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Corres, saltas, en pos del tortugario de la pequeña terraza incrustada entre tres muros altos que se extienden hasta la azotea del edificio de cuatro niveles. En el tramo nuestro de esos muros, tu abuela Raquel y Alicia cultivan plantas verdes y flores blancas. Con el criadero de tortugas y vegetales, hermosean la vivienda. Tu abuela Raquel abre la puerta de la casa del sexteto de tortugas, te carga entre sus brazos y te alza para que las yemas de tus deditos alcancen el tapanco que resguarda el alimento, a un costado del aposento de cristal y agua.

—¡Tortú! ¡Tortú! ¡Tortú!

Las tortugas se alborotan. Te oyen y olfatean el aroma excitante de la comida; apuntan las miradas a tus manitas. Ven esparcirse el puñado de camaroncitos, cuando caen en picada tras el último chapuzón. Aguardan a que los bocadillos rígidos se asienten en los bordes redondos de las piedras y en la arena, para engullirlos sin destrozarlos, con una lentitud que se contrapone a tu decisión de entender muchas cosas a la vez, antes de que llegue la noche y tengas que dormir. Naciste hace veinte meses. Aprendiste a gatear, a caminar, a correr y a pronunciar palabras cargadas de fundamento: mamá, papá, Doñaglo, tío, yo, sopa, agua, luz, allá, acá, ahí, más, popó, bebé, sí, no, ven, bay, wow, Pepa… Y algunas alusiones harto expresivas: tortú (tortuga), cuacuá (pato), guaguá (perro), cocó (conejo), pío pío (pollo, pájaros), lleta (galleta), aíllia (Alicia), ogur (yogurt), ate (aguacate), chicha (salchicha)… Pero es extenso el lenguaje de tus gestos, como tu capacidad de discernir el significado de nuestras expresiones. Sonríes, te carcajeas con admirable sonoridad, haces rabietas (pocas), nos convocas a seguirte en el tropel de tus correrías por los pasadizos del departamento y de la terraza poblada de yerbas comestibles, enredaderas y flores. Y nos indicas cómo entretenerte: el juego de los dados que son piezas de columnas, pirámides y castillos; barrer con tu escoba; limpiar las patas y la boca de Gandhi con toallas higiénicas; desordenar y reordenar las banquitas y butaquitas de artesanía alineadas en los empeines de madera de las ventanas; darles de comer a los pájaros de la terraza y seguir con la mirada el barullo de su convivencia y de su aleteo ascendente; activar la palanca y el rodillero del aparato que me yergue y me sostiene en pie; esconderte debajo de mi silla de ruedas o entre mis piernas entumidas; ir al Parque España o al Parque México, caminando con tu abuela Raquel, para balancearte en los columpios y deslizarte en la resbaladilla. En el trayecto contemplas cómo derrumban los edificios que fueron dañados por el sismo del 19 de septiembre del 2017 y el fascinante bailoteo de las ramas. En la circunspección de tu carita se dibuja la pregunta: ¿dónde está la energía que hace danzar los brazos de los árboles? Tu accionar es inagotable, igual que tu vocación por organizar todas las actividades: la lectura de tus libros, mientras aprecias los números, los dibujos de humanos y animales y repites las palabras bien pronunciadas por tu abuela; silbar, obtener sonidos de la armónica, la flauta, el tambor y la marimba; oír la música del tocadiscos y segundar los cantares de tu abuela. Nuestro sosiego meditabundo de viejos va de sobresalto en sobresalto, al ritmo de los tronidos de las cinco horas que estás junto a tu abuela Raquel, los lunes y los miércoles, desde que te recibe en la guardería hasta que te entrega a los brazos de tus padres, cuando ellos terminan la jornada formal de trabajo. Tus abuelos Patricia y Sergio disfrutan una experiencia semejante, los martes y los jueves. Los viernes y los fines de semana, son tus padres quienes comparten los truenos de tu trajinar. Ellos todavía son jóvenes pero, entrada la noche del domingo, también los habrás noqueado.

Ilustraciones: Raquel Moreno

Y en el proceso forjador de tu carácter y de los cuidados de la maquinaria de tu cuerpo, aquéllos que componemos el núcleo macizo de tu familia nos esmeramos. Tus iniciativas, tus impulsos, las cosas que atraen el esmero de tus brazos, de tu mirada y de tu lenguaje, es material para el entendimiento de tu personalidad. Enseñar y aprender; aprender y enseñar. El proceso enseñanza-aprendizaje discurre contigo en el centro del círculo virtuoso. Comes con aquel desorden de niña mimada. Tu abuela despliega sus habilidades persuasivas para llegar al tope saludable de tu ingesta. Te gustan los chícharos, la sopa de calabaza con granos de maíz, el aguacate, el quesillo, el yogurt, el salmón, el conejo horneado, la galleta con queso y jamón. Y la salchicha que recibes como recompensa. Tus dientes novísimos ejecutan bien su tarea. Los movimientos de tus maxilares acentúan los rasgos bellísimos de tu carita. Atenta a los resortes ingenieriles de tu accionar, tu abuela te dio las herramientas que utilizas para reparar tu bicicleta de plástico y apretar tornillos y tuercas de mi silla de ruedas. Es inconmensurable la medida del discurrir y de los enigmas; y el tiempo, insensato, aunque no lo dilapides en asuntos baladíes, se agota cada día cuando aún falta tantísimo por entender.

Cuando cumpliste veintidós meses, la pandemia del covid-19 ya trastornaba la noción del orden humano. De China había brincado a Corea, Italia, España. Europa lo escupió en las narices del mundo. Italia superó a España y a China en el registro oficial de contagios y muertos. Y en lo que dura un respingo, Estados Unidos había rebasado a Italia. Se estremecía la gente en el desconcierto del miedo colectivo. Aparte de China, Corea, Alemania, Nueva Zelanda y Finlandia, los gobernantes de todos los países, insuflados de mezquindad e ignorancia, no comprendían los mecanismos del suceso. A finales del 2019 estalló la crisis en China. Y unos meses después, la Organización Mundial de la Salud informó que la chispa de la epidemia se había extendido por los arracimados bosques humanos de todos los continentes, como un incendio. Es decir, se trataba de una pandemia. Los gobernantes, entumidos cerebrales, incapaces de apreciar la complejidad del acontecer, desairaron el informe. Entonces, los gobernados volteamos la mirada hacia los templos de la ciencia. Un poco de conocimiento y borbotones de preguntas manaban en aquellos recintos tan dedicados a despejar incógnitas. Tu tío René habló con tus padres, con tu abuela Raquel y conmigo. En un tono acorde con la gravedad de la situación, expuso lo poco que se sabía. El tiempo para encontrar y masificar el uso de la vacuna que combatirá al covid podría ser de dos o más años; en los segmentos más vulnerables de la población estamos los ancianos, las mujeres comilonas que durante el embarazo engordan y elevan la glucosa, los diabéticos, los gordos hipertensos, los achacosos del corazón. Tu padre y tus abuelos nos ubicamos aquí, con pleno conocimiento de nuestra fragilidad. Yo encajo en tres de los cinco grupos. Soy el más indefenso del núcleo familiar. Si me contagio, seguro moriré. Mi epitafio, escrito en una tabla de hormiguillo que colgará de la rama más robusta del árbol del camellón de Ámsterdam que resguardará mis cenizas, para que suene como tecla de marimba cuando la hamaquee el viento, podría decir: “Sobrevivió la guerrilla, la cárcel, la resquebrajadura de dos vértebras, la parálisis de las piernas, el infarto y las cirugías cardíacas, las llagas infecciosas en las nalgas… Y un gargajo taimado de coronavirus lo aplastó como a un mosquito”. ¿Cuáles son los síntomas? Tos, fiebre de 39º C, dificultad para respirar, estornudos, dolor de cabeza, dolor de cuerpo, pérdida del olfato. Tenemos que huir de quienes tosen y estornudan, de los que traen colorado el blanco de los ojos, de aquellos que boquean como recién pescados al respirar. Pero abundan los portadores asintomáticos del taimado covid. Esos matones involuntarios suben, bajan y resoplan por doquier sus disparos expansivos. ¿Cómo evitar el contagio? Aislándose como en la era de las cavernas, pero bien abastecidos de mascarillas, jabón, buena comida, paracetamol, baños de sol. El coronavirus es enemigo del humano, tan inclinado como buen primate a la convivencia comunitaria, a los abrazos, a la saliva de los besos, a la grasa y el azúcar.

Y nos encerramos, en las cuatro viviendas del agrupamiento familiar. Alicia suspendió sus viajes de fin de semana a casa de sus padres y ocupa su descanso en la lectura; Christian viaja de su casa a la nuestra en bicicleta. Tú ya no vas a la guardería; tus padres y tu tío René trabajan a distancia, dan clases y tienen reuniones por medio de videoconferencias. Tus abuelos leemos, escuchamos música, vemos películas en las pantallas de la televisión. Además de estos quehaceres del ocio recreativo, yo he sumado algunos párrafos a la escritura diaria.

Durante dos semanas ninguna de las partes se reunió con otra, por aquello de que en algún encuentro con amigos o compañeros, anterior al encierro, se hubiese contagiado alguien de nosotros. Catorce días de añorar el estruendo de tus andares. Nos reencontramos en cuanto terminó la espera indicada por los estudiosos del virus mortífero. Ahora con horario extendido al tiempo de guardería: lunes y miércoles, de 8:30 a 19:30 horas, con nosotros; martes y jueves, con tus abuelos Patricia y Sergio; un viernes allá y otro acá, de 8:30 a 15:00 horas. Es notable la evolución de tu intelecto. Antes de cumplir veintitrés meses ya dices Saúl, abuela, no quiero y muchas palabras más. Cerca estás de sostener una conversación. Abrevas conocimiento y esparces alegría aquí y allá. Eres el vínculo que une al núcleo en estos tiempos inéditos de separación. Y tu interés por entender la conducta de las tortugas crece y crece. Con una paleta de plástico tu abuela Raquel las extrae de su aposento de cristal y agua. Caminan y asoman la cabeza fuera del caparazón. ¡Tortú, tortú, tortú! ¡Ven! ¡Ven! ¡Ven! Al paso de varias aproximaciones determinaste que se trata de una familia. Descubriste a mamá y a papá tortú en la pareja de mayor tamaño. Y luego a la hija tortú grande, a la hija tortú chica y a la hija tortú chiquitita. La sexta tortuga (tortú, a secas), convaleciente de una herida en el muslo derecho, se recupera en el matorral de yerbas comestibles de la terraza grande. Ahí le derramas agua fresca en el caparazón. El agua resbala por el pecho, las piernas, los brazos de la tortuga. Y corre por la pequeña explanada y se agazapa debajo de una maceta. La extraes con el empeine de un bastón rústico; riegas agua en el caparazón, el agua resbala por los músculos y la cabeza de la tortuga. Corre, se agazapa debajo de la maceta, estira el elástico del pescuezo y ondea la cabeza, buscándote… Te mira, se agazapa, saca la cabeza. Con el empeine del bastón deslizas a la tortuga hacia fuera del soporte elevado de la maceta, riegas agua fresca en la coraza. Y corre por la pequeña explanada y se agazapa debajo de una maceta.

Formados ala con ala, en el espinazo de la barda vegetal de la terraza, los pájaros estiran los ojos y gozan el espectáculo, hasta que el calor arrecia y el sol tatema la piel. Entonces agitas las manos, como para abanicar el plumaje de las tortolitas, y te despides:

—¡Adiós, tortú! ¡Adiós, pío, pío!

Hipódromo Condesa, abril 18 del 2020

 

Saúl López de la Torre
Escritor. Su último libro es Parque México, editado por nuestra editorial Cal y Arena.

 

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