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Si cada nación tiene el discurso matriz que la define, México se debe al discurso hospitalario.

La ética es la hospitalidad, nos recuerda Derrida (Cosmopolitanismo). Esta demanda nos viene de lejos, del estoicismo griego y la cristiandad paulina. Otros países asumieron el dictamen modernizador, pero no sumaron las partes y, más bien, dividieron razas, orígenes, migraciones, ideas, lenguajes. México acogió a exiliados de España, las Américas y otros ámbitos, asolados por la guerra civil, las dictaduras, el conservadurismo ultramontano. Sólo en México podía yo haber coincidido con Joaquín Diez Canedo, Agustí Bartra, Ramón Xirau, Margit Frenk, Ernesto Mejía Sánchez, Luis Mario Schneider, Ricardo Blume, José Tola de Habich, Tomás Segovia, Noé Jitrik, Ida Vitale y Enrique Fierro, Héctor y Tamara, Alejandro Rossi, Gabriel García Márquez… María Zambrano me contó que después de una clase, en Mérida, explicando Platón a los muchachos, se sentó en un banco de la plaza a descansar. De pronto, vio a Alfonso Reyes saludándola con el sombrero, mientras se aproximaba. Y le dijo: “María, los mexicanos sufrimos con usted”. Ella recobró el ánimo.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Varias veces, México ha sido una ciudad de refugiados, y no sólo de políticos perseguidos, también de profesores, artistas y escritores, acogidos por universidades y centros de investigación. Como dijo García Márquez: “Hemos vivido la gran habladera del exilio”. Uno de los libros más reeditados en México es el Manual del desterrado. No es para menos, en 2018 hubo más de 29 000 solicitudes de refugio. La precariedad contemporánea nos ha regresado a la premodernidad, pero la desaparición de los maestros y el asesinato de estudiantes no tiene historia, nos deshumaniza. Y peor que la corrupción del poder es el poder de corrupción. Nos ha tocado sufrir con México.

Pero la otra matriz discursiva que disputa este mundo al revés es la promesa materna. La literatura más contemporánea busca refutar el virus del machismo y restituir la sobrevida de los sobrevivientes. No deja de ser irónica la evidencia de que el feminicidio cunda como la peste ideológica de este periodo de la libra de carne en el Mercado.

 

Recuerdo bien la noche todavía negra de 1969 en que Jaime Sabines, con una copa en la mano y lágrimas corriendo, me recitó de memoria el poema a su madre, Doña Luz.

La madre mexicana más afligida es la de Juan Preciado, Dolores, en Pedro Páramo (1955), quien demanda al hijo cobrarle al padre “el abandono en que nos tuvo”.

Rosa Beltrán, en su brillante relato Efectos secundarios (2017), reescribe la novela de Juan Rulfo desde la perspectiva de las hijas. Un personaje confiesa que “vivimos en un país en el que nadie puede distinguir a su padre de un asesino”. Y concluye la hija del relato: “Nos hemos convertido en un rencor vivo”.

Héctor Aguilar Camín (México, 1946), en su Adiós a los padres (Random House, 2014), postula la formación social como drama de la modernidad diferida. Toda novela mexicana, nos dice, es una tragedia familiar. El hijo asume la muerte de sus padres en el tránsito agonista de la pareja, la familia, la comunidad. Las familias felices, ya se sabe, no van a dar a la novela. Dramático y sobrio, el testimonio es también un piadoso exorcismo y una lección estoica. Rulfo nos dejó un certificado de defunción nacional. Aguilar Camín adelanta un conmovedor alegato sobre la paternidad errática. Ese laberinto de la edad patriarcal sólo puede ser resuelto con horror y piedad. La certidumbre de la ficción, sin juicio ni sanción, recupera al padre en esta novela de estirpe cervantina; esto es, de humanidad afectiva.

Del mismo año que la novela de Aguilar Camín es la comedia familiar de Álvaro Uribe (México, 1953), Autorretrato de familia con perro (Tusquets). Uribe, por cierto, es lo que se llamaba un narrador de raza. Esto es, convierte al lector en uno de sus dobles, al punto que el lector no puede abandonar la novela, que cree escribir en complicidad con un autor que pretende leer por sobre el hombro del lector. De allí la ironía y la complicidad del canje de roles, que hace del lector el protagonista de esta archicomedia familiar, que empieza con el nacimiento del autor y su gemelo, quien pronto reprocha a su hermano, el narrador. Le dice: “Yo hubiera empezado por el principio”. Los gemelos, se diría, son literales. Pero la lectura es la comedia. La vivacidad, humor y empatía del relato no se deben a la búsqueda del tiempo perdido. Del París de Rayuela no queda nada. Y hasta la Maga, esta vez, muere. O, más bien, se muda de novela.

Las novelas de Gonzalo Celorio, Pedro Ángel Palou, Ignacio Solares, Pablo Rafael, Hernán Lara Zavala, Jorge Volpi, comparten una inteligencia irónica y urbana con el lector. Y construyen una capital mexicana de la lectura. Se proponen explorar la sobrevivencia que excede a la llamada vida cotidiana. El desvivir de sus héroes está animado por la hipótesis de una excepción. Recorren la nostalgia de la ciudad cambiante, reconstruyen la mitología regional, la violencia esperpéntica de la historia, las regiones donde la épica sucumbe, las fantasías de la razón desapacible.

Entre las escritoras, Ángeles Mastretta, Cristina Rivera Garza, Carmen Boullosa y Rosa Beltrán han celebrado la certidumbre de los sentidos, los códigos excedidos por la exploración amorosa y la misma libertad del relato, desplegado como una versión alternativa desde la lectura, esa liberación del Código. No han escrito dos libros iguales, han postulado el formato de una fresca, libre y rearticulada hipérbole, de forma tan irónica como celebratoria.

Quizá la ubicuidad de la muerte ya no es un derroche de sinsentido. En el relato contemporáneo, se trata de otra lección de vida que alienta, excepcional, dentro de la muerte misma, cuya reputación ha sido exagerada desde la Revolución, que termina en Comala. Fernando del Paso lo concibió en extenso. Sus grandes novelas hacen sitio al fondo para que todo lector encuentre su lugar en el velorio. En las páginas de Carlos Fuentes seguimos conversando. Tienen la reverberación de un ardoroso tiempo presente, que no nos abandona. Federico Reyes Heroles y Alberto Ruy Sánchez han hecho del erotismo un diálogo gozoso en el mero español. O sea, fresco, feliz y feraz.

Óscar de la Borbolla, Fabio Morábito, Mario Bellatin, Naief Yehya, Heriberto Yépez, Yuri Herrera, Verónica Gerber Bicecci, Luis Felipe LomeIí, Luigi Amara, Vivian Abenshushan, Guadalupe Nettel, Luis Humberto Crosthwaite y Aurora Penélope Córdoba registran la inteligencia asombrada de la lectura mutua que recomienza entre espacios liberados con ironía, inventiva y audacia. Son muchos, pero son. Su destreza pone en crisis la representación, extremando los dilemas de sus personajes, entre escenarios precarios y cambiantes. Y escriben en los márgenes de una literatura sin obligaciones, fuera del canon y sin mensaje ni sanción. Los gana, a veces, la ironía, el juego verbal, el teatro de ser otros, al comienzo del humor gris. Subrayan la pérdida de una razón histórica, el vacío de un relato nacional y la apuesta por una identidad antidramática y libre.

 

Pablo Soler Frost en su Edén (2003)entretiene la idea de que los estadunidenses buscan a Villa para matarlo. Al Che Guevara sí lo encontraron, aunque dentro de su muerte, asumió otra existencia.

Rosa Beltrán nos promete ese recomienzo. Nos dice: “Trató de suspender el tiempo deteniendo en la memoria el crecimiento de ese amor (…) podía ser un remedio contra la muerte de ese amor”. (Entreacto, en Amores que matan). Ese remedio es el lenguaje mexicano de la sobrevida. Y hay tanto que proteger en México. De Paul Celan se ha dicho que escribió en alemán para salvar su yidis; también lo intentó con el francés. José María Arguedas escribió un español pleno de quechua, que siendo una lengua aglutinante, fue capaz de incorporar al español, que viene, a su vez, de tantas fuentes. En una etnia amazónica y en una cofradía mexicana, se cuenta que el primer hombre fue una mujer.

Adrián Curiel Rivera (1969) en su Día franco (UNAM, 2016) despliega su sobrio lenguaje y focalización precisa. Estos cinco relatos podrían haberse desenvuelto con pareja tersura y veracidad en una novela de aliento. La destreza de Curiel, desde sus primeros libros, propuso el principio de articulación como la lógica interna de su narración, impecable y sobria. Estas variaciones del severo artificio nos persuaden con su ironía y economía.

Federico Guzmán Rubio (1977) es parte del grupo conspirador que pretende reemplazar a París con Madrid. Claro que Madrid es una suerte de cita memoriosa. Incluye, con humor, la devoción por el futbol y los premios literarios. Estadísticamente, todos ganaremos un premio español. América Latina ya no es en esta guía de callejeo nostálgico un drama o dilema, sino una cultura de la violencia y la corrupción. Todavía lo persiguen los retratos de Franco, pero hay puntos de fuga, uno de ellos es la consolación por la cocina regional: “Tras la serie de fracasos va a comer a un restaurante peruano”.

Liliana Pedroza (1976) en sus relatos de Aquello que nos resta (2009), despliega una geografía infernal de subterráneos, ríos y canales, buscando levantar un mapa de transiciones y rupturas.

Su claroscuro es fronterizo, veraz y sumario.

Cristina Rascón Castro (1976) resuelve con las palabras justas la errática justicia que acorrala a los migrantes mexicanos entre las muchas fronteras. Sus relatos tienen la vivacidad de los rostros que pasan de largo y se refugian en el lenguaje. La crudeza de la sobrevivencia los hace irrepresentables, no es fácil asignarles lugar en el discurso. Son relatos que se escriben en voz baja y sólo se pueden leer en voz alta. No por la violencia sino por la esperanza que guardan las palabras.

Gabriela Riveros (1983), en Destierros (2019), recobra el formato de la historia familiar para reconstruir, desde un coro voluntarioso de mujeres, el horizonte de Julia y Helena, que se despliegan con brío entre escenarios socializados, donde se desatarán las furias y las penas. Estos cien años de intensa compañía convocan la voz coral de las matronas de la Casa. Esta vez, con fresca mundanidad. La familia no siempre es “la fábrica de la locura”.

Minerva Reynosa (1979) en su libro Fotogramas de mi corazón conceptual absolutamente ciego (El Tucán de Virginia, 2012), presentó una acción poética o, más exactamente, transcribió una performance. Su repertorio de variaciones es un acto político, drama y trance del poema, pero ya no como mediación sino como la protesta más actual, la del acto de habla:

Detrás de las palabras el pobre roba al rico y el no muy pobre al no muy rico argumentaciones aseveraciones disposiciones monetarias otra novela el riesgo de la prosa.

Recorre sus poemas la dicción urgida de la revuelta. Y presupone el activismo burlesco de las voces nuevas, de mensaje expresionista. Se diría que ha visitado el infierno social contemporáneo, o al menos el hiperrealismo, y ha optado por la rebelde estirpe de las voces de alarma.

Anatomía del nudo. Obra reunida (2002-2015) despliega la puesta en página de Rocío Cerón, que renombra y esclarece nuestro lugar en el espacio verbal simultáneo. El nudo postula una serie discursiva que potencia otra trama referencial. La poesía remonta la lógica gramatical. Este libro es la promesa cumplida de una creatividad meditada como crítica, libre de la mecánica de nombrar. Decía Cortázar que el diccionario es el mausoleo de las palabras. “La mirada hace la patria”, anuncia Cerón, y concluye que América es madre y padre a un tiempo. Como el poema mismo, anudado:

América es una dura cicatriz en el cuerpo.

El nudo anuncia las sumas por venir.

No es casual que México sea hoy el campo de exploración requerido por los derechos a la veracidad prometida por el lenguaje. El proyecto de Rocío Cerón se enuncia liberado de duplicar este mundo, y libre de rehabitarlo desde las series de invención. Su acción es política, a favor o en contra de las palabras. La poesía, nos recuerda, es todo lo contrario.

Otra estrategia analítica se despliega en el libro-collage de Alberto Blanco, el más libremente fiel de los poetas de orfebrería, quien postula que el lenguaje viene del ensamblaje.1 El verbo hace espacio, convertido en figura rearticulatoria. En el grafismo del collage, la acción del poema ha figurado un taller de mundo, donde todo recomienza partiendo el pan y la fe.

Estas notas hechas al pie de una periódica conversación entre colegas y amigos, celebran la lectura del mundo en México y de México entre sus nuevos lectores. En esa ciudad refugio de la amistad de la lectura, somos acogidos, y nos hacemos cargo.

Para compartir las voces recientes puede consultarse Nuevas poetas mexicanas (México, Orfila, 2019), compilación que hice con Alejandra Mena. Así como Muestra del nuevo cuento mexicano (México, Orfila, 2017), que compilé con ayuda de Alejandra Mena y Gerardo Mendoza, estudiantes de la Universidad Brown.

 

Julio Ortega
Escritor, ensayista y crítico literario. Uno de sus más recientes libros es: La comedia literaria. Memoria global de la literatura latinoamericana.


1 https://bit.ly/30852QW.

 

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