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En una de las sesiones del juicio a Joaquín Guzmán Loera a las que pude asistir, ocurrió una ruptura breve en el orden de las cosas que me pareció reveladora. Estaba testificando Lucero Guadalupe Sánchez, una mujer de 29 años, originaria de Cosalá, Sinaloa. Antes de cumplir 20 años, Lucero ya estaba en una relación romántica y laboral con el Chapo; en 2013 fue elegida como diputada local por el PAN y en 2017 la aprehendieron por narcotráfico en San Diego, California. Como otros testigos, aceptó relatar su experiencia a cambio de una posible reducción de su condena. Hubo un breve receso durante su interrogatorio y Lucero salió de la sala. En las bancas del público, los periodistas competían por captar el rostro de Emma Coronel, la esposa del Chapo, que sonrió con altanería e incredulidad ante el testimonio de Lucero. De pronto se escuchó un ruido ininteligible que retumbó en las paredes de mármol y fue cobrando la forma de llanto. Pasaron cinco largos segundos antes de que pudiéramos ubicar la fuente: se había quedado prendido el micrófono de Lucero, quien intentaba recuperarse afuera de la sala, y todas las bocinas estaban transmitiendo sus sollozos.

Ilustración: Raquel Moreno

Ese ruido incorpóreo que duró sólo unos segundos fue como eso que Lévi-Strauss, en su trabajo sobre la hechicería, llamó significantes flotantes o vacíos: una especie de signo abierto sin un referente claro que se engancha al vuelo con una parte de la experiencia que no alcanzaba a ser articulada. Una suerte de rayo semántico que disloca momentáneamente la relación entre lenguaje y experiencia y deja entrever algo normalmente inasequible.

Fue como si ese ruido que llegaba tras bambalinas desmantelara el ritual del juicio, que no sólo quedó expuesto en toda su teatralidad, sino que claramente estaba pasado por un lado de las cosas importantes. A Joaquín Guzmán no se le juzgó por la muerte, desaparición y tortura de miles de mexicanos, sino por conspirar para traficar toneladas de marihuana, cocaína y heroína. Todas la preguntas que desde el punto de vista mexicano eran importantes fueron desplazadas por el fetiche de los narcóticos. Lucero contó que conoció al Chapo en 2010, cuando unos hombres le entregaron un celular y le dijeron que ahí le iba a hablar el jefe. En repetidas ocasiones, los guardias la llevaron con los ojos vendados a las casas de seguridad para que pasara temporadas con él. Relató también que el Chapo la mandó a la sierra de Durango, donde Lucero había vivido y conocía a mucha gente, para que negociara la compra de marihuana con los productores y vigilara que se embarcara correctamente en las avionetas. Aseguró que no recibió ningún pago por este servicio y que el Chapo a veces también le quedaba a deber a los productores; añadió que a ella “le daba mucha lástima la gente de bajos recursos que trabajaba demasiado”. Se sabe que a su hermano lo mataron en 2014, pero no se habló de eso. En su testimonio había una mezcla de miedo, despecho romántico y solidaridad con el eslabón más bajo del narcotráfico; un tic nervioso la hacía parpadear constantemente.

El juicio mostró todo de reojo: los homicidios, la tortura, la corrupción de las autoridades mexicanas, los excesos de las operaciones de inteligencia de Estados Unidos en Latinoamérica, la tácita protección que se ha otorgado al Mayo Zambada, la violencia sexual cotidiana contra las mujeres. Pero la pregunta que dirigió las indagaciones, la presentación de evidencia y los interrogatorios fue la más irrelevante de todas desde el punto de vista mexicano: ¿el acusado es culpable de haber conspirado para traficar toneladas de cocaína, heroína y marihuana? Ésa era la acusación que enfrentaba y todo lo demás, todo lo que podía habernos servido para entender algo nuevo sobre la violencia, sirvió de contexto y se examinó de pasada.

El llanto incorpóreo transmitido por las bocinas fue también un recordatorio de lo frágil y complejo que es todo testimonio de la violencia. Algo de ese desplazamiento está presente siempre, el relato y la memoria pasan por fuerza por un lado de la herida, la rodean con alusiones, asociaciones y figuras. Muchas veces el trauma no es asequible ni para la víctima misma; más que un recuerdo susceptible de ser narrado, es un hoyo negro de la experiencia. Los testimonios reunidos en más de dieciséis lenguas por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en Sudáfrica son un buen ejemplo. Se trata de un archivo valiosísimo para pensar la relación entre trauma, relato y paz. ¿Es verdad que hay un efecto curativo y pacificador en esos espacios de escucha? ¿Podría una comisión de la verdad en México incorporar la memoria de la población criminalizada? ¿Podría ayudarnos a dar un sentido histórico a tanta violencia? En México tendremos que volver a plantearnos esas preguntas con seriedad, más allá del recurso a la justicia estatal ejercida por Estados Unidos de acuerdo con sus intereses.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

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