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Gracias a sus exploraciones zoológicas, Aristóteles pudo registrar una peculiaridad humana. Sólo el hombre ríe. El ensayista William Hazlitt agregó otra rareza que nos separa de nuestros parientes con caparazón o con escamas: el llanto. La carcajada y la lágrima son las únicas pruebas concretas de la existencia del hombre. Algo así habrá dicho el crítico inglés, en 1818, en la conferencia sobre el humor y el ingenio que inauguró su serie sobre la comedia inglesa. Somos el único animal que ríe y llora porque somos las únicas criaturas que se percatan de la diferencia entre lo que es y lo que debe ser. Lloramos ante lo que frustra nuestro deseo en asuntos serios; nos reímos de la incongruencia trivial. Las lágrimas para las angustias inevitables, la risa para esos absurdos que nos alegran. Hablar del asalto de esos reflejos era, para Hazlitt, tocar lo más profundo de la condición humana.

Hemos de reconocernos, pues, en nuestros abandonos y en nuestras explosiones. No en la arquitectura del pensamiento o en el alma del arte; nos distinguimos en el mundo por las involuntarias convulsiones que nos provocan el disparate y el tormento. Aquel orgulloso animal dotado de palabra es, en realidad, animal de risa y lágrima. Hazlitt evoca un juego infantil que revelaba el columpio de la vitalidad humana: la madre se esconde del bebé tras una tela y al aparecer provoca la carcajada más rotunda. La madre se esconde de nuevo, pero se muestra ahora con una máscara que provoca el pánico y el llanto del niño. El juego habrá sido un tanto cruel, pero mostraba que esa alternancia de lágrimas y risas era lo que imprimía la viveza y el regocijo que no conocen los espíritus animales.

Ilustración: José María Martínez

En ambos casos, se trata de desbocamientos. Las emociones que no podemos conciliar con la razón o el deseo se descargan incontroladamente. Dos sorpresas que nos arrebatan la calma y hasta el mando del cuerpo. No podemos disponer de la risa ni del llanto a voluntad. Las riendas de la voluntad no sujetan esas cuerdas. Por eso han enfrentado censura durante toda la historia. Son desgobiernos, petulancias, debilidades, locuras.

Atraído por aquellas cosas que la filosofía no logra conceptualizar plenamente, Simon Critchley ha explorado las dos pistas que Hazlitt dejó sembradas en aquellas líneas: tragedia y comedia como revelaciones de la condición humana que desafían las categorías de la razón. La risa puede ser, como denunció Thomas Hobbes, el látigo de un soberbio que se envanece al burlarse del infortunio; puede ser un espasmo que libera energías contenidas. Puede ser, también, una irrupción de sensatez ante la incongruencia del mundo, una rebeldía. Un verdadero comediante, dice Critchley citando al dramaturgo Trevor Griffith, es una persona valiente. El comediante se atreve a ver lo que el auditorio teme ver y no se atreve a expresar. Y lo que ve es, frecuentemente, una verdad incómoda. Lo que somos, lo que buscamos, lo que decimos. El humor es visto por el hincha del Liverpool como antropología crítica, como filosofía socialmente acoplada, como antidepresivo. Por una parte, nos permite mirarnos desde fuera para ver el absurdo de nuestras palabras, nuestras relaciones, nuestros ritos. Por otra, es una abstracción práctica. Henri Bergson decía que lo cómico suponía una “anestesia momentánea del corazón”. En la irrupción de la carcajada, en efecto, hay una frialdad, una desconexión que puede llegar a ser cruel. Brutal antisentimentalismo que consuela con amarga lucidez. Por eso funciona también como una especie de ansiolítico. El humor no alienta, no dispara ilusiones. Pero al confrontarnos con nuestra pequeñez, puede reconfortar.

En su autobiografía, Groucho Marx cuenta la historia de un hombre que llega con un analista para contarle que ha perdido el deseo de vivir. El terapeuta le recomienda que vaya esa misma noche al circo para reírse con Grock, el payaso más chistoso del mundo. Después de ver su espectáculo empezarás a sentirte mejor. Tras oír la recomendación, el paciente se levanta y se despide del doctor. Al salir del consultorio, el doctor alcanza a preguntarle su nombre. “Soy Grock”, le responde.

El humor no es un crimen sin víctimas. Esa víctima debe ser la especie humana. En Critchley hay una especie de aristocratismo del ingenio. Hay de risas a risas. Más allá del pastelazo y del chiste de la tribu que se ensaña con el extranjero, la risa ha de reírse de quien ríe. Ésa es la risa (o tal vez sonrisa) que celebra Critchley: aquélla que insiste en mostrarnos torpes, impotentes, ridículos. El humor ofrece la lucidez del consuelo, concluye el filósofo. “Es por eso que, como los animales melancólicos que somos, los seres humanos, somos también los más alegres. Reímos y nos reconocemos ridículos. Nuestra miseria es nuestra grandeza”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.

 

2 comentarios en “De risa y llanto

  1. El tema sumamente interesante, ¿qué nos hace diferentes de las otras especies? La propuesta del llanto y la risa suena más a corolario que al teorema que la explica. Pero me ha llamado la atención que uses la anécdota de Groucho Marx y no el poema de Juan de Dios Peza “Reir Llorando”. Siempre una placer leerte.

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