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La acedia es la enfermedad del encierro, amenaza constantemente a quienes viven en reclusión, a quienes pasan mucho tiempo confinados en un mismo lugar. Es una forma de asfixia espiritual. Con ese sentido, como enfermedad del espíritu, la palabra no existe en los diccionarios modernos del español (en el DLE puede ser pereza o amargura, en el DEM hay “acidia”, que casi se confunde con la pereza: “Estado anímico en que no se tiene el deseo o la voluntad para hacer algo”). Con la palabra hemos perdido no una idea, sino la capacidad para identificar matices de la experiencia. La primera reflexión elaborada sobre la acedia es la de Evagrio Póntico, en el siglo IV. Él tenía en mente en particular a los anacoretas, a los cenobitas, y desde luego hablaba por su propia experiencia; el vicio de la acedia, decía, hace la guerra a quienes viven en reclusión, que por eso tienen que aprender a reconocerla.

Ilustración: Estelí Meza

El Edicto de Milán, de 313, acabó con las persecuciones: en las décadas siguientes hubo un renovado fervor entre los cristianos, muchos salieron de las ciudades y fueron a Palestina, Persia, Arabia, a los desiertos de Nitria y Esceta, en Egipto, donde en el siglo IV llegó a haber más de cinco mil renunciantes que aspiraban a la quietud del espíritu. Entre ellos estuvo Evagrio Póntico; según lo que sabemos, abandonó una carrera eclesiástica que habría podido ser brillante para huir del asedio de algunas damas de la corte de Constantinopla y se retiró al desierto de Nitria, donde pasó el resto de su vida. Fue discípulo de Orígenes, pero murió justo antes de que comenzase el proceso contra el “origenismo” del siglo V (por eso tiene un lugar en el canon de los padres del desierto, pero discutible para la ortodoxia).

La mayor parte de los textos de Evagrio son para ayudar a los monjes a perseverar en la vida de encierro. En el mundo se está expuesto a toda clase de tentaciones, pero los anacoretas también las padecen, bajo la forma de “ideas” (logosmoi). Si se cede a cualquiera de ellas, se convierten en pasiones y finalmente en vicios. En la explicación de Evagrio son literalmente demonios que asaltan el alma de los monjes para apartarlos de Dios. Según su cuenta, son ocho y siempre los enumera en el mismo orden: gula, lujuria, avaricia, tristeza, ira, acedia, vanidad y orgullo. Los primeros más atados al cuerpo; los últimos, al espíritu.

La acedia tiene un lugar especial en la lista, es la pasión más opresiva. Siguiendo a Atanasio de Alejandría, Evagrio lo llama el “demonio del mediodía” porque acosa a los monjes entre la cuarta y la octava horas, es decir, en el tiempo en que el calor en el desierto resulta más difícil de soportar. A quien es víctima de la acedia le parece que el sol está inmóvil, el día le resulta interminable, y sufre una mezcla de somnolencia, intranquilidad, tedio e insatisfacción. La imagen del demonio del mediodía ha hecho fortuna, pero con un significado cada vez más desvaído. A veces se confunde la acedia con la tristeza, pero es otra cosa, porque no obedece a ningún motivo concreto, y es al mismo tiempo tristeza, ira y desesperanza.

Juan Casiano, que transmitió los textos de Evagrio, busca una palabra con la que traducir el griego akedia, pero ninguna le satisface: es languidez, letargo, aburrimiento, desconsuelo, por eso prefiere quedarse con la palabra griega, latinizada como “acedia”. Más tarde, Hugo de San Víctor redujo a siete la lista de tentaciones, ésa fue la que recogió Santo Tomás y que ha venido a quedar en la serie de los pecados capitales. Evagrio hablaba de otra cosa, nos ha dejado descripciones de una rara delicadeza: cuando lee, quien está aquejado de acedia “bosteza mucho y se duerme con facilidad; se frota los ojos, estira los brazos; retira la vista del libro, contempla la pared, y vuelve a leer un rato; hojea el volumen, busca el final del texto, cuenta las páginas, y al final cierra el libro y se duerme…”.

Eso que parece tan poco es un callejón sin salida: poco a poco el alma se debilita, se oscurece, la inteligencia se asfixia. Según parece, originalmente, akedia quería decir descuido, indiferencia, se refería a quienes no se cuidaban de enterrar a sus muertos, es decir, que era una forma extrema de la insensibilidad, un endurecimiento del corazón. Según Juan Casiano, es como experimentar el infierno en la tierra.

Dice Evagrio que a quienes padecen acedia todo lo que tienen cerca les parece odioso, todo lo que no tienen se les antoja deseable: es ira hacia lo que hay, tristeza por lo que no se tiene. En el fondo, lo que se detesta son los límites, los límites físicos que son recordatorio de todos los límites. Perdidas las ilusiones, olvidado el propósito, el trabajo se diluye en la rutina y se vuelve insoportable, de una futilidad dolorosa —y se fantasea con planes gloriosos, imposibles.

La acedia es el reverso exacto de la alegría.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

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