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El siglo XXI mexicano está volviéndose una mala metamorfosis del XX. Ni una de las condiciones que deberíamos despreciar en este país cambiarán sustancialmente con la ruta que creímos suficiente al formar nuestra muy particular noción de democracia. En todo caso, esas condiciones modificarán tanto el peso como la percepción de sus daños según el tiempo y la habilidad de quienes se pasan la estafeta de las mismas estructuras disfuncionales.

Conforme pasan los años se repiten elementos de autoengaño como en las elecciones de 2000 y 2018, aparentemente distanciadas por el espectro ideológico pero muy semejantes en espíritu. En ambos casos se supuso que con el cambio de espectro ideológico o partidista se hacía también un cambio del sistema. La retórica menos profunda insistirá en que no hay paralelo, la repetición en espiral de los temas que discutimos permiten pensar lo opuesto.

Ilustración: Patricio Betteo

El sistema mexicano no funciona. Cobra dignidades, mata, vive de la humillación y miente mientras niega que mata, que humilla y que miente.

Ni uno solo de los gobiernos de las últimas décadas, para quedarnos con aquellos en la memoria inmediata, ha reconocido sus fallas y los simpatizantes de todos las han defendido o siguen haciéndolo entre el apoyo directo, el silencio o el desprecio a quien no piensa de igual manera. A esa defensa se suma una constante: si bien nadie supone que tendremos en nuestra cultura política la madurez de un gobierno autocrítico, sí tenemos derecho a esperar que las mentiras se mantengan en cierto límite. La negación de la realidad es una montaña que gobierno mexicano tras gobierno sube y cada uno descubre una nueva cima. La ingobernabilidad de la violencia, los saldos de la pandemia y la relativización de la ley son aspectos cuya estabilidad es el constante deterioro del que participamos gobiernos y sociedad.

El sistema que cobija el deterioro muestra su fortaleza a lo largo de distintas administraciones. Un esquema diseñado para que ninguna tropelía pueda zanjarse, al necesitar, para ello, del rompimiento entre sus actores. De distintas facciones, de propias. Lo anterior sería equivalente, en lenguaje político mexicano, a pequeñas traiciones contrarias a las lealtades compartidas que fundan la rutina pública del país. Sin estas, que en otros lugares llamaríamos actos de ética, se imposibilita la modificación de normas porque cada involucrado se debe en exceso a ellas.

Aunque se adecuó para esquivar nuevos costos políticos, la eficacia del sistema mexicano conserva los pilares que le permitieron a un solo partido político conservarse por más décadas que las admisibles bajo cualquier perspectiva. Una maquinaria funcional, para sus intereses, que provee a buena parte del país de razones para el descontento y, en simultáneo, contiene las posibilidades del humor social. La evolución del sistema mexicano ni siquiera es logro propio —a manera de perfeccionamiento de lo negativo—: ninguna época puede ser más provechosa para un esquema disfuncional basado en la relativización que la edad de la realidad análoga, la posverdad y el renacimiento del nativismo.

Llevamos veinte años restándole peso a la vejez de la hegemonía como razón para su salida. Lo que se entiende como la alternancia democrática mexicana no fue un despertar espontáneo ni se debe exclusivamente al paso natural de distintos movimientos sociales o ejercicios políticos e intelectuales. Fue ese paso natural el que, en un momento, pudo introducirse gracias a la vejez de un partido que ya no era capaz de mantenerse en pie. Dependiente de aquella vejez se encontraron las condiciones para la partición de una época política, no de su claudicación. Le dimos tiempo a las formas que se habían construido para que éstas se adaptaran a los años y actuamos como si el resultado fuera una renovación. No una pequeña metamorfosis presta a que el tiempo, nuevamente, le obligue a retirarse.

Descubrimos la utilidad de los vicios en el malentendido de la democracia electoral. Nos convencimos de ella como única parte de la democracia. A todos los demás componentes democráticos los ignoramos o menospreciamos.

Sobre todo, los sexenios de Calderón, Peña Nieto y el actual, han dependido de las peores cualidades de nuestra sociedad. Su retórica, sus omisiones, su irresponsabilidad sin costos políticos reales provienen de la permisividad a la violencia, del conformismo con la apariencia de justicia que alimenta los espectáculos justicieros donde no importa la legalidad. De las grandes capturas de delincuentes a la exhibición desde la tribuna presidencial, el gusto por el espectáculo que se hace pasar por justicia es abrazado en México como si fuera tal. Todos los gobiernos del XXI mexicano se han aprovechado del desinterés de la sociedad por los derechos humanos. Cada uno privilegió el interés filial al interés público. La ausencia de preocupaciones comunes en cada aspecto de la vida de todas las administraciones mexicanas ha sido alimentada por décadas de una enfermiza relación de los medios y su capacidad para empatar múltiples intereses, incluso a merced y en contra del periodismo.

Hubo un momento, largo, en que los intereses a empatar eran los económicos y políticos; los favores de la vocería y la capacidad de protección e influencia. Ya no es ese el único ingrediente que domina la relación de medios con gobiernos. Al experimentar un gobierno con alta aprobación, buen número de medios han sostenido la lógica del rating sobre el rigor del oficio: si muchos quieren al gobierno, los medios no van a contradecir a sus audiencias. Triunfó la complacencia.

Se ha insistido que, en cierta medida, el modelo de partidos impide la culminación de las aspiraciones nacionales. Cada que escucho o leo esos enunciados veo la profundidad del abismo en nuestro analfabetismo político. Seguimos, en la nuestra y en otras democracias, necesitando de agrupaciones que reúnan las inclinaciones, intereses y proyectos políticos de quienes quieran reunirlas bajo un mismo techo. Decir que no necesitamos de los partidos políticos, en ésta u otra parte del mundo, sería equivalente a suponer que no necesitamos de la democracia porque invariablemente tendrá fallas y permitirá retrocesos. La base de la defensa democrática reconoce que las sociedades llegan a elegir representantes que, a la postre, devienen en contra de los futuros del conjunto. Siempre, sin excepción, se debe privilegiar el derecho de una sociedad a equivocarse y volverse a equivocar. Sin embargo, nuestros partidos son muestra de lo podrido. Esa paradoja quizá pueda responderse con algunas preguntas para quienes están convencidos de promover su extinción. ¿Pensarían votar por individualidades? ¿Cuántas? ¿10?, ¿50 individualidades concursando por las simpatías en una elección? ¿Qué pasa si las agrupamos en afinidades? Tendremos otros partidos políticos pero partidos al fin. Surgen como herramienta de la democracia, son también capaces de escupirle cotidianamente.

Si los partidos son en su concepción una herramienta y una conquista de la democracia para unir intereses; y, en simultáneo nuestros partidos son ejemplo de inconsistencias, ¿no el problema son nuestras agrupaciones políticas y no la idea de agrupación política?

Por mucho tiempo dijimos que nuestros problemas eran estructurales, pero no atendimos la estructura. Volvimos a dejarnos llevar por la falla de origen con la que hemos insistido que el cambio de gobernantes cambiará el gobierno.

Una idea en particular ha estado ausente en la construcción política y democrática de México. Su manipulación a manera de un disfraz que oculta la inexistencia política y sirve para perpetuar la columna vertebral del enramado. Frases al estilo de “menos política, más lo que sea”, en términos sociales, evidencian que no estamos dispuestos a entender que es más política, de verdad, la única posibilidad con la que hasta ahora y después de la barbarie hemos encontrado para resolver las diferencias.

Ningún país ha logrado salir de sus crisis profundas sin al menos una ligera intención de reconciliación social. Bajo el amparo del relativismo, en los primeros años del milenio se optó por la falta de verdad y justicia de los años formativos de la política mexicana. En Pensar México escribí que la historia contemporánea del país hubiera sido diametralmente distinta si, durante el primer gobierno que ocupó el poder tras el periodo de partido de Estado hubieran ganado la discusión quienes querían investigar sobre sus antecesores. Hoy, más que nunca, estoy convencido de aquello. Se confunde reconciliación social y reconciliación con el pasado, con silencio e ignominia. Ese momento marcó la permanencia del sistema que cuatro gobiernos después, se repite bajo el amparo del adorno, la estridencia, la manipulación de esperanzas y de apariencias. Hoy el escenario es paralelo: el silencio es tropelía legal y con la idea de anteponer a la legalidad una moral que da usufructos políticos, se apuesta por lo alegal que corroe el espacio jurídico. Un país que dice reconocer sus injusticias no tiene derecho a repetir la receta que arruina las posibilidades de verdad.

Se pueden hacer cuantas reformas se quieran; mientras partan de la misma base, que es la que tenemos, el resultado será igual al que ya se experimentó. Sin duda, entre los lastres se encuentra la idealización histórica de un pasado. Insistir en éste como el vicio que le da permanencia a nuestras deficiencias políticas es quedarse con sólo lo tedioso del conflicto, en términos dramáticos. Es cierto, claro, que continuamente se rescata el pasado ante la imposibilidad de plantear un futuro que aprenda de él sin aferrársele. Personalmente, me he cansado de comentar esa idealización del pasado donde a los próceres de baja estatura se les hacen esculturas como altos, guapos, guapas o pulcros. En nuestra distorsión de la realidad nada de ello importa. El síntoma final del sistema mexicano es la apuesta por la inutilidad del nicho que ve a su interior.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.

 

4 comentarios en “El XXI mexicano

  1. Este país no tiene remedio. Lo que debemos procurar es la acelerada y suave integración con Norteamerica.
    Por el bien de todos y para soltar el lastre escolástico-medieval que nos ataranta, seamos bilingües de una vez por todas.
    Nos tomaría una generación, nada más.

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