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La pasión por silenciar, como llamó J. M. Coetzee a la censura, se ha convertido en un instinto social y ha adquirido una fuerza inusitada en el mundo. No quiere decir esto que en el pasado la libertad de expresión haya sido muy popular: siempre ha tenido enemigos entre los poderosos, los creyentes, las buenas conciencias, los clérigos y los autócratas. Sin embargo, durante mucho tiempo la mayoría le rindió al menos el tributo de la hipocresía. La pasión por silenciar debía embozarse pudorosamente. No más. El ánimo lo captura admirablemente el músico y activista británico Billy Bragg. En un artículo en el diario The Guardian escribió sobrela inscripción que acompaña a la estatua de George Orwell en la BBC (“Si la libertad significa algo es decirles a los demás aquello que no quieren oír”): “La cita de Orwell no es una defensa de la libertad: es la exigencia de la licencia y se ha convertido en un eslogan fundacional para quienes intencionalmente desean hacer pasar una por la otra”.1 La franqueza de este ataque es notable, digna de los eminentes victorianos del pasado.

Ilustración: Belén García Monroy

El propio Orwell conocía muy bien este razonamiento y no se cansó de denunciarlo una y otra vez. En el mismo prólogo inédito de Rebelión en la granja de donde proviene la cita de la efigie (escrito en plena Segunda Guerra)afirmó: “Estoy bien familiarizado con todos los argumentos contra la libertad de pensar y hablar; los argumentos que pretenden que no puede existir y los que arguyen que no debe existir. Les respondo que simplemente no me convencen y que nuestra civilización en los últimos 400 años ha sido fundada en el aviso contrario. Por casi una década he creído que el régimen ruso actual es básicamente una cosa maligna y reclamo el derecho de decirlo a pesar de que seamos aliados de la URSS en una guerra que deseo ver ganada. Si tuviera que elegir un texto para justificarme, escogería esta línea de Milton: ‘Sean las reglas conocidas de la antigua libertad’. La palabra antigua subraya el hecho de que la libertad intelectual es una tradición de hondas raíces sin la cual nuestra característica cultura occidental dudosamente podría existir. Muchos de nuestros intelectuales visiblemente le dan la espalda a esa tradición. Han aceptado el principio de que un libro debe ser publicado o suprimido, alabado o condenado, no en razón de sus méritos, sino de acuerdo a la conveniencia política. Y los otros, quienes no comparten esta opinión, conceden por pura cobardía”.

Este es el entendimiento de la libertad de expresión que se encuentra en el corazón de la “Carta sobre la justicia y el debate abierto” que 150 escritores y académicos de todo el espectro político publicaron en julio en la revista estadunidense Harper’s.2 Los firmantes denunciaban la voluntad por silenciar de muchos críticos justicieros de lacras sociales seculares como el racismo y el sexismo: “El libre intercambio de información e ideas, el flujo vital de una sociedad liberal, cada día se restringe”. La intolerancia a ideas contrarias se ha convertido en un hábito. Se han vuelto populares el ostracismo y el avergonzar a las personas, particularmente en las redes sociales. El maniqueísmo moral reina invicto. Muchos jóvenes estudiantes universitarios se definen principalmente como activistas. Ante supuestas transgresiones, de palabra o pensamiento, se exige una justicia pronta, severa y expedita.

Se dirá que la censura sólo puede ser practicada por el Estado. Algo de verdad hay en ello, pero cuando el silenciar se convierte en una pasión social generalizada el efecto es tan o más grave que el de la censura estatal. Eso fue exactamente lo que atisbó John Stuart Mill en el siglo XIX. La sanción social era la temible mordaza de la tiranía de la mayoría para acallar a las voces disidentes. Orwell lo entendió así también: “Las amenazas a la libertad de hablar, escribir y actuar, que de forma aislada a menudo son triviales, tienen un efecto acumulativo y, a menos que se controlen, conducen a una falta de respeto generalizada de los derechos de los ciudadanos”. En la actualidad escuchamos un innegable eco totalitario. Si los límites de lo que se puede decir se estrechan a causa del temor de sufrir represalias se reprime la iniciativa y el pensamiento, que es el oxígeno de una sociedad libre. Ante la ortodoxia de los dogmas políticos Orwell reivindicaba el “derecho a publicar lo que uno considere ser la verdad, sin temor a ser intimidados o chantajeados por ningún bando”. El escritor sabía que la libertad relativa que disfrutamos depende de la opinión pública: “La ley no es una protección”. En efecto, los gobiernos pueden hacer leyes, pero “si [éstas] se aplican y cómo se comporte la policía depende del estado del humor en el país. Si un gran número de personas está interesado en la libertad de expresión habrá libertad de expresión, aun si la ley la prohíbe; si la opinión pública es perezosa, minorías inconvenientes serán perseguidas, aun si existen leyes para protegerlas”. Es cierto, la libertad no se defiende sola: es nuestra responsabilidad no ceder ante la pasión por silenciar.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Billy Bragg, “’Cancel’ Culture Does not Stifle Debate but Challenge the Old Order”, The Guardian, 10 de julio, 2020.

2 https://harpers.org/a-letter-on-justice-and-open-debate/

 

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