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El proceso de adopción significa normalmente rescatar a un menor del desamparo para ofrecerle la protección y el calor de un hogar. Llevo semanas entrevistando a algunas madres y esposas de individuos desaparecidos; me han mostrando que existe otra forma de adopción. Se trata de la adopción de un desaparecido, un acto que tiene implicaciones grandes para todos.

Las búsquedas diarias de familiares de los desaparecidos son, por desgracia, un fenómeno que se ha extendido por el país. Donde quiera hay personas desaparecidas. Lugares que eran famosos por idílicos han sido sacudidos por la violencia. Pienso en Acapulco o en el Puerto de Veracruz, cantados por Agustín Lara; o en los llamados Pueblos Mágicos, como El Fuerte, Creel o Tlaquepaque. Casi no existe un solo estado de la federación que no esté estigmatizado por el secuestro: Veracruz, Tamaulipas, Sinaloa, Guerrero, Michoacán, Chihuahua, Baja California Norte y Sur, Jalisco, el Estado de México, Guanajuato o Morelos.

Ilustración: Patricio Betteo

Los desaparecidos suelen tener parientes que están preocupados por ellos. Muchos los aman fuertemente y por eso los buscan con insistencia. En este proceso todos sufren (sí: todos) un amargo encuentro con la ineptitud y la indolencia de las autoridades encargadas de buscarlos. Con frecuencia el resultado de ese áspero encuentro es que, a falta de un gobierno responsable, los familiares se convierten en los verdaderos buscadores de los desaparecidos. 

Conozco a una madre que busca a su hijo, desaparecido desde hace ya seis años. Ella no fue a la universidad, pero hoy sabe lo que es una prueba de ADN. Entiende perfectamente por qué importa que la base de datos de desaparecidos de su estado no empate con la federal. Sabe lo que es una prueba de carbono 14 y qué es una “sábana de llamadas”. Puede reconocer los huesos del cuerpo humano y sabe distinguirlos de los restos de otros animales. Sabe cómo está compuesta una carpeta de investigación. Entiende la diferencia entre la función de un fiscal, un perito y un procurador. Sabe más de procedimientos policiales que la mayoría de los policías.

Cada uno de estos conocimientos fue adquirido laboriosamente, en alguna reacción obligada, por la falta de voluntad de las autoridades. Este proceso de ilustración de los familiares de los desaparecidos implica una enorme actividad, que lleva poco a poco a que las buscadoras se identifiquen unas con otras y a que se identifique a cada desaparecido con el familiar propio. Es justo en ese momento cuando se da el tipo novedoso de adopción que me interesa resaltar.

Los familiares buscan, cada uno, a su desaparecido. Buscan a ese ser único e irremplazable. Una madre busca a su hija. Una mujer busca a su esposo. Un hermano busca a su hermano. Sólo que ante la necesidad de organizarse para hacer lo que el gobierno no quiere hacer, ellos van aprendiendo de los otros. Tienen que dedicarse a buscar entre todos. Y muchas veces eso significa encontrar no a tu hija, sino a la hija de otro; no a tu hermano, sino al hermano de otro. Así, cada uno de los desaparecidos se va convirtiendo en el desaparecido de los demás. Es a lo que me refiero cuando hablo de la adopción de un desaparecido: el amparo que las buscadoras les están dando a todos los desaparecidos.

Este proceso de adopción sucede por la tenacidad de los familiares al buscar a sus seres queridos. Se da también a través del sufrimiento compartido, la identificación y la empatía que los buscadores sienten cuando encuentran los restos de una persona y constatan, a través de marcas forenses, el martirio que ha sufrido. La pesadilla diaria de los familiares de los desaparecidos es imaginar lo que le pueda estar sucediendo a su ser querido a cada momento. Ese ser amado pudo haber sido raptado para obligarlo a matar, o para ser vendida como prostituta. Pudo ser raptado para estar en la cárcel en lugar de otro, o para ser extorsionado y asesinado. Son conjeturas y pensamientos que traen un sufrimiento indecible. La madre de una hija desaparecida me describió su vida así: “No estoy viva, y no estoy muerta”.

Y ante cada uno de estos horrores, la actitud del Estado mexicano ha sido —y sigue siendo— de una apatía y disfuncionalidad imperdonables. Se reflejan a diario en la burocracia y la falta de profesionalismo de policías, fiscales y peritos; en la falta de recursos técnicos y monetarios de todo el sistema judicial. Todo eso se traduce inevitablemente en descuido y falta de respeto hacia los restos humanos de los desaparecidos. En cambio, los familiares de desaparecidos lo que ven en cada inhumación es uno de los destinos posibles de su ser amado.

Por eso también las buscadoras hacen suyos a cada uno de los desaparecidos que se encuentran. Los adoptan. Los encuentran y los restituyen. El rapto de su pariente, único e irremplazable, las desvela diariamente, pero en el proceso infatigable de buscarlo van mostrándonos que los desaparecidos son nuestros. Son nuestros.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

Un comentario en “La adopción de los desaparecidos

  1. En Texas estudiantes de arqueología descubren tumbas de migrantes, en Florida también estudiantes de Arqueología descubrieron un cementerio clandestino de menores en lo que fue un centro correccional. Al parecer los arqueólogos están capacitados para esa clase de recorridos de campo, ¿y los arqueólogos mexicanos en donde están?

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