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De la resistencia a la iniciativa política. Respuesta coherente. Un error del movimiento, tres del gobierno. Constitución del CNH. Una nueva manera de acción política. Rigidez y fragilidad del Estado. Demanda única: no represión. La manifestación silenciosa. Toma de C.U. Los pasos de Barros Sierra. Apoyo de profesionistas y obreros. Hacia el desenlace.

¿Cómo se puede, en muy poco tiempo, levantar un movimiento que abarca a un grandísimo sector, que da elementos de cohesión y empieza a movilizarse en una trayectoria que mantiene coherencia durante tres meses? Lo que hubo fue una agresión generalizada a los jóvenes. El delito era ser joven. Al principio creyeron que bastaba lo acostumbrado: practicar detenciones preventivas. Eso explicaría por qué detuvieron a 25 militantes del Partido Comunista frente al cine Las Américas, en la Torre Latinoamericana y en las propias oficinas del Partido. Calcularon que así desarticulaban un movimiento que se veía venir. ¿Cómo fue posible que durante dos meses, con tantas oportunidades para tratar las cosas de manera diferente, el gobierno fracasara una y otra vez, con un auténtico rosario de seis, siete, ocho acciones incorrectas? ¿Por qué antes las medidas represivas tenían éxito y en este caso no lo tuvieron? Aquí hay que considerar la calidad de la respuesta estudiantil. La extensión es muy importante, pero también las primeras articulaciones, porque los movimientos se conforman paso a paso y se pueden malograr con una medida política incorrecta.

Durante los días iniciales el movimiento actuó como una resistencia inmediata, levantando barricadas en las preparatorias y vocacionales, asambleas en las escuelas. Se generó una respuesta coherente, con varios elementos centrales, algunos incluso fuera del movimiento. Por ejemplo las acciones de Barros Sierra, como izar la bandera a media asta y convocar a la primera gran manifestación. En ese momento, los actos del rector se consideraron parte de las disputas de conducción y hubo actitudes aberrantes de compañeros de Humanidades de la UNAM, que no comprendieron su significado político. A la larga resultarían actos absolutamente centrales.

La manifestación de Barros Sierra, el primero de agosto, demostró a la opinión pública que no se trataba de bandas de estudiantes enloquecidos que provocaban la violencia, sino de una respuesta colectiva de los centros de enseñanza dispuestos a discutir abiertamente el problema, y que la represión debía detenerse. El primero de agosto los tanques estaban ahí, en el Parque Hundido, pero no avanzaron; se impuso el carácter político del acto. Lo decía Barros Sierra: «Podemos dialogar los problemas, no es necesario recurrir a la represión». Con esto ganó para los estudiantes a un gran sector de la población y desmintió toda la campaña de prensa de esos días: «Barricadas en Francia», y luego, «Arde el Centro».

Ahora, efectivamente había una disputa por la conducción, y era fundamental darla con métodos políticos correctos. Se trataba de incorporar otros sectores, no excluirlos. Este efecto se consiguió con la manifestación del cinco de agosto, de Zacatenco al Casco de Santo Tomás, de donde surge el planteamiento de las 72 horas para recibir respuesta a las demandas; un planteamiento absolutamente enfático. Este ultimátum al gobierno en realidad nos estaba resolviendo un problema interno, porque fue la primera presencia de autoridad en la dirección del movimiento. De ahí se constituye el Consejo Nacional de Huelga. Antes del día 5, el Consejo estaba en las mismas condiciones de frustración que todos los intentos previos. La del cinco de agosto es la manifestación politécnica. Así se interpreta. Los universitarios lo sabían y se dieron una vuelta por ahí. El mitin en el Casco de Santo Tomás fue grandísimo, 50 mil, 70 mil gentes y todos los oradores, Gilberto Guevara, Fausto Trejo, Alanís, yo, hablamos de las setenta y dos horas.

¿Cuál fue el resultado? Cuando acabó el mitin, todas las escuelas que vacilaban nombraron representantes para esperar las 72 horas y ver qué respondía el gobierno. Así, en unas horas paramos todo formalmente, se integraron todas las escuelas. Fue uno de los actos culminantes en la integración, porque así se articuló un planteamiento político. Cuando ellos no cumplen las 72 horas y guardan silencio, de una manera desafiante nosotros marchamos al Zócalo sin pedir permiso a nadie. No iban a ponernos ningún reglamento por delante. «Tenemos derechos y vamos al Zócalo». Esa era la determinación. Al mismo tiempo surgió la idea del diálogo público, lo que abre nuevas líneas de actuación política.

Cuando uno habla de la calidad de la respuesta, se refiere al conjunto de acciones que se van desarrollando en esos dos meses; así, de manera específica. Es una línea de reflexión que en la mayoría de los análisis está perdida. Por ejemplo, en el libro de Ramón Ramírez es tanta la información documental que la parte interpretativa, muy en la lógica del 68, descuida las acciones y las respuestas de los protagonistas: el gobierno y el movimiento. Qué dice uno, qué contesta el otro, esa parte está perdida en los análisis, aunque es una guía absolutamente central para interpretar los acontecimientos: la conducta de las partes.

El problema político de todo ese periodo se resume así: está constituida una fuerza, los estudiantes en huelga, pero lo que está en disputa permanente tiene que ver con el resto de la sociedad. Es decir, había que incorporarla, si no, el movimiento podía malograrse. Desde el 27 de agosto. Entonces se tomaron varias medidas para salir de esa situación; tres, cuatro, cinco momentos determinantes para llevar adelante las cosas. Los llamados del Rector, previos a la ocupación de Ciudad Universitaria, causaron ciertos problemas; lo mismo las circunstancias anteriores a la manifestación silenciosa, porque son momentos de división.

En el transcurso de todas esas acciones se remontan una gran cantidad de problemas y eso es lo que convierte al movimiento del 68 en una experiencia distinta de las anteriores. Por eso, cuando uno se pregunta por sus causas, encuentra muchas, económicas, laborales, políticas, igual que ahora. Se pueden aventurar mil argumentos de esta naturaleza, pero la única manera de explicar por qué el 68 tuvo esa trascendencia es asumiendo que constituye una experiencia cualitativamente distinta en muchísimos sentidos, algunos muy precisos, que son parte del discurso del movimiento. Por ejemplo, uno que me parece central, si uno lo ve a larga distancia, es la nueva actitud hacia la actividad política. Si hoy está en una situación de desprecio, antes del 68 estaba absolutamente desacreditada. La única política que se conocía era la priísta y los movimientos alternativos se vendían por trajes, por dinero, por carritos, por casitas. Había una manipulación constante. El 68 ofrece una nueva manera de hacer política. ¿Por qué, a pesar de los esfuerzos de las experiencias anteriores nunca hubo resultados comparables? Porque nos enfrentamos a lo que la sociedad identificaba como política. Además, muchos de nosotros éramos de izquierda pero finalmente participábamos en actividades que podían interpretarse como de manipulación, obedientes a intereses oscuros, según ese lenguaje absurdo que otorgaba el monopolio de la actividad política a unos cuantos bribones y al partido gobernante. El 68 reivindica la política, porque la hace de masas, se vive de manera colectiva, se aclaran las situaciones en juego y se establece en términos tajantes y desgarradores, en respuesta a las amenazas de Díaz Ordaz; nos podrán reprimir, matar, encarcelar, podran hacer las barbaridades que quieran pero el movimiento no se va a vender. Esas cosas no se dicen de gratis, están en la mente de todos. ¿Por qué el CNH era tan rígido para las negociaciones? Porque no existía confianza para depositar las decisiones en un grupo, como era la costumbre. Esa forma de democracia directa y de vigilancia revolucionaria respondía a la situación previa, verdaderamente descompuesta y degradada. 

Para muchos fue su nacimiento a la política, y si esto te ocurre en un movimiento que se vende, no vuelves a participar en política, o te aprendes el caminito y te dedicas a los negocios. No fue el caso.

Otro aspecto, desde un punto de vista histórico global, es que el movimiento de 1968 ganó a las clases medias como conjunto para la causa de la revolución y esa es una tarea histórica. Según la teoría del proceso revolucionario, los procesos de esta naturaleza son posibles a condición de que las clases medias se neutralicen o participen activamente del lado de los intereses populares. Bueno, ni siquiera es posible comparar el ambiente de la ciudad de México frente a la represión ferrocarrilera, que fue de absoluta indiferencia, con las circunstancias que se crean en 1968, cuando las clases medias se interesan en la política. Se trata de una experiencia extrema que permite la atención posterior a numerosos movimientos por venir. Así, las feministas ganan espacio, lo ganan grupos indígenas como los triques, por ejemplo. La Guerra Trique no la conocía nadie. Bueno, en 1976 todo mundo se interesa en ella, en los problemas de la COCEI en Juchitán, etc. Cambia el clima social.

Entonces, cuando uno hace balances puede preguntarse: ¿Fue un movimiento revolucionario porque transformó de manera radical la percepción de las cosas? Así se hacen los movimientos políticos. Por eso actuamos políticamente y no ideológicamente.

Desde el punto de vista de la educación política lo más importante es el análisis de las situaciones problematizadas. La manifestación silenciosa perecería una puntada. «De repente se les ocurrió hacer una manifestación silenciosa». No. De otra manera no hubiéramos salido a la calle; bueno, a nadie se le ocurrió otra manera. Sintetizaba una gran cantidad de problemas y abría un camino desafiante de lucha.

Una prueba de independencia; el movimiento es agresivo, desafiante. Los desplegados nunca están dirigidos al presidente de la República, se trata de un desconocimiento deliberado de la autoridad presidencial. Así que no es por nada que se hace este tipo de cosas. Conocíamos un antecedente inmediato, la paliza a los médicos en 1965; ni modo de justificarlo como el primer acto del régimen, fue así porque el presidente no sabia, ahora vamos a decirle bien para que sepa. No es así; si queremos que nos oigan, nos vamos directo porque tenemos derecho. El mismo Díaz Ordaz declara que él no conoce las peticiones; «como no me mandaron la carta y no me dijeron qué quieren pues yo no puedo darme por enterado». Resulta que el presidente no se entera de lo que le está pasando bajo las narices. Si en esos momentos hubiera existido una actividad política de partidos, la aberración presidencial hubiera caído por su propio peso, pero era tal la opresión que pasó desapercibida, incluso en los análisis posteriores.

Formalidad y autoritarismo. Ahí está el IV informe presidencial: asumiré todas las consecuencias, las injurias no me llegan, los heroicos juanes. Pero el problema de fondo es: ¿Qué significado político tiene en México unas supuestas ofensa y derrota políticas del presidente de la República? En caso de que sea derrota el conceder a los ciudadanos algo que piden. Desde esta lógica, el poder pone la articulación de estas exigencias en los límites de su propia existencia y eso explica sus reacciones y la violencia para aplastar a los que exigen. Aquí se delatan la fragilidad y la rigidez del sistema político mexicano, que están en la base de muchas actitudes de la autoridad en México. La imposibilidad de ceder. Al gobierno no se le exige, es él quien concede, sólo su iniciativa cuenta. Así, resulta que a mayor rigidez, mayor fragilidad. Una fisurita lo truena.

El Consejo adquirió una autoridad política creciente en la medida en que se iba resolviendo los problemas y hacía planteamientos específicos. Se podría pensar en tres periodos: agosto es la consolidación y el paso a la ofensiva global; septiembre es una época de combates y dificultades, y luego es la etapa de culminación, los siguientes dos meses.

Los momentos más relevantes de la primera etapa son cuando el movimiento puede edificarse, conseguir una dirección, hacer los planteamientos del diálogo público, que toman una fuerza muy grande y sientan bases para que no haya posibilidad de vender el movimiento. Al mismo tiempo, se muestra una decisión ciudadana, política, de enfrentar al régimen con actitudes desafiantes como de no pedir permiso para las manifestaciones, mostrar independencia y autonomía, ampararse en derechos fundamentales y desconocer la reglamentación arbitraria, a partir de esa idea de que los derechos que otorgan las leyes fundamentales se niegan en los reglamentos. Al mismo tiempo, la exigencia de diálogo, con mucha energía; por ejemplo, aquel citatorio a los diputados el veinte de agosto en la Universidad, para discutir abiertamente, tiene un efecto muy grande porque se da una muestra de flexibilidad; al gobierno le da miedo y no asiste ningún diputado. Así llegamos a la manifestación del 27 de agosto, que es muy grande. Ahí se da un momento delicado que se remonta rápidamente: la propuesta de Sócrates de hacer el diálogo público el 1° de septiembre a las diez de la mañana en el Zócalo, que fue muy controvertida y después señalada como uno de los elementos de provocación.

La situación se produjo así. Previamente, la secretaría de Gobernación propuso que habláramos a ciertos teléfonos para organizar el diálogo. Los universitarios hicieron una campaña terrible en contra del telefonazo; las escuelas se llenaron de carteles señalando que responder al telefonazo era el inicio de una política de conciliación colaboracionista. Esto se discutió de una manera muy virulenta en el Consejo. Finalmente se decidió no responder, bajo el argumento de que no estábamos preparados. Una dirección que declara no estar preparada para negociar, se suicida. Afortunadamente, ese error no se hizo público. Se podía matizar el argumento; no estamos preparados por ahora, necesitamos unos días; los autores de semejante frase fueron los radicales de Humanidades, gente bastante perniciosa.

En uno de los discursos que habíamos escrito para ese acto proponíamos que el diálogo se realizara en Bellas Artes, y, cuando la gente oyó Bellas Artes empezó a gritar: íNo!, íno!, y el compañero que estaba leyendo, muy inexperto, se quedó azorado. Fue cuando Sócrates le quitó el micrófono para proponer que quedara allí, en el Zócalo una guardia hasta el día primero. Así, dejamos la guardia que era muy chiquita, de cinco mil compañeros. El ejército la desalojó y todo el significado de la manifestación del 27 de agosto, la más grande de cuantas habíamos hecho, (la gente tardó como cuatro horas en entrar), en los periódicos fue minimizada: el ejército desaloja una guardia, agravio al asta bandera y a la Catedral y todo eso.

Cometimos un error dejando la guardia, lo hicimos como cualquier cosa. Pero si nosotros cometimos un error, el gobierno cometió como cuatro, y nos empató. El gobierno se sintió con fuerzas para hacer un acto de desagravio, convocó a sus empleados, los llevo a fuerzas y la gente acabó gritando: «Somos borregos de Díaz Ordaz». Entran nuestras brigadas a repartir volantes y luego entran los tanques y dispersan a su base de apoyo, le disparan en Cinco de Mayo. Ese mismo día para la refinería de Atzcapotzalco. Ahí teníamos trabajo con los compañeros del Poli, hijos de petroleros o ellos mismos trabajadores transitorios. El ejército toma la refinería, se suspende la distribución de gasolina, se hacen largas colas en las gasolineras y el clima de descontento crece. Así llega el 1° de septiembre.

El informe de Díaz Ordaz fue amenazador, muy violento, y nos puso en una situación difícil de remontar. La siguiente manifestación fue hasta el día 13 porque primero había que resolver la confrontación. En esos días estábamos llenos de planes audaces, como tomar radiodifusoras, pero el informe Presidencial nos metió en un impasse. Las cosas se detienen, tenemos varios días de discusión, de reflexión, hasta que sale la propuesta de la manifestación silenciosa. La campaña de intimidación con que se le respondió fue muy fuerte. En los días previos al 13 de septiembre llovieron, desde helicópteros que sobrevolaban la ciudad, unos volantes dirigidos a los padres de familia, aconsejando que no dejaran salir a los hijos porque había un intento de tomar la embajada estadunidense y serían reprimidos. Ifigenia Martínez Navarrete nos perseguía por todos lados diciéndonos que tenía información de primera mano, que nos iban a hacer polvo. El gobierno estimaba que sería una manifestación de diez mil personas y sería fácil reprimirla. Al mismo tiempo aparecieron divisiones entre nosotros respecto a si era pertinente o no realizar la manifestación y la posible ampliación del pliego petitorio para incorporar al movimiento obrero; incluiríamos las demandas de las cuarenta horas, la reforma agraria y demás. Se formaron brigadas para ir a Topilejo y se intentó extender el movimiento en esa dirección. Sin embargo, la hostilidad del movimiento obrero organizado ya era absoluta. Por lo demás, teníamos una experiencia previa, que casi nos parecía un artículo de fe, en cuanto a la ampliación del pliego petitorio: en la huelga de 1956 del Politécnico, se habían levantado ciento diez demandas. A la hora de negociar, durante dos meses, se resolvieron muchas demandas menores, pero las cuatro o cinco importantes nunca tuvieron respuesta. De ahí resultó fácil atribuir intransigencia a los estudiantes. Luego vino el movimiento de solidaridad con la escuela Hermanos Escobar de Ciudad Juárez, en 1967, el primero en diez o doce años que logró parar el Politécnico. En esa ocasión creamos un organismo muy semejante a lo que después sería el CNH, el Comité Nacional de Huelga. Las siglas eran las mismas, y también la mecánica, tres representantes por escuela en huelga. En ese movimiento, donde también participó Chapingo, se planteó la discusión de las demandas y vimos que se le querían meter otras, cuando la única demanda debía ser la solución de los problemas de Ciudad Juárez (que la escuela dejara de ser particular y se incorporara a la Universidad Autónoma de Chihuahua, porque era y sigue siendo un negocio particular de unos agrónomos, los hermanos Escobar, muy reconocidos en el PRI). Conseguimos que se mantuviera la demanda única, y se resolvió favorablemente. Con los mismos criterios propusimos que el pliego del movimiento fuera preciso y sintético.

El primer desplegado del Consejo Nacional de Huelga, que enumera cada uno de los seis puntos, se refiere a la destitución de los jefes policiacos, responsables directos de la represión; disolución del cuerpo de granaderos, ejecutores de la represión; libertad a los presos políticos, víctimas de la represión; derogación del Artículo 145 Bis, instrumento general de la represión. Todo se resume en una sola cosa; con seis puntos, pero la demanda central es única: parar la represión. Era delicado ampliar el pliego, pensábamos que podía degenerar en división, porque la escalada política era muy agresiva. Claro, se avecinaban la sucesión presidencial y eso volvía más pesado el asunto. Desde nuestro punto de vista, para hacer las cosas más incisivas y tajantes debíamos mantener con claridad nuestras peticiones. Esta discusión nos tomó los primeros días de septiembre. La manifestación silenciosa debía resolver la división interna en el CNH y remontar el miedo.

Esa marcha fue muy diferente a las anteriores, porque se respiraba un clima de represión, distinto del que hubo el 27 de agosto, cuando por ejemplo pusimos una guardia de tres mil muchachas con batas blancas frente a la embajada americana, en una muestra de poder muy sólida. El 13, en cambio, pusimos al frente a unos 30 ó 50 compañeros, pues había que poner algo parecido a una descubierta, y los contingentes iban más divididos. Salimos pocos, pero aquello levantó una fuerza del demonio y se convirtió en una manifestación grandísima bajo un estado anímico muy intenso, pues era evidente que remontábamos la indignación bajo amenazas muy fuertes.

El silencio era impresionante, no era en absoluto una puntada artificial; se trataba de la única manera de expresión posible. La idea de marchar en silencio se le ocurrió al compañero Oscar Mohar, del Centro de Investigación y Estudios Avanzados del IPN, actual presidente de la sección de Amnistía Internacional en México. Sin embargo, al final ya no fue tan silenciosa. Y tuvo dos efectos. Uno consistió en vencer la intimidación con el silencio y el otro, que desbordó al anterior, ocurrió cuando la gente se retiró del Zócalo en medio de una gritería. Por cierto, ahí se registró una agresión irracional de un grupo de soldados, que rompieron los vidrios y poncharon las llantas de todos los carros que se habían quedado en el Museo de Antropología.

Al poco tiempo, Barros Sierra hace el primer llamado a clases, porque ya se articulaba una campaña para buscar la solución del conflicto por el lado interno de la Universidad. Después del 13 hay uno o dos días de movilización y luego un par de cartas que sugieren la posibilidad de un diálogo; Gobernación lo acepta para el día 18 en la mañana. Esa tarde entra el ejército a Ciudad Universitaria, en un acto absolutamente frío. Nosotros no teníamos ningún elemento para esperarla, fuera de las amenazas que se habían vuelto una costumbre. Desde el día 13 el ambiente era festivo. El 15 se dio el grito en Zacatenco y en C.U. Sin embargo, en Palacio nuestros gritos fueron vistos como un insulto a los símbolos patrios. Eso se nos escapó apreciarlo. Posiblemente estimuló la paranoia del presidente.

El caso es que la invasión fue un acto absolutamente inesperado, aunque hubo síntomas previos. Por ejemplo, Gastón García Cantú recuerda una disyuntiva del rector, que refleja un problema muy importante para Barros Sierra: si asiste o no al Informe Presidencial. Decide asistir y salva la situación diciendo que la definición de autonomía que da Díaz Ordaz en el informe es la que él había redactado uno o dos años antes; es decir, Díaz Ordaz habla de la autonomía en los términos de Barros Sierra. Pero toda la otra parte, de los heroicos juanes y las consecuencias políticas, la omiten tanto Barros Sierra como García Cantú. Así, en la lógica de ellos nada más persistía el problema del regreso a clases, aunque al mismo tiempo estaban el llamado de Gobernación para abrir pláticas y la entrada del ejército, que nos sorprendió por completo. Creímos que había condiciones para el diálogo.

Desde el punto de vista político y de opinión pública, la entrada del ejército fue un acto muy desafortunado, también falló desde el punto de vista operativo, pues ellos pretendían detener al Consejo. Metieron dos columnas de tanques por el campus hacia Medicina, donde se reunía el CNH, y todo el mundo se escapó por enmedio de las dos pinzas. Algunos salieron por el Pedregal, como Heberto y Perelló, y yo me salí entre los tanques, caminando, con una muchacha. En realidad, sólo se llevaron presos a quienes estaban en el último rincón de la Universidad y no les llegó el pitazo. Eso fue muy temprano, como a las siete y media; el Consejo estaba citado para las ocho pero siempre empezaba más tarde. Los periódicos sacaron grandes titulares: «Escapó el CNH». La maniobra fracasó totalmente.

Del 18 al 30 de septiembre el conflicto se centra en si el rector pide o no que salga la tropa, un punto de definición muy importante. Pero el punto de Barros Sierra debe ser «no vamos a pedir que salga el ejército porque nosotros no pedimos que entrara». Entonces el gobierno da un paso adicional: suelta a los sinvergüenzas de Octavio Hernández y Luis M. Farías, que en la Cámara de Diputados hacen acusaciones contra Barros Sierra. El rector presenta su renuncia y establece un enfrentamiento con el presidente. Las reacciones estudiantiles son muy bonitas: «No me toquen al Rector», «lo defenderemos a cualquier precio»; también los politécnicos hacen esta defensa, porque los combates se trasladan a la Vocacional Siete y Tlatelolco. Unos combates tremendos.

Del 16 al 23 de septiembre se viene una etapa de combates muy duros y la situación se vuelve complicada; había que hacer mítines encima de los tanques; ahí, Gilberto lanzaba sus grandes dotes de agitador, con los tanques encima, sacando a todo mundo y explicando las cosas así, con mucha fuerza.

El eje político del conflicto se centra en no pedir que el ejército desaloje las instalaciones y defender a Barros Sierra. A la confrontación del rector con el presidente se suman en cascada una serie de fuerzas solicitando a la Junta de Gobierno que no acepte la renuncia. Lo más interesante es que un sector absolutamente integrado al gobierno, el de los profesionistas, se expresa a favor de Barros Sierra, algo muy significativo desde el punto de vista de seguridad, porque Gobernación daba una atención especial al control de las organizaciones de profesionistas; a veces más que al de las organizaciones obreras; por ejemplo, en las elecciones de las asociaciones de Ingenieros Electricistas e Ingenieros Petroleros. Estos sectores apoyan al Rector en todo el país, y en ese momento las fuerzas más calificadas se expresan con un acto trascendental para el movimiento en su conjunto, son actos en apoyo a Barros Sierra, pero también son actos a favor de nosotros, porque refuerzan la línea de confrontación en uno de sus frentes, el de la dirigencia de rectoría.

Se expresan ingenieros, odontólogos, médicos, químicos, bioquímicos, en todo el país, en una catarata de desplegados importantísima. Finalmente, la Junta de Gobierno no acepta la renuncia de Barros Sierra y el ejército tiene que salir con la cola entre las patas. En el momento en que sale el ejército, nosotros entramos, y dos horas después ya estamos dando una conferencia de prensa.

La otra línea de expansión del movimiento se desarrolló por el lado obrero, que empieza a evolucionar también significativamente. Se pueden documentar una gran cantidad de conflictos durante ese periodo: huelgas magisteriales, paros en los hospitales, paros ferrocarrileros; se hacen mítines en San Lázaro, la Casa Redonda y toda esa zona. El 2 de octubre, cuando empezó la matanza, venía llegando a Tlatelolco el contingente ferrocarrilero.

Se hicieron asambleas en el Sindicato Mexicano de Electricistas, en Cables Subterráneos, en líneas aéreas, todo mundo hacía declaraciones y discutía medidas de acción. Sin embargo, eran momentos sumamente complicados, de pura resistencia: combates en las vocacionales, violencia, arrestos. Un grupo de 500 periodistas intentó publicar un desplegado de protesta contra la censura y a su vez fue censurado en los periódicos; aparecieron mantas en las fachadas de algunos periódicos, en señal de protesta. El movimiento está en una etapa defensiva que busca desarticular el ataque. En ese momento, el CNH se transforma en un mito. En realidad, sólo pudo hacerse una reunión del CNH, en una casa, a escondidas; entonces entra en funcionamiento un Comité Central, que prepara los desplegados, resuelve los problemas de conducción real, toma decisiones y, cuando más, intenta interpretar el significado de los acontecimientos.

Para entonces, Marcelino Perelló, que propugnaba el levantamiento de la huelga, prácticamente desaparece. No lo volvimos a ver después del 18 de septiembre. Ahí estábamos nosotros, en alguna esquina, esperando media hora, pasaban dos o tres carros con sus espías, y decidían si había o no condiciones para que llegara Marcelino. Nunca volvió a encontrar condiciones de seguridad suficientes para llegar a las citas.

El 2 de octubre se explica por el fracaso de las medidas gubernamentales. Además, se aproximan las Olimpiadas. Al gobierno se le complican extremadamente las cosas. Todo le falla, y nosotros pasamos a la contraofensiva. Nuestro regreso a C.U. marca un endurecimiento de nuestras demandas y una creciente atención internacional.

Originalmente, para el 2 de octubre se había propuesto ir al Casco, que seguía ocupado; sin embargo, esa mañana echamos para atrás ese acuerdo. En ese momento se iba a anunciar una huelga de hambre de los presos políticos (Campa, Vallejo, Santos y otros compañeros). Esperábamos que entre el 2 y el 12, fecha de la inauguración de las Olimpiadas, la huelga de hambre tensaría la situación y a lo mejor el gobierno cedería en algo.