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Poco antes de cumplir con el encargo de matarlo, Adán tuvo oportunidad de conocer a Natividad, el líder sindical que le estaba causando molestias al gobierno federal. Los dos hombres caminaron juntos por quince kilómetros a un costado de los canales del recién inaugurado Sistema de Riego. La conversación se encaminó naturalmente hacia los recuerdos de la Revolución. Natividad, afable y animado, relató un episodio extrañísimo en el que por deshacerse de un espía porfirista terminó extraviándose en el desierto y duró tres días perdido “sin poder encontrar la Revolución”. La frase le provocó fascinación y repudio a Adán, “como si la revolución fuese una persona, una mujer, y se le buscase tangible, física, delimitada”. Como si fuera posible “tomarle la mano, unírsele tan verdaderamente que de ella pudieran nacer los hijos, las casas, la tierra y el cielo, la patria entera”. Para Adán, el asesino a sueldo, la revolución había sido una cosa muy distinta, plasmada en su primer recuerdo; aquella vez que al general le dio por presumir su puntería primero disparándole a una moneda y después al cuerpo de un hombre que había sido fusilado la noche anterior. “Esto era lo que Adán podía decir de su revolución… Era correr por el monte sin sentido. Era pisotear un sembrado. Exactamente pisotear un sembrado”.

Ilustración: Raquel Moreno

“Curiosa esta revolución que parece no saberse a sí misma”, escribe Revueltas en otro momento de la novela para describir la sensación de extravío con la que recordaban aquellos años. El luto humano (1943)es en gran medida una obra sobre la fallida promesa revolucionaria: sobre la tenue posibilidad de que la violencia organizada, con unión y claridad de propósito, funde algo nuevo. Por supuesto que esa posibilidad es refutada una y otra vez de las formas más brutales, dejando a los personajes en un desamparo cósmico, girando como carrusel en medio de un diluvio, atentos a los zopilotes que ya mero los dan por muertos.

Lo interesante es que todo este discurrir sobre el sentido y sinsentido de las revoluciones —la mexicana y la cristera— aparece en la novela contenido en una trama más amplia y apremiante que es la muerte de una niña y su funeral inconcluso. El desbordamiento de la presa y el éxodo final se vienen justo cuando las últimas tres familias velan el cuerpo de Chonita, cuidadosamente envuelto y depositado en una caja de jabón a modo de ataúd. El presente narrativo de la novela no es aquel en el que ya todos están muertos, sino uno en que se van muriendo mientras velan a Chonita, mientras intentan salvar su cuerpo de la inundación, o como dice su padre Úrsulo, “salvarla de la muerte”, porque la verdadera muerte no es morir, sino morir y que tu cuerpo insepulto sea devorado por la naturaleza.

El luto humano relata la muerte de una docena de personajes, van quedando uno tras otro; uno convertido en piedra, otro apuñalado y arrastrado por la corriente, otro colgado de un árbol. Siempre insepultos y siempre perdidos en el paisaje. Curiosamente, el único que tiene un funeral en forma es Natividad. También es el único que tiene una visión del porvenir, un sentido claro del propósito de la lucha. Es él quien convoca la huelga, quien estudia con detenimiento la tierra y determina que el Sistema de Riego tan promovido por la Reforma Agraria dejará la tierra devastada. Además lleva ese nombre que, parafraseando a Hannah Arendt, designa justamente la cualidad máxima de la acción política, es decir, la natalidad o capacidad de traer lo nuevo al mundo. Muere finalmente asesinado a traición, pero “sobre el cadáver de Natividad se colocaron banderas. Una impresionante multitud lo condujo al cementerio, en el atrio de la iglesia del pueblo”.

¿De dónde sale esa relación entre rito fúnebre y esperanza revolucionaria? El mundo rural que describe Revueltas es de una carencia material casi absoluta —“es difícil explicarse de qué viven los moradores de un pueblo así, tal vez alimentándose de raíces”. Pero sobre todo, es un mundo extraviado ritual y narrativamente, “un pueblo carente de religión en el estricto sentido de la palabra, pero religioso, uncioso, devoto, más bien en busca de la divinidad, de su divinidad, que poseedor de ella, que dueño ya de un dios”. La Revolución es el rito fúnebre, la restauración del orden simbólico. La Revolución así con mayúscula, es decir, el relato icónico que abarca y encausa todo ese correr en el monte sin sentido, todas esas muertes y joyas robadas. Por eso la única rendija de un horizonte futuro la abre Natividad, dignamente enterrado y llorado por la multitud. Para los demás no hay más que caminar en círculos detrás de un funeral eternamente pospuesto, tratando de salvar a Chonita de la muerte.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

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