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Quizás la pregunta más obvia y urgente en cualquier situación de violencia sea: ¿a quién se mata? La respuesta más básica a esa pregunta la puede proporcionar la estadística al acotar las características del sector de la población que tiene más probabilidades de morir asesinado. Pero para la antropología, el perfil demográfico de la víctima es apenas el inicio de la investigación. La cuestión más complicada viene después: ¿cómo se clasifica localmente a las víctimas? ¿Qué epítetos y categorías sociales se usan para justificar o lamentar su muerte? En la vida real no se mata a un “joven de 27 años con baja escolaridad”, sino a una “lacra”, a una “rata” o a un “traidor”, y no da igual si su muerte es entendida como venganza o como limpieza.

Ilustración: Raquel Moreno

Estudiar las particularidades de cada una de esas categorías nos permite entender cómo se va formando localmente la condición de asesinable alrededor de ciertas personas. Pero sobre todo, conocer las categorías sociales que se vuelven objeto de violencia en una situación determinada nos dice cosas importantes sobre la sociedad en su conjunto. No operan los mismos principios y mecanismos en los lugares en los que se asesinan “brujas” que en los que se asesinan “burgueses”. Me interesa aquí una categoría particular del noroeste de México: el chapulín.

Una respuesta frecuente a la pregunta “¿Por qué lo mataron?” es: “Porque andaba de chapulín”o “Porque chapulineó. Cuando uno indaga sobre el significado del término, la respuesta más común es que significa traicionar, que el chapulín es un traidor. Sin embargo, la traición puede tomar muchas formas y chapulinear se refiere a una gama específica de acciones. Las particularidades del caso son reveladoras. La primera vez que escuché a alguien utilizar el término en este sentido fue en 1997 en Sonora: un muchacho le dijo a otro que alguien más lo estaba queriendo chapulinear, es decir, que le quería quitar a su novia. Chapulinear supone al menos tres personas y una especie de salto en el que una desplaza o sustituye a otra, de ahí la metáfora del insecto.

En las economías ilegales, chapulinear es saltarse a alguien en una red de intermediarios o robarle sus contactos. Por ejemplo, una persona en Sonora tiene una lista de contactos en Centroamérica que le llevan migrantes a su casa de huéspedes; ella, además de hospedarlos, cobra por conseguirles el guía que los ayude a cruzar la frontera. Las ganancias fuertes se obtienen precisamente al ser el vínculo entre esos dos eslabones. Si el guía, en lugar de respetar el acuerdo que tiene con ella, decide hacer un trato directo con los reclutadores de migrantes en Centroamérica, se convertiría en chapulín. Lo mismo sucede en el tráfico de drogas: si un patrón en México contrata a un cruzador para que lleve la mercancía y la entregue a compradores en Estados Unidos, y ese cruzador decide hacer un trato directo con los compradores para él proveerlos de mercancía sin la intermediación del patrón, entonces estaría chapulineando. Se usa también en la política: si un líder de algún colectivo tiene un contacto en alguna instancia gubernamental de la que se desprenden beneficios económicos, y otro miembro del grupo intenta establecer un trato directo con ese contacto, se convierte en chapulín.

El chapulín, entonces, es aquél que desafía las jerarquías de la intermediación, que no se conforma con ocupar un lugar subordinado en una cadena de cuotas y servicios, sino que busca acortar y capitalizar individualmente las relaciones. Por su parte, la pena de muerte contra el chapulín es el mecanismo por medio del cual una red de intermediarios mantiene sus eslabones y jerarquías. Idealmente, la norma contra el chapulineo permitiría la socialización de las ganancias en una red relativamente horizontal, de tal forma que cada eslabón de la cadena, por más redundante que sea, mantenga su lugar y pueda explotar sus contactos sin que alguien más se los robe y lo excluya. En la práctica, sin embargo, la norma contra el chapulineo resulta ser la manera en que los jefes aseguran su posición y mantienen a los proveedores de ciertos servicios como subordinados. De la misma manera que plataformas como Uber o Airbnb tratan de evitar que los usuarios hagan tratos directos por fuera de la plataforma.

Haciendo una revisión muy preliminar, no he podido encontrar equivalentes al término chapulín en otros idiomas o jergas. Lo que resulta curioso es que en la mayor parte de las contraculturas delictivas del mundo, la figura más repudiable, para la que hay toda clase de epítetos y castigos, es la de quien delata. Me viene a la mente el texto de Ignacio Zuleta que describe cómo en Colombia de pronto todos eran sapos, ya no sólo los que delataban, sino cualquier ciudadano bienintencionado tratando de hacer el bien.1 En cambio, en Sonora es raro escuchar que a alguien lo mataron porque “cantó”; es más, ni siquiera hay un término peyorativo de uso común para referirse a esas personas. La pregunta que sigue entonces es: ¿por qué aquí la violencia protege más la intermediación que el silencio?

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.


1   Zuleta, Ignacio, “El sapo al revés”, El Espectador, 4 de junio de 2012.

 

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