve para reactivar por un momento el uso de los ojos, la lectura visual del mundo».

Nos enteramos de que los japoneses siempre miran adelante, nunca a los lados, y que todos los taxistas llevan guantes blancos, detalle digno de la sociedad parisina fin de siècle. Calvino siente una profunda atracción por los jardines orientales: «La construcción de una naturaleza que pueda dominar la mente para que la mente a su vez pueda recibir ritmo y proporción de la naturaleza; así podría definirse el intento que ha inducido a componer estos jardines». Sus intuiciones de viajero que humildemente entiende lo que puede, son luminosas: los espacios verdes son una imagen de lo que el mundo podría ser: «los jardines se componían como ilustraciones de poemas y los poemas eran compuestos como comentarios de los jardines», señala Calvino al tratar de explicarse el origen de los haikus. Incluso en la selva urbana de Tokio, inundada de solitarios juegos electrónicos, percibe ese orden natural: «en el corazón de este mundo ruidoso los pachinko [juegos-video] se abren como metálicos jardines de absoluta concentración individual».

Ojalá Calvino hubiera dejado más apuntes sobre México, los que hizo tienen siempre intuiciones aleccionadoras: «Al visitar México nos encontramos cada día interrogando ruinas, estatuas, bajorrelieves prehispánicos, testigos de un `antes’ inimaginable, de un mundo irreductiblemente `otro’ frente al nuestro». Calvino se maravilla ante el famoso árbol de Tule de Oaxaca, «sin duda, el ser más viejo que me ha sido dado encontrar», y ante el esplendor telúrico de Palenque: «los nombres de los dioses y los dioses sin nombre se enfrentan en una guerra donde no puede haber ni vencedores ni vencidos».

En Irak, Calvino registra el enmarañamiento y la espesura de las mezquitas para descubrir en los mihrab, nichos en los templos que indican la dirección de la Meca, «que la cosa más importante en el mundo son los espacios vacíos». En el culto a Zoroastro se le revela que el verdadero fuego es el fuego escondido, que «no hay otro modo de ser que el de la llama». En 1943, en la revista Tiempo, Alfonso Reyes afirmó que la obra de Borges no tenía una sola página perdida, que su crítica se transportaba, fácilmente, a la altura de la filosofía científica. «Mago de las ideas… Transporta todos los motivos que toca y los lleva a otro registro mental». Quien haya recorrido las innumerables páginas de Calvino -ya sea en novela, en cuento, o en ensayo- corroborará que el placer fue su único criterio: el placer literario de la Inteligencia y la inteligencia literaria del placer. Aplicados a Calvino, los elogios de Reyes a Borges no serían, acaso, una atribución desmesurada.