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El CNH prepara un mitin en la Plaza de las Tres Culturas Signos inquietantes durante la concentración. El ataque militar. Los intentos de huida. La captura. Interrogatorios en el Campo Militar número 1.

El martes primero de octubre en una asamblea nocturna del CNH recibimos la invitación para asistir a una reunión en la casa del rector, en donde se entrevistarían representantes presidenciales y estudiantiles. El CNH había acordado algo paradójico, el mitin de Tlatelolco no iba a ser tal, sino que se esperaba convertirlo en una manifestación al Casco de Santo Tomás, todavía ocupado por el ejército. Aquel era un acto mal concebido, que se traducía en una provocación evidente. Nos sentíamos confundidos, pensábamos en medidas ultrapacíficas para no ser reprimidos; tan es así que establecimos contacto con algunos presos de Lecumberri para que iniciaran una huelga de hambre a partir del lunes 7 de octubre y que anunciaríamos el día del mitin.

La mañana del 2 de octubre, Luis González de Alba, Anselmo Muñoz y yo nos dirigimos a la ESIME en donde sesionaba el CNH después de asistir a la reunión en casa del rector. En el trayecto advertimos que el ejército impedía el acceso al Casco de Santo Tomás. Esta situación llevó al CNH a la decisión de suspender la manifestación al Casco y reducir todo a un mitin en Tlatelolco. En esa asamblea, Ayax Segura propuso que el movimiento pasara a organizarse militarmente, cosa que fue desaprobada totalmente.

Se escogió como tribuna el tercer piso del edificio Chihuahua. Yo estaba encargado de la organización, y como se había juzgado conveniente que no hubiera mucha gente en el tercer piso, incluso tuve que correr a algunos compañeros. Teníamos un orden de oradores establecido. David Vega de la ESIT, Florencio López Osuna de la ESE, Mirto de la Wilfrido Massieu, un representante de los ferrocarrileros (que habían hecho un paro el día anterior en apoyo al movimiento estudiantil) y otros dos oradores que no recuerdo. Empezamos a recibir informaciones de que abajo había muchos «pelones», personas con el pelo corto estilo militar; al mismo tiempo iban ocurriendo cosas: apareció un sedicente estudiante de Derecho, fornido, alto, rubio, que intentó romper la valla estudiantil de los accesos y debió ser expulsado de manera violenta del tercer piso. El incidente nos sorprendió, nunca antes había sucedido cosa igual. En seguida llegó un tipo chaparro, prieto, fornido, con todo el aspecto de guerrerense, que decía traer un mensaje directo de Genaro Vázquez y pedía permiso para leerlo. Lo hice pasar y le dije que me entregara el documento; era un texto incongruente, absurdo, y lo expulsamos inmediatamente.

La situación era muy preocupante, las informaciones indicaban que estábamos rodeados por la policía. En ese momento, Anselmo Muñoz lanzaba un discurso muy virulento. Yo me encontraba de espaldas, y en una de esas volteé.

Una cortina de soldados salta del puente de Tlatelolco, disparando. Oigo gritos de terror. Sócrates se apodera del micrófono y pide calma a la gente (siempre tomaba así el micrófono, nunca ganó una votación para hablar en los mítines). Los estudiantes que me acompañan me levantan en vilo para sacarme de ahí. Mientras bajamos la escalera, aparecen unos individuos armados que cerraron previamente los accesos de la planta baja. Retrocedemos y subimos al quinto piso, para refugiarnos en el departamento de un estudiante del Poli que vive en la unidad. Allí están Eduardo Valle, Pablo Gómez, Gamundi y otros. Me asomo. En la Plaza hay una situación de completa inmovilidad. Al centro una señora está tirada, herida; llora y se arrastra hacia una niña, a unos quince metros de ella; alrededor hay gente tirada y en los canales de la Plaza se amontonan miles de personas intentando protegerse. Volteo a los costados, a las otras ventanas; por ellas asoman decenas de pistolas, ametralladoras, fusiles de diversos calibres; disparan contra la multitud. Me jalan por atrás y una ráfaga rompe todo el ventanal del departamento, destruyendo el techo.

Comienza a caer agua sobre nosotros. Las balas siguen entrando. Se oye un impacto muy fuerte: un tanque disparó contra un edificio cercano al Chihuahua. Después de no sé cuánto tiempo, cesan los disparos. Sólo se escuchan los gritos de: «íBatallón Olimpia, batallón Olimpia!» y gemidos de personas que son arrastradas por los pasillos. Un nuevo disparo, otro más y se desata la balacera. Todo Tlatelolco está en penumbra. Son las 11:30 de la noche. Tocan a la puerta: «íAbran o disparamos!». Anselmo Muñoz contesta: «No, no disparen». Abre la puerta y aparecen dos soldados con armas poderosas. Un estudiante dice. «Quiero orinar, quiero orinar», y los soldados le contestan amenazadoramente: «íOrina, pendejo!».

Nos bajaron con las manos en la nuca; en el descanso de la escalera estaba un hombre muy fornido, muy alto y blanco, que esperaba sentado a que bajaran los estudiantes y a cada uno que pasaba le pedía su identificación y nombre; usaba frecuentemente la palabra «remember»: «Dónde está fulano de tal, remember cabrón». Un estudiante delante de mí, le contestó: «Yo no sé nada ni te voy a decir nada». El hombre aquel le atravesó la cara con la cacha, abriéndole una herida; el muchacho se desplomó. Pasado ese primer filtro, llegamos a un departamento donde se encontraba amarrado de las muñecas Sócrates A. Campos Lemus dentro del clóset, platicando con sorprendente frialdad con los militares. Nos pidieron desnudarnos. En ese departamento de lo que se trataba era de robar a los estudiantes: dinero, relojes, chamarras; recuerdo que previamente había repartido mi dinero entre los compañeros y solamente me había quedado con un billete de 100 pesos que guardé en el calcetín del pie izquierdo, en la planta. Me desnudaron. Todavía no me identificaban. Me pusieron contra la pared, las manos en la nuca, y pude ver a mi alrededor a Florencio López Osuna con los dos ojos inflamados y la boca rota. Cuando lo capturaron en el tercer piso, traía una pistola que había intentado tirar por el barandal, la mitad cayó hacia fuera pero la cacha quedó bien firme. Fue el único estudiante al que se le encontró un arma. Nos hicieron bajar a la planta baja, donde había dos columnas de soldados. Para entonces ya me habían identificado. Un militar se acercó y me señaló diciendo: «Este, este cabrón es el líder». Un oficial me tomó del pelo y todos los soldados me dieron duro, hasta que caí; la columna entre la cual pasamos media 50 metros más o menos y yo no podía avanzar, porque todos los soldados se reservaban para darme a mi. Llegué al final completamente destrozado. Al llegar a los camiones del ejército recordé la novela Cien años de soledad: también ahí echaban a la gente en posición horizontal, formando varias capas. Era un cuadro de la segunda guerra mundial, una escena de los nazis.

Nos condujeron al Campo Militar número 1. Al llegar me conmovió ver a Luis González de Alba, pálido, sin camisa, perfectamente formado, en aquella noche fría. También yo me encontraba formado cuando se acercó un militar, seguramente de la policía política y gritó: «íEste es del Comité Central Comunista», señalándonos a mi y a Pablo Gómez. Entonces me condujeron a una pequeña celda en la que había una cama; los soldados le quitaron el colchón y me dejaron solamente el tambor metálico.

Al día siguiente sucedió algo como de magia: un oficial muy amable entra en la celda y me dice: «¿Me haría usted el favor de quitarse el zapato izquierdo? Y ahora, ¿no se quita el calcetín?». Caen los 100 pesos, los recoge y se va. Nadie me había visto guardar el dinero.

Comenzaron los interrogatorios; lo que más les interesaba sacarnos era lo de las armas y la dinamita. La insistencia con que lo preguntaban me hizo pensar por un momento que las «columnas armadas» se habían hecho realidad. De ahí me condujeron ante dos oficiales, uno de ellos con tipo extranjero. Me preguntaron: «¿Cómo te llamas?». Ingenuamente, volví a dar el nombre falso que había usado en Tlatelolco. Dos soldados me tomaron de los brazos y me dijeron: «No voltees». Vi la sombra de alguien que llegó a mis espaldas, me identificó, hizo una seña y se fue. Luego me volvieron a preguntar: «¿Cómo te llamas?». Yo tenía las manos atadas a la espalda; el militar extranjero estaba frente a mí, empuñando un fusil y dándome la espalda. Dirigiéndome al otro militar, repetí el nombre falso. En eso, sorpresivamente, el extranjero me deja caer la culata contra el pecho y me provoca una fractura de cuatro centímetros en el esternón. Esa fractura nunca me la atendieron, aún tengo la cicatriz y un problema de organización de toda mi caja toráxica.

Posteriormente apareció en escena un tipo de pelo chino, alto, mulato, que nos interrogó acerca de la dinamita y las armas. «O dices dónde están las armas o te vamos a fusilar». Ante la negativa, ordenó a los soldados. «Chínguense a este cabrón». Se formó un pelotón y me sacaron; dimos una vuelta al patio y me volvieron a meter al local ese. Sinceramente, nunca pensé que me fueran a fusilar.

El día 7 apareció el Ministerio Público -Sócrates y Ayax ya habían declarado a la prensa, cosa que nosotros no sabíamos-, para hacernos rendir declaración. Nuestra idea era defender la legalidad del Movimiento, era absurdo esforzarse en negar cosas que no existían, no había nada que ocultar. Al observar el rumbo que tomaban mi declaración y la de mis compañeros, la suspendieron para el día siguiente. Total que tardaron tres días. Ni mis compañeros ni yo habíamos detectado la verdadera intención de esos interrogatorios: publicar las declaraciones. Todos habíamos hablado ingenuamente. Una mañana me despiertan, me cortan el pelo, me visten, me dan unos zapatos y me conducen a un salón donde se escucha un murmullo. De repente me empujan, me sientan y comienzan a deslumbrarme los flashazos. Para esto, están terminando de leer mi declaración. Intenté articular algunas ideas en esa presentación que no duró más de cinco minutos: los estudiantes sólo hemos luchado con nuestras únicas armas, las ideas. Eso no apareció en la prensa. Entre los reporteros nacionales y extranjeros, que eran unos 50, se confundieron 10 ó 15 policías que, haciéndose pasar por periodistas, intentaron crear desorden, insultándome a gritos durante toda la presentación. También alcancé a decir que la masacre de Tlatelolco había sido organizada por el Gobierno o por fuerzas de derecha como el MURO. Eso sí apareció en la prensa.

Mi declaración había sido muy precisa y provocó gran revuelo. Le Figaro comentaba: «Un líder estudiantil rompe el esquema de las autoridades; contra lo que declaró Sócrates A. Campos Lemus, no ratificó ninguna idea del movimiento armado». En la prensa nacional, mi declaración apareció en segundo término, ya que el primer plano lo ocupaba la declaración de un muchacho que había declarado minutos antes que yo -le decían el «licenciado Metralleta», era un estudiante de Derecho que había aceptado la existencia de armas y eso porque golpearon a su madre frente a él-. Cuando yo comenzaba a declarar enfática y coherentemente, interrumpieron la presentación y me regresaron a la celda.

El día 11 me reunieron con otros, entre los que vi a Raúl, cosa que me sorprendió muchísimo. Se suponía que él se iba a quedar abajo del Chihuahua. Yo no sabía que lo habían capturado.