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Cuando pienso en la fundación de las primeras colonias en Estados Unidos, procuro recordar a Roger Williams, así como a Rhode Island, donde el pensador y teólogo, proveniente de Inglaterra llamó Providence al nuevo asentamiento. Esto sucedió en 1636, es decir hace cerca de cuatro largos siglos. Williams fue un hombre tolerante y promovió el respeto a las creencias y cultura de los indígenas de América; divulgó y procuró la solidaridad y el destierro de la crueldad; escribió un libro, célebre, en cuyas páginas sus ideas comenzaron a tomar forma; su título, algo dramático, es El sangriento dogma de la persecución. Es sabido que Locke lo leyó y sufrió su influencia. A ojos de Williams, el menoscabo o represión de las creencias o prácticas religiosas representaba “una violación del alma”. Su inclinación a la tolerancia de cultos y su fe en la libertad de conciencia nos lo hacen parecer sólo como un predicador liberal; sin embargo, se trataba de un verdadero pensador y sus preocupaciones fueron más allá del asunto meramente religioso. Fue un hombre culto, fundador de civilidad y amante de la libertad y de la comprensión política y clerical entre las personas. Aludo a Roger Williams como al utopista y pensador que ahora en el siglo XXI culmina, por desgracia, en la figura de un personaje desolador y repugnante, racista y absolutamente indiferente al bien general, la tolerancia y el respeto civil como lo es Donald Trump.

Ilustración: Kathia Recio

Estados Unidos fue el primer país a donde viajé en mi vida. En aquella primera visita, a fines de los años setenta, me detuvieron cinco horas en la aduana del aeropuerto de San Francisco, sin que mediara ninguna justificación razonable para ello. Los policías me obligaron a quitarme los zapatos y a abrirme la camisa. Sin embargo, esos dos meses en que vagué por California los recuerdo de buena manera y me siento ajeno y lejano a los merecidos reproches que merecía mi vejación sufrida en aquella aduana. Una década después fui asaltado un par de veces en Nueva York mientras vendía árboles de Navidad en la Segunda Avenida. Se vivía, entonces, uno de los ambientes más violentos de su historia reciente. Aquellos hechos tampoco hicieron peso en mis siguientes visitas a esa ciudad a la que, pese a su bullicio y arrogancia, a sus diferencias económicas y raciales, consideré una de las urbes que deberían conocerse y recorrerse casi por obligación cosmopolita. Recorrí también la Costa Este —en realidad desde Texas a Pensilvania— viajando en Greyhound y por vía ferroviaria: mi entusiasmo viajero en ese entonces se expandía como un cáncer. En Chicago me hospedé en una casa de inmigrantes ilegales (pese a contar yo con un pasaporte) y también subí a lo alto de la Sears Tower (ahora los nuevos propietarios han cambiado el nombre a la torre: magnates nombrando con su nombre a sus gigantes túmulos: la vulgaridad carece de economía). En suma, mi funesta humanidad visitó, en Chicago, las alturas y también las catacumbas. En Miami, a principios del siglo XXI, mis amigos cubanos, en su mayoría pintores y artistas plásticos, organizaron una fiesta tropical y me trataron como al invitado de honor. Nunca se lo agradecí lo suficiente. Podría continuar enumerando las ciudades que conocí, acompañadas de alguna anécdota o pasaje aventurero, mas para fortuna de ustedes, me detengo (no hice turismo académico, o social: sólo me puse en marcha). Hoy continúo pensando que la literatura estadunidense del siglo XX (sobre todo) no tiene comparación en la historia de las letras, y que su sola consistencia heterogénea, versátil, abierta e inabarcable formó de alguna manera la tierra o geografía moral que Roger Williams deseó para el país naciente a mediados del siglo XVII.

Un siglo después de Williams, también James Madison, un hombre culto, amante de la historia y de la tolerancia, antiesclavista y puntal en la constitución política de los Estados Unidos, se reveló ante las tendencias políticas y religiosas más primitivas, fascistas y herméticas de la nueva nación. ¿Qué pensarían ambos sólo de saber que un personaje que reúne casi todas las debilidades del humanismo es hoy presidente de Estados Unidos y que aspira a reelegirse respaldado por una abundante porción de la población a la que ellos seguramente reprenderían? ¿Cómo se destruye una utopía? No lo sé: la barbarie sostiene los imperios. Prefiero creer que Estados Unidos es su literatura y encontrar así consuelo al grotesco espectáculo de su política. Washington Irving; Mark Twain; Melville; London; los escritores socialistas de las primeras décadas del siglo XX; la Generación Perdida; la literatura sureña; la literatura judía; el llamado Nuevo Periodismo; los Beats; su abundante número de outsiders o malditos; las letras de los inmigrantes; todo ello significa para mí un país, algo muy lejano a Trump y a su analfabetismo.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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