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En su último libro (The Tyranny of Merit), el teórico político de Harvard, Michael Sandel, se lanza en contra de la meritocracia.1 Su argumento es filosófico, pero sobre todo político. Sandel escribe una especie de catilinaria contra el mérito. El filósofo busca persuadir a sus lectores de que el verdadero culpable del populismo trumpista en Estados Unidos es el nefando ideal meritocrático. En una sociedad desigual, aduce, “aquellos que aterrizan en la cima quieren creer que su éxito está moralmente justificado. Esto significa que los ganadores deben creer que éste se debe a su talento y trabajo duro”. Sin embargo, esto es una ilusión que tiene consecuencias desmoralizadoras. La autosuficiencia hace difícil cultivar la gratitud y la humildad. Y sin estos sentimientos no se puede procurar el bien común. En el origen de la revuelta populista no sólo hay racismo y agravio económico, afirma Sandel, también está una merecida reacción contra la meritocracia. Es una bofetada a la tecnocracia, sorda al resentimiento popular. A Sandel le preocupan, sobre todo, los agravios morales y culturales que considera legítimos. Cuando en las elecciones de hace cuatro años Hillary Clinton llamó a un conjunto de sus conciudadanos “deplorables” por no ser como ella, dañó su estima social. El diagnóstico del descontento populista de Sandel pone en el centro a las condiciones que “han erosionado la dignidad del trabajo y que han dejado a muchos inermes y carentes de respeto”. Las élites meritocráticas son las responsables de este agravio.

Ilustración: Belén García Monroy

El argumento no es nuevo: había sido ya expuesto de manera bastante más elocuente por el crítico cultural Christopher Lasch en The Revolt of the Elites a mediados de los noventa.2 La meritocracia es una “parodia de la democracia”. Las élites internacionalizadas, y por ello desarraigadas, carecen del sentido de continuidad que se origina en la pertenencia a un lugar. Tampoco poseen estándares de conducta transmitidos de generación en generación. Son perennes metecos en la polis. Para Sandel la ola populista fue alimentada por una forma tecnocrática de concebir el bien público y por la forma en la que la meritocracia define a los ganadores y a los perdedores. Entre los primeros promueve hybris, orgullo desmedido, y entre los segundos humillación y resentimiento. Estos sentimientos morales “están en el corazón del levantamiento populista contra las élites”. En efecto, la idea de que el sistema premia el talento y el esfuerzo alienta a los ganadores a considerar su éxito como un producto de su propia creación sin ponderar el papel de la suerte y la buena fortuna y a mirar con desprecio a aquellos menos afortunados que ellos mismos. Todos se merecen lo que obtuvieron. Las definiciones expansivas de la responsabilidad son un indicio, afirma el teórico comunitarista, de la presencia de la meriotocracia. Esa visión, se lamenta Sandel, deja poco espacio para la solidaridad. Por todo ello es que el mérito es, se supone, un tipo de tiranía. Su veredicto es contundente: todos los políticos en los últimos cuarenta años han sido meritócratas irredentos, lo mismo Reagan que Obama.

Todo esto está muy bien. El problema es que el alegato de Sandel confunde un alegato filosófico con una explicación social. Y ahí simplemente falla. La teoría política no es ciencia social. No hay evidencia convincente de que los trumpistas se hayan rebelado contra la “retórica de la responsabilidad individual y el ascenso social”. Por el contrario, como reconoce el propio autor, los votantes de Trump creen con más fervor que otros que las oportunidades para el progreso económico están abiertas para quien quiera tomarlas. Y los norteamericanos en su conjunto se parten a la mitad cuando se les pregunta si los ricos son ricos porque trabajan más que otros o porque tuvieron ventajas en la vida. Y cuando se les pregunta por qué las personas son pobres, una mayoría cree que esto se debe a fuerzas ajenas a su control. Sólo el 30 % afirma que la pobreza se debe a una carencia de esfuerzo. Sandel, sin embargo, elude confrontar estos resultados aduciendo que las respuestas se explican por la forma en que fueron formuladas las preguntas. Los propios alumnos de Harvard reconocen estar obsesionados y avergonzados de su “privilegio” (racial, económico, etcétera) y desean ardientemente expiarlo.3

Las implicaciones conservadoras de este comunitarismo antimeritocrático apenas están disimuladas. La redistribución para hacer realidad la igualdad de oportunidades es en realidad un remedio insatisfactorio. No produciría la ansiada solidaridad. La nostalgia lleva a Sandel a jugar con esquemas fantasiosos que se antojan reaccionarios. Puesto que existe un credencialismo de la educación universitaria lo que debemos hacer es volver a una época en la que todos los trabajos conllevaban igual dignidad. Un graduado de Harvard no debe tener mayor prestigio que un fontanero. Sandel no dice cómo podríamos revertir a esas condiciones. Sería bueno que los norteamericanos de clase media no le dieran tanta importancia a que sus hijos estudien en universidades prestigiosas como Harvard y que consideraran de igual valía una carrera técnica, ¿pero es esto realista? Es difícil no percibir cierta mala conciencia en la jeremiada. En el siglo XIX los luditas destruyeron telares y quemaron fábricas como protesta por la mecanización. Ese espíritu anima al último de ellos, apoltronado en su oficina de Harvard, donde expía contrito su culpa meritocrática.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Sandel, M. J. The Tyranny of Merit. What’s Become of the Common Good?, Farrar, Straus and Giroux, New York, 2020.

2 Lasch, C. The Revolt of the Elites And the Betrayal of Democracy, Norton, New York, 1995.

3 Spencer Lee Lenfeld, “No One Deserves a Spot at Harvard”, Harvard Magazine, septiembre-octubre 2020.

 

Un comentario en “El último ludita

  1. Dejando fuera la meritocracia de cuna de oro (típica de países bananeros como el nuestro) y llevado al extremo el argumento de Sandel, no cae la inteligencia en el terreno de la “meritocracia congénita”?

    Que la ruleta genética/epigenética haya favoreció al 10% de la población con el “mérito” de la inteligencia es un error?. Ese intelecto superior (repartido en la población humana de manera homogénea) es un equívoco de la naturaleza?

    No es la actual pandemia de antiintelectualismo la revuelta del 90% restante contra la meritocracia congénita?

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