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Leonardo Sciascia: 1912+1. Tusquets, 1987, 127 pp. 

Juego de verdades múltiples, del ser y el parecer, de la tenue línea donde las cosas son como ocurren para transformarse de inmediato en el calidoscopio de la interpretación. Juego, en fin, pirandelliano.

El 8 de noviembre de 1913 (año que D’Annunzio alguna vez escribió de otro modo: 1912 + 1, fiel a la superstición que la decena final del número trae consigo) la condesa María Tiepolo, esposa del capitán Carlo Ferruccio Oggioni, mató en san Remo al asistente de su marido, Quintilio Polimanti, quien pretendía abusar sexualmente de ella. Días atrás, el 26 de octubre, Italia botaba por primera vez mediante sufragio universal para integrar el Parlamento del Reino. De tres millones doscientos mil electores que habían decidido las elecciones anteriores, el padrón saltó a los ocho y medio millones de votantes y se temía que la diferencia contara a favor de los socialistas, de la izquierda nominal. El miedo era infundado: la Unión Electoral Católica había celebrado un pacto de siete puntos que garantizaba el apoyo católico a aquellos políticos, «de política moderada», que lo suscribieran. Los socialistas sólo triunfaron en Bolonia, el resto del país votó abrumadoramente por los adherentes al pacto Gentiloni, de contenido brevísimo, «exento de tonos imperiosos o solemnes: sumiso, humilde», opuesto al divorcio, a cualquier legislación adversa a las congregaciones religiosas, a cualquier condición que obstaculizara la enseñanza privada y la instrucción confesional. El núcleo fundamental de ese acuerdo político era la familia, su unidad y su preservación. Y el crimen de la condesa Tiepolo, «un caso que podría decirse propio del pacto Gentiloni, por lo que reúne, por lo que esconde (.. . ) ambiguo y ejemplar, ejemplarmente ambiguo, ambiguamente ejemplar», sería juzgado desde los símbolos y las observancias de un valor acrecentado. Había otros que ese mismo año nutrían a la sociedad italiana: la patria, la guerra, el ejército, el honor. Pero la familia era un valor originario, todos los demás se le subordinaban porque provenían de él. Culto y celebraciones de la apariencia: la misma burguesía que buscando la felicidad ponía en peligro tradiciones y costumbres, había votado por el pacto, que no surgía de la nada sino como respuesta a esa duplicidad. Juego, otra vez, del ser y el parecer.

En el epígrafe de El teatro de la memoria, Leonardo Sciascia anotó, citando a Merimée, lo que puede resumir la intención y los intereses de su escritura en los últimos años: «De la historia sólo amo las anécdotas y, entre las anécdotas, prefiero aquellas en las que creo encontrar una pintura verdadera de las costumbres y los carácteres de una época. No es un gusto muy noble; pero confieso con vergüenza que cambiaría a Tucidides por los auténticos recuerdos de Aspasia». 1912 + 1 es un tejido de digresión intencionada. Desde la anécdota ejemplar y ambigua de la condesa Tiepolo y su enjuiciamiento, Sciascia traza la historia en tono menor de la Italia de la primera década del siglo, ocupada entonces con el recién llegado tango, con la representación de Parsifal en la Scala o con la reaparición de La Gioconda robada dos años antes del Louvre, y cuya sonrisa bien pudo asemejarse a la de la condesa Tiepolo.

Un día después del crimen de Polimanti, el 9 de noviembre, los periódicos recogen el suceso como una defensa del honor femenino. Pero la mención de la belleza de la condesa y de la apostura del ordenanza deslizan en la opinión pública la desconfianza por los auténticos móviles del asesinato: «Decir a los italianos que entre una bella mujer y un apuesto joven, durante meses bajo un mismo techo y hallándose a menudo a solas, en orden a sentimientos e instintos, no ha habido más que un disparo de revólver, hecho por la mujer con el fin de defenderse del joven, no es sino una preterición, una contradicción en los términos». Algunos, que son minoría, creen en la sinceridad de la condesa, los demás no. Cuando comienza el proceso la sala de lo criminal en Oneglia está abarrotada. La condesa llega en un coche cerrado y cubierta con un velo. Al levantarlo, los espectadores se impresionan pero no se conmueven: «Es hermosa, y debe de haber sido hermosísima: pálido el rostro y delicado; los cabellos de un castaño claro, casi rubio; los ojos vivos y limpios; el mirar profundo». Los vuelos de la prosa periodística establecen entre líneas las conclusiones que la opinión pública ya ha aceptado: la condesa es hermosa, por serlo ha matado y por serlo la declararán inocente. Sciascia comenta que casi todos los asistentes están allí para confirmar lo que siempre han sabido, «que la ley no es igual para todos, que la justicia no es justa».

La búsqueda de las costumbres y los caracteres es en el fondo el encuentro con la moral predominante. Y la justicia y su impartición ilustran mejor que cualquier otra zona ese predominio. Sciascia, escritor de anécdotas olvidadas, no deja de ser conciencia moral que escudriña el rostro de uno para llegar al de todos.

Con voz lenta, la condesa Tiepolo testifica. Cuenta el asalto de Polimanti y su resistencia, la amenaza con el revólver y la sonrisa descreída del ordenanza, el disparo único al rostro y la sangre derramada: «Así dio la señora Oggioni-Tiepolo por terminado su relato, casi con frialdad, liberándose de la turbación de la que parecía hallarse presa». Sciascia anota la contradicción entre frialdad y turbación, términos puestos por el cronista sin percatarse que son excluyentes: o la condesa estaba turbada o bien su frialdad marcó el testimonio y con él sus sentimientos. La explicación de ello surge del ambiente que predomina en Oneglia durante la instrucción del sumario: El amante de lady Chatterley de Lawrence, que años después se publicará en Florencia para evadir la censura, pero sobre todo D’Annunzio, un escritor que «estaba en el ambiente como nunca, creo, ningún escritor lo ha estado en Italia». Calidoscopio de la interpretación: un escritor ausente dicta el tono narrativo del cronista del proceso y un ambiente anticipa los registros emocionales de un hecho que entonces cambia, deja de ser nada más lo que fue y se reparte entre asuntos que son su periferia. Del 26 de mayo al 2 de junio duraron los alegatos, «exiguo archipiélago de elementos concretos, de indicios demostrativos de una y otra verdad». Por un voto de diferencia, la condesa fue absuelta. Quedó exonerada así la belleza e incólume la familia. Y quedó establecida también la pertinencia del sentido común, que sabia de la culpabilidad de la señora pero a la vez de su impunidad prestablecida. Símbolos. consecuencias de clase.

La melancolía crepuscular de los periodistas que describieron el piso de la condesa al hacerse la inspección ocular del escenario del delito, menciona la lejanía del dueño de la casa. «Lejísimos, ciertamente, de la esposa: a la que acaso no creía; y de cualquier modo se creía en el deber de no creerla, si los demás no lo creían (dentro de un semejante mecanismo estaba ya escudriñando Pirandello: angustiado, espantado)». Pero creyó en ella cuando el tribunal -rostro por encima de los otros- extendió su perdón. Cuando la condesa es excarcelada, el marido aparece por primera vez durante el proceso y la estrecha entre sus brazos. ¿Se había mantenido a la espera de la sentencia -se pregunta Sciascia- para asumirla como propia y normar su comportamiento hacia la condesa? Ignota región del amor propio el cómo reaccionar a los cuernos, «imaginarios o reales». Juego pirandelliano: las verdades múltiples, la servidumbre entre el ser y el parecer. Nunca en el transcurso del juicio, se le preguntó a la condesa por qué declaró que antes de disparar sobre Polimanti empezó a preparar su maleta para marcharse. Sciascia parafrasea el relato de Aldous Huxley, «La sonrisa de la Gioconda», para cerrar la crónica de 1912+1: «Queda aún una cosa que no he acabado de comprender: es esa maleta abierta sobre la cama, que ella dijo que estaba preparando para marcharse; y que la condesa (…) responda distraídamente: A fin de no alarmarlo, era el mejor pretexto para abrir el cajón de la cómoda y sacar el revólver». Una pregunta nunca hecha y una respuesta imaginada. La condesa Tiepolo no fue juzgada en 1913; la justicia llegó hasta ella mucho tiempo después, en 1980 + 7.