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Decidimos acompañar a Manuel a la manifestación aquel día. Siempre lo seguíamos cuando se aparecía por la ciudad. Comprábamos religiosamente las revistas donde publicaba sus fotos y fotorreportajes. Nos emocionaba tanto verlo en acción como escucharlo a la vuelta de alguna de sus andanzas, cuando nos mostraba lo que había revelado y nos hundía en sus relatos que siempre conjugaban la más honorable osadía reporteril con la imprudencia de quien da de brincos al borde del abismo.

Mi amistad con él se remontaba a los años de euforia preparatoriana, una de cuyas expresiones más locuaces era escaparnos los fines de semana en el viejo Volkswagen de su padre. Para mi libertad adolescente y febril no había nada como huir a toda costa de la casa familiar y de la mancha urbana. Manuel buscaba con esos cambios de aire salir a fotografiar pueblos y paisajes, rancherías y caminos pedregosos cuando sentía agotado el repertorio de rostros, plazas, parques, cantinas y lupanares polvorientos que cazaba en los ejes viales. Una tarde translúcida en los bosques escarpados de los cerros morelenses, no muy lejos de Amatlán, estuve a punto de desbarrancarme varias veces por seguirle el paso.

—Apúrate ya, Pepe. Hay que llegar antes que el aguacero —me decía impaciente.

—Tu pinche prisa meteorológica, carajo —le espeté luego de mi enésima caída de rodillas, mientras él seguía a zancadas esquivando piedras, salvando tecorrales, derribando arbustos.

Del este avanzaban nubes bajas y panzonas en un algodón extendido que cortaba el día en dos claridades. Un agasajo para el lente de Manuel; una locura para dos aventureros neófitos que procuraban seguir monte adentro, muy lejos a pie del abrigo del coche que esperaba a la sombra en los linderos de un maizal, expropiado como estacionamiento campestre con el incauto moche de la cerca de alambre.

Cuando al fin llegamos al punto de mira, la cumbre de un farallón agudo cuya rampa era un ahuehuete que escalamos, sentí que era cuestión de minutos para que los rayos nos cayeran encima. El viento bajaba húmedo de las cimas, repartiendo aullidos. Manuel parecía ajeno a los elementos detrás de su paciente mirilla, dispuesto a esperar a la eternidad con tal de obtener su presa visual: el instante del cruce de dos atmósferas opuestas. Por nuestro flanco izquierdo la vecindad de la tormenta enfriaba y oscurecía las cumbres; del otro lado y valle abajo, hacia las planicies calentanas de Cuautla y Yautepec, el cielo despejado relucía como un espejo de agua. La línea de avance de la lluvia, en el cielo sobre nosotros, era nítida y muda. El horizonte se descoloraba y difuminaba de un lado de la franja; del otro, permanecía profundo y vibrante. Volvimos empapados pendiente abajo hasta el coche conforme engordaban las gotas agoreras del diluvio, propiciadoras de nuestros resbalones. Reinaba la noche.

Manuel machacó la marcha del vocho para arrancar y apenas había rugido la máquina cuando vi por el retrovisor, entre la espesura, asomarse un rostro lleno de ira, con dos ojos como brasas y gritando un encabronamiento que el diluvio ensordecía. Mientras patinaban las llantas unos metros recordé que habíamos violado un predio ajeno, aplastado parte de la cosecha y cortado la cerca con tal de encontrar lugar. Las placas citadinas delataban nuestro pecado venial: chilangos, claro, hijos de la chingada. En ese momento escuché el cristalazo y vi el mango del machete entreverado en la ventanita del asiento trasero. El puño curtido del hombre ya entraba por el hueco para liberar el seguro de mi lado, cuando Manuel sorteó el barrizal y salimos del paso, pero no con suficiente fuerza como para que, al retirar rauda la mano, aquel demonio bajo la lluvia no pudiera asestarle un machetazo relámpago al espejo retrovisor, donde su imagen encendida se quedaría grabada.

Ya repuestos con cerveza en mano, Manuel volvió a los hechos como los narraría de ahí en adelante: aquélla había sido la venganza pendiente de un espíritu artero de los montes y, con mucha probabilidad, el fantasma de un zapatista que aún retorcía con sus manos combativas los hierros del progreso y del capital enajenador de sus tierras. Había sido un encuentro frontal con el alma violenta y venerable de la revolución interrumpida, título del libro de Gilly que Manuel leía y releía entonces.

En los años siguientes vinieron para él los premios y reconocimientos, los viajes, exposiciones y contratos con agencias y periódicos. La silueta del éxito me apartó naturalmente de su camino, pero seguimos buscándonos con la llama de la nostalgia de aquella época sin extinguirse del todo.

 

Ese mediodía de sábado muchos años después, caminábamos junto a Manuel entre una multitud colorida y errática como una larga serpiente pasmosa. Qué derroche de caras en este mundo —no recuerdo quién lo dijo y qué importa ahora—, rostros compungidos o coléricos al frente; más atrás, menos destacados algunos sonreían y bromeaban, quebraban los pactos de silencio, suspendían por un momento el motivo tan funesto y solemne de esa caminata multitudinaria. El mes patrio había sido, y todavía lo era, un mes de sangre. De los rescoldos de esas fechas se aviva la abyección. Tasas de homicidio que hacían añicos el ya de por sí demencial ejecutómetro, desapariciones diarias, violaciones en el transporte público, cuerpos mutilados, cabezas cercenadas en los bajo puentes. Había pasado una década y nos habíamos acostumbrado a la barbarie.

Ilustración: Estelí Meza

Yo caminaba sin mucho aplomo y más bien con algunos plomos de la cabeza a punto de reventar por el gentío. Sin prestarle mucha atención, oía el zumbidito excitado de Manuel que ya iba por el número seis de sus episodios nacionales. Virginia lo escuchaba, como de costumbre, con una mirada rayana en la compasión.

—Era de madrugada. Íbamos trepando la sierra nayarita en el último curverío antes de una meseta que ya es tierra wixárika. A nuestras espaldas subía un sol moribundo entre la bruma. Al cabo de un recodo nos deslumbraron los faros de dos trocas que cerraban el paso. Y que se bajan en chinga unos encapuchados. Con armas largas. Nos encañonan. Y nos gritan: “¡¿Quién chingados se creen?! ¿Qué hacen aquí? ¿Quién les dio permiso de pasar? Respondan rápido o valen verga. ¿Adónde van?”.

—¿Otra vez el espíritu vengativo del zapatista? — interrumpí.

—No digas pendejadas. Esto era real, no una excursión de chamacos. Por suerte, venía un marakame con nosotros y como vieron tanta cara extranjera, nos dejaron pasar. No paré de sudar frío todo el camino.

A menudo Virginia le reclamaba sus desplantes de periodista justiciero y si valían el pellejo. Él contestaba con las mismas preguntas punzantes: “¿Y qué quieren que haga? Yo no puedo quedarme ahí parado como ustedes estudiando, leyendo o atornillado en una oficina, pensando que las cosas van a cambiar solas”. Nosotros no le discutíamos. Ya había dejado de cavilar en cuántos de esos cuentos eran ciertos o no. Lo cierto era sólo lo que mostraban sus imágenes; el trayecto a esos instantes, el antes y después, podía ser puro humo de sahumerio para sus ceremonias de megalómano. Pero nadie iba a cuestionarlo. Yo mucho menos. Lo mío era, más bien, una rabia gris resignada al silencio. O un rayo de pesadumbre, al leer noticias y ver las redes, que me fulminaba cada mañana, sumiéndome en un pozo de apatía sin fondo, al que Manuel a veces se asomaba con una gran anécdota, con una foto certera.

Esa tarde algunos colectivos de manifestantes tiñeron de rojo el asfalto y las fuentes. Otros coreaban contra el gobierno en turno y la impunidad rampante. Cuántas marchas pasadas y cuántas más por venir, y cuántos manifestantes cansados o muertos cediendo la estafeta a los más jóvenes; y todo aquello a veces tiene olor a oficio, a costumbre, a desaliento ya cotidiano. A ratos parecía que aquellas pancartas, un alud de imágenes, ocurrencias, retratos a gran escala, banderas y estandartes, eran escapularios para protegernos, aturdir a la desdicha por un tiempo, mirándonos los unos a los otros, en aquel mar de anonimato. Talismanes y señas colgadas para un diálogo igual de improbable que un futuro distinto o, para los más incrédulos, corredores de protección para poder cargar a sus muertos con dignidad, en público. Pasábamos las glorietas, los camellones floridos de la avenida, los rascacielos enfilados, y pensé que esta vez no éramos tantos. Manuel iba y venía tomando fotos. El rostro de una joven que lloraba sangre. El manto con la virgen y la mujer que la alzaba cubierta con un paliacate. Los encapuchados como una orden religiosa que ahora tomaban el antifaz de los verdugos para andar en silencio. Manuel se subía a los postes, se acercaba a los deudos de los muertos, se paraba de cara a los contingentes, se agachaba, se tumbaba en el suelo o se subía a los quioscos para no sacrificar ningún ángulo. Aunque a ratos desaparecía, siempre regresaba corriendo, se volvía a ir, comentaba lo que había visto, comprobaba la nitidez de sus fotografías en la pantalla.

En un punto nos apretujamos en multitud frente a un tinglado de madera al que subirían los colectivos de búsqueda de desaparecidos y otras organizaciones. Todo era lento y hacía calor. No habían empezado los discursos cuando sentimos crecer la agitación de súbito. Unos metros adelante, cerca de las escaleras del pódium, oímos gritos. El tumulto se movía hacia nosotros. Virginia sacudió una pierna. Entendí enseguida por qué su sobresalto era también una mueca de horror. Entre nuestros pies corrían ratas, prietas, grises, regordetas o macilentas. No puedo decir que eran ríos pero suficientes como para sembrar el pánico que ya se había desatado a nuestro alrededor. Empezaba la estampida. Había que escabullirse antes de que nos alcanzara el aluvión de gente. Pero en la dirección de la huida, opuesta al estrado de madera, un grupo de encapuchados empezaba a destrozar vitrinas, lanzaba molotovs, pateaba coches como en una maniobra sincronizada. Recordé los miles de videos que documentan las trifulcas y los madrazos con la policía, el encapsulamiento, las tácticas de esas seudomilicias urbanas improvisadas o “financiadas por una mano oculta”, según lo que siempre se decía. Se levantaron algunas nubes de humo blanco. Eran cohetes, gas pimienta y balazos de un contingente de granaderos. Manuel ya se había esfumado. Probablemente corría hacia allá para capturar el instante perfecto. El segundo congelado que revelara la represión más infame, la brutalidad más gratuita.

Virginia y yo, bien agarrados de la mano, logramos movernos hacia el lado izquierdo, y nos resguardamos en una parada de autobús que parecía una roca segura en mitad del torrente. Seguían afluyendo ratas despavoridas. Mucha gente caía y se ovillaba en el lecho de la riada humana. Más granaderos salieron desde los flancos y la parte trasera del estrado. Iban hacia los encapuchados soltando bombas lacrimógenas a su paso, dispersándonos a los desarmados. Aguardamos en la parada hasta que Virginia me tomó otra vez de la mano y se lanzó hacia la primera calle que doblaba la avenida para salir de la humareda y de aquel pandemónium. No volvimos a ver a Manuel.

A los pocos minutos lo llamamos. Su teléfono ya estaba apagado.

Pasaron horas; más llamadas, mensajes sin contestar. “Tranquilízate —me decía Virginia—. Ya tiene experiencia. Sabrá qué hacer”. No empezó ella también a preocuparse hasta caída la noche, cuando regresamos al lugar de los hechos, de donde no nos habíamos alejado demasiado, y vimos la marcha convertida en un ejército de máquinas, escobas, mangueras, hombres y mujeres que borraban el rastro de aquel paseo cívico, de aquella extroversión desesperada. Anduvimos en busca de nuestro fotógrafo una y otra vez por la misma avenida, hasta que la vimos limpia y desierta.

Claro que yo temía lo peor. Me venían encima las historias de Manuel, cascadas de escenas, palpitaciones, parajes de horror y llanto en que se hunde nuestro país año tras año, persona por persona. Nos sentamos en un café. Casi dos horas después recibí la llamada, de un número fijo. Manuel estaba en el Ministerio Público. Había sido detenido, ya fuera de la marcha, por fotografiar a unos agentes de tránsito que engullían tacos apoyados contra sus patrullas en las calles aledañas, donde nadie miraba ni protestaba. En una calle trasera donde cualquier movimiento de los manifestantes perdía sentido, donde tampoco a la policía la vigilaba ninguno de los rostros andantes. Ya en el MP lo encontramos sentado en un despacho. La cámara, entre sus manos, con el lente quebrado, su mueca de desolación y tedio, y un hilillo de sangre en la frente. Negociamos con el jefe, un hombre alto y desgarbado, con orejas de soplillo. Su uniforme planchadísimo caía rígido sobre el cuerpo y resaltaba una joroba inocultable.

—No, bueno, digo… —empezó el oficial— lo que pasa es de que aquí ya ustedes me entienden… verán, se nos va a tornar en mayor complicación que él salga lo que viene siendo así nada más… ya pudimos completar la observación de sus fotografías, digo, esto puede implicar agravamiento si el susodicho violó la privacidad del cuerpo policiaco… el juez, vamos a decir, podría aplicar sanciones más severas conforme a derecho. Saben, nuestros protocolos son muy precisos en cuanto a la ejecutoria judicial de casos indicativos como el actual… bueno, pero al mismo tiempo, ya que estamos aquí, sí quisiera resaltar que ustedes se ve que son gente decente.

Creí que iban a salirle chispas a su diente de oro. Pero ¿por qué caían esas gotitas de sangre de la frente de nuestro periodista? Empecé a sentir mis acostumbradas temblorinas, busqué exasperado la mirada de Manuel y se encogió de hombros. Luego comprendí.

—Bueno, pero ¿nos podemos arreglar a pesar de todo el exabrupto que usted acaba de describir con tanta perfección, verdad, oficial? —preguntó al fin Manuel, guiñándome el ojo.

Saqué tres billetes de mi cartera, todas mis monedas sobre la mesa, de reojo la mirada distraída del policía que trataba de coser dos frases acerca de la ley y la libre circulación de las personas. “Tengan cuidado la próxima vez”, dijo mientras recogía el botín. “La cámara se queda”, agregó.

Por poco le doy las gracias, oficial. Y las buenas noches. Salimos a la avenida, los coches disparaban destellos de luz bermeja a toda velocidad. La mordida incrementa el respeto al derecho ajeno, oficial. Y, claro, Manuel, mosquimuerto según el horario, no me devolvió ni un centavo de su rescate. Ni las gracias. Estaba demasiado ocupado en regocijarse por haber sacado a tiempo la memoria de la cámara rota y finalmente “confiscada”. Ya esperaba sus descripciones de las fotos que había tomado. Grandiosas, empapadas en caldo de humeante modestia.

Volvimos a casa a pie. Ahí afuera, en esa maraña de calles, convivíamos tantos mundos diminutos e inabarcables; todos esos conductores solitarios y ojerosos; los rostros de la marcha del día; los caminantes crédulos defensores de la prosperidad; los clérigos saliendo de sus oficios; los oficiales de tránsito viendo pasar un día más entre el humo de los coches; los vendedores ambulantes y sus largas caminatas; el agente del ministerio abatido por la pereza y siempre acalambrado por la próxima extorsión de su jefe al que extorsionaba a su vez el coordinador ministerial y a ése el subdirector de área y a ese otro el director sectorial y a ése el subsecretario delegacional y a ése también el delegado en persona, y así por toda la pirámide trajeada y reluciente. Manuel sólo estaba pensando en lo que costaría una cámara nueva. En que posiblemente escribiría sobre el caso y armaría una caja común de donativos voluntarios en su Facebook.

—No puedo creer que hayan soltado ratas —dijo Virginia.

—Yo al menos logré retratar a las uniformadas, que también dan rabia cuando muerden —jugueteó Manuel.

Y Virginia le reía las bromas y los dos se burlaban del atuendo del policía que me había dejado sin dinero. De qué se ríen, puta madre. Yo sólo podía cagarme para adentro y esperar a los bárbaros en el horror de esa inmensa ciudad, donde —en algún otro ángulo del mismo laberinto de asfalto, en otro mínimo lunar no tan recóndito de aquel pulpo maniatado— ya empezaban su ronda a esa hora de la noche las hienas, los sicarios, los rateros y los mochaorejas, los caníbales del norte y los secuestradores, los violadores de cada barrio, y así crecía la oscuridad, la noche de sangre que avanza a empellones por todas nuestras plazas. Algunas calles compartidas, el roce de ciertas esquinas, la sombra de ciertos árboles, nos reunían con ellos y nos volvían a separar, sin saberlo, en los mismos espacios. ¿Cuántas veces se habrían cruzado nuestras miradas con las de ellos en la misma acera, en el mismo vagón del metro?

Manuel roncaba ahora en el sofá. No tendría, como yo, que ir al día siguiente a trabajar a la aseguradora, después de haber vencido al insomnio por un rato. Al contrario, se despertaría como de costumbre a darse un desayuno triunfal a costa de nuestro pequeño refri, mientras se felicitaba en redes por su destreza óptica y su valentía y sus miles de seguidores. Pero la próxima vez yo no cejaría. Rompería mi silencio: “Mira, Manuel, vas a irte directito a chingar a tu madre, ¿me oyes? Me valen madres tus marchas, tus fotos, tu justicia de ojete”. Aunque me costara romper con la vieja costumbre de su amistad, lo haría. La próxima vez.

 

Durante los siguientes cinco años seguí en la aseguradora. Escalé hasta director comercial sin pena ni gloria. Arrastré muchos años la pesadumbre del divorcio con Virginia y el dolor de saberla irremplazable. Le dejé el departamento y me fui a uno más chico, sin terraza ni mascotas ni plantas. Viví de soltero sin rumbo ni mayor ambición que la de ver sanas y alegres a mis dos hijas los fines de semana y que mi presencia no las matara de aburrimiento. El tiempo de Manuel había quedado atrás, aunque alguna comunicación ocasional con él me devolvía el fasto de sus anécdotas y misiones por cuanto rincón del país. Mis respuestas eran esporádicas, pero eso no lo desalentaba.

[email] Martes 11 de octubre de 2011

Pepe, estoy en Michoacán. No sé si has leído los periódicos —¿por qué digo no sé si ya sé que no te asomas a ningún otro objeto de papel que no sea un contrato?— pero ha habido varias insurrecciones populares en dos pueblos purépechas contra los talamontes ilegales. Los acusan de colusión con el narco. Para colmo la policía municipal asesinó a un dirigente. En los pueblos montaron fogatas y barricadas y ahora están organizando sus propias asambleas y ya tienen su propia policía montada. Tomé fotos espectaculares (que verías si hubieras abierto algún periódico en los últimos seis meses).

Te dejo el link, un abrazo grande y mis ganas de verte, de ir a las cantinas y saber qué remedio tendrán tú y tu Virginia ya no tan tuya.

O bien:

[email] Miércoles 28 de noviembre de 2012

Pepín, algún día deberías salir de tu cueva y alcanzarme, aunque sea para orearte de tanto “registro de colisiones”, “daños a terceros”, “remuneración parcial por muerte súbita” y esas previsiones horribles que ocupan tu cabeza. Estuve en los Altos de Chiapas. Pero no sólo para fotografiar esos bosques hundidos entre jirones de niebla. He participado en las escuelas críticas de los caracoles zapatistas. Fueron varias semanas y te lo digo: mi vida ya cambió y no es gracias al materialismo dialéctico ni a la certeza de que el Sup Marcos es una botarga y nos engañó a todos con su disfraz mediático de guerrillero latin lover. Conocí a Elaine, una belleza sin cabida para mi entendimiento tan visual y a cuadros. Es inglesa, de pelo chino y ruda. Ha viajado con tantas ONG que yo no sabía que existían tantas causas para tantos pinches problemas, Pepe. Pero ella lleva todo eso ligera y atenta, y sus labios derraman alguna esencia sigilosa que se apodera de mis noches y mis días, que me asedia las horas de angustias y dicha, y estoy como animal casero en su indefensión nocturna. Creo que nuestras vidas se han trenzado para siempre. Puedo oírla hablar horas con la misma fascinación concentrada. ¿Te acuerdas que decías lo mismo de Virginia? Qué pronto puede pasar todo. Qué miedo tengo. Estoy a sus pies, Pepe. No podré jamás burlarme otra vez de tus cartas de amor pegajosas de tanta melcocha barata. ¿No se venden seguros para el abandono, para el mal de amores venideros?

Dame noticias, lic.

Te quiero y te quiero ir a ver pronto.

Unos meses después recibí el más sorprendente de todos:

[mensaje de texto] Jueves 15 de marzo de 2013

Mi Pepe adorado: ¿cómo estás? Quiero pedirte, sólo por esta vez, que me ayudes en un pequeño detalle. Sé que tú lo entenderás. Elaine se quedará en Baja California mientras yo cruzo la frontera. Cuando digo cruzar es literal y no tengo pasaporte. Tengo que vivir esa experiencia. Sólo así habrán calado en mí ese sufrimiento y esa empatía. Pasaremos pronto y de madrugada, por el río. Sólo necesitaría que me adelantes dos mil dólares a la cuenta ******5- InterBank San Antonio Tx. Es para la persona que me recogerá a unas millas de la Interestatal 90 y ojalá me lleve lejos de los ojos felinos de la migra. Dime, por favor, si puedes. Si el depósito al extranjero se complica, puedes ayudarme comunicándote con Elaine al 03********. Por supuesto te devolveré de inmediato las ganancias del fotorreportaje que ya está apalabrado con un editor del Houston Globe. Deseáme suerte. Que la tenga también mi cámara. Te abraza fuerte, tu hermano clandestino.

No supe qué responder ni si debía dar por ciertos los anhelos migrantes de Manuel. Por supuesto que en el curso de mi duda no hice el depósito ni me comuniqué con la tal Elaine. Al cabo de una semana o dos recordé el asunto y me metí a internet a fisgonear al Houston Globe. No había reportaje alguno de ese paso de migrantes en específico, uno de miles, documentado en la mayor cercanía con el lente de Manuel. Decidí olvidarlo y asumir que mi silencio podría separarme de una vez por todas de esa vieja sombra de un cariño.

 

Una tarde de mayo sonó el teléfono de casa. Una rareza escuchar ese ring. Y recibí la llamada que debía esperar:

—¿José? —me dijo una voz muy queda y sombría, con un español líquido como sólo podía serlo el de la inglesa.

—Sí, soy yo.

—Te llama Elaine. Tu amigo Manuel está desaparecido. No sé si recibiste SMS de él. Es muy necio. Se metió en the border y yo le dije que esa particular zona es de Cártel Nueva Frontera. They cross gente con mercancía, José, con mochilas a la espalda de 50 kilos. Los usan como burros. Y además les cobran smuggler fare. No sé nada de él, ni con quién cruzó. I miss him. ¿Sabes algo tú, por favor? Ayúdame a encontrarle.

Mientras oía esa voz que no acababa de quebrarse por el enojo y por el duelo inaplazable, sentí la horrible gravidez en el pecho, la culpa de no haberlo auxiliado, de no haber sido más insistente con él. Me odié y odié la forma grotesca de mi propio deseo de que desapareciera. Pero no de la faz de la Tierra. Sólo de mi vida, me repetía sin remedio. Tengo que contárselo a Virginia.

Ahora pienso en él y mis rencores parecen nimiedades de la amistad y el tiempo. Todavía no sé si murió, si está enterrado, si sus cenizas las tienen su madre y sus hermanos. No sé si se ha cerrado la historia para ellas. A veces pienso que la realidad acabó por derrotar sus afanes ideológicos. Pero más bien lo despedazaron el lugar y el momento exacto de un territorio que así, mediante esas sacudidas inefables, manifestaba su intolerancia profunda, atávica, ante cualquiera de esos afanes.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de la sección de cultura en nexos en línea.

 

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